Hoy es el Día del Libro, una fecha marcada en el calendario de la literatura, pero para mí es, sobre todo, un día para hablar de un libro que, paradójicamente, aún no ha nacido en el mundo de lo tangible.No celebro un volumen que se pueda hojear. No se encuentra apilado en las mesas de novedades, ni tiene una fecha de publicación fijada, ni existe siquiera en un documento perfectamente estructurado, sino más bien una idea visceral, pasión desordenada, y chispitas de creatividad en borrones y borradores caóticos. Existe de otra manera. Existe en proceso, en borradores vivos, en noches largas de insomnio y en días a medias. Su existencia es más íntima, más visceral, y reside en el lugar más profundo y, a menudo, más caótico: el proceso de la escritura como mi propia salvación, mi ancla en la tormenta.
Lo estoy escribiendo con una lentitud que desafía toda lógica o métricas de productividad. Lo que en otras épocas habría sido la tarea de una tarde de inspiración, hoy se extiende, se deshilacha y se reescribe a lo largo de semanas, incluso desordenado, lento, caótico, pero muy sentido como terapia creativa propia. El cuerpo, a veces, se impone a la mente con su sabia tiranía, reclamando una tregua en mitad de una frase, obligándome a soltar la pluma —o el teclado— porque la concentración se disipa en un agotamiento que no es solo físico. Y, sin embargo, en esta pausa forzada, en esta cadencia lenta, radica su verdad. No avanzo como antaño, pero avanzo distinto. Más hondo y pofundo. Más honesta. Más real. Aquí sigo, firme, escribiendo a pesar de todas las interrupciones y dificultades.
La motivación detrás de estas páginas no es la ambición de un best seller o la sed de un reconocimiento literario. Es una necesidad mucho más elemental, más pura. Nace del deseo de aportar una resistencia activa, un contrapunto a los antivalores que dominan nuestro tiempo. Es un esfuerzo consciente por inyectar empatía y valores serenos en un mundo que clama por ellos con urgencia.
Este proyecto no es el fruto de un arrebato creativo efervescente, sino el resultado de una inmersión profunda y, a menudo, dolorosa en la compleja tarea de comprender el dolor y el sufrimiento humano. No me refiero a una herida puntual, a un evento traumático y aislado. Hablo del dolor en su manifestación más amplia y persistente: el que se enquista en lo físico, el que muta en lo emocional, el que confunde lo psicológico y el que sacude los cimientos de lo espiritual. Es el dolor sordo que emerge cuando la vida que conocíamos se desmorona, cuando la pérdida se hace crónica o cuando la enfermedad redefine tu ser. Ese dolor que no es visible para el mundo, pero que reconfigura por completo el mapa de tu existencia. Ese dolor en primera persona, pero que considero metáfora de cualquier otro sufrimiento humano, pues se articula en torno a los mismos ejes emocionales y vitales.
Durante demasiado tiempo, este dolor fue un caos informe. Una nebulosa sin bordes ni fronteras, sin una lógica discernible, sin ninguna brújula para atravesarlo con dignidad. Mi primer impulso fue la huida o la lucha ciega, con manotazos de frustración y lamentos estériles. Pero con el tiempo, la única ruta viable fue la quietud y la observación, intentando que fueran sin juicio. Empecé a mirar ese caos con una mirada diferente, a escucharlo incluso cuando su voz era hiriente. Al quedarme en el centro de la tormenta, sin pedir que parase, algo esencial comenzó a ordenarse poco a poco. No se calmó, pero se colocó. Y eso lo cambió todo. No se trataba de una perfección geométrica, sino de una estructura orgánica, humana, que se parecía mucho más a la vida real que a cualquier teoría preconcebida.
De esta observación nacieron mis 19 fases.
No se trata de una tesis académica, sino de la cristalización de una experiencia llevada hasta el tuétano. Son mi intento desesperado, y profundamente honesto, de cartografiar aquello que mi interior gritaba que era inordenable. Las fases canónicas del duelo siempre me parecieron un punto de partida útil, pero se revelaron insuficientes para describir el estado de quien convive con el dolor a largo plazo. Cuando el dolor no es un episodio que termina, sino un estado que se instala. Cuando no se atraviesa: se habita.
El dolor no es jamás una línea recta. Es un movimiento constante, un ciclo que se repite, una mezcla emociones que se contradicen. Hay etapas de lucha extenuante, de un desgaste que lo vacía todo, de rabia incontenible, de miedo paralizante y de un aislamiento que se siente hermético. Pero también hay, en ese mismo ciclo, momentos de introspección, de negociación con la nueva realidad y, sí, de aceptación —que no es resignación, sino acomodo—. Y en el centro de este remolino emocional, de vez en cuando, aparecen destellos fugaces: pequeñas revelaciones o treguas que no eliminan la herida, pero permiten respirar dentro de ella.
