por Marta Bonet | Jul 21, 2026 | Bitácora de una operación, Blog, Botiquín, Marta Bonet, Pelusamientos, Uncategorized |
Hay viajes que comienzan mucho antes de hacer la maleta. Nacen de un destino elegido, de mapas desplegados sobre la mesa y de esa alegría anticipada con la que imaginamos lugares donde todavía no hemos estado, incluso las fotografías que vamos a tomar. Consultamos el tiempo, calculamos distancias, escogemos qué llevar y fantaseamos incluso con la persona que regresará después del camino. En esos viajes, la incertidumbre forma parte de la aventura porque, de algún modo, seguimos sintiéndonos dueños de la dirección.
Y luego existen otros viajes: los que comienzan al salir de una consulta médica.
Nadie pregunta si deseamos emprenderlos. Nadie espera a que tengamos fuerzas suficientes, que las botas estén preparadas o que el corazón haya terminado de recomponerse de la etapa anterior. Basta una conversación, un diagnóstico o una propuesta de tratamiento para que se levante una montaña donde, apenas unos minutos antes, todavía parecía haber horizonte.
No sabemos cuánto durará la travesía, qué clima encontraremos ni cómo responderán el cuerpo y la mente cuando comience la ascensión. Desconocemos qué parte del camino podremos recorrer acompañados, dónde aparecerá la niebla o cuánto descanso necesitaremos al regresar. Solo sabemos que la montaña está ahí, imponente, y que, aunque no la hayamos escogido, tendremos que encontrar una manera de atravesarla.
Así comenzó esta expedición.
Después de años conviviendo con un dolor que ha aprendido a ocupar demasiado espacio, me han propuesto un tratamiento con perfusiones de ketamina. Durante una primera semana deberé recibirlas cada día varias horas, con la esperanza de que ayuden a reducir la intensidad con la que mi sistema nervioso interpreta y amplifica el dolor. En la Unidad del Dolor me advirtieron de que no sería un tratamiento liviano. Por la exigencia del proceso, por los posibles efectos durante las perfusiones y por el modo en que podría dejarme después, me dijeron que debía prepararlo casi como se prepara una quimioterapia, pues es similar.
La comparación cayó dentro de mí con el peso de una piedra.
No porque ambos tratamientos sean iguales ni persigan lo mismo, sino porque aquella palabra dibujaba de pronto una experiencia que no terminaba al desconectar una vía. Hablaba de días en los que podrían aparecer náuseas, vómitos, somnolencia, desorientación, alteraciones de la percepción o un agotamiento difícil de anticipar. Hablaba también del regreso a casa, de las horas posteriores, de un cuerpo intentando recolocarse después de haber atravesado algo intenso. Y hablaba, sobre todo, de la necesidad de no improvisar mientras toda mi energía estuviera ocupada en sostenerme.
Recibí la propuesta con esperanza. Después de tanto tiempo buscando una rendija por la que pudiera entrar algo de alivio, la ketamina representaba una posibilidad. No una promesa ni una solución garantizada, pero sí una puerta que todavía no había probado a abrir, pues sería maravilloso que yo dejara de doler, un rato.
También sentí miedo.
Durante unos instantes pensé que ambas emociones se contradecían. Si deseaba mejorar, ¿por qué me asustaba empezar? Si confiaba en la oportunidad, ¿por qué una parte de mí quería esconderse bajo la cama, cerrar los ojos y fingir que la montaña todavía no existía?
Había confundido la esperanza con la ausencia de temor.
Después comprendí que la esperanza y el miedo no son rivales, sino dos viajeros que pueden sentarse al calor de la misma hoguera. La esperanza contempla la cumbre posible; el miedo comprueba las cuerdas, revisa el terreno y pregunta dónde podremos refugiarnos si cambia el tiempo. Hablan lenguajes distintos, a veces incluso se interrumpen, pero ambos intentan protegernos.
La esperanza dice: «Tal vez podamos llegar». El miedo pregunta: «¿Cómo podemos hacerlo con mayor seguridad?».
Mi sistema nervioso, fiel a su vocación de director de cine apocalíptico, decidió proyectar todas las catástrofes posibles antes incluso de que hubiera empezado el tratamiento. Tiene cierta debilidad por los simulacros de emergencia y poca paciencia para esperar a que lleguen los hechos. Pero esta vez no quise obligarlo a callar ni fingir una serenidad que todavía no tenía. Preferí escuchar qué trataba de decirme detrás del ruido.
Y entendí algo importante: no todo deseo de control nace de la necesidad de dominar el futuro. A veces nace de la necesidad más humilde de no llegar a él con las manos vacías.
No puedo saber exactamente cómo reaccionará mi cuerpo. No puedo anticipar cuánto alivio obtendré, qué sensaciones aparecerán ni cuántos días necesitaré para recuperarme. Tampoco puedo prometerme una calma impecable, porque la calma no se fabrica a fuerza de regañar al miedo. Pero sí puedo preparar la mochila.
Prepararla no hará más pequeña la montaña. No cambiará la composición del tratamiento ni evitará todos sus efectos. Sin embargo, puede reducir parte de la incertidumbre, ordenar el terreno y proteger aquello que seguirá siendo importante cuando mi energía disminuya.
Porque prepararse no consiste únicamente en reunir objetos. Consiste, sobre todo, en tomar algunas decisiones ahora para que la persona que seremos después no tenga que tomarlas agotada.
Es pensar hoy por la Marta que quizá mañana no pueda concentrarse. Es dejar escritas las preguntas antes de que la niebla vuelva las palabras más lentas. Es organizar el transporte, la comida, la medicación indicada, el descanso y la casa para que el regreso no añada nuevas pendientes a un cuerpo que ya habrá pasado horas escalando. Es saber a quién llamar si algo preocupa y con quién no tendremos que fingir que estamos bien. Es proteger la intimidad, expresar los límites y permitirnos cambiar de opinión si aquello que pensábamos que nos ayudaría termina resultando molesto.
El dolor y los tratamientos complejos ya consumen suficiente energía. No deberían obligarnos también a improvisarlo todo.
De esta certeza nace Expedición Pelusa (recordad que Pelusa es la materialización de mis pensamientos y emociones durante mi proceso de dolor, con la que me ayudo a mi misma y, espero, que también a otras personas que sufran cualquier dolor).
La Expedición nace de mi tratamiento con ketamina, de mis preguntas, de mis temores y de la necesidad muy concreta de preparar una semana que probablemente será exigente. Pero no nace solamente para mí ni solamente para quienes reciben ketamina. Nace para cualquier persona que deba atravesar un tratamiento difícil y para quienes quieran acompañarla sin saber siempre cómo hacerlo.
Cambiarán los diagnósticos, los procedimientos, los hospitales y las habitaciones. Algunas expediciones durarán unas horas; otras, meses. Habrá tratamientos que provoquen dolor, cansancio o náuseas, y otros que remuevan de manera distinta el cuerpo, la mente o la vida cotidiana. Algunas personas podrán regresar a casa después de cada sesión; otras permanecerán ingresadas. Habrá quienes cuenten con una gran red de apoyo y quienes necesiten construirla con presencias pequeñas o lejanas, o en soledad. Cambiará la geografía, pero muchas necesidades permanecerán, muchas emociones serán las mismas, y muchos recursos servirán igual.
Casi todas las personas necesitamos comprender qué va a ocurrir, aunque no podamos comprenderlo todo. Necesitamos sentir que conservamos alguna capacidad de decisión cuando buena parte del proceso depende de factores que no controlamos. Necesitamos descanso, seguridad, alivio, información, intimidad y una red capaz de sostener sin invadir o el orden en la soledad. Necesitamos, además, que alguien recuerde que seguimos siendo una persona completa cuando la historia clínica amenaza con reducirnos a síntomas, cifras, citas y resultados.
Por eso Expedición Pelusa no es un manual que dicte cómo debe afrontar nadie su tratamiento. Cada cuerpo posee su propia geografía y cada persona conoce, mejor que cualquier guía, los límites y refugios de su territorio. Tampoco pretende sustituir las indicaciones del equipo sanitario, que serán siempre el mapa clínico prioritario. No aconseja qué tratamiento aceptar, qué medicación tomar ni cuándo acudir a urgencias; esas decisiones pertenecen a los profesionales responsables y al diálogo individual con cada paciente.
Lo que sí puede ofrecer es un mapa para todo lo que rodea al tratamiento y que, a menudo, queda disperso entre el miedo, el cansancio y las buenas intenciones.
La infografía que hemos creado organiza ese mapa mediante dos preguntas: qué necesitamos proteger y en qué momento conviene revisarlo. Para responderlas, une cinco capas de necesidades con las tres etapas principales de cualquier tratamiento: antes, durante y después. No es una escala clínica ni un orden rígido, sino una estructura flexible que cada persona puede adaptar a su realidad.

En la base se encuentra el mapa clínico. Es el terreno marcado por el equipo sanitario: las indicaciones concretas, los horarios, las restricciones, la medicación prescrita, los posibles efectos, los signos de alarma y el plan de contacto. Antes de preparar ninguna otra parte de la mochila, necesitamos saber qué recorrido nos han propuesto y a quién debemos acudir si algo se desvía de lo previsto.
Sobre esa base aparece el abastecimiento, todo aquello que protege las necesidades más elementales del cuerpo: la alimentación, la hidratación, el descanso, la higiene, la ropa y los pequeños recursos de confort. Desde fuera pueden parecer detalles menores. Sin embargo, cuando la energía disminuye, una comida sencilla ya preparada, una botella de agua al alcance, una manta, una luz suave o una prenda que no oprime pueden convertirse en formas diminutas de seguridad. Sería el equivalente al primer escalón de la pirámide de Maslow: las necesidades básicas o fisiológicas.
Cuidar el cuerpo no siempre adopta gestos heroicos. A veces consiste en evitarle un viaje innecesario hasta la cocina.
Después encontramos el campamento base: el hogar, el transporte, la documentación, los gastos, las tareas pendientes y el plan para los imprevistos. Preparar el campamento no equivale a esperar lo peor. Significa impedir que la incertidumbre ocupe también cada rincón de la vida práctica. Saber cómo volveremos a casa, quién tiene las llaves, qué obligaciones pueden aplazarse o qué teléfono debemos utilizar si aparece una duda no cambia la montaña, pero reduce parte del ruido que la rodea y provoca seguridad.
La calma no siempre llega cuando desaparece la incertidumbre. A veces empieza cuando sabemos qué haremos si aparece.
La siguiente capa pertenece a la tribu. Las necesidades sociales. A quienes acompañan físicamente y a quienes sostienen desde lejos. A la persona que ocupa la silla contigua en el hospital, pero también a quien organiza un transporte, cocina, cuida de los animales si los hay, recoge una receta, anota información o pregunta cómo estamos sin exigir una respuesta inmediata, o simplemente te envía un «te quiero» en forma de flores o de mensaje, para recordarte que está contigo.
La compañía no se mide únicamente en kilómetros ni en horas de presencia. Hay afectos que se sientan a nuestro lado y otros que construyen puentes desde la distancia. Ninguna forma de cuidado vale menos por no caber en la misma habitación.
También es importante comprender que no todos los tramos pueden compartirse. Existe una parte íntima de cada tratamiento que solo puede habitar quien pone el cuerpo en él. Acompañar no significa borrar esa soledad, porque sería imposible, sino evitar que se transforme en abandono, en olvido. No todo el mundo sabe cómo estar, ni siquiera mínimamente, igual que no todo el mundo sabe querer bien, pero son situaciones complejas, emociones complejas, y filtros naturales complejos.
Por encima está la propia brújula: nuestra voz, la información, las preferencias, la autonomía, los límites, la intimidad y la dignidad. Atravesar un tratamiento no debería obligarnos a convertirnos en pasajeros mudos dentro de nuestra propia experiencia. Podemos formular preguntas, pedir que nos expliquen de nuevo algo que no hemos comprendido, comunicar un síntoma, expresar qué ayuda nos hace bien y cuál nos abruma, elegir a quién deseamos cerca o pedir silencio cuando hablar resulta demasiado.
La vulnerabilidad no cancela el derecho a decidir. A veces, precisamente porque somos vulnerables, ese derecho necesita ser protegido con más cuidado.
Y, en la parte más alta, está el mapa que queda: el aprendizaje, la integración, la esperanza realista y el sentido personal. No se trata de encontrar una moraleja luminosa mientras todavía estamos atravesando la tormenta. Hay experiencias que no necesitan ser convertidas en regalos ni adornadas con una épica que nunca les pedimos.
El dolor no es una escuela a la que debamos agradecer la matrícula.
A veces duele, agota y rompe, sin traer debajo del brazo ninguna enseñanza secreta. Pero incluso entonces podemos registrar qué nos ayudó, qué necesitábamos, qué límites descubrimos o qué señal convendría dejar para quien recorra después un camino parecido. No para glorificar la herida, sino para evitar que todo lo aprendido desaparezca cuando termine la etapa.
Estas cinco capas se revisan en tres tiempos.
Antes de la expedición, el objetivo es abastecerse y reducir la improvisación. Prepararemos preguntas, recursos, alimentación, hidratación, ropa, transporte, documentación, apoyos y un plan para el regreso. No para controlar cada detalle, sino para liberar de decisiones a nuestro yo futuro, que probablemente tendrá menos energía que nosotros ahora.
Preparar la mochila no es llenarla hasta que resulte imposible levantarla. Es escoger aquello que puede protegernos y dejar espacio para lo que todavía no sabemos.
Durante la expedición, el mapa debe volverse flexible. Quizá la música que pensábamos escuchar resulte insoportable, la conversación canse o la persona que nos acompaña no sepa muy bien qué hacer. Tal vez necesitemos más silencio, más ayuda o menos estímulos de los previstos. El plan no será un examen que debamos aprobar, sino una referencia que pueda adaptarse a lo que suceda.
Durante no se trata de hacerlo bien. Se trata de estar a salvo, comunicar cualquier malestar, pedir alivio, conservar la propia voz y permitir que nos acompañen como realmente necesitamos.
En mi caso, esa fase serán los días de perfusión de ketamina. Días en los que mi percepción, mi energía o mi capacidad para relacionarme con el entorno podrían cambiar. No sé todavía qué necesitaré en cada momento. Tal vez pueda hablar; tal vez prefiera permanecer en silencio. Quizá la comida preparada me resulte útil o quizá las náuseas modifiquen cualquier plan. Habrá una Marta que entra cada mañana a la Unidad del Dolor y otra que regresa después, y ambas merecen que la mochila se adapte a ellas sin reproches. Quizá incluso no ocurra nada extraordinario, o quizá deba quedarme ingresada, lo desconozco, pero intentaré estar lo más preparada posible en cada supuesto.
Después de la expedición comienza un tramo que con frecuencia olvidamos planificar. Terminar una perfusión, recibir el alta o cerrar la puerta de una clínica no significa que la experiencia haya concluido. A veces el tratamiento acaba antes que sus efectos. El cuerpo puede continuar cansado, sensible o desorientado; la mente puede tardar en ordenar lo vivido y la vida cotidiana puede exigir demasiado pronto que todo vuelva a funcionar.
Regresar al campamento también forma parte del viaje.
Por eso prepararemos el descanso, las indicaciones posteriores, los contactos, la alimentación, la ayuda doméstica y el tiempo necesario para recuperar la autonomía sin prisas ni culpa. También revisaremos la mochila: qué fue útil, qué sobró, qué faltó y qué cambiaríamos si hubiera un siguiente tramo. Los mapas más valiosos no se dibujan únicamente antes de salir; se corrigen con las huellas de quienes ya caminaron.
Expedición Pelusa también quiere ayudar a quienes acompañan, porque amar a una persona no concede automáticamente el don de leerle el pensamiento. La buena voluntad es inmensa, pero a veces llega vestida con una pregunta demasiado amplia: «Dime si necesitas algo».
Cuando alguien apenas tiene energía para ordenar su propio cuerpo, también puede resultarle agotador identificar una necesidad, convertirla en una petición y decidir a quién dirigirla. Suele ser más fácil responder a una propuesta concreta: «¿Prefieres que te lleve comida o que te acompañe al hospital?», «¿Te ayudaría que hiciera una compra?», «¿Quieres hablar o te escribo mañana sin esperar respuesta?», «Puedo ocuparme de esta tarea, ¿te viene bien?».
Cuidar no consiste en adivinar. Consiste en observar, preguntar con respeto y ofrecer opciones que puedan aceptarse o rechazarse sin culpa.
También consiste en saber permanecer cuando termina el ruido visible del tratamiento. A menudo hay muchas manos antes de una intervención y demasiados silencios después. Sin embargo, el regreso, la recuperación y los días en los que todavía no somos capaces de retomar la vida pueden ser precisamente aquellos en los que más necesitamos una presencia discreta y constante.
En las próximas semanas iré abriendo mi propia mochila. Compartiré a través de Pelusa, y en la medida de los posible, cómo preparo las perfusiones de ketamina, qué preguntas formulo, qué recursos organizo, qué ayudas necesito y qué descubro durante y después del tratamiento. También habrá errores, cambios de rumbo y objetos que viajarán alegremente dentro de la mochila sin prestar servicio alguno, porque la experiencia real rara vez respeta la solemnidad de nuestros planes. No se trata de presentar una preparación perfecta, sino de construir un mapa honesto.
Me gustaría que en él cupieran también las voces de quienes ya han atravesado tratamientos complejos y las de quienes han acompañado a alguien durante el proceso. Ninguna experiencia individual puede convertirse en una norma para los demás. Sin embargo, cuando muchas experiencias se comparten con respeto, aparecen refugios, preguntas y soluciones que una sola mirada nunca habría encontrado. Juntos somos más, y voy a leer todos y cada una de vuestras aportaciones para tratar de dar más luz a quienes, como nosotros, sufren. Ese es mi propósito.
El símbolo de esta expedición será una brújula reparada con kintsugi. El kintsugui es mi síbolo y el de Pelusa, y ya lo he ido plasmando en diferentes iniciativas de los Pelusamientos.
No porque queramos embellecer la herida ni afirmar que el sufrimiento nos hace necesariamente mejores. Hay grietas que no contienen ninguna revelación y dolores que jamás habríamos elegido, ni siquiera a cambio de todo lo aprendido. La brújula está remendada porque orientarse después de una experiencia difícil no siempre significa regresar al punto de partida.
A veces significa reconocer que algo ha cambiado y aprender a encontrar dirección desde un lugar nuevo.
La brújula no conoce el final ni promete una llegada sin tormentas. Solo ayuda a localizar el siguiente punto seguro entre la niebla. Y quizá eso sea todo lo que necesitamos cuando la montaña resulta demasiado grande para mirarla entera: no una certeza absoluta, sino una orientación suficiente para dar el próximo paso.
Pelusa no puede reducir el tamaño de la montaña. Tampoco puede recorrerla en lugar de nadie. Pero puede sentarse un rato junto a quien tiene miedo, ayudarle a ordenar la mochila y dejar señales para que otras personas no empiecen el camino con las manos vacías.
Porque prepararse no elimina la vulnerabilidad, pero evita que la vulnerabilidad tenga que cargar también con todo lo que pudo haberse previsto. Pedir ayuda no significa renunciar a la autonomía, sino protegerla cuando las fuerzas disminuyen. Descansar no es abandonar la marcha. Y sentir miedo no invalida la esperanza; a veces demuestra que comprendemos la importancia del camino que estamos a punto de iniciar.
Mi nueva expedición empieza con la ketamina. Con una semana de perfusiones, una posibilidad de alivio y reducción del terrible dolor constante e incondicional que me invade hace un par de años, muchas preguntas y un cuerpo que todavía no sabe cómo responderá. La vuestra quizá tenga otro nombre, otro paisaje y otras dificultades. Pero, si este mapa consigue ofrecer un poco más de control útil, calma, confianza, preparación o seguridad a quien deba atravesarla, entonces las huellas de mi camino ya habrán servido para algo más que señalar por dónde pasé, y el próposito tan precioso que me ha dado toda mi aventura, habrá tenido sentido.
Tal vez no podamos elegir todas las montañas que aparecen en nuestra vida. Pero sí podemos convertir el camino recorrido en un mapa para quien viene detrás.
La mariposa Berta ya custodia la brújula. Pelusa comienza a preparar la mochila. Yo respiro hondo, observo la montaña sin fingir que no me asusta y doy el primer paso.
Bienvenidas y bienvenidos a #ExpediciónPelusa.
Para quien lo vive. Para quien acompaña. Para que nadie tenga que improvisarlo todo mientras intenta sostenerse.
P.D. Recordad que Pelusa ha nacido para acompañar con amor, con humor, con ternura, a aquellas personas que sufren cualquier dolor, ya sea físico, emocional, psicológico, espiritual… Porque el sufrimiento humano es un eje que nos une como especie, y que todos vivimos a lo largo de la vida, en diferentes contextos y formatos.
por Marta Bonet | Jul 5, 2026 | Pelusamientos |
Hay palabras que jamás imaginas que acabarán viviendo dentro de ti. Alodinia era una de ellas.
Hoy ya no es un término médico. Es una forma de habitar mi piel.
La alodinia ocurre cuando el sistema nervioso olvida distinguir entre una caricia y una amenaza. No es que la camiseta haga daño. No es que el agua de la ducha queme o que una sábana se haya vuelto afilada. El problema no está en el mundo que toca mi piel; el problema es que mi cerebro interpreta ese roce como si fuera un peligro real.
Y entonces aparece el dolor.
Un dolor físico. Intenso. Verdadero.
Eso sucede en el síndrome de sensibilización central. El sistema nervioso lleva tanto tiempo viviendo en alerta que termina olvidando cuál era el volumen normal de la vida. Es como una alarma de incendios que acaba sonando también cuando alguien enciende una simple vela.
Durante mucho tiempo pensé que mi cuerpo se había convertido en mi enemigo. Hasta que comprendí algo que cambió mi forma de mirarme: mi cuerpo no intenta hacerme daño. Intenta protegerme. Solo lleva demasiado tiempo confundido.
Desde ese día dejé de pelearme con él. Ya no quiero vencerlo. Quiero acompañarlo. Enseñarle, muy despacio, que una camiseta puede volver a ser solo una camiseta. Que una manta también puede ser refugio. Que una caricia no siempre anuncia peligro.
