Anoche decidí hacer algo que, para muchos, sería gesto sencillo, pero para mí tiene densidad de pequeña conquista: salir a caminar con propósito.
Anoche, como terapia y motivación, decidí unirme a una bella ruta nocturna de misterio buscando un motivo para mover mi cuerpo a pesar de mis limitaciones físicas. Necesito terreno llano y seguro por mis episodios de vértigo y dolor.
Mi fascinación por lo oculto fue motor perfecto para esta caminata pausada por el casco antiguo de #Palma, una de esas perspectivas que desvelan la magia que la luz del día no cuenta, que se esconde bajo la luna.
A la tenue luz de los faroles, entre calles antiguas cargadas de historia, fui avanzando despacio, con ese ritmo pausado que permite parar, escuchar y respirar sin culpa. Caminar así no es exigirse, es habitar movimiento. Y en ese equilibrio delicado, algo dentro también se movía: la mente se abría, el foco se desplazaba, el dolor dejaba de ocuparlo todo.
La experiencia fue bonita e interesante, permitiendome descansar en las paradas mientras Pedro, el guía, compartía historias. Mi mente se empapó de ellas y disfruté de la belleza nocturna de la ciudad.
Lograr logística segura y salir ya fue una pequeña victoria. Sin embargo, la factura física ha sido demoledora: dolor profundo, músculos tensos y agotamiento paralizante. Dos horas de caminata fueron un límite que traspasé con consecuencias devastadoras.
A pesar de la «paliza» corporal, siento orgullo por haberlo intentado y haber elegido activamente seguir en movimiento. Porque en medio de esta resaca física hay una certeza que permanece intacta: mereció la pena.
No por lo que conseguí hacer, sino por haberlo intentado. Por elegirme en movimiento, incluso sabiendo que habría consecuencias.
Quizá el camino no va de grandes esfuerzos, sino de paciencia casi artesanal: sumar minutos, reconstruir la confianza del cuerpo poco a poco, aprender a avanzar sin romperme.
No se trata de volver a ser quien era, sino de descubrir cómo puedo ser ahora.
Moverme, hoy, ya no es solo ejercicio. Es resistencia, presencia. Es una forma de no desvanecerme de la vida.
¡Gracias Rutas Misteriosas!
Anoche, impulsada por una mezcla de necesidad vital y una curiosidad inextinguible, di un paso que, a simple vista, podría haberse confundido con una simple actividad de ocio. Sin embargo, para mí, ese acto llevaba el peso y la significación exacta de una conquista necesaria, íntima y personal: salir a caminar con un propósito definido, con un ancla emocional e intelectual que sostuviera el esfuerzo. Mi misión no era solo mover mi cuerpo atrofiado y dolorido, sino encontrar un motivo que hiciera que el esfuerzo logístico y físico de una noche de actividad, mereciese verdaderamente la pena.
Tras sopesar varias ideas, la solución vino de la mano de mi eterna fascinación por lo oculto y lo inexplorado. Lo encontré en una de esas rutas nocturnas temáticas que, como un farol dorado en la profunda oscuridad, desvelan aquello que la luz diurna esconde: historias soterradas, misterios ancestrales, la cara B más silenciosa y a la vez vibrante de una ciudad que, pese a ser mi hogar desde hace años, creía conocer por completo. Pero ayer, Palma me descubrió una faceta de sí misma plagada de historias y leyendas apasionantes que actuaron como el catalizador perfecto.
Este plan era perfecto, quirúrgicamente diseñado para mis actuales e ineludibles limitaciones físicas. La necesidad de moverme es vital para evitar una mayor atrofia de mi cuerpo, pero el senderismo tradicional por la montaña es, por ahora, un muro infranqueable. Requiero paseos por terreno completamente llano, seguro, y con la certeza absoluta de estar cerca de la «civilización» y sus recursos ante cualquier eventualidad médica, como uno de mis episodios repentinos de vértigo, de dolor o simplemente la necesidad de poder coger un taxi de vuelta a casa e interrumpir la ruta en cualquier momento si mi cuerpo claudica.
Mi fascinación de siempre por el misterio, las leyendas urbanas, las historias de brujas y las supersticiones antiguas, los relatos paranormales, se convirtió en el motor impulsor. Unió mi necesidad de movimiento con el motivo que lo hiciera sostenible. Así fue cómo me apunté a la visita de Palma Tenebrosa, una experiencia organizada por la empresa Rutas Misteriosas. Se prometía un paseo suave por el casco antiguo, pero que ofrecía mucho más que una simple caminata.
Bajo la luz dorada y cálida de los antiguos faroles de la ciudad, y flanqueada por calles que son verdaderos depósitos de memoria milenaria, comencé a avanzar despacio, midiendo y dosificando cada paso. La belleza intrínseca de esta experiencia radicaba precisamente en su ritmo: un caminar pausado, casi ritual, constantemente interrumpido por paradas estratégicas. En estos puntos, el guía compartía relatos escalofriantes e históricos, y nos mostraba detalles de la ciudad que a simple vista, en la vorágine del día, pasan totalmente desapercibidos.
Estos momentos eran una bendición. Podías detenerte, escuchar con atención, respirar profundamente y, de paso, descansar sin sentir la presión ni la obligación de tener que seguir adelante inmediatamente. El cuerpo se movía, sí, pero sin la sensación de ser exigido hasta el límite, paseando lentamente y con suavidad.