Diecinueve fases. El número no es arbitrario. Inconscientemente, el 19 comenzó a resonar con un simbolismo que trasciende lo meramente personal. El 1 como el inicio, el Yo que se enfrenta a la ruptura de su identidad anterior. El 9 como el cierre de un ciclo, la transformación profunda, el aprendizaje que solo se obtiene tras la inmersión en la sima. Entre ambos, el recorrido completo. Un viaje cuyo propósito no es «salir» del dolor, sino salir radicalmente diferente de él.
Eso será, es, en esencia más pura, este libro.
No es un manual de autoayuda con pasos garantizados al éxito. No es una promesa vacía de que “todo irá bien” o una fórmula mágica de polvos de hada, de jugos de unicornio… Es un espacio, un acompañamiento humilde a cualquier persona que sufra.
Un refugio donde el dolor tiene derecho a existir en su crudeza, sin la obligación de justificarse ante nadie. Un lugar despojado de la exigencia social de “superación rápida” y libre de discursos optimistas superficiales. Su única intención es la de sostener, y acompañar.
Y en medio de la escritura de este espacio, aparecióPelusa.
No fue un personaje ideado desde una estrategia narrativa. Simplemente irrumpió en mi creatividad, como suelen aparecer las herramientas que uno necesita desesperadamente. Pelusa no tiene boca, y este rasgo no es casual. No viene a explicar el mundo, viene a sostenerlo desde su humildad y carisma. Observa sin emitir juicio. Siente sin filtros. Se queda cuando todo invita a huir. Posee una ternura firme, sin ingenuidad. Un humor que alivia sin trivializar. Y una presencia que, sin hacer ruido, acompaña de verdad.
Pelusa es la parte de mí que aprendió, a base de vivencias, a mirar el dolor sin marcharse.
Yo, Marta, mi parte racional, intento comprenderlo y ponerle palabras. Ella, Pelusa, mi parte intuitiva, simplemente lo habita.
Juntas estamos dando forma a algo cuyo final me es desconocido y cuya llegada al mundo editorial es incierta. Pero hay una certeza inquebrantable en todo esto: sé para qué existe. Existe para que nadie más tenga que atravesar su dolor sintiéndose completa y absolutamente solo.
Este libro ha dejado de ser un proyecto. Es mi sistema de sostén personal. Escribirlo ordena mi caos interior, me calma, da sentido a mi vivencia. No me saca del dolor, pero evita que me pierda dentro de él, que mi esencia se desvanezca, que me ahogue en la oscuridad. Y si algún día estas letras alcanzan a otros, mi mayor deseo es que logren hacer lo mismo. No tengo prisa. No tengo recursos. No tengo un plan editorial. Tengo algo más importante: propósito.
Transformar el dolor en algo útil. En compañía. En verdad compartida.
Porque el dolor, aunque nos empeñemos en negarlo y rehuirlo, contiene también una forma de belleza. No por lo que es en sí mismo, sino por lo que nos obliga a ser, o más bien, en lo que escogemos ser a raíz de ello. Nos fuerza a reconstruirnos, a mirar el mundo de una manera distinta, a elegir con una conciencia más aguda. No es el final de la historia. A veces, es el punto exacto donde la historia de nuestra verdadera vida comienza.
Yo sigo aquí. Aprendiendo. Yo soy Marta, la que intenta poner palabras a lo inefable. Y también soy Pelusa, la que se queda quieta cuando todo tiembla.
Y este libro que aún no se publica… ya me está salvando mientras lo escribo.
El Ikigai es un término japonés que habla del propósito de vida. Se dibuja como el punto donde se cruzan lo que amas, lo que sabes hacer, lo que el mundo necesita y aquello por lo que pueden pagarte. Un equilibrio bonito, casi perfecto, que promete sentido… y una razón para levantarse cada mañana.
Y sí, suena precioso. Pero cuando una vive en la textura real del dolor, donde el cuerpo a veces se rebela y el alma se cansa, esa perfección se siente lejana. Hay mañanas en las que la noche ha sido batalla, en que levantarse ya es logro silencioso. Días en los que “lo que amas” pesa menos que “lo que puedes sostener”, en los que el cuerpo no acompaña a lo que sabes hacer y el mundo espera… pero tu única necesidad es tregua.Y entonces ese Ikigai tan redondo parece no encajar.