Dentro de unas semanas comenzaré un tratamiento con perfusiones intravenosas de quimioterapia de ketamina en la Unidad del Dolor. Me da miedo, sí. Pero no lo veo como un milagro, sino como una conversación entre la ciencia y un sistema nervioso que lleva demasiado tiempo gritando. Quizá consiga recordarle que el mundo dejó de ser un campo de batalla.
Porque la mayor lección que me ha regalado la alodinia no habla solo de dolor. Habla de miedo. Incluso los nervios pueden aprender a tenerlo. Y si fueron capaces de aprender ese idioma… quiero creer que también podrán reaprender el de la calma.
Yo soy Pelusa. Y mi piel, a veces, duele incluso cuando el mundo solo intenta acariciarla. Pero ya no miro a mi cuerpo con rabia. Lo miro con ternura. Porque sé que mi sistema nervioso no es mi enemigo.
Solo es un guardián agotado que lleva demasiado tiempo intentando salvarme.
Hay palabras que parecen demasiado extrañas para acabar viviendo dentro de una. Palabras con una sonoridad gélida y clínica, de esas que alguna vez lees distraídamente en un artículo científico o en un folleto de sala de espera. Suenan lejanas, casi imposibles, como si pertenecieran a la geografía de otro cuerpo, a otra biografía que jamás se cruzará con la tuya. Alodinia era una de ellas.
Hoy, sin embargo, ya no es un término en un glosario médico. Es la textura de mi presente. Mi forma de habitar la piel.
Cuando alguien me pregunta qué es la alodinia, suelo recurrir a una definición sencilla, casi un susurro explicativo: es el instante exacto en que el sistema nervioso olvida cómo distinguir entre una caricia y una amenaza. Pero detrás de esa frase, aparentemente mansa, se esconde una revolución silenciosa y despiadada que trastoca las leyes más básicas de la existencia física. Es vivir en un idioma de cristal, frágil y cortante, donde la piel deja de ser una frontera de contacto para convertirse en una trinchera expuesta a cortocircuitos constantes.
Porque no, no es que la camiseta de algodón que elijo por la mañana haya decidido de pronto hacerme daño. No es que el agua tibia de la ducha queme como lava, ni que las sábanas de hilo se hayan afilado como cuchillas durante la noche. No es que el cinturón de seguridad del coche me haya declarado una guerra personal. El mundo exterior sigue siendo exactamente el mismo. El viento continúa siendo aire y las flores siguen teniendo pétalos suaves. El problema no está en lo que roza mi piel; el problema es que mi cerebro interpreta ese roce milimétrico como si fuera una amenaza real. Entonces aparece el dolor.
Un dolor físico.
Real.
Intenso.
Verdadero.
Eso es precisamente lo que ocurre en el síndrome de sensibilización central. El sistema nervioso lleva tanto tiempo viviendo en estado de alerta que termina olvidando cuál era el volumen normal de la vida.
Es como si, de pronto, me convirtiera en un pequeño erizo acorazado. O en una criatura diminuta y desarmada que, para sobrevivir, se ve obligada a erizar espinas invisibles hacia fuera. En mi rincón del alma me veo encogida, con agujas negras brotando de mi cuerpo cansado, mientras mi querida mariposa Berta me observa con el dolor de quien quiere abrazar, pero teme herir. Esa es la alodinia ilustrada: el miedo de la propia piel. El entorno se transforma en un campo de minas donde la caricia más tierna puede convertirse en el dolor más agudo.
Comprender todo esto, aunque parezca paradójico, fue una de las experiencias más profundamente liberadoras de mi travesía. Porque el día en que la ciencia consiguió poner luz sobre lo que me estaba ocurriendo, dejó de existir aquella guerra civil que mantenía abierta entre mi cuerpo y yo. Entendí que no había maldad en mi carne. Que no necesitaba vencerla ni castigarla. Lo que necesitaba era acompañarla. Tomar de la mano a mi propio cableado, sentarme a su lado en la penumbra y enseñarle, muy despacio, con una paciencia infinita, que no todo lo que se acerca viene a rompernos. Que una camiseta puede volver a ser solamente una camiseta. Que una manta sobre los hombros puede ser únicamente calor. Que una caricia no siempre anuncia una amenaza.
La alodinia desafía toda la lógica con la que fuimos educados. Desde pequeños nos enseñaron que el dolor sigue siempre el mismo orden: primero aparece la herida y después llega el dolor como una alarma útil. Pero en enfermedades complejas como la fibromialgia y el síndrome de sensibilización central esa arquitectura se desmorona. No existe una herida abierta en la superficie de mi brazo. La alteración no reside en la piel. Está en la centralita. Está en la manera en que el cerebro procesa, traduce y amplifica la información que recibe de los sentidos.
El dolor no es imaginario. Nunca lo ha sido. Es un dolor físico, neurológico y profundamente real. Lo que se ha alterado es el regulador del volumen: el sistema nervioso ha subido el sonido de la realidad al máximo y ha escondido el mando. Los cables internos vibran con tal intensidad que un susurro termina escuchándose como un grito ensordecedor.
Y esa verdad me devuelve parte del control. Porque si la mayor lección de la alodinia no tiene que ver únicamente con el dolor físico, sino con el miedo, entonces el camino empieza a iluminarse. He descubierto que también los nervios aprenden. Que el sistema nervioso tiene memoria. El cerebro puede quedarse atrapado en un bucle defensivo perpetuo, con la sirena de alarma sonando a todo volumen mucho después de que la tormenta original haya pasado. Se convierte en un centinela exhausto que, tras demasiadas noches en vela, acaba disparando también a las sombras, confundiendo al cartero con un invasor.
Pero si mi sistema nervioso fue capaz de aprender esa memoria del miedo… ¿por qué no va a ser capaz de reaprender el idioma de la calma? Esa pregunta se ha convertido en mi faro. Esa posibilidad ya merece todo mi coraje, toda mi paciencia y toda mi terca insistencia en seguir escribiendo y creando belleza desde la pausa.
Dentro de unas semanas comenzaré un tratamiento que, hace apenas un año, jamás habría imaginado formando parte de mi historia: varias perfusiones intravenosas de quimioterapia de ketamina en la Unidad del Dolor del Hospital Universitario Son Espases. Cuando lo cuento, muchas personas abren mucho los ojos. La palabra impresiona. A mí también me impresionó la primera vez y, si soy completamente sincera, todavía me da miedo.
Pero no veo la ketamina como un milagro. Ni como una derrota. Ni siquiera como una última oportunidad. La veo como una conversación. Una conversación profundamente humana entre la ciencia y un sistema nervioso que lleva demasiado tiempo gritando sin encontrar descanso.
Los especialistas intentarán hablar con ese cerebro hiperexcitado en un idioma diferente. Intentarán bajar el volumen de esa alarma permanente, modular ese amplificador que convierte un roce en una quemadura y una caricia en una amenaza. Nadie me ha prometido una cura. La medicina honesta nunca promete imposibles. Pero sí existe una posibilidad preciosa: que mi sistema nervioso recuerde, aunque solo sea un poco, que el mundo dejó de ser un campo de batalla hace tiempo.
Mi piel, a veces, duele incluso cuando el mundo solo intenta acariciarla. Pero ya no la miro con ira, ni discuto con mi reflejo en el espejo buscando culpables. Ahora miro a mi cuerpo con una ternura recién descubierta, una ternura mansa y compasiva, muy parecida a la que sentiríamos por un animal herido y asustado que lleva demasiado tiempo sobreviviendo a la intemperie. No necesita castigos. No necesita reproches por su lentitud ni exigencias imposibles para volver a ser quien era. Necesita tiempo. Necesita paciencia. Necesita el rigor de la buena ciencia. Y, sobre todo, necesita un amor profundamente incondicional.
Porque sé que mi sistema nervioso no es mi enemigo. Solo es un guardián agotado que lleva demasiado tiempo intentando salvarme. Y a los guardianes que nos salvan, cuando por fin termina la batalla, no se les combate. Se les abraza. Y se les invita, por fin, a descansar. Y esa posibilidad ya merece todo mi coraje.
por Marta Bonet | Jun 15, 2026 | Pelusamientos |
Durante este par de años he buscado respuestas. En consultas, batas blancas, informes, análisis, resonancias y noches interminables de insomnio…
Por eso, cuando finalmente llegaron palabras como síndrome de sensibilización central y fibromialgia, sentí alivio. Poner nombre a las cosas tiene algo de linterna en mitad de la noche. Nombrar es reconocer, dejar de caminar completamente a oscuras.
Lo que no esperaba era descubrir que algunas respuestas pueden volverse tan grandes que terminan devorando las preguntas.
Últimamente me ocurre con frecuencia. Aparece un síntoma nuevo, una molestia distinta o una rareza inesperada, y antes incluso de que alguien parezca interesado en comprender qué sucede, la explicación ya está preparada. Fibromialgia. Y asunto resuelto.
No dudo del diagnóstico. Convivo con él cada día. Lo conozco mejor de lo que me gustaría, es mi amante tóxico. Pero también sé que sigo teniendo órganos, hormonas, articulaciones y sistemas complejos que pueden enfermar exactamente igual que en cualquier otra persona. La fibromialgia forma parte de mi historia, pero no es toda mi historia.
Y ahí aparece un miedo que cada vez me cuesta más ignorar: el miedo a que una etiqueta termine convirtiéndose en eclipse.
No me asusta el diagnóstico, sino perder derecho a seguir haciendo preguntas. Perder derecho a que alguien investigue. A que observe. A que dude. A que mire un poco más allá.
Porque la medicina que admiro no es la que se conforma. Es la que sigue buscando para curar.
Yo sigo cansada, sí. Pero también sigo buscando. Porque no estoy bien, de hecho, estoy peor, y la información es poder. La curiosidad es poder. Y la esperanza, aunque a veces llegue disfrazada de simple analítica, también es poder.
He aprendido que las respuestas son importantes, pero las buenas respuestas nunca deberían apagar las preguntas. Hay que continuar y valorar todo lo que nos ocurra, más allá de este diagnóstico, hay que seguir batallando y no sólo aceptar, porque lo que uno siente y sufre, lo siente y sufre uno…
Que no nos arrinconen tras la Fibromialgia.
Hay respuestas que llegan como lluvia después de una larga sequía. Las esperamos durante tanto tiempo que terminamos imaginándolas casi como un milagro. Las buscamos en consultas médicas, en informes llenos de palabras impronunciables, en salas de espera, en batas blancas, en análisis, resonancias y conversaciones que parecen no terminar nunca. Les damos vueltas por la noche. Las perseguimos por internet. Las buscamos incluso en la fe que ni sabíamos que teníamos. Les ponemos café y silla en nuestra cabeza para seguir discutiendo con ellas cuando el mundo ya se ha ido a dormir.
Durante años deseé respuestas. Deseé comprender qué estaba ocurriendo dentro de este cuerpo mío que, sin previo aviso, decidió comenzar a escribir sus propias normas al margen de las que yo había conocido durante toda la vida. Quería entender por qué el dolor aparecía donde no debía, por qué la energía desaparecía cuando más la necesitaba, por qué algo tan aparentemente sencillo como existir se había convertido, a ratos, en una actividad de alta complejidad logística. Por eso, cuando finalmente llegaron palabras como síndrome de sensibilización central y fibromialgia, sentí alivio. Porque poner nombre a las cosas tiene algo de acto fundacional. Nombrar es reconocer. Nombrar es iluminar. Nombrar es colocar una pequeña bandera sobre un territorio desconocido y decir: «De acuerdo. No sé todavía cómo atravesarte, pero al menos ya sé dónde estoy».
Lo que no esperaba era descubrir que algunas respuestas pueden volverse tan grandes que terminan devorando las preguntas. Quizá ahí reside una de mis incomodidades más recientes. Porque cada vez que aparece un síntoma nuevo, una molestia distinta o una rareza inédita en esta colección de sorpresas que mi organismo parece empeñado en coleccionar, observo cómo el diagnóstico se adelanta a la conversación con la rapidez de quien cree conocer ya el final de la novela.
Fibromialgia. Y asunto resuelto.
Como si la explicación hubiera llegado antes que la curiosidad. Como si una palabra pudiera sustituir ese impulso antiguo y profundamente humano de observar, preguntarse, investigar y comprender. Y, sin embargo, algo dentro de mí se resiste. No porque dude del diagnóstico, al contrario. Convivo con él cada día. Lo conozco mejor de lo que me gustaría. Compartimos demasiadas horas juntos como para negar su existencia. A veces pienso que la fibromialgia es esa relación tóxica y narcisista que jamás elegiste, pero que se instaló en tu vida sin pedir permiso y terminó ocupando media casa.
Pero también sé que sigo teniendo órganos además de fibromialgia. Hormonas además de fibromialgia. Articulaciones además de fibromialgia. Un sistema inmunológico, un sistema digestivo, un sistema nervioso y una larga lista de piezas maravillosas e imperfectas que continúan funcionando, equivocándose y enfermando exactamente igual que en cualquier otro ser humano. La fibromialgia forma parte de mi historia, por supuesto, pero no es toda mi historia. Existen otras dolencias, otras enfermedades, infecciones y procesos que nada tienen que ver con ella, y cada vez me resulta más difícil ignorar una sensación incómoda: la de que estos diagnósticos se han convertido, para algunos profesionales, en una explicación tan cómoda que amenaza con explicarlo absolutamente todo.
Y ahí aparece el miedo. No el miedo al diagnóstico. No el miedo al nombre. El miedo a perder el derecho a seguir haciéndome preguntas. El miedo a que una etiqueta termine convirtiéndose en un eclipse. No porque sea falsa, sino porque corre el riesgo de ocultar otros paisajes que siguen existiendo detrás. Porque las etiquetas nacieron para ayudarnos a comprender, no para dejar de mirar.
Lo que verdaderamente me asusta es pensar que algún día aparezca algo diferente y nadie se detenga a investigarlo. Que una molestia nueva, un síntoma nuevo o una enfermedad completamente distinta queden automáticamente absorbidos por el agujero negro de una explicación previa. Me asusta perder el derecho a la curiosidad médica. Perder el derecho a que alguien se pregunte si quizá está ocurriendo algo más. Perder el derecho a ser una persona compleja para convertirme únicamente en una etiqueta clínica con patas.
La medicina avanza precisamente porque alguien decidió seguir preguntando cuando parecía que ya tenía una respuesta. La curiosidad ha salvado más vidas que las certezas. Por eso agradezco tanto a los profesionales que conservan intacta esa capacidad de asombro. Los que siguen observando. Los que no pierden el hábito de investigar. Los que entienden que una persona nunca cabe por completo dentro de un diagnóstico.
Mi doctora Esther Valencia es una de esas personas. Como los síntomas continúan cambiando, como el dolor sigue escribiendo capítulos nuevos en esta historia y como mi mejoría aún no termina de llegar, hemos decidido volver a analizar, volver a preguntar y volver a buscar. No porque desconfiemos de los diagnósticos existentes, sino porque respetamos demasiado la complejidad del cuerpo humano como para dar nada por sentado y meterlo todo bajo el mismo paraguas.
Y eso me devuelve una parte importante de la esperanza. Porque cuando alguien sigue haciéndose preguntas sobre ti, te está diciendo algo mucho más profundo que «vamos a repetir una analítica». Te está diciendo: sigo mirando. Sigo escuchando. Sigo interesado en comprender lo que te ocurre. Y eso, cuando llevas años conviviendo con el dolor, tiene un valor inmenso.
No voy a negar que estoy cansada. Hay días en los que siento que llevo demasiado tiempo remando contra una corriente que no descansa nunca. Demasiadas consultas. Demasiados informes. Demasiadas pruebas. Demasiadas explicaciones que no terminan de explicar nada. Pero incluso en esos días hay algo dentro de mí que se resiste a abandonar la búsqueda. Porque la información es poder. La curiosidad es poder. Y la esperanza, aunque a veces llegue disfrazada de una analítica o de una nueva pregunta médica, también es poder.
He aprendido que las respuestas son importantes, pero las buenas respuestas nunca deberían apagar las preguntas. Mientras mi cuerpo siga intentando contarme algo, yo seguiré escuchándolo, aprendiendo, preguntando y buscando. Porque rendirme nunca ha sido una estrategia. Y porque, a veces, la diferencia entre resignarse y seguir viviendo está precisamente ahí: en conservar la curiosidad cuando otros ya han decidido que la historia está terminada.
por Marta Bonet | May 22, 2026 | Pelusamientos |
Hay dolores que no solo se sienten en el cuerpo, sino que lo ocupan todo, transformándose en una presencia constante. Son esos dolores invisibles que se sientan a la mesa, que se acuestan contigo por la noche y se cuelan en cada gesto cotidiano, convirtiendo lo que antes era rutina en un pequeño y agotador desafío. En ese punto de inflexión, el mundo se enfrenta a una realidad para la que aún no tiene el nombre exacto: no es solo el cuerpo el que sufre… es la vida entera la que duele.
Ante esta profunda y a menudo paralizante experiencia, es común que la gente mire hacia la psicología, pero lo hace con una pregunta equivocada, condicionada por viejos estigmas: “¿Necesito ir porque estoy mal de la cabeza?” La respuesta es un rotundo no. No se trata de un déficit o de una falta de cordura.
Cuando el dolor se instala, todo cambia radicalmente. La vida muta, se descoloca. La supuesta zona de confort desaparece, y lo que es peor, ni siquiera se encuentra una zona incómoda reconocible. Uno deja de reconocerse a sí mismo; las personas del entorno se sienten distantes en la nueva realidad, y también desconocidas. Paradójicamente, la casa, el refugio íntimo, puede volverse más bella y protectora que nunca, mientras que la calle, el exterior, se percibe como una amenaza creciente. La cabeza da vueltas, el mareo es constante. En ese torbellino, se necesita desesperadamente a alguien que extienda una mano, que ayude a la persona a «bajarse del mundo» por un momento, a detener el giro para poder procesar la magnitud de lo que se vive.
En mi caso particular, la decisión de buscar ayuda psicológica no se basa en que mi enfermedad sea de origen mental. No lo es. Mi patología es neurológica, es física, es completamente real y objetiva. Sin embargo, los estragos que esta deja a su paso son devastadores y atraviesan absolutamente todas las capas de lo que soy. El proceso incluye el profundo duelo por la persona que fui, con su energía y sus capacidades perdidas, incluso su belleza. Se suma la incertidumbre punzante de la que soy ahora, un yo incompleto e impredecible. Y por encima de todo, está la reconstrucción lenta, torpe, espesa, pero valiente, de una nueva versión de mí misma, una versión donde el corazón, el cuerpo y la mente se han desalineado y necesitan volver a encontrar una nueva armonía. Intentar semejante tarea sola, sin guía, sería tan imposible como tratar de reconstruir una casa en ruinas a oscuras y sin las herramientas adecuadas.
Y es por todo esto que está Mari, mi querida Mari, mi psicóloga. ( y si lo pronuncio en voz alta, suena exactamente igual de cuando whitney houston gritaba : ¡Es mi guardaespaldas!)
Ella no irrumpió en mi vida como una solución mágica o una revelación instantánea. Su llegada fue la de las personas verdaderamente importantes: con una presencia constante, pero respetuosa; una presencia que nunca invade el espacio personal, pero que tampoco se conforma con quedarse en la superficie. Mari escucha con una atención genuina, pero su trabajo no se detiene en ser un mero oído. Ella posee la intuición y el conocimiento para saber exactamente dónde tocar, qué hilo de la madeja desenredar, cuándo es necesario dejar que el silencio hable y cuándo debe incomodar un poco, empujando suavemente los límites de la zona de confort. Y sí, a veces su intervención remueve viejas heridas. A veces duele. Pero es un dolor cualitativamente diferente, esencialmente sanador: es el dolor profundo y liberador de empezar a entender (me).
En el íntimo espacio de cada sesión, Mari planta pequeñas semillas. Estas semillas no son ruidosas; no explotan en grandes revelaciones inmediatas o en fuegos artificiales de color. Son ideas sutiles que calan hondo. Y es después, en casa, en la soledad de la rutina, en medio de una crisis de dolor físico o de agotamiento emocional, cuando algo brota. Puede ser una idea que reorienta el pensamiento, una mirada distinta y menos crítica hacia mí misma, o un gesto de amabilidad y paciencia que antes no existía. Es ahí donde comprendo que el trabajo real no culmina en la consulta. Comienza a regarse en su despacho, sí, pero soy yo quien debe abonarlo, podarlo, aportar el sol, el agua y las vitaminas día a día.
Mari tiene una frescura en su trato que es difícil de verbalizar. Una empatía limpia, sin rastros de artificio o condescendencia. Y además, posee un pellizquito de humor, una chispa que encaja perfectamente con el mío, creando una conexión única. Es como si en medio de la profundidad y la gravedad de la situación, hubiese un espacio vital para respirar, para sonreír, para no tomarnos siempre la vida desde la solemnidad absoluta. En esos momentos de conexión, nos miramos a los ojos: ella con sus preciosos ojos verdes, yo con mis pupilas color chocolate a menudo dilatadas, casi como un mecanismo instintivo de defensa para poder captar toda su luz en mi oscuridad.
Con el tiempo, que ha sido relativamente corto, ella ha dejado de ser simplemente “la psicóloga” en mi mente y en mi corazón. Y ha comenzado a ser Mari.
Y entonces ocurre algo inevitable, algo precioso y fundamental en el proceso de sanación: el vínculo.
Porque, es cierto, a menudo resulta más fácil abrir el alma y exponer la vulnerabilidad ante alguien que no forma parte del entorno inmediato. Alguien que te mira no desde la historia compartida o las expectativas pasadas, sino desde el presente más real y desnudo. Pero cuando esa persona te acompaña con tal maestría y honestidad… deja de ser una extraña. Se convierte en un lugar. Mari se ha convertido en uno de mis lugares seguros más importantes. Y hoy, necesito decirlo sin filtros ni reservas: gracias.