La mente, esa que tan a menudo se queda atrapada en el bucle doloroso de la enfermedad y la limitación física, se abría como una flor, absorbiendo esos relatos externos, recordándose a sí misma que aún es capaz de habitar otros mundos, otras historias, otras realidades. Los sentidos se agudizaron, embriagándome con la belleza monumental de nuestra Catedral iluminada, de fachadas antiguas regadas por los destellos dorados de la luna, y de las gárgolas de las iglesias que parecían observarnos desde las alturas. La Palma milenaria, misteriosa y espectacularmente bella a la luz de la noche se reveló ante mí, ofreciéndome una visión diferente, mágica, y profundamente cautivadora.
No obstante, el esfuerzo logístico fue una batalla en sí misma. Tuve que coordinar la logística «puerta a puerta» —aún no me es posible conducir— y alterar la estricta rutina de mis horarios, ya que la visita se extendía entre las 21:00 y las 23:00 horas. Fue un gran desafío. Pero, con ayuda y coordinación de mi tiempo, lo hice. Y el simple hecho de haberlo logrado ya era una pequeña victoria.
La experiencia en sí fue, en su esencia, todo lo que esperaba: bonita, interesante, profundamente agradable, sencilla y, sobre todo, una excusa impecable para moverme y caminar. Ahora, mi mente ya busca activamente otras iniciativas similares, rutas que, bajo diferentes temáticas (historias, gastronomía, arquitectura..), me sigan provocando esa necesaria movilidad y me regalen nuevas perspectivas y vivencias, nuevas personas, y de paso, nuevo aprendizaje.
No obstante, el puñetazo brutal de la honestidad me obliga a mirar de frente a la factura física. La realidad post-ruta ha sido demoledora, una verdad ineludible. Hoy, el cuerpo ha alzado la voz con una intensidad que no esperaba tan demoledora: dolor extendido, profundo, músculos tensos hasta el grito, y ese cansancio que se mete hasta los huesos y cala hasta inmovilizarme por completo. Un agotamiento que paraliza, como si cada paso de anoche hubiese dejado una huella inflamatoria más intensa, afectando a nervios, músculos y articulaciones, dejándome incapacitada para cualquier otra mínima actividad a lo largo del día de hoy, de momento. Dos horas completas de caminata, más el ir y venir desde casa, ha sido un límite físico que he traspasado con consecuencias devastadoras.
Y sin embargo, en medio de esta resaca física, hay una certeza que se mantiene firme, inamovible, resonando más fuerte que el propio dolor y sin sensación de derrota, pues mereció la pena ponerme a prueba.
Porque en el centro de esta paliza corporal, hay algo que no duele, sino que se expande, que crece y me da aliento: la íntima y poderosa sensación de haberlo intentado, de no haberme quedado quieta en la resignación y de haber elegido activamente la vida, incluso con sus consecuencias más duras.
Quizá la gran lección de anoche es que dos horas completas son aún un objetivo demasiado alto, más bien una meta a medio plazo, un objetivo que mi cuerpo actual no puede sostener sin un castigo demasiado severo. Quizá el camino real hacia la recuperación es otro, más sabio y mucho más humilde: sumar minutos, construir un hábito inquebrantable de movimiento, enseñarle al cuerpo —con paciencia de orfebre y sin violencia— que puede volver a moverse sin miedo al castigo brutal del día después, pero muy poco a poco, minuto a minuto, sin prisa, pero sin pausa.
Estoy en el difícil pero crucial aprendizaje de habitar el equilibrio delicado entre el respeto absoluto a mis limitaciones y el impulso vital. Aún no lo conozco, estoy buscando dicho equilibrio cada día, con frustraciones y pequeñas celebraciones. La clave no es forzarme hasta la rotura, como hacía antes de enfermar, pero tampoco abandonarme a la quietud y al descuido. Estoy entendiendo que avanzar, en esta etapa, no es correr, ni siquiera caminar rápido… es permanecer en movimiento constante.
Moverme se ha convertido en mi acto de resistencia más silencioso y profundo, y también, paradójicamente, el más doloroso físicamente. Pero es una forma rotunda de decir: no voy a desaparecer, no me desvaneceré del mundo, de la vida. Por supuesto, mi aventura de ayer la pacté previamente con Alberto, mi fisioterapeuta y mi conciencia, y ambos acordamos que era bueno probar, probarme… Él es la voz de la sensatez y la ciencia.
Me siento orgullosa de haberme puesto a prueba, aunque el resultado de hoy sea la inmovilidad y el dolor. La planificación debe cambiar: debo ir sumando minutos día a día, con la vista puesta en normalizar una hora de paseo, luego dos, tres y así, con el tiempo, ir recuperando el terreno perdido durante estos dos años de quietud forzada. Soy tremendamente consciente de que el dolor y el cansancio serán mis compañeros de viaje de ahora en adelante, por siempre, pero si, poco a poco, logro generar y ampliar estas pequeñas rutinas, tal vez, solo tal vez, en un futuro pueda aventurarme a rutas más ambiciosas, tanto urbanas como en plena naturaleza. Tal vez, solo tal vez, pueda ser capaz de dejar de sentir que la vida se me escapa entre los dedos.
El dolor sigue a mi lado, sí, sigue siendo mi sombra, pero ya no camina solo. Ahora camina acompañado del coraje, la ilusión, la motivación y la actitud firme de quien se aventura a seguir avanzando día a día, con la cabeza alta y el corazón lleno de esperanza.