Pero con el tiempo he entendido que quizá no es el concepto lo que falla, sino la forma de mirarlo. Ikigai no es un lugar al que llegar cuando todo está en orden, ni una versión impecable de una misma sin grietas. Es algo más íntimo, más humano: es forma de habitar la vida que ya tienes, incluso si duele.
Yo convivo con un cuerpo que a veces siente demasiado. Demasiado ruido, demasiada intensidad, demasiado cansancio, demasiado dolor. Durante mucho tiempo pensé que eso me alejaba del propósito, como si para tener sentido primero tuviera que estar bien.
He empezado a entender que mi Ikigai no está solo en lo que hago cuando estoy bien, sino en cómo sigo cuando no. En levantarme, aunque sea más despacio. En sostenerme si flaqueo. En elegirme con ternura cuando todo dentro pide rendirse.
Mi propósito no es llegar intacta, es aprender a habitarme así. Con mis días luminosos y mis días torcidos. Con lo que puedo dar y con lo que no. Porque hay una forma de estar en el mundo que no se mide en productividad, sino en presencia, honestidad, en no abandonarse. Y eso también es sentido.
Quizá mi Ikigai no es ese centro perfecto del diagrama, sino este gesto pequeño y valiente: seguir aquí. Escribir. Sentir. Acompañar, incluso cuando yo también necesito ser sostenida.Yo soy Pelusa, no siempre puedo, pero sigo. Y en ese “seguir”, cada vez lo tengo más claro, hay más propósito y resiliencia.
El concepto de Ikigai, un hermoso término japonés, se erige como la cúspide del propósito de vida. Tradicionalmente, se diagrama como un punto dulce, una intersección mágica y equilibrada donde se encuentran cuatro esferas: lo que amamos hacer, en lo que somos competentes, lo que el mundo demanda y por lo que estamos dispuestos a pagar. La promesa es clara: al encontrar este centro, uno descubre una fuente inagotable de motivación, un motor interno que da sentido a la rutina y asegura que cada amanecer sea bienvenido. Un equilibrio bonito, casi perfecto, que promete sentido… y una razón para levantarse cada mañana.Es la fórmula perfecta para una vida realizada.
Y sí, suena indudablemente precioso.
Pero para aquellos que vivimos en la textura áspera de la realidad, donde la perfección es una quimera y el cuerpo a menudo se rebela, esa representación ideal se siente distante. Hay mañanas en las que la noche ha sido una batalla, en las que el despertar trae consigo una sensación de agotamiento físico y emocional, una fatiga del alma que ya no quiere justificarse ni explicarse ante nadie. En esos días, la idea de «lo que amas» se disuelve bajo el peso de «lo que puedes soportar». El cuerpo, a veces hipersensible o demasiado intenso, no siempre es un aliado para «lo que sabes hacer». El «mundo» puede necesitar cosas grandes, tu cabeza o emociones, también, mientras que la única necesidad urgente e imperiosa es una tregua, un silencio, un momento de quietud. Ante estas realidades, el Ikigai —redondo, perfecto, inmutable— parece una camisa de fuerza.
O al menos, esa era la percepción inicial.
Con el paso del tiempo y la experiencia del vivir, una sospecha comienza a germinar: tal vez hemos malinterpretado la esencia del concepto, la forma en la que lo entendemos. Quizá el Ikigai no es un estado final al que se llega tras eliminar todas las imperfecciones y grietas de nuestra existencia. Quizá no es un lugar al que llegar cuando todo está en orden. No es la versión impecable de nosotros mismos funcionando sin grietas, sin esfuerzo. Más bien, he empezado a sentir que el Ikigai es una práctica, una forma de habitar la vida que ya tenemos, incluso cuando esa vida es incómoda, caótica o dolorosa. Es algo más íntimo, más humano… más real.
He convivido y convivo con un cuerpo que es a menudo una caja de resonancia hipersensible: demasiado ruido, demasiada intensidad emocional, un cansancio que no se rige por horarios convencionales, dolor desmesurado. Durante mucho tiempo, esto se sintió como un impedimento fundamental para cualquier noción de propósito. Creí que, para tener sentido, la vida primero debía estar «arreglada» o «bien»; que solo contaban los logros alcanzados desde la salud plena y la energía desbordante, desde la “perfección”. Pensaba: si duele, no es propósito.
Y la verdad es que no.
Mi comprensión ha evolucionado. He comenzado a entender que mi verdadero Ikigai no reside solo en todo lo que logro hacer cuando estoy bien, sino de forma crucial en la manera en que elijo seguir cuando no lo estoy. El propósito se revela en la tozudez de levantarme, aunque sea a un ritmo más lento, mucho más consciente. Está en el acto de auto-sostén cuando el cuerpo físico o el ánimo flaquean. Se encuentra en la elección deliberada de la ternura y la compasión hacia uno mismo y hacia los demás en los momentos donde la voz interna grita rendición. Es la determinación de buscar significado, de mantener la curiosidad y la conexión, incluso cuando el dolor interno hace más ruido que cualquier otra cosa.