Gracias por la forma en que sostienes mi dolor sin invadir mi espacio. Por acompañar mi camino sin imponer nunca tu dirección. Por dar la mano a mis miedos más profundos, por abrazar mis inseguridades y, vitalmente, por ayudarme a despedirme y a hacer el duelo por quien fui, sin dejar de honrarla y de entender su valor. Por estar presente, incluso cuando lo que encontramos en la consulta no es «bonito» o fácil de mirar. En este camino, donde el dolor y cansancio crónicos muchas veces desordenan todo mi universo interior, tu presencia constante y guiada ayuda a que, muy poco a poco, algo dentro de mí vuelva a encontrar su lugar, a colocarse de una manera funcional. Y eso, Mari, no es algo pequeño; de hecho, es profundamente importante para mi vida, puesto que me centras para yo ir afianzando mi propósito.
Disfruto genuinamente verte, compartir el rato de la sesión y hacerte estas confidencias. Me agrada profundamente cómo eres, y sin ningún ánimo de ser intrusiva o de cruzar líneas profesionales, sí que te digo que siempre salgo de tu consulta con unas ganas enormes de compartir más tiempo contigo, pero un tiempo diferente: tiempo de ocio, relajado y fuera de contexto, de ese que incluye una copa de vino, pies descalzos y la posibilidad de mezclar y compartir lágrimas de alegría y risas de pena.
PD. A Mª Carmen Romero Muñoz (Colegiada B03529) la podéis encontrar en Adiseb (y en el Ayuntamiento de Esporles donde la empresa y Servicios Sociales cuentan con su presencia y terapia)
por Marta Bonet | Abr 26, 2026 | Pelusamientos |
Anoche decidí hacer algo que, para muchos, sería gesto sencillo, pero para mí tiene densidad de pequeña conquista: salir a caminar con propósito.
Anoche, como terapia y motivación, decidí unirme a una bella ruta nocturna de misterio buscando un motivo para mover mi cuerpo a pesar de mis limitaciones físicas. Necesito terreno llano y seguro por mis episodios de vértigo y dolor.
Mi fascinación por lo oculto fue motor perfecto para esta caminata pausada por el casco antiguo de #Palma, una de esas perspectivas que desvelan la magia que la luz del día no cuenta, que se esconde bajo la luna.
A la tenue luz de los faroles, entre calles antiguas cargadas de historia, fui avanzando despacio, con ese ritmo pausado que permite parar, escuchar y respirar sin culpa. Caminar así no es exigirse, es habitar movimiento. Y en ese equilibrio delicado, algo dentro también se movía: la mente se abría, el foco se desplazaba, el dolor dejaba de ocuparlo todo.
La experiencia fue bonita e interesante, permitiendome descansar en las paradas mientras Pedro, el guía, compartía historias. Mi mente se empapó de ellas y disfruté de la belleza nocturna de la ciudad.
Lograr logística segura y salir ya fue una pequeña victoria. Sin embargo, la factura física ha sido demoledora: dolor profundo, músculos tensos y agotamiento paralizante. Dos horas de caminata fueron un límite que traspasé con consecuencias devastadoras.
A pesar de la «paliza» corporal, siento orgullo por haberlo intentado y haber elegido activamente seguir en movimiento. Porque en medio de esta resaca física hay una certeza que permanece intacta: mereció la pena.
No por lo que conseguí hacer, sino por haberlo intentado. Por elegirme en movimiento, incluso sabiendo que habría consecuencias.
Quizá el camino no va de grandes esfuerzos, sino de paciencia casi artesanal: sumar minutos, reconstruir la confianza del cuerpo poco a poco, aprender a avanzar sin romperme.
No se trata de volver a ser quien era, sino de descubrir cómo puedo ser ahora.
Moverme, hoy, ya no es solo ejercicio. Es resistencia, presencia. Es una forma de no desvanecerme de la vida.
¡Gracias Rutas Misteriosas!
Anoche, impulsada por una mezcla de necesidad vital y una curiosidad inextinguible, di un paso que, a simple vista, podría haberse confundido con una simple actividad de ocio. Sin embargo, para mí, ese acto llevaba el peso y la significación exacta de una conquista necesaria, íntima y personal: salir a caminar con un propósito definido, con un ancla emocional e intelectual que sostuviera el esfuerzo. Mi misión no era solo mover mi cuerpo atrofiado y dolorido, sino encontrar un motivo que hiciera que el esfuerzo logístico y físico de una noche de actividad, mereciese verdaderamente la pena.
Tras sopesar varias ideas, la solución vino de la mano de mi eterna fascinación por lo oculto y lo inexplorado. Lo encontré en una de esas rutas nocturnas temáticas que, como un farol dorado en la profunda oscuridad, desvelan aquello que la luz diurna esconde: historias soterradas, misterios ancestrales, la cara B más silenciosa y a la vez vibrante de una ciudad que, pese a ser mi hogar desde hace años, creía conocer por completo. Pero ayer, Palma me descubrió una faceta de sí misma plagada de historias y leyendas apasionantes que actuaron como el catalizador perfecto.
Este plan era perfecto, quirúrgicamente diseñado para mis actuales e ineludibles limitaciones físicas. La necesidad de moverme es vital para evitar una mayor atrofia de mi cuerpo, pero el senderismo tradicional por la montaña es, por ahora, un muro infranqueable. Requiero paseos por terreno completamente llano, seguro, y con la certeza absoluta de estar cerca de la «civilización» y sus recursos ante cualquier eventualidad médica, como uno de mis episodios repentinos de vértigo, de dolor o simplemente la necesidad de poder coger un taxi de vuelta a casa e interrumpir la ruta en cualquier momento si mi cuerpo claudica.
Mi fascinación de siempre por el misterio, las leyendas urbanas, las historias de brujas y las supersticiones antiguas, los relatos paranormales, se convirtió en el motor impulsor. Unió mi necesidad de movimiento con el motivo que lo hiciera sostenible. Así fue cómo me apunté a la visita de Palma Tenebrosa, una experiencia organizada por la empresa Rutas Misteriosas. Se prometía un paseo suave por el casco antiguo, pero que ofrecía mucho más que una simple caminata.
Bajo la luz dorada y cálida de los antiguos faroles de la ciudad, y flanqueada por calles que son verdaderos depósitos de memoria milenaria, comencé a avanzar despacio, midiendo y dosificando cada paso. La belleza intrínseca de esta experiencia radicaba precisamente en su ritmo: un caminar pausado, casi ritual, constantemente interrumpido por paradas estratégicas. En estos puntos, el guía compartía relatos escalofriantes e históricos, y nos mostraba detalles de la ciudad que a simple vista, en la vorágine del día, pasan totalmente desapercibidos.
Estos momentos eran una bendición. Podías detenerte, escuchar con atención, respirar profundamente y, de paso, descansar sin sentir la presión ni la obligación de tener que seguir adelante inmediatamente. El cuerpo se movía, sí, pero sin la sensación de ser exigido hasta el límite, paseando lentamente y con suavidad.
La mente, esa que tan a menudo se queda atrapada en el bucle doloroso de la enfermedad y la limitación física, se abría como una flor, absorbiendo esos relatos externos, recordándose a sí misma que aún es capaz de habitar otros mundos, otras historias, otras realidades. Los sentidos se agudizaron, embriagándome con la belleza monumental de nuestra Catedral iluminada, de fachadas antiguas regadas por los destellos dorados de la luna, y de las gárgolas de las iglesias que parecían observarnos desde las alturas. La Palma milenaria, misteriosa y espectacularmente bella a la luz de la noche se reveló ante mí, ofreciéndome una visión diferente, mágica, y profundamente cautivadora.
No obstante, el esfuerzo logístico fue una batalla en sí misma. Tuve que coordinar la logística «puerta a puerta» —aún no me es posible conducir— y alterar la estricta rutina de mis horarios, ya que la visita se extendía entre las 21:00 y las 23:00 horas. Fue un gran desafío. Pero, con ayuda y coordinación de mi tiempo, lo hice. Y el simple hecho de haberlo logrado ya era una pequeña victoria.
La experiencia en sí fue, en su esencia, todo lo que esperaba: bonita, interesante, profundamente agradable, sencilla y, sobre todo, una excusa impecable para moverme y caminar. Ahora, mi mente ya busca activamente otras iniciativas similares, rutas que, bajo diferentes temáticas (historias, gastronomía, arquitectura..), me sigan provocando esa necesaria movilidad y me regalen nuevas perspectivas y vivencias, nuevas personas, y de paso, nuevo aprendizaje.
No obstante, el puñetazo brutal de la honestidad me obliga a mirar de frente a la factura física. La realidad post-ruta ha sido demoledora, una verdad ineludible. Hoy, el cuerpo ha alzado la voz con una intensidad que no esperaba tan demoledora: dolor extendido, profundo, músculos tensos hasta el grito, y ese cansancio que se mete hasta los huesos y cala hasta inmovilizarme por completo. Un agotamiento que paraliza, como si cada paso de anoche hubiese dejado una huella inflamatoria más intensa, afectando a nervios, músculos y articulaciones, dejándome incapacitada para cualquier otra mínima actividad a lo largo del día de hoy, de momento. Dos horas completas de caminata, más el ir y venir desde casa, ha sido un límite físico que he traspasado con consecuencias devastadoras.
Y sin embargo, en medio de esta resaca física, hay una certeza que se mantiene firme, inamovible, resonando más fuerte que el propio dolor y sin sensación de derrota, pues mereció la pena ponerme a prueba.
Porque en el centro de esta paliza corporal, hay algo que no duele, sino que se expande, que crece y me da aliento: la íntima y poderosa sensación de haberlo intentado, de no haberme quedado quieta en la resignación y de haber elegido activamente la vida, incluso con sus consecuencias más duras.
Quizá la gran lección de anoche es que dos horas completas son aún un objetivo demasiado alto, más bien una meta a medio plazo, un objetivo que mi cuerpo actual no puede sostener sin un castigo demasiado severo. Quizá el camino real hacia la recuperación es otro, más sabio y mucho más humilde: sumar minutos, construir un hábito inquebrantable de movimiento, enseñarle al cuerpo —con paciencia de orfebre y sin violencia— que puede volver a moverse sin miedo al castigo brutal del día después, pero muy poco a poco, minuto a minuto, sin prisa, pero sin pausa.
Estoy en el difícil pero crucial aprendizaje de habitar el equilibrio delicado entre el respeto absoluto a mis limitaciones y el impulso vital. Aún no lo conozco, estoy buscando dicho equilibrio cada día, con frustraciones y pequeñas celebraciones. La clave no es forzarme hasta la rotura, como hacía antes de enfermar, pero tampoco abandonarme a la quietud y al descuido. Estoy entendiendo que avanzar, en esta etapa, no es correr, ni siquiera caminar rápido… es permanecer en movimiento constante.
Moverme se ha convertido en mi acto de resistencia más silencioso y profundo, y también, paradójicamente, el más doloroso físicamente. Pero es una forma rotunda de decir: no voy a desaparecer, no me desvaneceré del mundo, de la vida. Por supuesto, mi aventura de ayer la pacté previamente con Alberto, mi fisioterapeuta y mi conciencia, y ambos acordamos que era bueno probar, probarme… Él es la voz de la sensatez y la ciencia.
Me siento orgullosa de haberme puesto a prueba, aunque el resultado de hoy sea la inmovilidad y el dolor. La planificación debe cambiar: debo ir sumando minutos día a día, con la vista puesta en normalizar una hora de paseo, luego dos, tres y así, con el tiempo, ir recuperando el terreno perdido durante estos dos años de quietud forzada. Soy tremendamente consciente de que el dolor y el cansancio serán mis compañeros de viaje de ahora en adelante, por siempre, pero si, poco a poco, logro generar y ampliar estas pequeñas rutinas, tal vez, solo tal vez, en un futuro pueda aventurarme a rutas más ambiciosas, tanto urbanas como en plena naturaleza. Tal vez, solo tal vez, pueda ser capaz de dejar de sentir que la vida se me escapa entre los dedos.
El dolor sigue a mi lado, sí, sigue siendo mi sombra, pero ya no camina solo. Ahora camina acompañado del coraje, la ilusión, la motivación y la actitud firme de quien se aventura a seguir avanzando día a día, con la cabeza alta y el corazón lleno de esperanza.
por Marta Bonet | Abr 15, 2026 | Pelusamientos |
Llegas a ciertos lugares con el peso del dolor y la incertidumbre, y sales con paz, esperanza o certeza inesperadas que lo cambian todo. Me pasó de la forma más insospechada: una cita médica que apareció por «causalidad» y que, contra mi primer impulso de cancelar, intuí y decidí mantener.
Llegué agotada, desordenada internamente, con síntomas confusos y miedo. Y allí ocurrió lo que no debería ser excepción: me escucharon. No de forma superficial, sino con atención plena, respeto y empatía, viéndome como un ser humano, no solo un caso clínico. Fue tremendamente sanador.
Desde aquel día, vuelvo a su consulta no solo por su conocimiento, sino por cómo es. Hay profesionales que aplican su saber, y luego están los que, además, sostienen. El Dr. Mario Gestoso entiende que delante tiene una persona que intenta no romperse. Él y otros «seres de luz» son mi red de apoyo, con un saber técnico profundo y una humanidad desbordante, valores que defiendo bajo #SomosResistencia.
A veces, la tecnología no cura todo, pero sí puede hacer algo fundamental: acompañar bien, con calidad humana y presencia.
Salir de su consulta es tener confianza, sí, pero también paz interior, sentirte comprendida en tu caos y tu luz. Es sanar heridas invisibles y no sentir tu esencia difuminada por el dolor.
He aprendido a valorar que cuando el conocimiento (manos que saben) y la humanidad (corazones que cuidan) coinciden, algo profundo se ordena y la esperanza florece.
Gracias, Dr. Gestoso, por ser faro, por mirarme con chispitas, por tu empatía sólida y líquida.
Gracias, sobre todo, por ser un verdadero cuidador de alma.
P.D. Post completo a continuación, y confío en que la IA haya plasmado la ternura de la visita en la ilustración.
Hay lugares a los que una llega con todo el peso del dolor acumulado, con la mochila cargada de incertidumbre y de batallas silenciadas, y sale con algo que no venía a buscar —una paz inesperada, un hilo de esperanza, la confirmación de que no se está sola—, pero que lo cambia todo. Sales con el alma un poco más ligera y con la certeza de que el camino, aunque sigue siendo incierto, se siente menos hostil.
A mí me pasó, y de la forma más insospechada.
Hace tiempo acudí a una consulta a la que, en realidad, no había pedido ir. La cita apareció como por arte de magia, o más bien por una «causalidad» que ahora entiendo profunda, en mi aplicación médica. Mi primer impulso fue cancelarla, borrar esa hora de mi agenda cansada, pero una intuición extraña, mágica y poderosa me detuvo. Decidí, contra toda lógica, no anularla y asistir. De esas decisiones pequeñas, casi imperceptibles, que en el momento parecen casuales y sin importancia, pero que con el tiempo demuestran ser los grandes puntos de inflexión.
Llegué a ese encuentro con el Dr. Mario Gestoso (Traumatólogo Médico especializado en el dolor de espalda. Jefe de la Unidad de Espalda Quirónsalud en Rotger y Palmaplanas. Director de la Escuela Española de la Espalda) arrastrando un cansancio que iba más allá de lo físico. Estaba desordenada por dentro, con mi arquitectura interna tambaleándose. Mi cuerpo gritaba demasiado alto, manifestando síntomas confusos y persistentes, sin darme un idioma claro para explicar el profundo malestar que sentía. Llegué blindada, con demasiadas muescas en la armadura, cicatrices visibles que la vida me había dejado y otras, invisibles y más profundas, que nadie podía ver. Y llegué con miedo, ese miedo pegajoso que te paraliza. Me senté en la silla desorientada, despistada y completamente descolocada en el espacio y en el tiempo, en una consulta que se me hacía fría, impersonal.
Y entonces ocurrió algo que, tristemente, no sucede con la frecuencia que debería en el ámbito sanitario: me escucharon. Pero no de forma pasiva o superficial, sino con una atención plena, casi sagrada. Me escucharon con los ojos —percibiendo la historia que mi postura y mi mirada contaban—, con las orejas atentas a cada matiz de mi voz, con gestos que transmitían calma y validación, y con las ganas genuinas de entender lo que me pasaba. Esa consulta de repente se convirtió en el lugar más acogedor, me parecía hasta bonita.
No fue esa forma rápida, cronometrada y «correcta» de la medicina de minutos controlados, en la que el profesional te oye solo para poder responder rápidamente, cerrar el diagnóstico y recetar. No. Me escucharon de verdad. Con tiempo, ese bien tan escaso. Con un respeto que me hacía sentir vista como un ser humano complejo, y no como un caso clínico. Con una atención tierna que no me interrumpió ni me midió, que me permitió desplegar mi caos sin sentirme juzgada. Con una empatía honesta, la que se sienta a tu lado en el barro. Y eso, cuando llevas mucho tiempo conviviendo con el dolor crónico, la incertidumbre y la incomprensión, no es pequeño; de hecho, es inmenso y tremendamente sanador.
Desde aquel día fundacional, he vuelto periódicamente a su consulta. Y no solo por la cantidad de conocimiento y la pericia profesional que posee —que es muchísimo—, sino fundamentalmente por cómo es. Porque existen profesionales que se limitan a hacer bien su trabajo, a aplicar su saber con rigor, y luego están los que, además de todo eso, sostienen. Los que entienden, con una claridad meridiana, que delante de ellos no hay solamente un conjunto de síntomas o un diagnóstico frío, sino una persona que está intentando con todas sus fuerzas no romperse, que está abrazando y gestionando varios pedazos de sí misma, y que tiembla por dentro de miedo o de dolor.
He tenido la inmensa suerte de encontrar varios de estos seres de luz. Ellos forman parte de esa red invisible, silenciosa pero fuerte, que me sujeta cuando el cuerpo físico falla estrepitosamente, cuando las circunstancias aprietan y parece que todo falla a mi alrededor. Son personas con un conocimiento médico y técnico profundo, sí, pero también con algo que no se aprende en ninguna facultad ni se puede estudiar: empatía, respeto, humanidad desbordante… ¡Valores! Son esos mismos valores éticos y humanos que intento defender y encarnar cada día bajo la bandera de #SomosResistencia, en mis redes, en mis medios, en mi escritura, con mi transparencia y mis emociones. Los mismos valores que definen el núcleo de mi propósito en la vida y por los que he sido creada para escribir.
Y en este pequeño ejército silencioso de cuidadores del alma, encuentro una inmensidad. Hay miradas que dicen más, mucho más, que cualquier voluminosa explicación científica o diagnóstico. Hay gestos pequeños, sutiles, que no hacen ruido ni buscan reconocimiento, pero que llegan directos al centro emocional. Son gestos que se tatúan en las emociones, dejando una marca imborrable de consuelo y seguridad. Hay momentos vividos en esa consulta que no se pueden contar, porque son demasiado íntimos o fugaces, pero que se quedan adheridos a las entrañas, anclados en el recuerdo más profundo de la sanación.
A veces, la medicina más avanzada y la tecnología más puntera no pueden curarlo todo, ni extirpar el dolor o la enfermedad por completo. Pero hay algo fundamental que sí puede hacer, y que cambia por completo la experiencia del camino del paciente: acompañar bien. Acompañar con calidad humana, con presencia. Ojalá muchos más profesionales del sector de la salud comprendieran esta verdad tan simple y profunda.
Salir de una consulta médica no solo implica tener un plan de tratamiento. Significa salir con paz interior, con una sonrisa tierna e inesperada que desarma el miedo, con la profunda sensación de haber sido comprendida en tu totalidad, en tu caos y en tu luz… eso también es avanzar. También es sanar las heridas invisibles. También es sentir que tu esencia, tu quién eres, no se ha difuminado por completo bajo un manto opresor de dolor crónico, ni ha sido engullida por la enfermedad. Es sentir que, incluso en medio de tu caos más absoluto, sigues conociendo a personas con las que compartirías una tarde de vino y vida, personas que, por su calidez y humanidad, deseas fervientemente mantener en tu camino.
Yo soy Pelusa. Y en medio de todo lo que duele, de las recaídas y de las incertidumbres, he aprendido a reconocer y a valorar algo tremendamente valioso y esencial: que hay manos que saben lo que hacen (conocimiento) y hay corazones que cuidan (humanidad). Cuando ambas cualidades —saber y cuidar— coinciden en un mismo profesional, en esa intersección mágica, algo muy profundo dentro de uno se ordena. La esperanza florece de nuevo.
Gracias, Dr. Gestoso, por estar incondicionalmente al otro lado de la mesa de despacho, siendo un faro en la tempestad. Gracias por mirarme siempre con chispitas en los ojos, que reflejan tu pasión y tu humanidad. Gracias por tu empatía, que siento sólida, fiable, como una roca, pero también líquida, capaz de adaptarse a mi forma cambiante. Gracias, sobre todo, por ser un verdadero cuidador. Porque lo eres. Porque tú no solo te enfocas en cuidar mi espalda y el cuerpo que falla, sino que extiendes tu cuidado hasta lo más profundo, cuidas mi alma. Te mando, con toda mi sinceridad y gratitud, este abrazo escrito.
por Marta Bonet | Abr 13, 2026 | Pelusamientos |
El Ikigai es un término japonés que habla del propósito de vida. Se dibuja como el punto donde se cruzan lo que amas, lo que sabes hacer, lo que el mundo necesita y aquello por lo que pueden pagarte. Un equilibrio bonito, casi perfecto, que promete sentido… y una razón para levantarse cada mañana.
Y sí, suena precioso. Pero cuando una vive en la textura real del dolor, donde el cuerpo a veces se rebela y el alma se cansa, esa perfección se siente lejana. Hay mañanas en las que la noche ha sido batalla, en que levantarse ya es logro silencioso. Días en los que “lo que amas” pesa menos que “lo que puedes sostener”, en los que el cuerpo no acompaña a lo que sabes hacer y el mundo espera… pero tu única necesidad es tregua.Y entonces ese Ikigai tan redondo parece no encajar.
Pero con el tiempo he entendido que quizá no es el concepto lo que falla, sino la forma de mirarlo. Ikigai no es un lugar al que llegar cuando todo está en orden, ni una versión impecable de una misma sin grietas. Es algo más íntimo, más humano: es forma de habitar la vida que ya tienes, incluso si duele.
