Llegas a ciertos lugares con el peso del dolor y la incertidumbre, y sales con paz, esperanza o certeza inesperadas que lo cambian todo. Me pasó de la forma más insospechada: una cita médica que apareció por «causalidad» y que, contra mi primer impulso de cancelar, intuí y decidí mantener.
Llegué agotada, desordenada internamente, con síntomas confusos y miedo. Y allí ocurrió lo que no debería ser excepción: me escucharon. No de forma superficial, sino con atención plena, respeto y empatía, viéndome como un ser humano, no solo un caso clínico. Fue tremendamente sanador.
Desde aquel día, vuelvo a su consulta no solo por su conocimiento, sino por cómo es. Hay profesionales que aplican su saber, y luego están los que, además, sostienen. El Dr. Mario Gestoso entiende que delante tiene una persona que intenta no romperse. Él y otros «seres de luz» son mi red de apoyo, con un saber técnico profundo y una humanidad desbordante, valores que defiendo bajo #SomosResistencia.
A veces, la tecnología no cura todo, pero sí puede hacer algo fundamental: acompañar bien, con calidad humana y presencia.Salir de su consulta es tener confianza, sí, pero también paz interior, sentirte comprendida en tu caos y tu luz. Es sanar heridas invisibles y no sentir tu esencia difuminada por el dolor.
He aprendido a valorar que cuando el conocimiento (manos que saben) y la humanidad (corazones que cuidan) coinciden, algo profundo se ordena y la esperanza florece.
Gracias, Dr. Gestoso, por ser faro, por mirarme con chispitas, por tu empatía sólida y líquida.
Gracias, sobre todo, por ser un verdadero cuidador de alma.P.D. Post completo a continuación, y confío en que la IA haya plasmado la ternura de la visita en la ilustración.
Hay lugares a los que una llega con todo el peso del dolor acumulado, con la mochila cargada de incertidumbre y de batallas silenciadas, y sale con algo que no venía a buscar —una paz inesperada, un hilo de esperanza, la confirmación de que no se está sola—, pero que lo cambia todo. Sales con el alma un poco más ligera y con la certeza de que el camino, aunque sigue siendo incierto, se siente menos hostil.
A mí me pasó, y de la forma más insospechada.
Hace tiempo acudí a una consulta a la que, en realidad, no había pedido ir. La cita apareció como por arte de magia, o más bien por una «causalidad» que ahora entiendo profunda, en mi aplicación médica. Mi primer impulso fue cancelarla, borrar esa hora de mi agenda cansada, pero una intuición extraña, mágica y poderosa me detuvo. Decidí, contra toda lógica, no anularla y asistir. De esas decisiones pequeñas, casi imperceptibles, que en el momento parecen casuales y sin importancia, pero que con el tiempo demuestran ser los grandes puntos de inflexión.
Llegué a ese encuentro con el Dr. Mario Gestoso (Traumatólogo Médico especializado en el dolor de espalda. Jefe de la Unidad de Espalda Quirónsalud en Rotger y Palmaplanas. Director de la Escuela Española de la Espalda) arrastrando un cansancio que iba más allá de lo físico. Estaba desordenada por dentro, con mi arquitectura interna tambaleándose. Mi cuerpo gritaba demasiado alto, manifestando síntomas confusos y persistentes, sin darme un idioma claro para explicar el profundo malestar que sentía. Llegué blindada, con demasiadas muescas en la armadura, cicatrices visibles que la vida me había dejado y otras, invisibles y más profundas, que nadie podía ver. Y llegué con miedo, ese miedo pegajoso que te paraliza. Me senté en la silla desorientada, despistada y completamente descolocada en el espacio y en el tiempo, en una consulta que se me hacía fría, impersonal.
Y entonces ocurrió algo que, tristemente, no sucede con la frecuencia que debería en el ámbito sanitario: me escucharon. Pero no de forma pasiva o superficial, sino con una atención plena, casi sagrada. Me escucharon con los ojos —percibiendo la historia que mi postura y mi mirada contaban—, con las orejas atentas a cada matiz de mi voz, con gestos que transmitían calma y validación, y con las ganas genuinas de entender lo que me pasaba. Esa consulta de repente se convirtió en el lugar más acogedor, me parecía hasta bonita.
No fue esa forma rápida, cronometrada y «correcta» de la medicina de minutos controlados, en la que el profesional te oye solo para poder responder rápidamente, cerrar el diagnóstico y recetar. No. Me escucharon de verdad. Con tiempo, ese bien tan escaso. Con un respeto que me hacía sentir vista como un ser humano complejo, y no como un caso clínico. Con una atención tierna que no me interrumpió ni me midió, que me permitió desplegar mi caos sin sentirme juzgada. Con una empatía honesta, la que se sienta a tu lado en el barro. Y eso, cuando llevas mucho tiempo conviviendo con el dolor crónico, la incertidumbre y la incomprensión, no es pequeño; de hecho, es inmenso y tremendamente sanador.