Mi propósito, por lo tanto, no es la ilusión de llegar intacta al final, sino la profunda y difícil lección de aprender a habitarme tal como soy, y contrarlo al mundo: con mis días llenos de luz y mis días totalmente torcidos; con la energía vibrante cuando aparece y con la pausa profunda y necesaria cuando mi sistema lo exige. El Ikigai en la fragilidad es la aceptación de lo que puedo ofrecer hoy y la honestidad de reconocer lo que hoy no puedo dar. Y es aprender a habitarme así.
Existe una forma de presencia en el mundo que se mide no por métricas de productividad o eficiencia, sino por la honestidad brutal de estar presente en la propia experiencia, por la presencia inquebrantable, por el compromiso de no abandonarse a uno mismo, ni a los demás en la medida de lo posible.
Y este gesto —este sostenerse y no irse— es, sin lugar a dudas, un profundo sentido.
Quizá mi verdadero Ikigai no es ese centro puro y perfectamente dibujado en un diagrama, sino este gesto pequeño, silencioso, pero vital y muy valiente: el de seguir aquí. El acto de escribir, de sentir, de intentar acompañar a otros incluso cuando soy yo quien más necesita ser sostenida. Soy Pelusa, y es cierto, no siempre puedo con todo lo que se espera o lo que me gustaría. Pero sigo. Y últimamente, la sospecha es cada vez más fuerte: en ese simple y poderoso «seguir», en la persistencia con ternura, reside mucho más propósito y significado que cualquier explicación teórica que se nos haya dado jamás. Es el Ikigai de la resiliencia.
Ayer leí algo que me tocó por dentro. No era brillante ni perfecto, era real.
Una pelusilla me compartía esa sensación de mirar alrededor y sentir que todo el mundo vive mejor que una… mientras tú haces equilibrios para no romperte por dentro.
Y entendí algo importante: eso que duele no es envidia. Es tristeza. Es cansancio. Es sentir que la vida, a veces, no reparte igual.
Vivimos rodeados de imágenes editadas bonitas, vidas ordenadas, sonrisas sin peso, momentos sociales perfectos. Pero cuando tu batalla está dentro, cuando el dolor no se ve, ese escaparate puede doler un poco más.
Con el tiempo he aprendido algo que me sostiene: lo que se muestra no siempre es lo que es. Nadie enseña las noches sin dormir, el cuerpo que no responde, la mente agotada, la cara desfigurada. Todo eso queda fuera de plano. Y sin querer, nos comparamos con una versión editada del otro… y claro, siempre sentimos que perdemos.
Yo también he caído ahí. He pensado que voy más lenta, que no llego, que no soy suficiente, que mi vida ahora no es ni por asomo lo que fue. Pero no estoy fallando; estoy viviendo y atravesando algo invisible y horrible, lo cual es un acto de inmensa valentía y me abre a la reconstrucción. Mostrar la verdad del dolor no es debilidad, sino honestidad en tu vulnerabilidad.
Y hay algo más bonito aún: quienes se quedan cuando no estás bien, quienes entienden sin que expliques, quienes te quieren sin filtros… esa es tu tribu. Lo demás es ruido.
Así que si hoy sientes que el mundo avanza y tú no, párate un momento. Respira. No te estás quedando atrás. Estás atravesando tu vida. Recordemos: no todo el mundo está bien todo el tiempo; el sufrimiento, las flaquezas y el dolor son una condición humana universal.
Yo, Pelusa, no siempre puedo con todo, pero sigo. Ese acto de perseverancia, aunque no sea bonito en redes, es una forma legítima de estar bien. Mi estrategia es mirar menos el brillo ajeno y enfocar esa energía en producir belleza, luz y utilidad (por ejemplo, mediante la escritura), buscando mi propio bienestar emocional lejos de la tiranía del escaparate.