Yo convivo con un cuerpo que a veces siente demasiado. Demasiado ruido, demasiada intensidad, demasiado cansancio, demasiado dolor. Durante mucho tiempo pensé que eso me alejaba del propósito, como si para tener sentido primero tuviera que estar bien.
He empezado a entender que mi Ikigai no está solo en lo que hago cuando estoy bien, sino en cómo sigo cuando no. En levantarme, aunque sea más despacio. En sostenerme si flaqueo. En elegirme con ternura cuando todo dentro pide rendirse.
Mi propósito no es llegar intacta, es aprender a habitarme así. Con mis días luminosos y mis días torcidos. Con lo que puedo dar y con lo que no. Porque hay una forma de estar en el mundo que no se mide en productividad, sino en presencia, honestidad, en no abandonarse. Y eso también es sentido.
Quizá mi Ikigai no es ese centro perfecto del diagrama, sino este gesto pequeño y valiente: seguir aquí. Escribir. Sentir. Acompañar, incluso cuando yo también necesito ser sostenida.Yo soy Pelusa, no siempre puedo, pero sigo. Y en ese “seguir”, cada vez lo tengo más claro, hay más propósito y resiliencia.
El concepto de Ikigai, un hermoso término japonés, se erige como la cúspide del propósito de vida. Tradicionalmente, se diagrama como un punto dulce, una intersección mágica y equilibrada donde se encuentran cuatro esferas: lo que amamos hacer, en lo que somos competentes, lo que el mundo demanda y por lo que estamos dispuestos a pagar. La promesa es clara: al encontrar este centro, uno descubre una fuente inagotable de motivación, un motor interno que da sentido a la rutina y asegura que cada amanecer sea bienvenido. Un equilibrio bonito, casi perfecto, que promete sentido… y una razón para levantarse cada mañana.Es la fórmula perfecta para una vida realizada.
Y sí, suena indudablemente precioso.
Pero para aquellos que vivimos en la textura áspera de la realidad, donde la perfección es una quimera y el cuerpo a menudo se rebela, esa representación ideal se siente distante. Hay mañanas en las que la noche ha sido una batalla, en las que el despertar trae consigo una sensación de agotamiento físico y emocional, una fatiga del alma que ya no quiere justificarse ni explicarse ante nadie. En esos días, la idea de «lo que amas» se disuelve bajo el peso de «lo que puedes soportar». El cuerpo, a veces hipersensible o demasiado intenso, no siempre es un aliado para «lo que sabes hacer». El «mundo» puede necesitar cosas grandes, tu cabeza o emociones, también, mientras que la única necesidad urgente e imperiosa es una tregua, un silencio, un momento de quietud. Ante estas realidades, el Ikigai —redondo, perfecto, inmutable— parece una camisa de fuerza.
O al menos, esa era la percepción inicial.
Con el paso del tiempo y la experiencia del vivir, una sospecha comienza a germinar: tal vez hemos malinterpretado la esencia del concepto, la forma en la que lo entendemos. Quizá el Ikigai no es un estado final al que se llega tras eliminar todas las imperfecciones y grietas de nuestra existencia. Quizá no es un lugar al que llegar cuando todo está en orden. No es la versión impecable de nosotros mismos funcionando sin grietas, sin esfuerzo. Más bien, he empezado a sentir que el Ikigai es una práctica, una forma de habitar la vida que ya tenemos, incluso cuando esa vida es incómoda, caótica o dolorosa. Es algo más íntimo, más humano… más real.
He convivido y convivo con un cuerpo que es a menudo una caja de resonancia hipersensible: demasiado ruido, demasiada intensidad emocional, un cansancio que no se rige por horarios convencionales, dolor desmesurado. Durante mucho tiempo, esto se sintió como un impedimento fundamental para cualquier noción de propósito. Creí que, para tener sentido, la vida primero debía estar «arreglada» o «bien»; que solo contaban los logros alcanzados desde la salud plena y la energía desbordante, desde la “perfección”. Pensaba: si duele, no es propósito.
Y la verdad es que no.
Mi comprensión ha evolucionado. He comenzado a entender que mi verdadero Ikigai no reside solo en todo lo que logro hacer cuando estoy bien, sino de forma crucial en la manera en que elijo seguir cuando no lo estoy. El propósito se revela en la tozudez de levantarme, aunque sea a un ritmo más lento, mucho más consciente. Está en el acto de auto-sostén cuando el cuerpo físico o el ánimo flaquean. Se encuentra en la elección deliberada de la ternura y la compasión hacia uno mismo y hacia los demás en los momentos donde la voz interna grita rendición. Es la determinación de buscar significado, de mantener la curiosidad y la conexión, incluso cuando el dolor interno hace más ruido que cualquier otra cosa.
Mi propósito, por lo tanto, no es la ilusión de llegar intacta al final, sino la profunda y difícil lección de aprender a habitarme tal como soy, y contrarlo al mundo: con mis días llenos de luz y mis días totalmente torcidos; con la energía vibrante cuando aparece y con la pausa profunda y necesaria cuando mi sistema lo exige. El Ikigai en la fragilidad es la aceptación de lo que puedo ofrecer hoy y la honestidad de reconocer lo que hoy no puedo dar. Y es aprender a habitarme así.
Existe una forma de presencia en el mundo que se mide no por métricas de productividad o eficiencia, sino por la honestidad brutal de estar presente en la propia experiencia, por la presencia inquebrantable, por el compromiso de no abandonarse a uno mismo, ni a los demás en la medida de lo posible.
Y este gesto —este sostenerse y no irse— es, sin lugar a dudas, un profundo sentido.
Quizá mi verdadero Ikigai no es ese centro puro y perfectamente dibujado en un diagrama, sino este gesto pequeño, silencioso, pero vital y muy valiente: el de seguir aquí. El acto de escribir, de sentir, de intentar acompañar a otros incluso cuando soy yo quien más necesita ser sostenida. Soy Pelusa, y es cierto, no siempre puedo con todo lo que se espera o lo que me gustaría. Pero sigo. Y últimamente, la sospecha es cada vez más fuerte: en ese simple y poderoso «seguir», en la persistencia con ternura, reside mucho más propósito y significado que cualquier explicación teórica que se nos haya dado jamás. Es el Ikigai de la resiliencia.
por Marta Bonet | Abr 5, 2026 | Pelusamientos |
Ayer leí algo que me tocó por dentro. No era brillante ni perfecto, era real.
Una pelusilla me compartía esa sensación de mirar alrededor y sentir que todo el mundo vive mejor que una… mientras tú haces equilibrios para no romperte por dentro.
Y entendí algo importante: eso que duele no es envidia. Es tristeza. Es cansancio. Es sentir que la vida, a veces, no reparte igual.
Vivimos rodeados de imágenes editadas bonitas, vidas ordenadas, sonrisas sin peso, momentos sociales perfectos. Pero cuando tu batalla está dentro, cuando el dolor no se ve, ese escaparate puede doler un poco más.
Con el tiempo he aprendido algo que me sostiene: lo que se muestra no siempre es lo que es. Nadie enseña las noches sin dormir, el cuerpo que no responde, la mente agotada, la cara desfigurada. Todo eso queda fuera de plano. Y sin querer, nos comparamos con una versión editada del otro… y claro, siempre sentimos que perdemos.
Yo también he caído ahí. He pensado que voy más lenta, que no llego, que no soy suficiente, que mi vida ahora no es ni por asomo lo que fue. Pero no estoy fallando; estoy viviendo y atravesando algo invisible y horrible, lo cual es un acto de inmensa valentía y me abre a la reconstrucción. Mostrar la verdad del dolor no es debilidad, sino honestidad en tu vulnerabilidad.
Y hay algo más bonito aún: quienes se quedan cuando no estás bien, quienes entienden sin que expliques, quienes te quieren sin filtros… esa es tu tribu. Lo demás es ruido.
Así que si hoy sientes que el mundo avanza y tú no, párate un momento. Respira. No te estás quedando atrás. Estás atravesando tu vida. Recordemos: no todo el mundo está bien todo el tiempo; el sufrimiento, las flaquezas y el dolor son una condición humana universal.
Yo, Pelusa, no siempre puedo con todo, pero sigo. Ese acto de perseverancia, aunque no sea bonito en redes, es una forma legítima de estar bien. Mi estrategia es mirar menos el brillo ajeno y enfocar esa energía en producir belleza, luz y utilidad (por ejemplo, mediante la escritura), buscando mi propio bienestar emocional lejos de la tiranía del escaparate.
Ayer me encontré con un eco que resonó profundamente en mí. No era una pieza de oratoria magistral, ni la quintaesencia de la sabiduría en una frase, no era tampoco una de esas frases tan felices en Instagram, sino algo mucho más crudo, sencillo y desarmadoramente honesto. Era la confesión de una pelusilla de una de mis redes, que me transmitía una sensación terrible y recurrente: la de mirar el paisaje ajeno y llegar a la conclusión de que todo el mundo parece vivir mejor que una, mientras el propio esfuerzo se concentra en la lucha silenciosa por mantenerse a flote y no sucumbir a la fractura interna. La percepción de que la vida de los demás se teje con hilos de perfección, rodeada de amor incondicional, belleza inalterable y abundancia sin límites. Cunde la impresión de que ellos no están solos, no están enfermos, no sufren tristezas ni flaquezas, no batallan contra un ejército invisible de monstruos personales que han salido todos juntos del armario. Y esta reflexión me caló hondo, porque la punzada que se siente no es siempre envidia mezquina, ni siquiera envidia sana, sino una mezcla densa de tristeza, agotamiento y una profunda sensación de injusticia vital y fustración.
Es el instante preciso en el que el reflejo en el espejo social provoca una comparación involuntaria, y en ese juego de espejos distorsionados, una siempre siente que pierde. Siempre se ve menos, es como esos juegos de espejos en las ferias, que distorsionan tu propio reflejo hasta límites casi absurdos.
Vivimos inmersos en una marea de imágenes pulidas. De narrativas de vida que se presentan como perfectamente ordenadas, ligeras, peciosas. Vemos cuerpos que responden con una disciplina envidiable, días que transcurren sin fricciones, sonrisas que no ocultan ningún peso, celebraciones sociales perfectas. Y la verdad es que, cuando el campo de batalla está dentro, cuando el alma está librando una guerra privada, la visión de esa aparente placidez ajena duele un poco más, se siente como una bofetada de la realidad.
Pero hay una verdad fundamental que, con el paso del tiempo, he ido desentrañando con cautela, casi temiendo hacerme daño en el proceso: lo que se muestra no es necesariamente lo que existe. Las plataformas sociales y los espacios públicos se han transformado en elaborados escaparates, y, por definición, en un escaparate jamás se exhibe el dolor, la miseria o la imperfección. Allí no hay lugar para la noche insomne, el cuerpo que se rebela y no coopera, la mente que implosiona por el cansancio o la llegada súbita de un miedo paralizante. Todo eso se queda recluido en la intimidad del hogar, encapsulado dentro del cuerpo, custodiado en la burbuja más personal de cada individuo. La norma no escrita dicta que mostrar la vulnerabilidad o hacer visibles las flaquezas no resulta estético, no «vende», no atrae.
Y así, incurrimos en el error de compararnos con una versión inexacta, incompleta y editada del otro. Llenita de filtros hechos con polvo de hadas y retinas de unicornios. El resultado, previsiblemente, es que la balanza siempre se inclina en nuestra contra.
Yo misma he caído en esa trampa mental. La de creer que mi ritmo es más lento, que mis logros son escasos, que no alcanzo el estándar de lo que «debería ser» o el listón que yo misma me puse en el pasado. Sin embargo, he asimilado una lección crucial: no estoy fallando. Estoy, de hecho, viviendo y atravesando algo que no es visible para el ojo ajeno, y al hacerlo, estoy demostrando una valentía inmensa. Este proceso no me resta valor; por el contrario, me inviste como una auténtica guerrera del coraje. Me abre las puertas a un vasto campo de posibilidades de aprendizaje, maduración y, esencialmente, reconstrucción. Me invita a reforzarme, a reconstruirme, a editarme de nuevo afianzando valores.
Mostrar la propia verdad no equivale a debilidad, ni es una búsqueda de lástima, ni una caída en el drama fácil. Es un acto de honestidad brutal con la realidad que se vive y un confrontamiento de esa realidad que se hace con dignidad, fe en el proceso y un profundo valor personal.
Y con esta comprensión, he destilado otra verdad esencial: quienes permanecen a tu lado cuando estás en tu peor momento, quienes entienden tu situación sin necesidad de grandes explicaciones, quienes te valoran por lo que eres y no por lo que produces o aparentas ser… ellos son tu gente, tu tribu. El resto no es más que ruido de fondo en el gran teatro del mundo.
Recordemos siempre: no todo el mundo está bien. La única diferencia es que no todos tienen la necesidad o el coraje de contarlo. De hecho, todos cargamos con algún tipo de sufrimiento, todos poseemos flaquezas ocultas, atravesamos malos momentos, lidiamos con debilidades, complejos y dolores. Es la condición humana, universal.
Por eso, si hoy te sorprendes mirando a tu alrededor y sientes que el mundo entero avanza mientras tú te quedas atrás, haz un alto. Detente. Respira profundamente. Y repítete una verdad simple, pero de un peso incalculable: no estás al margen de la vida. Estás, simple y llanamente, atravesando la tuya. Y ese tránsito, esa lucha personal e invisible, también cuenta. También posee un valor incalculable. De hecho, es justo ahí donde tienes la oportunidad de poder reconstruirte de una manera brillante.
Yo soy Pelusa. Y sí, admito que no siempre puedo con todo, pero lo esencial es que sigo. Y ese acto de perseverancia, aunque jamás aparezca en una foto perfecta ni se monetice en una story de Instagram, también es una forma profunda y legítima de estar bien. Cuando los momentos se tornan más grises, mi estrategia es mirar menos el brillo ajeno y aprovechar esa bajada de energía para reforzar mis propias fases creativas. Busco producir belleza, luz y utilidad. Yo, por ejemplo, recurro a la escritura, pero estoy segura de que cada uno tiene sus propios métodos para evadirse de la tiranía del escaparate y cuidar su salud emocional, generando algo bello, útil o simplemente consolador que le devuelva la sensación de bienestar y propósito.
por Marta Bonet | Mar 26, 2026 | Pelusamientos |
Hoy he decidido dar un paso que, por dentro, se siente sereno… pero firme.
Voy a participar como voluntaria en un estudio científico sobre fibromialgia y sensibilización central en la Universidad de las Islas Baleares (IUNICS), un centro especializado en investigar las bases neurológicas del dolor crónico.
Es un estudio serio, con base médica, que busca comprender mejor cómo funciona el dolor en el cerebro y explorar nuevas vías no farmacológicas. Para ello, se analiza la actividad cerebral mediante electroencefalograma (EEG) y se aplica tACS, una técnica de estimulación eléctrica de baja intensidad que intenta regular los ritmos cerebrales implicados en la percepción del dolor.
Antes de la sesión, he completado 8 cuestionarios clínicos validados que evalúan el impacto del dolor, la calidad de vida y el estado emocional. Durante la prueba, se medirán respuestas reales de mi cuerpo, de eso que tantas veces no se ve… pero está.
Y por eso estoy aquí. Porque hay dolores invisibles que necesitan ser medidos, nombrados, comprendidos. Yo convivo con varios de ellos.
Mi historia médica ha desembocado, además, en fibromialgia y síndrome de sensibilización central. Y más allá del diagnóstico, pesa la falta de reconocimiento, de recursos y de comprensión real. Por eso participo. No pensando que me cure, sino sabiendo que puede ayudar.
A construir evidencia. A dar forma científica a lo que parece subjetivo. A que algún día nadie tenga que justificar su dolor para ser creído.
Este estudio forma parte de una investigación amplia, con cientos de participantes. Cada persona suma. Cada dato cuenta.
Yo quiero estar ahí. Quiero que mi experiencia sirva para algo más que sostenerme. Quiero abrir camino. Quiero ser activista.
Pelusa no solo escribe. También hace. Y hoy me pongo al servicio de la ciencia, la visibilidad y el reconocimiento. Y eso, para mí, también es acompañar.
Hoy he decidido dar un paso que por dentro se siente sereno, pero firme. No ha sido uno de esos gestos ruidosos que se anuncian con trompetas ni uno de esos impulsos que se inflan un día y se deshinchan al siguiente. Ha sido algo más silencioso y más sólido. Una decisión tomada desde la experiencia, desde el dolor, el cansancio y también desde la esperanza. Voy a participar como voluntaria en un estudio científico sobre fibromialgia y sensibilización central que se está llevando a cabo en la Universidad de las Islas Baleares, en el IUNICS, un centro de investigación especializado en las bases neurológicas del dolor crónico. Y para mí esto no es una anécdota ni una curiosidad de agenda. Es una forma de compromiso. Una manera de decir: aquí estoy, con todo lo que me duele, y aun así quiero aportar.
Hay algo profundamente reparador en sentir que el dolor no solo se padece, sino que también puede ponerse al servicio de una causa mayor. Yo convivo con un dolor que no siempre se ve, que no siempre se entiende y que, demasiadas veces, obliga a quien lo sufre a hacer un trabajo extra: además de sostenerlo, tiene que explicarlo. Además de soportarlo, tiene que justificarlo. Y eso desgasta de una forma muy particular, porque no solo cansa el cuerpo, también cansa el alma. Por eso, cuando aparece una vía seria, rigurosa, científica, para estudiar de verdad lo que nos pasa a quienes vivimos con fibromialgia y síndrome de sensibilización central, siento que no debo mirar desde la barrera. Siento que tengo que estar.
Gracias a Amasc, la asociación de almas bonitas que sufrimos estas enfermedades en Mallorca, soy consciente de este estudio, porque ellas nos lo han hecho llegar y nos han ofrecido la posibilidad de participar, porque hacen una gigante labor cada día como red de apoyo, y como auténticas guerreras.
Este estudio busca comprender mejor cómo funciona el dolor en nuestro cerebro y explorar nuevas vías no farmacológicas para tratarlo. Y eso, dicho así, puede parecer una frase clínica más. Pero a mí me impresiona pensar en lo que significa de verdad. Significa que hay personas investigando con rigor lo que tantas veces otros han minimizado. Significa que hay equipos científicos intentando poner luz en un territorio que durante demasiado tiempo ha sido tratado como un cajón desastre, como si el dolor invisible fuera una mezcla confusa de cosas difíciles de medir y, por tanto, fáciles de ignorar. Significa que alguien se está tomando en serio aquello que tantas personas han tenido que aprender a vivir entre la incomprensión, la sospecha y el “no será para tanto”.
La investigación se basa, entre otras cosas, en el registro de la actividad cerebral mediante electroencefalograma, el conocido EEG. Es decir, van a observar cómo se comporta el cerebro, cómo se comunican sus ritmos, cómo responde esa red invisible que sostiene tantas funciones y que, en condiciones como la mía, parece haber aprendido a amplificar el dolor hasta convertirlo en una presencia constante. Además, aplican una técnica llamada tACS, una estimulación transcraneal con corriente alterna de muy baja intensidad, que busca modular esos ritmos cerebrales implicados en la percepción dolorosa. No es una ocurrencia moderna ni una excentricidad de laboratorio. Es una línea seria de investigación en neuromodulación, con base científica, cuidadosamente planteada para entender mejor qué está ocurriendo y qué posibilidades de alivio real pueden abrirse.

Antes de llegar a la parte presencial, he completado una batería de cuestionarios clínicos validados. Ocho, nada menos. Cuestionarios que miden el impacto del dolor, el estado emocional, la calidad de vida y el modo en que estas dolencias se cuelan, se expanden y se instalan en la vida diaria. Y aunque responder tantas preguntas puede parecer tedioso desde fuera, a mí me ha parecido, en cierto modo, un gesto hermoso. Porque hay algo valioso en que una experiencia tan íntima y tantas veces difusa como el sufrimiento pueda ser recogida con orden, con método y con respeto. No para reducirla a un número, sino para darle cuerpo científico. Para que deje de parecer una niebla subjetiva y empiece a ocupar un lugar legítimo en la conversación médica, social e institucional.
Eso es lo que me mueve. No la ingenuidad. No la fantasía de una solución inmediata. No la necesidad infantil de creer en milagros. Yo no participo pensando que una prueba va a reescribir por arte de magia todo lo que me ha tocado vivir. Participo porque creo en la importancia de construir evidencia. Participo porque sé que hacen falta datos, cuerpos, tiempo, constancia, pelusas y personas dispuestas a poner algo de sí para que estas enfermedades dejen de vivir en los márgenes. Participo porque quiero contribuir a que el dolor invisible tenga una gramática científica cada vez más sólida. Porque quiero que llegue el día en que nadie con fibromialgia, con sensibilización central o con cualquier otra dolencia compleja y poco visible, tenga que suplicar credibilidad.
Mi historia médica es larga, compleja y pesada. Hay vértebras, operaciones, secuelas, diagnósticos, cansancios y dolores que se han ido encadenando hasta desembocar, entre otras cosas, en fibromialgia y síndrome de sensibilización central. Yo no llego a este estudio desde la teoría ni desde una militancia vacía. Llego desde el cuerpo. Desde lo vivido. Desde lo que ha sido pasar por quirófanos, consultas, listas de espera, pruebas, dudas y procesos en los que una a veces siente que su vida se va llenando de nombres difíciles mientras lo más difícil sigue siendo explicar cómo se habita todo eso. Por eso mi activismo no quiere quedarse en el relato bonito. Quiero que Pelusa no solo acompañe con palabras. Quiero que acompañe también con hechos. Quiero que se sepa que detrás de esta criatura tierna, despeinada y sin boca, hay una voluntad real de implicarse, de aprender, de dar visibilidad y de estar a la altura de la causa que abraza.