Desde aquel día fundacional, he vuelto periódicamente a su consulta. Y no solo por la cantidad de conocimiento y la pericia profesional que posee —que es muchísimo—, sino fundamentalmente por cómo es. Porque existen profesionales que se limitan a hacer bien su trabajo, a aplicar su saber con rigor, y luego están los que, además de todo eso, sostienen. Los que entienden, con una claridad meridiana, que delante de ellos no hay solamente un conjunto de síntomas o un diagnóstico frío, sino una persona que está intentando con todas sus fuerzas no romperse, que está abrazando y gestionando varios pedazos de sí misma, y que tiembla por dentro de miedo o de dolor.
He tenido la inmensa suerte de encontrar varios de estos seres de luz. Ellos forman parte de esa red invisible, silenciosa pero fuerte, que me sujeta cuando el cuerpo físico falla estrepitosamente, cuando las circunstancias aprietan y parece que todo falla a mi alrededor. Son personas con un conocimiento médico y técnico profundo, sí, pero también con algo que no se aprende en ninguna facultad ni se puede estudiar: empatía, respeto, humanidad desbordante… ¡Valores! Son esos mismos valores éticos y humanos que intento defender y encarnar cada día bajo la bandera de #SomosResistencia, en mis redes, en mis medios, en mi escritura, con mi transparencia y mis emociones. Los mismos valores que definen el núcleo de mi propósito en la vida y por los que he sido creada para escribir.
Y en este pequeño ejército silencioso de cuidadores del alma, encuentro una inmensidad. Hay miradas que dicen más, mucho más, que cualquier voluminosa explicación científica o diagnóstico. Hay gestos pequeños, sutiles, que no hacen ruido ni buscan reconocimiento, pero que llegan directos al centro emocional. Son gestos que se tatúan en las emociones, dejando una marca imborrable de consuelo y seguridad. Hay momentos vividos en esa consulta que no se pueden contar, porque son demasiado íntimos o fugaces, pero que se quedan adheridos a las entrañas, anclados en el recuerdo más profundo de la sanación.
A veces, la medicina más avanzada y la tecnología más puntera no pueden curarlo todo, ni extirpar el dolor o la enfermedad por completo. Pero hay algo fundamental que sí puede hacer, y que cambia por completo la experiencia del camino del paciente: acompañar bien. Acompañar con calidad humana, con presencia. Ojalá muchos más profesionales del sector de la salud comprendieran esta verdad tan simple y profunda.
Salir de una consulta médica no solo implica tener un plan de tratamiento. Significa salir con paz interior, con una sonrisa tierna e inesperada que desarma el miedo, con la profunda sensación de haber sido comprendida en tu totalidad, en tu caos y en tu luz… eso también es avanzar. También es sanar las heridas invisibles. También es sentir que tu esencia, tu quién eres, no se ha difuminado por completo bajo un manto opresor de dolor crónico, ni ha sido engullida por la enfermedad. Es sentir que, incluso en medio de tu caos más absoluto, sigues conociendo a personas con las que compartirías una tarde de vino y vida, personas que, por su calidez y humanidad, deseas fervientemente mantener en tu camino.
Yo soy Pelusa. Y en medio de todo lo que duele, de las recaídas y de las incertidumbres, he aprendido a reconocer y a valorar algo tremendamente valioso y esencial: que hay manos que saben lo que hacen (conocimiento) y hay corazones que cuidan (humanidad). Cuando ambas cualidades —saber y cuidar— coinciden en un mismo profesional, en esa intersección mágica, algo muy profundo dentro de uno se ordena. La esperanza florece de nuevo.
Gracias, Dr. Gestoso, por estar incondicionalmente al otro lado de la mesa de despacho, siendo un faro en la tempestad. Gracias por mirarme siempre con chispitas en los ojos, que reflejan tu pasión y tu humanidad. Gracias por tu empatía, que siento sólida, fiable, como una roca, pero también líquida, capaz de adaptarse a mi forma cambiante. Gracias, sobre todo, por ser un verdadero cuidador. Porque lo eres. Porque tú no solo te enfocas en cuidar mi espalda y el cuerpo que falla, sino que extiendes tu cuidado hasta lo más profundo, cuidas mi alma. Te mando, con toda mi sinceridad y gratitud, este abrazo escrito.