Ayer me encontré con un eco que resonó profundamente en mí. No era una pieza de oratoria magistral, ni la quintaesencia de la sabiduría en una frase, no era tampoco una de esas frases tan felices en Instagram, sino algo mucho más crudo, sencillo y desarmadoramente honesto. Era la confesión de una pelusilla de una de mis redes, que me transmitía una sensación terrible y recurrente: la de mirar el paisaje ajeno y llegar a la conclusión de que todo el mundo parece vivir mejor que una, mientras el propio esfuerzo se concentra en la lucha silenciosa por mantenerse a flote y no sucumbir a la fractura interna. La percepción de que la vida de los demás se teje con hilos de perfección, rodeada de amor incondicional, belleza inalterable y abundancia sin límites. Cunde la impresión de que ellos no están solos, no están enfermos, no sufren tristezas ni flaquezas, no batallan contra un ejército invisible de monstruos personales que han salido todos juntos del armario. Y esta reflexión me caló hondo, porque la punzada que se siente no es siempre envidia mezquina, ni siquiera envidia sana, sino una mezcla densa de tristeza, agotamiento y una profunda sensación de injusticia vital y fustración.
Es el instante preciso en el que el reflejo en el espejo social provoca una comparación involuntaria, y en ese juego de espejos distorsionados, una siempre siente que pierde. Siempre se ve menos, es como esos juegos de espejos en las ferias, que distorsionan tu propio reflejo hasta límites casi absurdos.
Vivimos inmersos en una marea de imágenes pulidas. De narrativas de vida que se presentan como perfectamente ordenadas, ligeras, peciosas. Vemos cuerpos que responden con una disciplina envidiable, días que transcurren sin fricciones, sonrisas que no ocultan ningún peso, celebraciones sociales perfectas. Y la verdad es que, cuando el campo de batalla está dentro, cuando el alma está librando una guerra privada, la visión de esa aparente placidez ajena duele un poco más, se siente como una bofetada de la realidad.
Pero hay una verdad fundamental que, con el paso del tiempo, he ido desentrañando con cautela, casi temiendo hacerme daño en el proceso: lo que se muestra no es necesariamente lo que existe. Las plataformas sociales y los espacios públicos se han transformado en elaborados escaparates, y, por definición, en un escaparate jamás se exhibe el dolor, la miseria o la imperfección. Allí no hay lugar para la noche insomne, el cuerpo que se rebela y no coopera, la mente que implosiona por el cansancio o la llegada súbita de un miedo paralizante. Todo eso se queda recluido en la intimidad del hogar, encapsulado dentro del cuerpo, custodiado en la burbuja más personal de cada individuo. La norma no escrita dicta que mostrar la vulnerabilidad o hacer visibles las flaquezas no resulta estético, no «vende», no atrae.
Y así, incurrimos en el error de compararnos con una versión inexacta, incompleta y editada del otro. Llenita de filtros hechos con polvo de hadas y retinas de unicornios. El resultado, previsiblemente, es que la balanza siempre se inclina en nuestra contra.
Yo misma he caído en esa trampa mental. La de creer que mi ritmo es más lento, que mis logros son escasos, que no alcanzo el estándar de lo que «debería ser» o el listón que yo misma me puse en el pasado. Sin embargo, he asimilado una lección crucial: no estoy fallando. Estoy, de hecho, viviendo y atravesando algo que no es visible para el ojo ajeno, y al hacerlo, estoy demostrando una valentía inmensa. Este proceso no me resta valor; por el contrario, me inviste como una auténtica guerrera del coraje. Me abre las puertas a un vasto campo de posibilidades de aprendizaje, maduración y, esencialmente, reconstrucción. Me invita a reforzarme, a reconstruirme, a editarme de nuevo afianzando valores.
Mostrar la propia verdad no equivale a debilidad, ni es una búsqueda de lástima, ni una caída en el drama fácil. Es un acto de honestidad brutal con la realidad que se vive y un confrontamiento de esa realidad que se hace con dignidad, fe en el proceso y un profundo valor personal.
Y con esta comprensión, he destilado otra verdad esencial: quienes permanecen a tu lado cuando estás en tu peor momento, quienes entienden tu situación sin necesidad de grandes explicaciones, quienes te valoran por lo que eres y no por lo que produces o aparentas ser… ellos son tu gente, tu tribu. El resto no es más que ruido de fondo en el gran teatro del mundo.
Recordemos siempre: no todo el mundo está bien. La única diferencia es que no todos tienen la necesidad o el coraje de contarlo. De hecho, todos cargamos con algún tipo de sufrimiento, todos poseemos flaquezas ocultas, atravesamos malos momentos, lidiamos con debilidades, complejos y dolores. Es la condición humana, universal.
Por eso, si hoy te sorprendes mirando a tu alrededor y sientes que el mundo entero avanza mientras tú te quedas atrás, haz un alto. Detente. Respira profundamente. Y repítete una verdad simple, pero de un peso incalculable: no estás al margen de la vida. Estás, simple y llanamente, atravesando la tuya. Y ese tránsito, esa lucha personal e invisible, también cuenta. También posee un valor incalculable. De hecho, es justo ahí donde tienes la oportunidad de poder reconstruirte de una manera brillante.