Me interesa mucho ese contraste, además. Pelusa es suave, pero no es frívola. Es tierna, pero no es superficial. Tiene humor, pero no trivializa. Y creo profundamente que ese contraste entre una imagen amable y una voz que habla con verdad, con ciencia, con fundamento y con propósito, puede convertirse en una forma muy poderosa de comunicación, mi especialidad. Hay personas que quizá no se acercarían jamás a un discurso médico árido y, sin embargo, sí se detienen ante una ilustración cálida, una frase que abraza o una reflexión que les habla desde un lugar más humano. Si desde ahí logramos conducirlas hacia la comprensión real de lo que es vivir con dolor crónico, con fibromialgia, con sensibilización central, con agotamiento, con incomprensión, con una biografía médica rota y cansada, con una vida truncada, entonces estaremos haciendo algo valioso. Muy valioso.
Yo quiero que Pelusa sea respetada precisamente por eso. Porque debajo del dibujo hay verdad. Porque detrás de cada pelusamiento hay experiencia, reflexión, trabajo y, cada vez más, también una voluntad seria de divulgación y de activismo. No me interesa que se quede solo en lo mono, en lo inspiracional o en la frase bonita que se comparte y luego se olvida. Quiero que sea refugio, sí. Pero también puente. Quiero que acompañe, pero también que informe. Quiero que consuele, pero también que remueva. Quiero que haga pensar. Y en esta ocasión, quiero que quienes lean este artículo, sean pacientes, familiares, profesionales sanitarios o investigadores, perciban algo muy claro: aquí hay respeto por la ciencia, y por las personas y los valores humanos. Aquí hay confianza en la investigación. Aquí hay gratitud hacia quienes dedican su inteligencia y su vocación a estudiar un sufrimiento que durante demasiado tiempo no ha tenido el lugar ni los recursos que merece.
Este estudio, además, forma parte de un trabajo más amplio, con cientos de participantes. Y eso me emociona especialmente. Porque significa que no se trata de una historia aislada ni de una excepción exótica. Significa que hay muchas personas diciendo presente. Muchas personas poniendo su cuerpo, su tiempo, su historia y su cansancio al servicio de una comprensión mayor. Cada participante suma. Cada cuestionario, cada prueba, cada sesión, cada señal eléctrica registrada, cada respuesta recogida, aporta una pieza al puzzle. Y yo quiero ser una de esas piezas. No por protagonismo, sino por convicción. Porque siento que, en el momento en que mi dolor puede servir para algo más que ser soportado, hay en él una pequeña posibilidad de sentido.
A veces pienso que una de las cosas más crueles del sufrimiento es cuando no deja ningún fruto. Cuando solo pesa, rompe y agota. Quizá por eso esta participación me conmueve. Porque convierte una parte de mi historia en una herramienta útil. Porque me permite tender un hilo entre mi experiencia personal y una posibilidad colectiva. Porque, de alguna manera, me ayuda a sentir que no estoy viviendo todo esto únicamente para resistirlo, sino también para transformarlo en algo que pueda abrir camino, aunque sea un poquito.
No sé qué saldrá de este estudio. No sé qué descubrirán, qué cifras aparecerán, qué conclusiones podrán obtener, qué ritmos cerebrales cambiarán o qué preguntas nuevas se abrirán a partir de aquí. Pero sí sé que investigaciones así dignifican. Y eso, cuando una ha vivido en un cuerpo tantas veces cuestionado o mal comprendido, no es poca cosa. Dignifican porque nombran, porque miden, porque observan con método lo que otros han preferido reducir a vaguedad. Dignifican porque hacen sitio. Porque convierten el dolor en objeto de estudio serio y no en un problema incómodo que se barre bajo la alfombra de la subjetividad.
Por eso hoy puedo decir, sin grandilocuencias y sin postureo, que soy activista de verdad, en pro de la ciencia. No porque lleve una pancarta ni porque crea tener respuestas. Lo soy porque decido implicarme. Porque presto mi historia, mi tiempo, mi sistema nervioso, mi paciencia, mis emociones y mi esperanza a una causa que me supera, pero que también me atraviesa. Lo soy porque quiero que el reconocimiento de estas enfermedades no dependa solo de la sensibilidad de quien escucha, sino también de la solidez de la evidencia que las respalda. Lo soy porque quiero que un día los recursos no lleguen con cuentagotas, la comprensión no sea un privilegio y la credibilidad no sea una conquista agotadora para quien ya bastante tiene con sobrevivir al día. Lo soy porque anhelo aportar mi granito de pelusilla al mundo, humildemente, y luchar por esos valores y principios de los que nos estamos olvidando cada día más, y que son lo que nos humaniza.
Pelusa no solo escribe. También hace. También camina. También se sienta en laboratorios, responde formularios, se deja estudiar, se informa, estudia, pregunta, aprende y se pone, humildemente, al servicio de algo mayor. Y eso, para mí, también es acompañar. Acompañar no es solo ofrecer consuelo. Acompañar también es ayudar a construir el mundo que una necesita y desea para quienes vienen detrás. Un mundo donde el dolor invisible no tenga que mendigar atención. Un mundo donde la ciencia, la humanidad, los valores y la sensibilidad no se den la espalda. Un mundo donde una criatura sin boca pueda, aun así, decir cosas importantes a través de sus Pelusamientos, como pueda, dentro de su día a día, de sus capacidades actuales en las que, escribir y la creatividad, es una de las únicas cosas que siguen latentes (a ratos) .
Y quizá eso sea también una forma bonita de resistencia.
#SomosResistencia
por Marta Bonet | Mar 21, 2026 | Pelusamientos |
Hoy ha llegado a mis manos un libro que huele a tiempo bonito; de ese que no corre, sino que se posa. Huele a manos de abuela, a tierra después de la lluvia y a una sabiduría ancestral paciente.
Se titula La botica casera olvidada, y al acariciar sus páginas he sentido algo que me ha abrazado el alma: no estaba aprendiendo nada nuevo, estaba, sencillamente, recordando. Recordaba que hubo un ayer en el que el cuidado no venía envuelto en plástico frío ni palabras vacías, sino en las manos que sabían leer lo que brotaba del suelo. Recordaba que la naturaleza no grita, pero nos susurra al oído con una claridad que hemos ido olvidando entre tanto ruido de progreso.
Yo, que paso mis días conversando con mi propio dolor, que lo escucho incluso cuando preferiría el silencio, he decidido que también voy a empezar a escuchar a la tierra. Quiero hacerlo con la humildad de quien pide permiso, quien se asoma de puntillas, con una curiosidad mansa, sin la urgencia de quien busca milagros. No persigo pócimas mágicas que borren mis cicatrices de un plumazo; lo que busco son pequeñas complicidades y alianzas. El abrazo de una infusión que me apacigüe el alma, la fuerza discreta de una raíz que sostenga el cansancio, o ese gesto mínimo que me devuelva un poco de paz. He comprendido que sanar, quizás, no es lograr que el dolor desaparezca, sino aprender a rodearlo con tanta ternura que, al final, se vuelva habitable.
Este libro no descubre nada, pero lo honra todo. Recoge el testigo de aquellas abuelas que curaban con el delantal puesto y de esas mujeres sabias a las que, por miedo a su luz, llamaron brujas.
Es cierto que la ciencia nos ha traído lejos, pero en el camino nos hemos dejado la mano de la Madre Natura y sus valores, y con ella, un pedazo de nuestra propia humanidad. No quiero elegir. Quiero que la medicina me cuide, pero quiero que la tierra me enseñe a transitar mi dolor. Porque presiento que, entre ambas, encontraré al fin una forma más dulce, más inteligente y más humana de habitar este cuerpo mío. Y eso, para mí, ya es empezar a aliviar.
Hoy ha sucedido un pequeño milagro en mis manos. No ha sido un evento estruendoso, sino la silenciosa llegada de un libro que porta consigo la calma de otro tiempo. Un tiempo bonito; de ese que no corre apresurado, sino que se posa con suavidad sobre el alféizar.
Este libro desprende un sentimiento único, un eco de la memoria y la naturaleza: el de las manos de la abuela, que conocían cada pliegue de las páginas; el de la tierra saciada por la lluvia; y el de una sabiduría ancestral, serena y paciente, que no necesita validación.
El libro se titula La botica casera olvidada, de la Dra. Nicole Apelian, y su simple presencia ha sido una caricia para el alma. Al deslizar mis dedos sobre sus páginas, profundas y cargadas de historias no escritas, he experimentado una epifanía. No estaba, en rigor, aprendiendo nada que no supiera mi memoria profunda; estaba, sencillamente, recordando. Recordando la certeza de que existió un ayer donde el cuidado genuino no venía precintado en un envoltorio de plástico frío ni adornado con palabras vacías. El cuidado se gestaba en las manos callosas y tibias de quienes sabían descifrar el lenguaje de lo que brotaba del suelo con una precisión instintiva y mágica.
He recordado que la naturaleza no necesita alzar la voz; nos susurra. Lo hace al oído, con una claridad antigua que hemos ido silenciando, sepultándola bajo el estrépito incesante del ruido que llamamos progreso.
Yo, que dedico mis días a la compleja tarea de conversar con mi propio dolor, que he aprendido a escucharlo incluso en aquellos momentos en los que mi alma solo anhela el silencio, he tomado una decisión fundamental: voy a empezar también a escuchar a la tierra. Pero quiero hacerlo con la humildad profunda de quien pide permiso para entrar en un santuario. Me asomaré de puntillas, con una curiosidad tranquila y despojada de la urgencia de quien busca la solución instantánea o el milagro que lo borre todo, y de los prejuicios.
No persigo la quimera de pócimas mágicas que prometan borrar mis cicatrices de un plumazo, callar al dolor o anular el camino recorrido. Lo que anhelo son pequeñas complicidades y alianzas: el abrazo reconfortante de una infusión humeante que apacigüe la tempestad interna, la fuerza discreta y persistente de una raíz que sepa sostener el peso del cansancio acumulado, o ese gesto mínimo que me devuelva un fragmento de la paz que creí perdida.
He comprendido, en esta quietud que me regala el libro, que sanar, en su sentido más profundo, quizás no radique en la victoria final sobre el dolor —en lograr que este desaparezca—, sino en el arte de aprender a rodearlo con una ternura tan vasta, con una aceptación tan incondicional, que, al final, la experiencia misma del dolor se vuelva habitable.
Este libro no se atribuye el mérito de descubrir nada nuevo, pero sí posee la nobleza de honrarlo todo. Recoge el testigo de aquellas abuelas que ejercían la medicina con el delantal puesto y con la intuición como mejor herramienta. Honra a esas mujeres sabias, poseedoras de un conocimiento orgánico y profundo, a las que la sociedad, por miedo a la intensidad de su luz y su poder, se atrevió a llamar brujas.
Es innegable que la ciencia y la tecnología nos han impulsado lejos, abriendo caminos de curación extraordinarios. Sin embargo, en el frenesí de esa carrera, hemos soltado la mano de la Madre Natura y sus valores intrínsecos; y, al hacerlo, hemos extraviado un pedazo esencial de nuestra propia humanidad. Mi postura no es elegir entre una y otra. Quiero que la medicina moderna me cuide con su precisión y su avance, pero deseo, con la misma intensidad, que la tierra me enseñe la mejor forma, la más sabia y ancestral, de transitar mi dolor. Porque presiento que es en la virtuosa coexistencia de ambos mundos —el rigor científico y la sabiduría ancestral— donde encontraré, al fin, una forma más dulce, más inteligente y, sobre todo, más humana de habitar este cuerpo que me ha sido dado. Y esa integración, ese equilibrio buscado, es, para mí, el verdadero inicio del alivio.


por Marta Bonet | Mar 13, 2026 | Pelusamientos |
Esta semana, después de más de un año de espera, crucé por fin la puerta de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario Son Espases. Llegué con mis dolores invisibles a cuestas, mis informes, mis miedos… y también con esa pequeña esperanza que una guarda incluso cuando está cansada de esperar, de doler.
Me atendió el doctor Hermann Ribera, anestesiólogo especializado en dolor y jefe de la unidad, y ocurrió algo que, para quienes vivimos con dolor crónico, tiene un valor inmenso: me escuchó de verdad. No solo oyó mis palabras; escuchó mi historia con atención y ternura. Se tomó tiempo para preguntarme, darme consejos, responder mis dudas y buscar la forma de ayudarme.
Me miró con calma, revisó mi larga trayectoria médica, midió mi dolor, me explicó con claridad lo que ocurre en mi cuerpo… y, sobre todo, empatizó. Y cuando alguien que sufre tanto encuentra a un médico con los valores tan bien puestos, algo dentro se ilumina.
A veces la medicina no puede ofrecer certezas o curas, pero puede ofrecer algo igual de valioso: humanidad.
El doctor me propuso un tratamiento con perfusión de ketamina durante varias horas al día y varios días seguidos, similar a un ciclo de quimioterapia. Es un proceso intenso, batalla química contra el dolor con esperanza de elevar umbral del sufrimiento y devolver algo tan sencillo y valioso como descanso, movilidad y calidad de vida.
Me pongo en sus manos con confianza. No solo por su prestigio, sino por esa vocación que se reconoce en la mirada de quienes han decidido dedicar su vida a cuidar de los demás.
También quiero agradecer al equipo de la Unidad su trato cercano, humor amable y su profesionalidad. En un lugar donde cada día se enfrentan a tantas historias difíciles, supieron crear un espacio cálido y seguro. Hay profesiones que son trabajo y otras que son propósito.
Quienes trabajan en la Unidad deben ser personas muy valientes y cargadas de valores firmes para enfrentarse cada día a los monstruos y oscuridades que traen el sufrimiento y dolor crónico. Ellos son luz. Guerreros silenciosos frente a la oscuridad, resistencia pura.
Por eso hoy siento una gratitud profunda y una pequeña chispa de esperanza. Quizá no haya cura, pero sí hay manos que ayudan a sostener el camino con ternura.
Esta semana marcó un hito largamente esperado en mi batalla personal contra el dolor. Después de más de un año inscrita en una angustiosa lista de espera, finalmente se abrieron ante mí las puertas de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario Son Espases. Llegué arrastrando conmigo el peso de mis dolores invisibles, una carga pesada forjada por años de incomprensión y sufrimiento silencioso. Traía conmigo un voluminoso historial médico, mis miedos más profundos, pero también esa pequeña, terca e irrenunciable semilla de esperanza que uno guarda incluso cuando el agotamiento de esperar y de doler amenaza con marchitarlo todo.
La persona encargada de recibirme fue el doctor Hermann Ribera, un anestesiólogo de gran prestigio, especializado en el manejo del dolor y, además, jefe de la unidad. Y en ese encuentro, ocurrió algo que, para quienes navegamos la compleja y solitaria senda del dolor crónico, tiene un valor absolutamente incalculable: fui escuchada de verdad.
El doctor Ribera no se limitó a oír el relato de mis síntomas; escuchó mi historia completa, mi trayectoria vital marcada por esta dolencia, con una atención profunda, una ternura palpable y un respeto inusual. Se tomó el tiempo necesario para indagar con precisión, ofrecerme valiosos consejos de manejo diario, responder cada una de mis incontables preguntas y, sobre todo, buscar activamente una estrategia concreta y efectiva para aliviar mi sufrimiento.
Me observó con atención plena, revisó meticulosamente mi extenso expediente médico, se preocupó de medir y cuantificar mi nivel de dolor, y me explicó con una claridad asombrosa lo que estaba sucediendo realmente en mi cuerpo. Pero lo más importante de todo: empatizó. Y cuando una persona que lleva años sufriendo encuentra a un profesional médico con unos valores humanos tan sólidos y bien arraigados, se produce un instante de profunda iluminación y alivio. Es como si una densa niebla se disipara momentáneamente.
En ocasiones, es doloroso reconocerlo, la medicina moderna no puede ofrecer las deseadas certezas, ni mucho menos una cura definitiva. Sin embargo, puede y debe ofrecer algo de valor equivalente, si no superior: humanidad en el trato, compasión y acompañamiento.
El doctor Ribera me propuso un camino terapéutico intenso y de vanguardia: un tratamiento con perfusión intravenosa de ketamina, que se administra durante varias horas al día y se extiende a lo largo de varios días, similar en estructura a un ciclo de quimioterapia. Es un proceso que se anticipa intenso y duro, una verdadera batalla química y farmacológica directa contra los mecanismos del dolor, con la firme esperanza de conseguir elevar mi umbral de sufrimiento y, con ello, devolverme una dosis significativa de descanso reparador, mejorar mi movilidad funcional y recuperar una porción considerable de mi calidad de vida.
Me pongo en sus manos con una confianza plena e inquebrantable. Esta confianza se cimienta no solo en su reconocido prestigio profesional y su pericia técnica, sino, y más importantemente, en esa vocación de servicio que se irradia y se reconoce inmediatamente en la mirada serena y dedicada de quienes han decidido consagrar su vida a la noble labor de aliviar el dolor y el sufrimiento ajeno.
Quiero extender mi más sincero agradecimiento a todo el equipo que conforma la Unidad del Dolor. Su trato fue cercano y cálido, su sentido del humor, siempre amable, y su profesionalidad, incuestionable. En un entorno hospitalario donde cada día se encuentran y se enfrentan a un torrente constante de historias difíciles y dolorosas, este equipo ha sabido construir y mantener un espacio de encuentro excepcionalmente cálido, seguro y humano.
Hay actividades que son simplemente trabajos o empleos. Y luego existen aquellas profesiones que trascienden el mero sustento para convertirse en un verdadero propósito de vida.
Estoy convencida de que el personal de la Unidad del Dolor debe estar compuesto por personas extraordinariamente valientes, con una carga profunda de valores firmes y una resistencia inusual, para poder enfrentarse cada jornada a los numerosos monstruos, las oscuridades y las batallas que conllevan los dolores crónicos y los sufrimientos complejos de sus pacientes. Ellos son, en medio de esa oscuridad, un faro de luz constante, auténticos guerreros en la lucha contra la desesperanza, son la personificación de la resistencia pura. Por todo esto, hoy experimento una gratitud profunda y que me inunda, junto con el resurgir de una pequeña pero vital luz de esperanza. Quizá la cura total permanezca inalcanzable, pero lo que sí existe son manos profesionales, expertas y compasivas que están ahí, dispuestas a ayudar a sostener el difícil camino con infinita ternura y compromiso.
por Marta Bonet | Mar 10, 2026 | Pelusamientos |
Yo no tengo boca, sin embargo pienso y siento.
Pienso con emociones obstinadas que quedan flotando dentro, como mariposas que no encuentran la ventana para volar libres. Supongo que por eso escribo, es lo que se me da mejor, comunicar.
He aprendido algo viviendo con dolor crónico invisible: la verdadera resistencia no hace ruido. No sale en titulares. No lleva pancartas. La verdadera resistencia ocurre cada mañana cuando alguien se levanta con un dolor que nadie ve y aun así decide vivir. Ocurre cuando alguien arrastra cansancios que no salen en radiografías y aun así se viste, sonríe un poco, hace una llamada, compra el pan y sigue intentando explicar lo que nadie termina de comprender.
Esa resistencia sin aplausos la sostienen personas enfermas, personas en duelo, personas con corazón roto, que sufren por dentro y por fuera, que se rompen en privado y aun así siguen siendo amables.
Yo convivo con uno de esos dolores invisibles: fibromialgia. No se ve, pero pesa. No sangra, pero agota. Con el tiempo he entendido algo importante: un dolor acompañado es menos, pero un dolor ignorado se multiplica hasta infinito.
Por eso quiero ser resistencia a los antivalores, a la indiferencia, a la prisa que no escucha, al egoísmo que mira hacia otro lado, a esa costumbre de apartarse cuando alguien duele porque incomoda y rompe el falso escaparate social. Vivimos en un mundo lleno de estímulos, inmediatez y cada vez más vacío de presencia.
Pero hay medicinas que no se venden en farmacias y que pueden cambiar la vida de alguien que sufre: la empatía, escucha verdadera, respeto, compasión, solidaridad, gratitud, humanidad… amor.
Cuando cuerpo y alma se vuelven frágiles, los valores son imprescindibles. Por eso nace #SomosResistencia. No como eslogan hueco, sino como propósito de vida. Una cadena de valores viva.
Si este texto consigue que alguien escuche mejor, abrace más, o mire con más humanidad a quien sufre… entonces esta pequeña resistencia ya habrá empezado.
Yo solo pongo los pelusamientos. La cadena la hacemos entre todos.
Yo no tengo boca, y sin embargo pienso y siento. Pienso mucho. Pienso con esas emociones blanditas y obstinadas que se quedan flotando dentro, como mariposas que no encuentran enseguida la ventana para volar. Supongo que por eso escribo. Porque hay dolores que no se pueden gritar, pero sí se pueden acompañar. Y porque, cuando una ha vivido suficiente sufrimiento por dentro, comprende que la verdadera revolución no siempre entra haciendo ruido: a veces llega en voz baja, con una manta sobre los hombros, una taza caliente entre las manos y alguien que, sencillamente, se queda.
A eso quiero llamarlo resistencia, y quiero hacer lo que mejor sé hacer: comunicar.
No a la resistencia épica de los titulares. No a la de las pancartas ruidosas que duran una tarde y luego se doblan olvidadas en un cajón. Hablo de otra cosa. Hablo de la resistencia íntima, cotidiana, silenciosa, de quien se levanta cada mañana con un dolor que nadie ve y aun así decide seguir. De quien arrastra cansancios que no salen en las radiografías. De quien se viste, se maquilla, responde, sonríe un poco, hace una llamada, compra el pan, intenta explicarse por quinta vez, organiza su energía como quien reparte migas de pan para no perderse en el bosque. Hablo de esa resistencia sin aplausos. De esa que sostienen las personas enfermas, las personas rotas, las personas en duelo, las que sufren por dentro y por fuera, las que se desmoronan en privado y aun así tienen el gesto heroico de seguir siendo amables.
Yo convivo con varios de esos dolores invisibles. En mi caso tienen nombre, aunque a veces el nombre no alivie nada: fibromialgia. Los médicos explican que es una forma de sensibilización central del sistema nervioso derivado de, en mi caso, un trauma severo de dos operaciones cervicales fallidas y sus consecuencias, una alteración compleja donde el dolor se amplifica, se desordena, se instala en los cables invisibles del cuerpo y convierte el vivir en una negociación constante. No se ve, pero pesa. No sangra, pero agota. No siempre se entiende, pero existe. Y como tantas otras enfermedades invisibles, autoinmunes, crónicas, complejas o mal encajadas en los cajones de la medicina y de la sociedad, obliga a quien la padece a hacer un trabajo extra: además de sufrir, tiene que justificarse y luchar constantemente por no sentir culpa.
