Hay dolores que no solo se sienten en el cuerpo, sino que lo ocupan todo, transformándose en una presencia constante. Son esos dolores invisibles que se sientan a la mesa, que se acuestan contigo por la noche y se cuelan en cada gesto cotidiano, convirtiendo lo que antes era rutina en un pequeño y agotador desafío. En ese punto de inflexión, el mundo se enfrenta a una realidad para la que aún no tiene el nombre exacto: no es solo el cuerpo el que sufre… es la vida entera la que duele.
Ante esta profunda y a menudo paralizante experiencia, es común que la gente mire hacia la psicología, pero lo hace con una pregunta equivocada, condicionada por viejos estigmas: “¿Necesito ir porque estoy mal de la cabeza?” La respuesta es un rotundo no. No se trata de un déficit o de una falta de cordura.
Cuando el dolor se instala, todo cambia radicalmente. La vida muta, se descoloca. La supuesta zona de confort desaparece, y lo que es peor, ni siquiera se encuentra una zona incómoda reconocible. Uno deja de reconocerse a sí mismo; las personas del entorno se sienten distantes en la nueva realidad, y también desconocidas. Paradójicamente, la casa, el refugio íntimo, puede volverse más bella y protectora que nunca, mientras que la calle, el exterior, se percibe como una amenaza creciente. La cabeza da vueltas, el mareo es constante. En ese torbellino, se necesita desesperadamente a alguien que extienda una mano, que ayude a la persona a «bajarse del mundo» por un momento, a detener el giro para poder procesar la magnitud de lo que se vive.
En mi caso particular, la decisión de buscar ayuda psicológica no se basa en que mi enfermedad sea de origen mental. No lo es. Mi patología es neurológica, es física, es completamente real y objetiva. Sin embargo, los estragos que esta deja a su paso son devastadores y atraviesan absolutamente todas las capas de lo que soy. El proceso incluye el profundo duelo por la persona que fui, con su energía y sus capacidades perdidas, incluso su belleza. Se suma la incertidumbre punzante de la que soy ahora, un yo incompleto e impredecible. Y por encima de todo, está la reconstrucción lenta, torpe, espesa, pero valiente, de una nueva versión de mí misma, una versión donde el corazón, el cuerpo y la mente se han desalineado y necesitan volver a encontrar una nueva armonía. Intentar semejante tarea sola, sin guía, sería tan imposible como tratar de reconstruir una casa en ruinas a oscuras y sin las herramientas adecuadas.
Y es por todo esto que está Mari, mi querida Mari, mi psicóloga. ( y si lo pronuncio en voz alta, suena exactamente igual de cuando whitney houston gritaba : ¡Es mi guardaespaldas!)
Ella no irrumpió en mi vida como una solución mágica o una revelación instantánea. Su llegada fue la de las personas verdaderamente importantes: con una presencia constante, pero respetuosa; una presencia que nunca invade el espacio personal, pero que tampoco se conforma con quedarse en la superficie. Mari escucha con una atención genuina, pero su trabajo no se detiene en ser un mero oído. Ella posee la intuición y el conocimiento para saber exactamente dónde tocar, qué hilo de la madeja desenredar, cuándo es necesario dejar que el silencio hable y cuándo debe incomodar un poco, empujando suavemente los límites de la zona de confort. Y sí, a veces su intervención remueve viejas heridas. A veces duele. Pero es un dolor cualitativamente diferente, esencialmente sanador: es el dolor profundo y liberador de empezar a entender (me).
En el íntimo espacio de cada sesión, Mari planta pequeñas semillas. Estas semillas no son ruidosas; no explotan en grandes revelaciones inmediatas o en fuegos artificiales de color. Son ideas sutiles que calan hondo. Y es después, en casa, en la soledad de la rutina, en medio de una crisis de dolor físico o de agotamiento emocional, cuando algo brota. Puede ser una idea que reorienta el pensamiento, una mirada distinta y menos crítica hacia mí misma, o un gesto de amabilidad y paciencia que antes no existía. Es ahí donde comprendo que el trabajo real no culmina en la consulta. Comienza a regarse en su despacho, sí, pero soy yo quien debe abonarlo, podarlo, aportar el sol, el agua y las vitaminas día a día.
Mari tiene una frescura en su trato que es difícil de verbalizar. Una empatía limpia, sin rastros de artificio o condescendencia. Y además, posee un pellizquito de humor, una chispa que encaja perfectamente con el mío, creando una conexión única. Es como si en medio de la profundidad y la gravedad de la situación, hubiese un espacio vital para respirar, para sonreír, para no tomarnos siempre la vida desde la solemnidad absoluta. En esos momentos de conexión, nos miramos a los ojos: ella con sus preciosos ojos verdes, yo con mis pupilas color chocolate a menudo dilatadas, casi como un mecanismo instintivo de defensa para poder captar toda su luz en mi oscuridad.
Con el tiempo, que ha sido relativamente corto, ella ha dejado de ser simplemente “la psicóloga” en mi mente y en mi corazón. Y ha comenzado a ser Mari.
Y entonces ocurre algo inevitable, algo precioso y fundamental en el proceso de sanación: el vínculo.
Porque, es cierto, a menudo resulta más fácil abrir el alma y exponer la vulnerabilidad ante alguien que no forma parte del entorno inmediato. Alguien que te mira no desde la historia compartida o las expectativas pasadas, sino desde el presente más real y desnudo. Pero cuando esa persona te acompaña con tal maestría y honestidad… deja de ser una extraña. Se convierte en un lugar. Mari se ha convertido en uno de mis lugares seguros más importantes. Y hoy, necesito decirlo sin filtros ni reservas: gracias.
Gracias por la forma en que sostienes mi dolor sin invadir mi espacio. Por acompañar mi camino sin imponer nunca tu dirección. Por dar la mano a mis miedos más profundos, por abrazar mis inseguridades y, vitalmente, por ayudarme a despedirme y a hacer el duelo por quien fui, sin dejar de honrarla y de entender su valor. Por estar presente, incluso cuando lo que encontramos en la consulta no es «bonito» o fácil de mirar. En este camino, donde el dolor y cansancio crónicos muchas veces desordenan todo mi universo interior, tu presencia constante y guiada ayuda a que, muy poco a poco, algo dentro de mí vuelva a encontrar su lugar, a colocarse de una manera funcional. Y eso, Mari, no es algo pequeño; de hecho, es profundamente importante para mi vida, puesto que me centras para yo ir afianzando mi propósito.
Disfruto genuinamente verte, compartir el rato de la sesión y hacerte estas confidencias. Me agrada profundamente cómo eres, y sin ningún ánimo de ser intrusiva o de cruzar líneas profesionales, sí que te digo que siempre salgo de tu consulta con unas ganas enormes de compartir más tiempo contigo, pero un tiempo diferente: tiempo de ocio, relajado y fuera de contexto, de ese que incluye una copa de vino, pies descalzos y la posibilidad de mezclar y compartir lágrimas de alegría y risas de pena.
PD. A Mª Carmen Romero Muñoz (Colegiada B03529) la podéis encontrar en Adiseb (y en el Ayuntamiento de Esporles donde la empresa y Servicios Sociales cuentan con su presencia y terapia)