Yo soy Pelusa. Y sí, admito que no siempre puedo con todo, pero lo esencial es que sigo. Y ese acto de perseverancia, aunque jamás aparezca en una foto perfecta ni se monetice en una story de Instagram, también es una forma profunda y legítima de estar bien. Cuando los momentos se tornan más grises, mi estrategia es mirar menos el brillo ajeno y aprovechar esa bajada de energía para reforzar mis propias fases creativas. Busco producir belleza, luz y utilidad. Yo, por ejemplo, recurro a la escritura, pero estoy segura de que cada uno tiene sus propios métodos para evadirse de la tiranía del escaparate y cuidar su salud emocional, generando algo bello, útil o simplemente consolador que le devuelva la sensación de bienestar y propósito.
En medio del caos —del dolor, del ruido, de la incertidumbre— hay algo que puede sostenernos sin hacer demasiado ruido: los pequeños rituales de amor propio.
No hablo de grandes gestos ni de soluciones milagro. Hablo de detalles. De convertir una rutina en ceremonia. De encender una vela aromática aunque sea martes. De poner música mientras te cuidas la piel. De dedicarte diez minutos con la misma delicadeza con la que cuidarías a alguien que amas.
El equilibrio mental y emocional no siempre se construye con grandes decisiones. A veces se teje con hilos finos y cotidianos.
A mí, por ejemplo, me encanta desayunar por la tarde. No merendar: desayunar. Hace tiempo alguien muy querido me regaló una palabra que adopté como talismán: besayuno. Y desde entonces ese momento por la tarde es casi sagrado. Tortitas doradas, café caliente, zumo recién exprimido, fruta cortada con mimo. La mesa bonita, porque la estética es imprescindible para mí. La luz suave. El silencio o una canción amable.
No es solo comida. Es una declaración. Es decirme: mereces belleza aunque el día haya sido duro.
También está el ritual creativo. Dibujar sin objetivo. Escribir aunque sea lento. Crear una pequeña manualidad. Cocinar algo solo por placer. Tocar unas notas en un instrumento. Salir a pasear si el cuerpo lo permite y dejar que el aire renueve pensamientos.
Son burbujas. Instantes donde el dolor baja el volumen y la mente descansa. No desaparece la enfermedad, no se esfuma el cansancio. Pero algo se ordena por dentro.
Ritualizar lo que te hace bien es terapia. Es resistencia suave. Es recordarte que, incluso en procesos difíciles, sigues teniendo capacidad de crear belleza y de dedicártela a ti.
No esperes a estar perfectamente bien para regalarte estos momentos. Precisamente cuando todo pesa, más necesarios son.
Encuentra tu pequeño ritual. Protégelo. Hazlo tuyo. Porque sostener el alma también es parte del tratamiento.
En medio del caos más profundo —ese que nos sacude por dentro, ya sea por el dolor físico, el ruido mental incesante, o la incertidumbre crónica que carcome la esperanza y la paz interior— emerge una red invisible, un anclaje silencioso y profundamente efectivo que puede sostenernos: la práctica consciente de los pequeños rituales de amor propio.
No estamos abordando aquí soluciones rápidas, cosméticas o la autoayuda impostada y vacía que promueve el «estar bien» como un deber performativo. La clave de esta filosofía no reside en los grandes gestos que buscan, en el fondo, tapar o disimular una herida preexistente. La verdadera sanación se encuentra en la arqueología de los detalles, en la minuciosa observación y elevación de lo simple. Se trata de una alquimia sutil, pero poderosa: la transformación deliberada de la rutina anodina y a menudo mecánica en una ceremonia cargada de significado personal. Es la decisión consciente, reiterada y firme de elevar lo cotidiano a la categoría de sagrado.
¿Cómo se traduce esta filosofía a la vida diaria, especialmente cuando la energía escasea? Los rituales se convierten en microsantuarios de existencia:
Más allá de la luz funcional, encender una vela aromática o una lámpara tenue no es un mero adorno. Se hace con una intención clara y meditada, aunque el calendario marque un martes cualquiera y el día haya sido extenuante o doloroso. Que esa llama o ese halo de luz suave no sea solo un objeto, sino el punto focal visible que se elige para disipar la niebla mental y el volumen del ruido interno. Es una señal para el sistema nervioso: «Aquí y ahora, hacemos una pausa.»
Establecer un fondo sonoro para el cuidado de la piel. No ruido de fondo pasivo, sino una melodía elegida con cuidado que actúe como un metrónomo emocional. Cada aplicación de loción, cada masaje en manos o rostro, cada cepillado suave, se convierte en un acto de presencia pura. No es una tarea, sino una comunión táctil, un recordatorio de que tu cuerpo es tu hogar.