Y eso, a veces, duele casi tanto como la propia enfermedad.
Porque hay algo profundamente cruel en tener que demostrar el dolor. En sentir que una debe traducir en palabras lo que el cuerpo vive en un idioma que los demás no escuchan y no hacen por comprender. En intuir que, si no hay yeso, ni cicatriz, ni fiebre alta, ni un aparato pitando, la gente sospecha. Minimiza. Se incomoda. Mira hacia otro lado. Y ahí es donde mi reflexión se ensancha. Porque con el tiempo he entendido que el dolor no solo duele por sí mismo: duele también por el contexto en el que reside. Por el tipo de manos que lo reciben. Por la calidad humana del entorno que lo rodea.
Un dolor acompañado pesa menos.
Un dolor desmentido se multiplica hasta el infinito.
Y aquí es donde empieza de verdad mi manifiesto.
Yo quiero ser resistencia a los antivalores. A todo eso que enfría la convivencia y vuelve el sufrimiento todavía más hostil. Quiero ser resistencia a la indiferencia, a la prisa que no escucha, al egoísmo que calcula, a la autosuficiencia impuesta, al “arréglatelas sola, eres muy fuerte”, al “no será para tanto”, al “tienes que poner más de tu parte”, al “yo también estoy cansado” dicho como quien compara una tormenta con un vaso de agua. Quiero ser resistencia a ese mirar sin ver, a ese oír sin escuchar, a esa costumbre tan contemporánea de apartarse cuando alguien duele porque el dolor ajeno estropea el decorado y lo torna muy incómodo.
Vivimos tiempos extraños. Muy llenos de estímulos, muy vacíos de presencia. Mucha opinión, mucho experto en todo, mucha velocidad, mucha productividad, dinero, poder, ego, y sin embargo cada vez menos compasión de la buena. Cada vez menos ternura útil. Cada vez menos humanidad aplicada. Y yo, que no soy médica ni gurú ni maestra de nada, solo una criatura despeinada que observa con ternura, y aprende, he llegado a una conclusión muy sencilla: hay medicinas que no se venden en ninguna farmacia, pero pueden cambiar radicalmente la trayectoria de una persona que sufre.
La empatía, por ejemplo. Esa forma humilde y valiente de salir de una misma para intentar habitar, aunque sea un poco, el dolor del otro. La escucha verdadera, que no interrumpe, no corrige, no sospecha, no compite, no oye. El respeto, que no exige explicaciones crueles, que no juzga. La compasión, que no es lástima, sino coraje amoroso verdadero. La solidaridad, que no pregunta tanto si merece la pena ayudar, sino cómo ayudar mejor. La gratitud, que devuelve calor al vínculo. La responsabilidad afectiva, que entiende que nuestras palabras, nuestros gestos, nuestros silencios y nuestras ausencias también tienen consecuencias sobre quien está luchando y que debería ser por defecto, siempre…
He aprendido que, cuando el cuerpo se vuelve frágil, los valores se vuelven imprescindibles. Ya no son un adorno moral, ni una frase bonita para bordar en un cojín o colocar en un meme. Son una necesidad vital. Un pilar. Una forma de sostén. A veces una mirada que te cree y te acompaña con transparencia y respeto hace más por tu sistema nervioso que diez consejos mal dados. A veces una llamada o mensaje a tiempo cambia el color entero del día. A veces una persona amable en el entorno médico, profesional, familiar o afectivo evita que una enferma se hunda del todo en su pozo. Y al contrario también: la dureza, la indiferencia, el juicio, la deshumanización, pueden hundir a alguien que ya bastante hace con mantenerse a flote.
Por eso digo que somos criaturas de tribu. No estamos hechas para atravesar el sufrimiento completamente solas. Necesitamos manada. Necesitamos red de apoyo. Necesitamos un código ético social basado en el amor y no en la competición; en el cuidado y no en el descarte; en la comprensión y no en la sospecha. No hablo de un amor cursi ni ingenuo. Hablo de un amor con trabajo, con verdad, con actos, con presencia. Hablo de esa clase de amor que escucha, que aprende, que se informa, que acompaña sin invadir, que pregunta con delicadeza, que respeta los límites, que nunca juzga, que no huye cuando la vida se pone incómoda.
Yo sé que no puedo curar enfermedades. No puedo prometer alivios milagrosos. No puedo arreglar el mundo con un pelusamiento. Pero sí puedo hacer algo que sé hacer bien: puedo comunicar. Puedo nombrar. Puedo alumbrar. Puedo insistir. Puedo recordar que detrás de cada cuerpo o alma doloridos hay una persona completa, con su historia, una dignidad, una batalla que quizá nadie está viendo del todo. Puedo reivindicar que cualquier dolor, sea físico, emocional, psicológico o espiritual, merece atención, respeto y humanidad. Puedo decir que nadie debería sentirse un estorbo por estar enfermo o por ser “insuficiente” a la sociedad. Que nadie debería mendigar comprensión o amor. Que nadie debería tener que disfrazar su sufrimiento de eficiencia para seguir siendo querido o válido. Que ya está bien de fingir en el escaparate social que todo es bonito y va bien, cuando no es así. El sufrimiento y el dolor son condiciones humanas comunes a todas las personas, fundamentados por el mismo eje, cosidos con hilos de valores, principios, y resueltos en compañía y fraternidad.
Y de ahí nace #SomosResistencia.
No como un eslogan hueco. No como una pose. No como una identidad estética. Sino como una decisión ética. Una cadena de valores frente a la cadena de antivalores que va oxidando el mundo. Una forma de decir: aquí no miramos hacia otro lado. Aquí intentamos comprender. Aquí no banalizamos el dolor. Aquí no abandonamos a los demás dentro de su oscuridad. Aquí creemos que la ternura no ablanda la verdad, sino que la vuelve habitable. Aquí sabemos que pedir perdón también es una forma de amor, que cambiar una actitud también es activismo, que acompañar bien a una persona enferma es un gesto revolucionario. Esta es mi aportación al mundo, mi gratitud a la vida, mi pequeño destello de luz.
Quiero que esta cadena exista de verdad, que se consolide en pro de ayudar a los demás y repartir amor por el mundo. No solo en una imagen bonita, no solo en una publicación que se comparte y se olvida, sino en la vida concreta. Quiero que quien me lea hoy se detenga un momento y piense en alguien a quien no ha sabido escuchar bien. En alguien a quien quizá juzgó demasiado rápido. En alguien que está sosteniendo algo inmenso detrás de una apariencia normal. Quiero que este texto no termine en los ojos, sino en las manos. Que provoque una llamada, un perdón, una visita, un mensaje, un gesto, una rectificación, un abrazo, una pregunta hecha con más delicadeza. Quiero que de esta lectura salga una pequeña cadena de favores, de cuidados, de conciencia, que se comparta y recorra los corazones.. Una cadena de amor, una cadena de favores.
No lo digo desde la superioridad. Yo no doy lecciones a nadie. Bastante tengo con intentar aprender a vivir con lo mío sin romperme. Lo digo desde la humildad de quien también necesita ser sostenida. De quien escribe no porque sepa más, sino porque duele y quiere convertir ese dolor en algo útil con sus mejores herramientas: la creatividad y la escritura. En compañía. En verdad compartida. En luz pequeña de color esperanza.
Yo soy Pelusa. No tengo boca, quizá porque no vine a pontificar, sino a observar. A sentir. A traducir el temblor y las lágrimas. A recordar, con mis ojitos abiertos, que el mundo todavía puede salvarse en lo pequeño. En lo íntimo. En la forma en que tratamos a quien sufre. En la decisión cotidiana de no volvernos de piedra. Uno a uno, alma a alma, corazón a corazón.
Si este movimiento sirve para que una sola persona se sienta menos sola, ya habrá valido la pena. Si sirve para que una familia cuide mejor, para que un amigo escuche mejor, para que un médico mire con más humanidad, para que un compañero de trabajo comprenda mejor, para que alguien aprenda a no exigir heroísmo a quien apenas puede con el día, entonces esta resistencia habrá empezado de verdad.
Yo solo pongo los pelusamientos. La cadena la unimos entre todos, eslabón a eslabón.
#SomosResistencia
#CadenadeValores
por Marta Bonet | Feb 28, 2026 | Pelusamientos |
En medio del caos —del dolor, del ruido, de la incertidumbre— hay algo que puede sostenernos sin hacer demasiado ruido: los pequeños rituales de amor propio.
No hablo de grandes gestos ni de soluciones milagro. Hablo de detalles. De convertir una rutina en ceremonia. De encender una vela aromática aunque sea martes. De poner música mientras te cuidas la piel. De dedicarte diez minutos con la misma delicadeza con la que cuidarías a alguien que amas.
El equilibrio mental y emocional no siempre se construye con grandes decisiones. A veces se teje con hilos finos y cotidianos.
A mí, por ejemplo, me encanta desayunar por la tarde. No merendar: desayunar. Hace tiempo alguien muy querido me regaló una palabra que adopté como talismán: besayuno. Y desde entonces ese momento por la tarde es casi sagrado. Tortitas doradas, café caliente, zumo recién exprimido, fruta cortada con mimo. La mesa bonita, porque la estética es imprescindible para mí. La luz suave. El silencio o una canción amable.
No es solo comida. Es una declaración. Es decirme: mereces belleza aunque el día haya sido duro.
También está el ritual creativo. Dibujar sin objetivo. Escribir aunque sea lento. Crear una pequeña manualidad. Cocinar algo solo por placer. Tocar unas notas en un instrumento. Salir a pasear si el cuerpo lo permite y dejar que el aire renueve pensamientos.
Son burbujas. Instantes donde el dolor baja el volumen y la mente descansa. No desaparece la enfermedad, no se esfuma el cansancio. Pero algo se ordena por dentro.
Ritualizar lo que te hace bien es terapia. Es resistencia suave. Es recordarte que, incluso en procesos difíciles, sigues teniendo capacidad de crear belleza y de dedicártela a ti.
No esperes a estar perfectamente bien para regalarte estos momentos. Precisamente cuando todo pesa, más necesarios son.
Encuentra tu pequeño ritual. Protégelo. Hazlo tuyo. Porque sostener el alma también es parte del tratamiento.
En medio del caos más profundo —ese que nos sacude por dentro, ya sea por el dolor físico, el ruido mental incesante, o la incertidumbre crónica que carcome la esperanza y la paz interior— emerge una red invisible, un anclaje silencioso y profundamente efectivo que puede sostenernos: la práctica consciente de los pequeños rituales de amor propio.
No estamos abordando aquí soluciones rápidas, cosméticas o la autoayuda impostada y vacía que promueve el «estar bien» como un deber performativo. La clave de esta filosofía no reside en los grandes gestos que buscan, en el fondo, tapar o disimular una herida preexistente. La verdadera sanación se encuentra en la arqueología de los detalles, en la minuciosa observación y elevación de lo simple. Se trata de una alquimia sutil, pero poderosa: la transformación deliberada de la rutina anodina y a menudo mecánica en una ceremonia cargada de significado personal. Es la decisión consciente, reiterada y firme de elevar lo cotidiano a la categoría de sagrado.
¿Cómo se traduce esta filosofía a la vida diaria, especialmente cuando la energía escasea? Los rituales se convierten en microsantuarios de existencia:
Más allá de la luz funcional, encender una vela aromática o una lámpara tenue no es un mero adorno. Se hace con una intención clara y meditada, aunque el calendario marque un martes cualquiera y el día haya sido extenuante o doloroso. Que esa llama o ese halo de luz suave no sea solo un objeto, sino el punto focal visible que se elige para disipar la niebla mental y el volumen del ruido interno. Es una señal para el sistema nervioso: «Aquí y ahora, hacemos una pausa.»
Establecer un fondo sonoro para el cuidado de la piel. No ruido de fondo pasivo, sino una melodía elegida con cuidado que actúe como un metrónomo emocional. Cada aplicación de loción, cada masaje en manos o rostro, cada cepillado suave, se convierte en un acto de presencia pura. No es una tarea, sino una comunión táctil, un recordatorio de que tu cuerpo es tu hogar.
Reservar y defender diez minutos, quizás quince. No por obligación moral o un ítem más en una lista de pendientes de autocuidado, sino con la misma exquisita delicadeza, paciencia y ternura incondicional con la que atenderías a un ser amado que sufre o está fatigado. La revelación central es sencilla, pero a menudo olvidada: Tú eres ese ser amado. La pausa es una obligación amorosa, no una indulgencia culpable.
El equilibrio mental y emocional, la auténtica resiliencia ante la adversidad, rara vez se construye sobre cimientos de decisiones monumentales, de una única acción heroica que lo cambia todo. Más a menudo, la fortaleza interna se teje día a día, minuto a minuto, con hilos finos y cotidianos, imperceptibles desde fuera, pero resistentes hasta lo indecible.
Para mí, un ejemplo de este tejido cotidiano es el rito que he bautizado como el «besayuno». Hace tiempo, una persona muy querida me obsequió esta palabra —una mezcla de ‘beso’ y ‘desayuno’—, y la adopté de inmediato como mi talismán personal contra la prisa. Se trata de un acto contracultural a la tiranía de los horarios: desayunar a media tarde (lo que muchos llamarían una merienda tardía). Sin embargo, no es una simple ingesta funcional para saciar el hambre. Es un momento casi sagrado.
En esa hora específica, se despliega un festín sensorial y estético completo: tortitas doradas a la perfección, el aroma denso y envolvente del café caliente (o el té ceremonial), zumo recién exprimido, fruta cortada con esmero y colocada en un patrón armonioso. La estética es imprescindible, no opcional: la mesa debe ser bonita. La belleza externa, la composición visual cuidada, tiene un efecto inmediato y sorprendente: ordena el caos interno. La luz es suave, la fuente de sonido es el silencio o una canción melódica y amable, nunca estridente ni noticiosa.
Este acto trasciende la mera ingesta de alimentos. Es, fundamentalmente, una declaración ontológica. Es el mensaje firme, cristalino y constante que te envías a ti mismo en voz baja, pero con resonancia: “Mereces belleza, placer, descanso y mimo, incluso, y sobre todo, si el día te ha tratado con aspereza. Eres digno de este pequeño lujo de existencia. Tu bienestar no es negociable.”
A este ritual alimenticio se suma la necesidad vital del ritual creativo. Este tipo de creación no está orientada al rendimiento, al resultado final o a una meta productiva. Es creación orientada al puro juego, la exploración sin juicio y el proceso:
Dibujar sin la tiranía de un objetivo final o la obligación de que sea una «obra de arte». Solo la línea en movimiento. Escribir, aunque las palabras fluyan con una lentitud desesperante o no tengan sentido aparente. Es la liberación del caudal interno. Crear una minúscula manualidad solo por el placer de dar forma a algo bonito y tangible.Cocinar algo que requiere tiempo y atención, no por la necesidad de comer, sino por el disfrute meditativo del proceso y llenar los sentidos.Tocar unas pocas notas en un instrumento, sin la presión de una melodía perfecta, y disfrutar del proceso. Salir a pasear, sin rumbo, si el cuerpo lo permite, y dejar que el aire renueve, ventile y arrastre los pensamientos estancados y recurrentes.
Estos momentos, breves o extensos, son burbujas de oxígeno que sana. Son instantes de suspensión donde el volumen del dolor, la fatiga y la ansiedad se reduce drásticamente. La enfermedad subyacente no se esfuma, el cansancio crónico no desaparece por arte de magia, pero algo fundamental se reordena de manera esencial en el paisaje interior. La mente, antes a la deriva, encuentra finalmente una superficie de apoyo concreta y segura donde posarse.
Ritualizar lo que te hace bien es, en sí mismo, la forma más profunda de terapia. Es la resistencia más suave, pero también la más elegante y duradera. Es el recordatorio inquebrantable, en medio de procesos vitales difíciles o agotadores, de que tu capacidad de generar belleza, de recibir placer y de dedicártelo a ti mismo sigue intacta, viva y lista para ser ejercida.
La trampa más peligrosa es esperar. No esperes a estar «perfectamente bien» para regalarte estos espacios de paz, belleza y nutrición interna. La verdad es que, paradójicamente, es precisamente cuando todo pesa más, cuando la carga de la vida es insoportable, cuando la desesperanza aprieta, que estos pequeños actos de amor propio consciente se vuelven vitales y absolutamente necesarios. Son, a la vez, tu medicina preventiva contra el colapso y tu cura de urgencia contra el desánimo.
Encuentra tu pequeño ritual. Búscale un nombre íntimo que resuene contigo. Protégelo de las invasiones del exterior y de la autocrítica. Hazlo tuyo e intransferible. Defiéndelo. Porque sostener y nutrir el alma con deliberada bondad no es un capricho estético o una simple indulgencia. Es una parte indispensable, no negociable, del tratamiento necesario para seguir adelante con dignidad y fortaleza interior.
por Marta Bonet | Feb 23, 2026 | Pelusamientos |
La primavera se acerca despacio, como un susurro. Y en mi cuerpo, tan sensible a los cambios, algo despierta. Se anuncia en un rayo de sol más largo, un aire menos húmedo, y luz que ya no hiere tanto. El aire huele distinto. Y el sol, con prudencia y respeto, es medicina: ayuda a sintetizar vitamina D, tan necesaria para la salud ósea y también el ánimo, favorece la serotonina y, cuando se toma con cautela y protección, puede aliviar, acompañar ánimo y cuerpo.
Pero necesita medida. El calor intenso puede aumentar sensibilidad al dolor, inflamación y agotamiento. El sol directo, en horas centrales, puede deshidratar y exacerbar síntomas. Y algunos tratamientos provocan fotosensibilidad, así que conviene consultar siempre al especialista. El clima ideal, para muchos de nosotros, es el entretiempo. El frío húmedo intensifica el malestar; el verano extremo alivia el dolor, pero deja fatiga espesa y baja tensión. Por eso la primavera es tregua.
Y está el ánimo. Las horas largas nos invitan a salir, a pasear despacio por la naturaleza. En Mallorca, los almendros en flor, esa “nieve mallorquina” que cubre de blanco y rosa el Pla y la Sierra de Tramuntana entre finales de enero y febrero, son una experiencia sensorial completa. Más de siete millones de árboles tiñen la isla de belleza. Caminar entre ellos, cuando el cuerpo lo permite, es recordar que la estética también cura. La vista descansa en esa delicadeza. El aire huele distinto. La luz rebota en los pétalos y todo se vuelve más amable.
Yo recibo la primavera con respeto. No propongo grandes excursiones ni heroicidades. Propongo una terapia sencilla: acercarse a un camino rural, sentarse si hace falta, mirar los árboles, sentir el sol suave en la piel, hidratarse, respetar el cuerpo, y dejar que la naturaleza haga lo que mejor sabe hacer: equilibrar.
Que esta primavera nos encuentre con el rostro al sol y los pies en la tierra. Con medida, con conciencia, con alegría humilde de quien aprende a florecer sin forzarse. Y que los almendros en flor nos recuerden que florecer no siempre es fuerza, a veces es la delicadeza y ritmo de llenar los sentidos de belleza.
La naturaleza, maestra de los ritmos pausados, anuncia su cambio más dulce: la primavera. No llega con estruendo, sino despacio, casi como un susurro que se desliza por las rendijas del invierno. Y en mi cuerpo, una antena hipersensible a las fluctuaciones del entorno, ese despertar se percibe con una claridad nítida. Es una sensación que se anuncia primero en la vista, con un rayo de sol más largo, que estira sus horas sobre el horizonte, y en el tacto, con un aire menos húmedo que aligera la pesadez de los meses fríos. La luz, que en invierno a menudo golpea y hiere con su brillo frío, ahora se templa, volviéndose más suave y acogedora.
El olfato también se pone en alerta: el aire huele distinto, cargado de promesas y de los primeros aromas de las floraciones incipientes. Y el sol, ese astro vital, se convierte en una medicina que se debe tomar con prudencia y respeto. Su tibieza no es solo placer, es medicina esencial: ayuda al cuerpo a sintetizar vitamina D, fundamental para la salud ósea y con un papel crucial en la regulación del ánimo. Al favorecer la producción de serotonina, conocida como la hormona de la felicidad, el sol, cuando se toma con cautela y protección, tiene el poder de aliviar y acompañar tanto el ánimo como el cuerpo en la transición estacional.
Sin embargo, esta bendición solar necesita medida. Para quienes vivimos con sensibilidad al dolor y la inflamación, el calor intenso del verano puede ser contraproducente, ya que puede aumentar sensibilidad al dolor, inflamación y agotamiento. Además, la exposición al sol directo, en horas centrales, conlleva el riesgo de deshidratar y, crucialmente, de exacerbar síntomas de diversas condiciones. Es imperativo recordar que algunos tratamientos provocan fotosensibilidad, por lo que la consulta al especialista nunca es opcional.
Para muchos de nosotros, el clima ideal es el entretiempo. El invierno, con su frío húmedo, intensifica el malestar y la rigidez, el dolor musculoesquelético. El verano extremo, si bien alivia el dolor en algunos aspectos, deja tras de sí una fatiga espesa y baja tensión que nos drena por completo. Es por eso que la primavera se siente no solo como un cambio, sino como una verdadera tregua, un punto medio donde el cuerpo puede encontrar un respiro y empezar a recuperar energía. En mi caso, el otoño también me calma y me atrae, especialmente por una estética romántica y un clima templado, pero en Mallorca dura menos, es breve, y además da entrada a los meses más complicados en mi dolor y malestar, los meses fríos, mientras que la primavera anuncia un positivismo venidero de días cálidos, largos, luminosos, y con menos peso.
Más allá de la química corporal, está el impacto en el ánimo. Las horas largas de luz nos invitan a salir, a pasear despacio por la naturaleza. Esta invitación se vuelve irresistible en lugares como Mallorca, donde el paisaje se transforma en un espectáculo de una belleza insólita: los almendros en flor. Esta floración, poéticamente llamada la “nieve mallorquina”, cubre de un manto blanco y rosa el Pla y la Sierra de Tramuntana entre finales de enero y febrero, incluso marzo, ofreciendo una experiencia sensorial completa.