Reservar y defender diez minutos, quizás quince. No por obligación moral o un ítem más en una lista de pendientes de autocuidado, sino con la misma exquisita delicadeza, paciencia y ternura incondicional con la que atenderías a un ser amado que sufre o está fatigado. La revelación central es sencilla, pero a menudo olvidada: Tú eres ese ser amado. La pausa es una obligación amorosa, no una indulgencia culpable.
El equilibrio mental y emocional, la auténtica resiliencia ante la adversidad, rara vez se construye sobre cimientos de decisiones monumentales, de una única acción heroica que lo cambia todo. Más a menudo, la fortaleza interna se teje día a día, minuto a minuto, con hilos finos y cotidianos, imperceptibles desde fuera, pero resistentes hasta lo indecible.
Para mí, un ejemplo de este tejido cotidiano es el rito que he bautizado como el «besayuno». Hace tiempo, una persona muy querida me obsequió esta palabra —una mezcla de ‘beso’ y ‘desayuno’—, y la adopté de inmediato como mi talismán personal contra la prisa. Se trata de un acto contracultural a la tiranía de los horarios: desayunar a media tarde (lo que muchos llamarían una merienda tardía). Sin embargo, no es una simple ingesta funcional para saciar el hambre. Es un momento casi sagrado.
En esa hora específica, se despliega un festín sensorial y estético completo: tortitas doradas a la perfección, el aroma denso y envolvente del café caliente (o el té ceremonial), zumo recién exprimido, fruta cortada con esmero y colocada en un patrón armonioso. La estética es imprescindible, no opcional: la mesa debe ser bonita. La belleza externa, la composición visual cuidada, tiene un efecto inmediato y sorprendente: ordena el caos interno. La luz es suave, la fuente de sonido es el silencio o una canción melódica y amable, nunca estridente ni noticiosa.
Este acto trasciende la mera ingesta de alimentos. Es, fundamentalmente, una declaración ontológica. Es el mensaje firme, cristalino y constante que te envías a ti mismo en voz baja, pero con resonancia: “Mereces belleza, placer, descanso y mimo, incluso, y sobre todo, si el día te ha tratado con aspereza. Eres digno de este pequeño lujo de existencia. Tu bienestar no es negociable.”
A este ritual alimenticio se suma la necesidad vital del ritual creativo. Este tipo de creación no está orientada al rendimiento, al resultado final o a una meta productiva. Es creación orientada al puro juego, la exploración sin juicio y el proceso:
Dibujar sin la tiranía de un objetivo final o la obligación de que sea una «obra de arte». Solo la línea en movimiento. Escribir, aunque las palabras fluyan con una lentitud desesperante o no tengan sentido aparente. Es la liberación del caudal interno. Crear una minúscula manualidad solo por el placer de dar forma a algo bonito y tangible.Cocinar algo que requiere tiempo y atención, no por la necesidad de comer, sino por el disfrute meditativo del proceso y llenar los sentidos.Tocar unas pocas notas en un instrumento, sin la presión de una melodía perfecta, y disfrutar del proceso. Salir a pasear, sin rumbo, si el cuerpo lo permite, y dejar que el aire renueve, ventile y arrastre los pensamientos estancados y recurrentes.
Estos momentos, breves o extensos, son burbujas de oxígeno que sana. Son instantes de suspensión donde el volumen del dolor, la fatiga y la ansiedad se reduce drásticamente. La enfermedad subyacente no se esfuma, el cansancio crónico no desaparece por arte de magia, pero algo fundamental se reordena de manera esencial en el paisaje interior. La mente, antes a la deriva, encuentra finalmente una superficie de apoyo concreta y segura donde posarse.
Ritualizar lo que te hace bien es, en sí mismo, la forma más profunda de terapia. Es la resistencia más suave, pero también la más elegante y duradera. Es el recordatorio inquebrantable, en medio de procesos vitales difíciles o agotadores, de que tu capacidad de generar belleza, de recibir placer y de dedicártelo a ti mismo sigue intacta, viva y lista para ser ejercida.
La trampa más peligrosa es esperar. No esperes a estar «perfectamente bien» para regalarte estos espacios de paz, belleza y nutrición interna. La verdad es que, paradójicamente, es precisamente cuando todo pesa más, cuando la carga de la vida es insoportable, cuando la desesperanza aprieta, que estos pequeños actos de amor propio consciente se vuelven vitales y absolutamente necesarios. Son, a la vez, tu medicina preventiva contra el colapso y tu cura de urgencia contra el desánimo.