Con más de siete millones de árboles tiñendo la isla de esta efímera belleza, caminar entre ellos, cuando el cuerpo lo permite, es un acto de sanación. Es un recordatorio de que la estética también cura. La vista descansa en esa delicadeza de los pétalos; el aire huele distinto, fresco y dulce; y la luz rebota en los pétalos de tal forma que todo se vuelve más amable. Es una terapia visual y olfativa que alimenta el espíritu.
Por ello, yo recibo la primavera con respeto, desterrando cualquier idea de presión o autoexigencia. No propongo grandes excursiones ni heroicidades, que a menudo solo conducen al agotamiento. En su lugar, propongo una terapia sencilla:
- Acercarse a un camino rural tranquilo.
- Sentarse si hace falta, priorizando el descanso sobre la marcha forzada.
- Mirar los árboles, permitiendo que la mente se calme con la simple contemplación. Reflexionar sobre el agradecimiento a la belleza de la vida.
- Sentir el sol suave en la piel, recibiéndolo como una caricia.
- Hidratarse constantemente, atendiendo a la necesidad básica del cuerpo.
- Respetar el cuerpo y sus límites del día.
- Dejar que la naturaleza haga lo que mejor sabe hacer: equilibrar.
Que esta primavera nos encuentre con el rostro al sol y los pies descalzos en la tierra. Que cada paso sea con medida, con conciencia, y con la alegría humilde de quien no lucha, sino que aprende a florecer sin forzarse. Y que la visión de los almendros en flor nos sirva de lección magistral: florecer no siempre es fuerza, a veces es la delicadeza y ritmo de parar, respirar y llenar los sentidos de gratitud y hermosura.
por Marta Bonet | Feb 19, 2026 | Pelusamientos |
Mi primer encuentro con #Amasc ha sido mucho más que una simple afiliación; ha sido un auténtico abrazo colectivo.
AMASC #Mallorca es una asociación sin ánimo de lucro que representa y defiende los derechos de las personas con: #Fibromialgia (FM), #EncefalomielitisMiálgica / #SíndromedeFatigaCrónica (EM/SFC), #SensibilidadQuímicaMúltiple (SQM), #Electrohipersensibilidad (EHS).
Ayer asistí a un taller de memoria, en su espacio sencillo y acogedor. Nos reunimos en círculo, y enseguida se notó complicidad en las miradas. Compartimos conversaciones, pusimos sobre la mesa preocupaciones que a menudo resultan difíciles de expresar fuera, y realizamos juegos diseñados para combatir niebla mental.
Sin darnos cuenta, entre risas y desafíos cognitivos, hemos hecho algo mucho más profundo: nos hemos reconocido.
Vivir con una enfermedad crónica e invisible trae consigo soledad no siempre deseada.
Es la consecuencia de no poder mantener el ritmo o de la incomprensión de otros ante la dureza del dolor y cansancio diarios. La incomodidad que generamos nos aísla.
Por eso espacios como Amasc son tan necesarios. Porque no solo acompañan: sostienen, divulgan, defienden, reivindican.
Ofrecen apoyo en lo sanitario, lo psicológico, lo legal, lo social.
Pero, sobre todo, ofrecen algo más difícil de encontrar: empatía real, esa que nace de haber transitado el mismo camino.
La batalla se aligera cuando se comparte. Cuando te rodeas de personas que aceptan tu ritmo, que no trivializan tu sufrimiento y que entienden sin exigir largas explicaciones, sin juzgar. Personas resilientes y cuidadoras que, desde el altruismo, tejen una red imprescindible.
Ayer, durante unas horas, dolor y cansancio quedaron en segundo plano. Me reí. Me sentí parte. Recuperé un trocito de mi yo social, ese que la enfermedad había ido arrinconando sin darme cuenta. Y eso también es terapia.
Amasc es un refugio donde lo invisible se hace visible sin necesidad de justificación, donde el acompañamiento honesto y de cariño es pura complicidad, no condescendencia.
Gracias por demostrarme que el peso compartido se soporta mejor. El dolor, al encontrar un espacio de cariño seguro, se vuelve menos duro.
Mi primer encuentro con AMASC (Asociación Mallorquina de Afectados por Fibromialgia y otras patologías) ha sido mucho más que una simple afiliación; ha sido un auténtico y necesario abrazo colectivo que ha resonado profundamente en mi.
AMASC #Mallorca es una asociación sin ánimo de lucro que se erige como una voz y un escudo para quienes viven con enfermedades crónicas e invisibles. Su misión es representar, defender y mejorar la calidad de vida de las personas afectadas por: Fibromialgia (FM), Encefalomielitis Miálgica / Síndrome de Fatiga Crónica (EM/SFC), Sensibilidad Química Múltiple (SQM), Electrohipersensibilidad (EHS)
Estas patologías, a menudo incomprendidas y minimizadas por la sociedad, encuentran en AMASC un espacio de reconocimiento y lucha constante, un refugio de comprensión
Ayer tuve el privilegio de asistir a un taller de memoria, una de las muchas actividades que la asociación ofrece en su espacio, sencillo pero profundamente acogedor. Al reunirme en círculo con otros miembros, la atmósfera se cargó instantáneamente de una complicidad palpable. No se necesitaron palabras largas para sentir esa conexión; bastaba una mirada para reconocer el camino transitado.

Compartimos conversaciones que iban más allá de la mera cortesía, como si nos conocieramos de años. Pusimos sobre la mesa preocupaciones que, por su naturaleza íntima y la dificultad de ser verbalizadas a quienes no las viven, a menudo resultan difíciles de expresar en otros contextos. Realizamos entretenidos juegos y ejercicios diseñados específicamente para combatir la temida niebla mental (o brain fog), un síntoma debilitante y frustrante común en muchas de estas dolencias.
Sin darnos cuenta, entre risas genuinas y desafíos cognitivos compartidos, hicimos algo mucho más profundo y vital: nos hemos reconocido. Fue un acto de reafirmación mutua de nuestra realidad: La Soledad del Dolor Invisible
Vivir con una enfermedad crónica e invisible, esa que no se ve pero se siente hasta la médula, trae consigo una soledad no siempre deseada. Esta soledad es la amarga consecuencia de no poder mantener el ritmo frenético de la vida moderna, o de la incomprensión y, a veces, el juicio de otros ante la dureza del dolor y el agotamiento diarios. La incomodidad que nuestra realidad genera en el entorno se convierte en el mecanismo que, sutilmente, nos aísla. En ocasiones las personas más próximas no nos creen, no empatizan, no apoyan, bien porque no saben cómo, bien porque resultamos molestos. Por eso, espacios como AMASC son tan necesarios y urgentes.
No solo acompañan; su labor va mucho más allá: sostienen emocionalmente a sus miembros, divulgan información crucial para generar conciencia, defienden los derechos de los enfermos, reivindican un trato justo y recursos sanitarios adecuado, aconsejan a través de sus experiencias y conocimientos adquiridos…. Ofrecen un apoyo integral: en lo sanitario, lo psicológico, lo legal y lo social. Son un pilar multifacético para una vida que se ha vuelto compleja.
Pero, sobre todo, AMASC ofrece algo mucho más difícil de encontrar y de un valor incalculable: empatía real. Es esa empatía genuina que nace de haber transitado exactamente el mismo camino de dolor, incertidumbre y lucha.
La batalla diaria contra la enfermedad se aligera de una forma extraordinaria cuando se comparte. Es un alivio inconmensurable rodearte de personas que aceptan tu ritmo, sin presionarte a ser quien eras antes; no trivializan tu sufrimiento con frases hechas o consejos vacíos, entienden sin exigir largas y agotadoras explicaciones, sin el peso de la justificación, no juzgan tu necesidad de parar o tu fluctuante estado de salud.
Son personas resilientes, y a la vez cuidadoras, que desde el altruismo y el conocimiento mutuo, tejen una red de apoyo sólida e imprescindible para la supervivencia emocional y física.
Ayer, durante esas pocas horas compartidas, el dolor y el cansancio, que suelen ser protagonistas absolutos, quedaron relegados a un segundo plano, silenciados por la fuerza de la conexión. Me reí, y la risa se sintió sanadora. Me sentí parte de algo, recuperando un trocito de mi yo social, ese que la enfermedad había ido arrinconando lenta e imperceptiblemente. Y eso, sin duda, también es terapia.
AMASC es un verdadero refugio donde lo invisible se hace visible sin necesidad de justificación. Es un lugar donde el acompañamiento honesto y el cariño se manifiestan como pura complicidad, desterrando cualquier sombra de condescendencia.
Gracias, AMASC, por demostrarme que el peso compartido se soporta mucho mejor. El dolor, al encontrar un espacio de cariño seguro, un lugar donde ser simplemente uno mismo sin reservas, se vuelve menos duro y, por un tiempo, incluso se disipa. Gracias por ser buenas personas con los valores y los principios tan bien puestos!
por Marta Bonet | Feb 8, 2026 | Pelusamientos |
Existe una manera sencilla, profundamente honesta, de traducir a palabras lo que significa habitar un cuerpo con #dolorcrónico: la #teoríadelascucharas.
Esta metáfora no nació en la frialdad de un manual médico, sino en la urgencia humana de hacerse entender. Y tal vez porque nace de la verdad, funciona.
Imagina que cada amanecer te despiertas con número limitado de cucharas en las manos. Cada una representa una unidad de energía física, mental y emocional. Para quien habita un cuerpo sano, las cucharas parecen infinitas: reserva inagotable que se gasta sin memoria ni cálculo. Pero en la fibromialgia, el suministro es escaso, variable, cruelmente imprevisible. Abrir los ojos consume una. El agua de la ducha, otra. Vestirse, concentrarse, salir al mundo o soportar estruendo de luz y ruido… cada pequeño acto cotidiano cobra peaje y vacía cajón.
Cuando las cucharas se acaban, se apaga todo. No hay reserva oculta. No es falta de voluntad, actitud, pereza. Es realidad biológica de un sistema nervioso central alterado, que actúa como amplificador de dolor y fatiga. La ciencia confirma: no es laberinto psicológico, sino enfermedad compleja donde el cuerpo no encuentra paz. Por eso el cansancio de estas patologías no se cura durmiendo; por eso el dolor no atiende a lógicas visibles.
Sin embargo, lo más duro no es la escasez. Lo más doloroso es la obligación perpetua de elegir. Vivir es negociación constante: si hoy trabajo, quizá mañana mi cuerpo sea plomo. Si cuido a otros, tal vez no me queden fuerzas para cuidarme. Si simulo «normalidad», la factura llegará después, inexorable.
La teoría ha trascendido para convertirse en estandarte clínico y social, vital para visibilizar realidades como #fibromialgia, #lupus, #fatigacrónica o #sensibilizacióncentral. No es metáfora ingenua; es herramienta de dignidad.
Vivir así es vivir con matemática distinta. Es aprender el arte de priorizar, la valentía de decir «no» y la sabiduría de adaptar la vida al cuerpo, y no al revés. Es entender, finalmente, que descansar es la única forma de sostenerse.
(Teoría de Christine Miserandino, EE.UU., 2003, «The Spoon Theory», reconocida y usada en enfermedades crónicas invisibles)
Existe una manera sencilla, profundamente honesta y devastadora de traducir a palabras lo que significa habitar un cuerpo con dolor crónico y fatiga extrema: la Teoría de las cucharas (The Spoon Theory).
Esta metáfora no nació en la frialdad aséptica de un manual médico o una tesis académica, sino en la urgencia humana de hacerse entender. Fue concebida por la escritora y paciente Christine Miserandino en 2003, en un intento desesperado por explicarle a una amiga la realidad de su vida con lupus. Necesitaba un lenguaje que pudiera tender un puente entre la experiencia invisible de la enfermedad y la incomprensión del mundo exterior. Y tal vez porque nace de una verdad vivida en primera persona, funciona con una claridad brutal, trascendiendo su origen personal.
Hoy, la Teoría de las Cucharas se ha convertido en la herramienta más efectiva para que pacientes, familiares y profesionales de la salud comprendan la dimensión real de la vida con limitaciones energéticas crónicas. Es un estandarte clínico y social, vital para visibilizar realidades como la #fibromialgia, el #lupus, la #fatigacrónica o el #síndromedecansanciocrónico y la #sensibilizacióncentral. No es una metáfora ingenua; es una herramienta de dignidad y comunicación.La Matemática Cruel de la Energía Limitada
El núcleo de la teoría es simple: imagina que cada amanecer te despiertas con un número limitado de cucharas en las manos. Este no es un suministro infinito; es una dote escasa, fluctuante y, lo más cruel de todo, absolutamente imprevisible. Cada una de estas cucharas representa una unidad de energía física, mental y emocional disponible para el día.
| La Perspectiva «Normativa» |
La Perspectiva «Cuchara» |
| Recurso inagotable: Las cucharas parecen ser infinitas. |
Recurso limitado y variable: El número de cucharas cambia a diario. |
| Gasto sin memoria: Se gastan sin cálculo ni necesidad de rendir cuentas. |
Gasto con peaje: Cada actividad, por mínima que sea, cobra un coste. |
| Actividades sin coste: Despertarse, ducharse, trabajar… |
Alto coste energético: Abrir los ojos consume la primera cuchara. |
Para quien habita un cuerpo sano, lo que a menudo se llama «normativos», las cucharas son una reserva infinita. Pueden despertarse, ducharse, trabajar, ir al gimnasio y socializar, todo sin que ello implique hipotecar la capacidad de funcionar del día siguiente.
Pero en las patologías crónicas, el suministro es limitado desde el inicio. El simple acto de abrir los ojos consume la primera. El agua de la ducha, la concentración para vestirse, el esfuerzo cognitivo para entablar una conversación, salir al mundo y verse obligado a soportar el estruendo de luz, ruido o temperatura que para otros es neutro… cada pequeño acto cotidiano cobra un peaje desproporcionado y vacía inexorablemente el cajón.
Ejemplos de Peaje Energético (Orientativo):
| Actividad Cotidiana |
Peaje en Cucharas |
Impacto en el Día |
| Despertar y levantarse |
1 |
Reduce inmediatamente el margen para el resto del día. |
| Ducha y vestirse |
2-3 |
Elimina el margen para actividades cognitivas complejas. |
| Concentración en el trabajo (1 hora) |
2 |
Exige una planificación estricta y descansos forzados. |
| Una interacción social intensa |
2-4 |
Conlleva la posibilidad de una «resaca» de dolor/fatiga al día siguiente. |
| Preparar una comida compleja |
3 |
A menudo se opta por la comida más sencilla o se delega la tarea. |
| Soportar un pico de dolor |
Gasto impredecible y masivo |
Puede agotar todas las cucharas restantes, forzando la inmovilidad. |
El Apagón Inevitable: El Límite Físico
Cuando las cucharas se acaban, se apaga todo. Esta es la verdad biológica que el mundo exterior lucha por entender. No hay una reserva oculta que se pueda activar con «fuerza de voluntad», «actitud positiva» o «simplemente durmiendo más». El colapso no es una elección; es una realidad biológica de un sistema nervioso central alterado que actúa como un amplificador constante de dolor y fatiga.
La ciencia confirma que estas condiciones no son un mero laberinto psicológico o somatización, sino enfermedades complejas. El cansancio extremo asociado a estas patologías no se cura durmiendo; el dolor no atiende a lógicas visibles ni responde a la medicación convencional. No es pereza, es el límite físico del organismo. La fatiga crónica es un agotamiento celular que el cuerpo no puede reponer con el descanso normal.El Dolor de la Elección Perpetua
Sin embargo, lo más duro, lo más corrosivo de vivir bajo la Teoría de las Cucharas, no es la escasez en sí misma. Lo más doloroso es la obligación perpetua de elegir. Vivir se convierte en una negociación constante, un dilema moral diario que la persona sana nunca tiene que afrontar. Es la constante aritmética del sacrificio:
- Si hoy trabajo para cumplir con mis responsabilidades, quizá mañana mi cuerpo sea plomo, obligándome a la inmovilidad y al aislamiento.
- Si invierto mis últimas cucharas en cuidar a otros (familia, pareja, hijos), tal vez no me queden fuerzas para cuidarme (cocinar, tomar medicación, aseo personal), lo que inevitablemente me llevará a un colapso.
- Si simulo «normalidad» para no preocupar, para encajar en el entorno social o para evitar preguntas incómodas, la factura llegará después, inexorablemente, en forma de una crisis de dolor o agotamiento que puede durar días.
Es una vida donde el ocio, la espontaneidad y las obligaciones se miden con la misma, escasa unidad de valor. Se debe practicar el «arte de priorizar despiadadamente», lo que a menudo implica renunciar a sueños, planes y relaciones.La Sabiduría de Sostenerse
Vivir con dolor crónico y fatiga es vivir con una matemática distinta. Es aprender la valentía de decir «no» sin sentir culpa y la profunda sabiduría de adaptar la vida al cuerpo, y no al revés. Es un proceso constante de redefinición de los límites.
La conclusión de la Teoría de las Cucharas es una lección fundamental de supervivencia: entender, finalmente, que descansar no es un lujo, sino la única forma de sostenerse. Es un acto de gestión energética, no una señal de debilidad moral. Esta comprensión es vital para la propia persona y para quienes la rodean, transformando la incomprensión en empatía y la culpa en dignidad.
por Marta Bonet | Feb 4, 2026 | Pelusamientos |
Qué difícil y desagradable es cuando el mundo gira sin permiso y el vértigo no avisa. No pide turno ni da margen. Llega y lo arrasa todo.
De pronto, la habitación se convierte en un carrusel desbocado, el suelo pierde su pacto con la gravedad y el cuerpo deja de obedecer. No hay arriba ni abajo, solo un giro feroz que empuja al pánico.
El estómago se rebela, el vómito aparece como una sacudida inevitable, y la conciencia —tan entrenada para resistir— queda reducida a una súplica muda: que pare, por favor, que pare.
En mi caso no nace del oído, sino de un lugar más profundo y traicionero: la cervical y el sistema neurológico.
Es otro síntoma más de una lista que ya pesa demasiado. El vértigo no duele como una herida abierta, pero aterra. Porque no se puede negociar con él. Porque cuando aparece, no hay voluntad que valga, ni actitud positiva que lo frene, ni fuerza que lo domestique.
La pérdida total de control es, quizá, lo más difícil de aceptar en cualquier proceso de dolor.
He aprendido que hay miedos que no son controlables a corto plazo, como los vértigos y el miedo a caer, a desorientarse, a no poder sostenerse en pie. El miedo a que ocurra en la calle, en un lugar público, conduciendo. Por eso hace casi dos años que no cojo el coche. No por falta de ganas, sino por respeto al riesgo.
El vértigo me ha robado certezas cotidianas y me ha obligado a vivir con una vigilancia constante, con la sensación de estar —a veces— a la deriva.
Hoy he pasado por #urgencias. Me han medicado para frenar el giro y calmar las náuseas.
Ojalá mañana el mundo vuelva a colocarse en su sitio, aunque sea con cuidado, aunque sea despacio.
En los procesos largos, cualquier pequeño alivio es una victoria silenciosa.
Aceptar que hay batallas que no se ganan luchando es un aprendizaje duro. A veces, sobrevivir consiste en rendirse al momento, tumbarse, cerrar los ojos y esperar a que la tormenta interna amaine.
❤️ Hoy le pido al mundo que deje de girar, le pido tregua y estabilidad…
El vértigo no avisa. Es un asalto sin declaración de guerra, un tirano que no pide turno ni da margen para la negociación. Llega y lo arrasa todo con la furia de un ciclón interno. De pronto, sin una causa aparente que el consciente pueda procesar, la habitación que antes ofrecía refugio se convierte en un carrusel desbocado, un tiovivo infernal girando a una velocidad incomprensible. El suelo, ese pacto milenario con la gravedad que damos por sentado, pierde su fiabilidad, se desliza y se inclina de forma caprichosa.
El cuerpo, esa máquina de precisión entrenada para la verticalidad, deja de obedecer. Las señales se confunden; no hay arriba ni abajo, solo un giro feroz, implacable, que empuja directamente al pánico más primitivo. La mente se nubla con la urgencia de detener el movimiento, una súplica muda que se repite como un mantra desesperado: que pare, por favor, que pare.
A la desorientación se suma la traición física: el estómago se rebela ante el caos. Las náuseas son un oleaje interno que culmina en el vómito, una sacudida inevitable que drena las pocas energías que quedan. En esos momentos, la conciencia, tan entrenada para la resistencia y el control, queda reducida a esa única y simple necesidad de estabilidad.
En mi caso particular, la traición es más profunda y traicionera aún. No nace del oído, donde suele originarse el vértigo más común. Proviene de un lugar más oscuro: la cervical y el sistema neurológico. Es un síntoma más en una lista de dolencias que ya pesa demasiado sobre los hombros, un recordatorio constante de la fragilidad del organismo. El vértigo no inflige el dolor agudo de una herida abierta, pero aterra. Su terror reside en la imposibilidad de negociar con él.
Cuando el vértigo se presenta, no hay voluntad férrea que valga, ni actitud positiva que consiga frenarlo, ni fuerza física o mental que lo domestique. La pérdida total y absoluta de control es, quizá, la lección más difícil y humillante que se debe aceptar en cualquier proceso crónico de dolor o enfermedad. Es un rendirse forzoso a una fuerza superior.
Este miedo se ha materializado y ha dejado de ser una simple aprensión imaginaria. Se ha convertido en el miedo real a caer en mitad de la calle, a desorientarse por completo en un lugar desconocido, a no poder sostenerse en pie y quedar a merced de la situación. Y, de forma específica, en el miedo a que ocurra conduciendo, ese acto cotidiano que exige concentración y control absoluto.
Por respeto a ese riesgo innegociable, y por pura autoprotección, hace casi dos años que las llaves del coche no salen del cajón. No es una falta de ganas, sino una lección de prudencia forzada. El vértigo ha robado certezas cotidianas, esas pequeñas seguridades que conforman la vida normal, y ha obligado a vivir con una vigilancia constante. Es la sensación perpetua de estar al borde del abismo, a la deriva, sin un ancla segura a la que aferrarse.
Hoy, la intensidad del giro me ha llevado a urgencias. Me han medicado para frenar el movimiento implacable y calmar las náuseas que agotan. La esperanza, humilde y pequeña, se aferra a la posibilidad de que mañana el mundo decida, por fin, volver a colocarse en su sitio, aunque sea con cuidado, aunque el regreso a la normalidad sea un proceso lento y gradual. En los procesos largos, donde las victorias son escasas, cualquier pequeño alivio químico o temporal se siente como una victoria silenciosa y profundamente merecida.
Aceptar que hay batallas que no se ganan con la lucha, sino con la rendición, es un aprendizaje arduo que la enfermedad impone. A veces, la única forma digna de sobrevivir a la tormenta es rendirse al momento, tumbarse, cerrar los ojos y esperar con una paciencia forzosa a que la turbulencia interna amaine por sí misma. No hay otra opción.
Hoy le pido al mundo que deje de girar con este frenesí violento. Le pido tregua, silencio y estabilidad, aunque solo sea por un día.
por Marta Bonet | Feb 1, 2026 | Pelusamientos |
Hay momentos —largos, silenciosos— en los que la vida se detiene por dentro. No porque una haya dejado de intentarlo, sino porque el cuerpo, el alma o la cabeza ya no pueden seguir el ritmo de antes. Mientras alrededor todo parece avanzar, florecer, resolverse, una permanece quieta. Y en esa quietud, el dolor —físico, emocional, mental o espiritual— ocupa espacio, confunde, agota y hace dudar del propio valor.
Lo sé porque lo vivo. Y porque en ese territorio incierto he aprendido que no todos los dolores se parecen, ni todos los procesos tienen el mismo pulso. Cada herida tiene su idioma, sus tiempos, sus límites. Compararse solo añade peso a lo que ya cuesta sostener.
En medio de esa confusión, a mí me acompaña una fábula antigua: la del helecho y el bambú. El helecho brota rápido, cubre el suelo de verde casi sin esfuerzo. El bambú, en cambio, pasa años sin dar señales. Desde fuera parece que no ocurre nada. Pero bajo la tierra, lejos de la mirada ajena, el bambú está haciendo algo esencial: está echando raíces.
No lo hace mejor ni peor. Lo hace a su manera. Y durante ese tiempo no florece, no impresiona, no demuestra nada. Simplemente sobrevive, se adapta, se prepara.
La resiliencia, al menos como yo la entiendo ahora, no es heroicidad ni superación constante. No es aguantar más, ni llegar antes. Es permanecer cuando cuesta. Es permitirse no poder. Es aceptar que hay etapas donde vivir ya es suficiente.
A veces el crecimiento no se nota porque está ocurriendo en capas profundas: aprendiendo a escucharse, a pedir ayuda, a soltar exigencias, a redefinir lo que significa avanzar. Y eso también es vida.
Si hoy estás cansada, cansado, si sientes que vas más lento o que no llegas a donde otros llegan, quizá no te falte fuerza. Quizá estés echando raíces. Y eso no tiene calendario, ni garantías, ni obligación de florecer a la vista de nadie.
Yo hoy no me exijo brotes. Me acompaño en el proceso. Porque incluso en la quietud más dura, seguir aquí ya es una forma de crecer.
Hay momentos —largos, silenciosos y a veces desorientadores— en los que la vida se detiene, pero solo por dentro. No es un acto de rendición, ni mucho menos de pereza o de haber dejado de intentarlo, sino el aviso contundente y necesario de que el cuerpo, el alma o la cabeza han llegado a un punto de saturación crítica y ya no pueden sostener el ritmo frenético, a menudo autoimpuesto y socialmente exigido, de antes. Es un parón biológico disfrazado de estancamiento.
Mientras a nuestro alrededor la corriente de la vida parece implacable y ajena —todo avanza a una velocidad vertiginosa, las luces de los proyectos florecen espectacularmente para otros, y las vidas ajenas parecen resolverse con una facilidad pasmosa, casi insultante—, una permanece dolorosamente quieta. Esta quietud no es una elección de ocio, sino un estado de profunda absorción de la propia realidad. Y en esa inmovilidad interna, el dolor —sea físico, crónico, emocional, mental, o la sutil pero persistente fatiga espiritual que carcome la voluntad— toma el control, se sienta en el centro de la conciencia. Ocupa un espacio central, confunde la dirección y el propósito de cada día, agota las reservas de energía que no se sabía que existían y, lo más insidioso de todo, siembra una duda amarga y persistente sobre el propio valor, la capacidad de volver a funcionar y la posibilidad real de seguir adelante.
Lo sé con la certeza dura y profunda que solo otorga la experiencia vivida, la que se gana a base de tropiezos y lentas recuperaciones. Lo sé porque lo vivo, en sus matices más grises y en sus embates más feroces. Y es en ese territorio incierto, bordeado por la niebla densa de la inseguridad y la impaciencia, donde he aprendido una verdad fundamental: no todos los dolores son intercambiables ni tienen el mismo peso social, ni todos los procesos de curación o de adaptación a un nuevo límite tienen el mismo pulso vital. Cada herida es radicalmente única; tiene su propio idioma silente, sus propios tiempos intrínsecos de latencia y recuperación, y unos límites innegociables que desafían la lógica del fast-track moderno. Compararse con el ritmo o el «éxito» visible de otros en el proceso de vida o curación solo sirve para añadir un peso innecesario, injusto y paralizante a lo que ya resulta tremendamente difícil de sostener.
En medio de esa confusión existencial, de esa sensación de estancamiento profundo que a menudo nos asalta en la vida adulta, cuando los resultados visibles se demoran más de lo que la cultura del rendimiento permite y la paciencia comienza a flaquear peligrosamente, a mí me acompaña una fábula que funciona como un faro de paciencia, perseverancia y una comprensión profunda de los procesos naturales y necesarios: la atemporal historia del helecho y el bambú. Esta metáfora botánica ofrece una perspectiva radicalmente reveladora sobre las diferentes estrategias del éxito, el crecimiento y la manifestación.
El helecho, con su naturaleza exuberante, su impulso por la manifestación inmediata y su visibilidad rápida, brota casi de inmediato al ser plantado. Cubre el suelo de un verde vibrante y visible en muy poco tiempo, con un esfuerzo que parece mínimo para el ojo inexperto. Su crecimiento es rápido, superficial y espectacular, proporcionando una gratificación instantánea, tanto para sí mismo al cubrir su entorno como para el observador que busca resultados rápidos y cuantificables. Representa la acción visible, el ‘hacer’ frenético que la cultura moderna tanto valora, premia y exige. Es el símbolo de la productividad inmediata, la que se puede fotografiar y mostrar.
El bambú, sin embargo, en un contraste radical y una lección magistral de lo que se podría malinterpretar como inacción o fracaso, sigue un camino diametralmente opuesto. Pasa años, a veces hasta cinco ciclos completos de estaciones, sin dar la más mínima, la más ínfima señal de vida visible sobre la superficie de la tierra. Desde fuera, para el observador impaciente, para el agricultor que sembró la semilla y espera la cosecha, parece que no ocurre absolutamente nada. Se percibe como una semilla fallida, una inversión de tiempo perdida, un proyecto abandonado o sencillamente estancado. La duda, la frustración y la tentación de abandonar se asientan ante esa aparente quietud.
Pero bajo la tierra, en la oscuridad nutritiva, húmeda y lejos de la mirada juiciosa y demandante de los demás, el bambú está haciendo algo de una importancia capital y fundacional: está echando raíces. Está construyendo un sistema radical, vasto, intrincado y profundamente anclado, que será la base, el esqueleto invisible e innegociable, de su futura fortaleza, resiliencia inquebrantable y crecimiento descomunal. Cada día de esos cinco años de aparente inactividad, mientras el helecho se regocija en su gloria superficial, el bambú está consolidando la estructura que le permitirá, en el momento preciso y de forma casi milagrosa, crecer hasta treinta metros en tan solo seis semanas.
El bambú no lo hace mejor ni peor que el helecho. Simplemente lo hace a su manera, con su estrategia vital única. Y durante ese tiempo de silencio subterráneo, no necesita florecer, no tiene por qué impresionar a nadie, ni tiene la obligación de demostrar nada a la superficie. Simplemente sobrevive a las inclemencias en su proceso, se adapta a las condiciones de su entorno con paciencia telúrica y se prepara metódicamente para el crecimiento exponencial que vendrá después, cuando su base sea verdaderamente sólida, inamovible y esté completamente listo. Su quietud inicial es una inversión, no un defecto. Es la manifestación de una paciencia radical y la comprensión de que la fuerza real, la que perdura y resiste las tormentas, se construye primero en la invisibilidad.
por Marta Bonet | Ene 28, 2026 | Pelusamientos |
Con la #fibromialgia, la anatomía se comunica en dialecto desconocido, idioma de cristal donde la piel se vuelve frontera y tensa nervios. Es una existencia sin filtros, expuesta a cortocircuitos constantes.
El dolor no se limita a huesos,músculos, se derrama hacia los sentidos. La luz no solo ilumina, a veces corta; el ruido no solo suena, percute; los olores no solo huelen, invaden. Es como despertar en un mundo que ha olvidado el susurro para comunicarse a gritos, donde alguien subió el volumen de la realidad y escondió el mando.
Lo que antes era caricia del entorno, ahora puede transformarse en golpe. Una luz blanca que hiere. Un sonido que taladra la calma. Un aroma que entra sin llamar y satura el aire.
Nada de esto es rendición, es inteligencia sensorial en un sistema distorsionado. Los cables internos vibran, enviando tormentas eléctricas al cerebro, y cada exceso deja un poso que tarda horas, o días, en borrarse. Vivir con fibromialgia también es aprender a diseñar refugios: adaptar hábitos y estímulos como forma profunda de autocuidado.
La casa se vuelve santuario. Se domestica la luz, buscando tonos de atardecer: bombillas que no hieran, penumbras que abrazan. Las cortinas filtran el día con dulzura. El silencio se custodia como bien preciado, protegido con pausas y quietud deliberada.
Fuera, el cuerpo también pide armadura. Las gafas de sol no son vanidad, son escudo. Los auriculares u orejeras no aíslan por desdén, sino por supervivencia: contienen impacto sonoro para que el sistema nervioso no viva en alerta constante.
Los aromas dejan de ser adornos para convertirse en bálsamos o enemigos. Se huye de lo químico y estridente para buscar perfumes de calma: olores a limpio, aire, lluvia. Fragancias que acompañan sin imponerse, que no empalagan, que respetan. Velas solo si prometen consuelo.
Nada de esto es flaqueza: es sabiduría biológica. Arquitectura de respeto hacia un cuerpo que libra batallas invisibles. No se trata de encoger la vida, sino de hacerla habitable.
Y cuando el mundo baja la voz, aunque sea un instante, el cuerpo lo agradece. Los cables se destensan. Y el dolor, por fin, descansa un poco.
Con la fibromialgia, la anatomía deja de ser un mapa familiar para convertirse en un territorio inexplorado, comunicándose en un dialecto críptico y doloroso. Es un idioma de cristal, frágil y cortante, donde la piel se transforma en una frontera hipersensible, y los nervios permanecen tensos en un estado de alerta perpetua. Es una existencia sin el amortiguamiento que el cuerpo sano ofrece, constantemente expuesta a cortocircuitos sensoriales que agotan la reserva energética.
El dolor no es una sensación localizada; trasciende los confines de huesos y músculos. Se derrama, como una marea silenciosa, hacia todos los sentidos, distorsionando la percepción de la realidad cotidiana. La luz deja de ser un simple medio para iluminar, a menudo se percibe como una agresión, una cuchilla que hiere la retina. El ruido no solo suena; percute con la fuerza de un martillo, taladrando la calma y resonando en el sistema nervioso. Los olores no solo se huelen; invaden, saturan el espacio personal y desatan reacciones físicas. Es una experiencia análoga a despertar en un mundo donde se ha olvidado el matiz y el susurro, donde la comunicación se realiza a gritos, y donde el volumen de la realidad ha sido intencionalmente subido al máximo, con el mando regulador escondido o fuera de alcance.
Lo que para otros es la caricia amable del entorno —un sol de mañana, una conversación animada, el aroma de una comida—, para quien vive con fibromialgia puede transformarse en un golpe sensorial. Una luz blanca de neón en un supermercado puede ser una tortura visual. Un claxon o una sirena, un sonido que taladra la calma y deja un eco de tensión. Un aroma fuerte, ya sea un perfume químico o un ambientador estridente, entra sin pedir permiso, satura el aire y deja una sensación de intoxicación.
Sin embargo, esta respuesta exacerbada no es una rendición, sino una forma de inteligencia sensorial adaptativa en un sistema biológico fundamentalmente distorsionado. Los cables internos del cuerpo vibran a una frecuencia demasiado alta, enviando tormentas eléctricas de hiperactividad al cerebro. Cada sobrecarga, cada exceso sensorial o físico, deja un poso tóxico de agotamiento y malestar que no se resuelve con una simple noche de sueño; tarda horas, a veces días, en desvanecerse. Vivir con fibromialgia implica, por necesidad vital, aprender a diseñar y construir refugios. Se convierte en un ejercicio constante de adaptar hábitos y controlar el flujo de estímulos externos como la forma más profunda y esencial de autocuidado.
El primer santuario es, a menudo, la propia casa. Se domestica la luz con meticulosidad, buscando tonos suaves que imiten el atardecer, alejándose de las bombillas frías y agresivas. Se favorecen las penumbras que abrazan y calman. Las cortinas no solo decoran, sino que filtran la dureza del día con dulzura. El silencio se custodia como el bien más preciado, protegido con pausas deliberadas, momentos de quietud absoluta y la reducción consciente del ruido doméstico.
Fuera de este refugio, el cuerpo demanda una armadura protectora invisible. Las gafas de sol no son un accesorio de vanidad, sino un escudo óptico indispensable. Los auriculares o las orejeras no son un signo de desdén social, sino una herramienta de supervivencia sensorial: contienen el impacto sonoro y evitan que el sistema nervioso viva en un estado de alerta y sobresalto constante, que perpetúa el ciclo de dolor.
Incluso los aromas deben ser renegociados. Dejan de ser un simple adorno para convertirse en bálsamos curativos o, por el contrario, en enemigos declarados. Hay una huida instintiva de todo lo químico, artificial y estridente. Se buscan aromas que induzcan calma: olores a limpio, a aire fresco, a tierra después de la lluvia. Fragancias que acompañan sin imponerse, que son sutiles, que no empalagan y que, sobre todo, respetan la fragilidad del sistema. Las velas, solo si prometen el consuelo de un olor natural y tenue.
Nada de esto debe interpretarse como flaqueza o exageración: es sabiduría biológica en acción. Es la arquitectura del respeto hacia un cuerpo que libra batallas invisibles y que exige límites claros para sobrevivir. No se trata, en absoluto, de encoger la vida hasta hacerla insignificante, sino de remodelarla con precisión para hacerla verdaderamente habitable. Y es en esos momentos, cuando el mundo circundante decide bajar la voz, aunque sea por un instante fugaz, cuando el cuerpo puede, por fin, dar las gracias. Los cables internos se destensan. La tensión acumulada se relaja. Y el dolor, por fin, consigue un pequeño y merecido descanso.
por Marta Bonet | Ene 24, 2026 | Pelusamientos |
La noche, que debería ser descanso, se convierte en campo de batallas invisibles.
Anoche, mis pies, lejos de reposar, se transformaron en conductores involuntarios de electricidad errática. No es un dolor reconocible, ni calambre muscular que se pueda estirar y domesticar. Es respingo súbito, doloroso chispazo que sacude el empeine y me expulsa de la quietud, da miedo y pone mis sentidos en alerta.
Es tiranía de la aleatoriedad, esa que dicta que mi condición no solo duela, sino que no siga reglas. Hoy el pie. Mañana el cuello. Pasado, silencio.
Mi sistema nervioso, guardián que lleva demasiado tiempo en alerta máxima, ha perdido control. Dispara alarmas, envía descargas sin peligro real, durante horas, cada veinte segundos: tiempo que necesita para liberar la señal y reiniciarse. Entre descarga y descarga queda una resaca de desagradable hormigueo, y muchas preguntas en la oscuridad.
Pero hoy abrazo verdad que me sostiene: esto no es psicológico, es desorden neurológico y disfunción del procesamiento sensorial.
No es mi mente, es mi cableado interno exhausto pidiendo auxilio. Es hiperexcitabilidad de un sistema nervioso que ha soportado demasiado dolor mucho tiempo y se ha estropeado al cronificarse. Es físico, aunque no se vea fácilmente en pruebas.
Y frente a ese vértigo, aparece una palabra-medicina: propiocepción.
Mis nervios disparan porque, en el vacío blando de la sábana, no saben dónde terminan. No sienten borde, apoyo. Se sienten inseguros, entran en pánico y se manifiestan.
La respuesta no es luchar, tensar cuerpo o corregir síntoma, sino dar referencia y anclaje.
La propiocepción es recordarle al cuerpo dónde está y que el cerebro lo procese correctamente. Es ofrecerle contacto firme de calcetines, peso constante de una manta, apoyo claro contra el colchón. Es darle información física estable para que el sistema nervioso deje de temblar y disparar descargas a ciegas. Es decirle al nervio que vibra: estás sostenido, para facilitar la regulación neurológica y se calme.
❤️ Comprender que me ocurre no elimina síntoma, pero cambia algo esencial: el cuerpo deja de vivirse como amenaza constante y el miedo se disipa un poco…
La noche, ese santuario prometido para el descanso y la restauración, se ha transformado, sin previo aviso, en un campo de batallas invisibles. Es la hora en que el mundo se silencia, pero mi cuerpo decide gritar.
Anoche, mis pies, lejos de reposar en la quietud merecida, se transformaron en conductores involuntarios de una electricidad errática y desbocada. No hablamos del dolor reconocible, ese que tiene nombre y se puede rastrear hasta un músculo fatigado o un calambre fugaz que cede ante un estiramiento y la voluntad. Esto es distinto. Es un respingo súbito, un doloroso chispazo que irrumpe con la furia de un rayo diminuto, sacudiendo el empeine con una intensidad que me expulsa de la buscada quietud. Es un fenómeno que no solo duele, sino que da miedo y dispara mis sentidos a un estado de alerta máxima, como si un depredador invisible acechara bajo la manta.La Tiranía de la Aleatoriedad Neurológica
Esta es la tiranía de la aleatoriedad, la firma más cruel de mi condición. Es la que dicta que el dolor no solo sea intenso, sino que se niegue a seguir cualquier patrón lógico. Hoy es el pie, ese punto caliente bajo la sábana. Mañana podría ser el cuello, rígido e hipersensible. Pasado, tal vez, una tregua, un silencio que solo sirve para acentuar la anticipación del siguiente ataque.
Mi sistema nervioso, ese guardián incansable cuya función es protegerme, lleva demasiado tiempo operando en alerta máxima. Ha perdido el control, agotado por la sobreexposición crónica al dolor. Ahora, actúa como un detector de humo con la sensibilidad rota: dispara alarmas falsas, envía descargas sin un peligro real que las justifique. Este ciclo de emergencia se repite durante horas, con una precisión exasperante: cada veinte segundos, el tiempo exacto que mi sistema parece necesitar para liberar la señal eléctrica y reiniciarse, solo para volver a disparar. Entre descarga y descarga, queda una resaca de desagradable hormigueo, un eco eléctrico que se desvanece lentamente, dejando a su paso solo preguntas en la oscuridad.El Auxilio del Cableado Interno: Hiperexcitabilidad
Pero hoy, abrazo una verdad fundamental que me sirve de anclaje: esto no es psicológico. La narrativa de que «está en mi cabeza» es una simplificación peligrosa y falsa. Lo que experimento es un desorden neurológico, una disfunción objetiva en el procesamiento sensorial.
No es mi mente la que me traiciona, sino mi cableado interno, exhausto y sobrecargado, pidiendo auxilio. El diagnóstico no oficial, pero íntimamente cierto, es la hiperexcitabilidad de un sistema nervioso que ha soportado la carga de demasiado dolor durante demasiado tiempo. Al cronificarse el dolor, el sistema de transmisión se ha estropeado, volviéndose hiperreactivo. Es un fenómeno profundamente físico, aunque su naturaleza microscópica a menudo lo oculte de las pruebas de imagen convencionales.El Poder de la Propiocepción: Anclaje y Referencia
Frente a este vértigo de chispazos nocturnos, aparece una palabra que funciona como bálsamo y medicina: propiocepción.
Mis nervios disparan porque, en el vacío blando y sin fronteras de la sábana, han perdido su mapa. No saben dónde terminan ni con qué se limitan. No sienten un borde claro, un apoyo firme. Al carecer de esta información sensorial estable, se sienten inseguros. Entran en pánico y se manifiestan con esos tirones y calambres eléctricos.
La respuesta más sabia no es luchar contra el síntoma, tensar el cuerpo o intentar corregir la descarga. La respuesta es dar referencia y anclaje.
La propiocepción es el sentido que le recuerda al cuerpo dónde está cada parte de él en el espacio y cómo debe procesar esa información el cerebro. Es ofrecerle al sistema nervioso una fuente de contacto firme y no amenazante:
- El peso constante y reconfortante de una manta pesada.
- El abrazo ceñido de unos calcetines compresivos.
- El apoyo claro y sólido contra el colchón.
- La conciencia de la superficie de contacto.
Es darle al nervio vibrante una información física estable e inequívoca para que deje de temblar y disparar descargas a ciegas. Es decirle al sistema de alarma: «Estás sostenido, estás seguro». Esta infusión de datos estables facilita la regulación neurológica, permitiendo que el sistema se calme gradualmente y regrese a un estado de reposo.
❤️ Comprender la raíz de lo que me ocurre —el desorden sensorial y la hiperexcitabilidad— no elimina el síntoma de inmediato, pero cambia algo esencial y profundo: el cuerpo deja de vivirse como una amenaza constante que requiere pánico, y el miedo, el peor combustible del dolor crónico, se disipa un poco, permitiendo que la noche vuelva a ser, al menos, un lugar más habitable.