Encuentra tu pequeño ritual. Búscale un nombre íntimo que resuene contigo. Protégelo de las invasiones del exterior y de la autocrítica. Hazlo tuyo e intransferible. Defiéndelo. Porque sostener y nutrir el alma con deliberada bondad no es un capricho estético o una simple indulgencia. Es una parte indispensable, no negociable, del tratamiento necesario para seguir adelante con dignidad y fortaleza interior.
Después de años de dolor y problemas que no encontraba nombre exacto, hoy tengo uno posible: fibromialgia severa.
No es un término fácil de pronunciar ni de llevar, pero por fin explicaría la orquesta desordenada que lleva tanto tiempo tocando dentro de mi cuerpo.
La raíz está clara y documentada:
Todo comenzó con mi primera operación cervical, una intervención difícil que afectó al sistema nervioso y dejó señales que nunca llegaron a apagarse, de hecho, fueron a más. Aquella lesión abrió la puerta a una segunda operación en efecto dominó, y entre ambas se instaló un dolor neuropático persistente, una artrosis cervical crónica y una fatiga que ya no tenía vuelta y un puñado de síntomas y dolencias dispersas y agudización de emociones y sensaciones.
Desde entonces, mi lado derecho —mi mano dominante, mi hombro, mi brazo, mi forma de trabajar y de crear— vive en un estado extraño: hormigueos, debilidad, episodios de parálisis neurálgica, túnel carpiano, rigidez, descargas eléctricas, dolor… Y cada intento de contener ese incendio ha traído otro: meses de cortisona, morfina, pregabalina (lyrica), antiinflamatorios agresivos, duloxetina, árnica, CBD, máquina Tens y diversas terapias… toda una colección de medicamentos y procesos que ayudan, sí, pero también dejan su peaje físico y emocional.
A este escenario parece que se suma ahora la fibromialgia, que no destruye huesos ni órganos, pero sí amplifica todo: el dolor, el cansancio, los estímulos, el sueño, la mente, las emociones, incluso la piel.
Es el sistema nervioso viviendo en “modo alarma” constante, como si cada roce fuese una amenaza, como si cada día fuera demasiado para un cuerpo que ya venía roto desde hace tiempo y que se ha ido quebrando más y más.
La fibromialgia explica:
El dolor que migra sin avisar, la sensibilidad absurda a la presión, al frío o al movimiento, las emociones desbordadas, la fatiga constante y profunda que no se arregla con dormir, el insomnio que me deja rendida antes de empezar, la niebla mental que me roba palabras, el peso emocional de todo lo que llevo intentando sostener, los esfuerzos de recuperación donde cabeza, corazón y físico son totalmente incoherentes entre si.
No escribo esto para caer en la etiqueta ni para provocar lástima. De hecho no pretendo provocar nada ni forzar nada, tan sólo necesito, como siempre, escribir mi diario y vomitar mis miedos, oscuridades y fantasmas, para, de alguna manera, liberar lo negativo y seguir luchando por lo positivo. Me aporta ligereza poder expresarme, siempre. Lo escribo para darle contexto a mi realidad, a mis ritmos irregulares, a mis días imprevisibles, a mis veces de desaparecer sin quererlo, a mis reacciones, a mis estados emocionales, a mi agotamiento, y a los picos de dolores que me paralizan…
Lo escribo para que quien me quiere pueda entender que no es falta de ganas, sino un cuerpo que aprendió a sobrevivir antes que a descansar, y con eso ya tiene mucho trabajo y nada de energía restante para más. No es una cuestión de actitud, sino un problema neurológico especial.
Sigo en tratamiento, acompañada por profesionales, intentando organizar mis piezas con la mayor dignidad posible. No es un final, ni un derrumbe: es un capítulo que explicaría mucho de lo que ha pasado, de los que me ocurre cada día y que me da herramientas para lo que viene. En realidad este pre-diagnóstico me abre un mundo de esperanza: si una sabe lo que tiene, se puede tratar. Yo se que nunca volveré a mi yo de antes, de hecho ya estoy tratando médicamente ese duelo, pero con un camino claro puedo luchar hacia una dirección y alcanzar la mayor dignidad y calidad de vida posible, y antes de esto, estaba a la deriva sin un pazo claro. Por eso, estoy contenta, y por eso quiero indagar más sobre este posible diagnóstico.
No obstante yo no soy solamente mi diagnóstico. Soy alguien que está aprendiendo a vivir dentro de un cuerpo difícil, pero con una voluntad intacta de seguir adelante, paso a paso, sin renunciar a mí misma. Tengo mucho que hacer, que dar, que ofrecer, que amar, y quiero aprovechar esta reconstrucción de mi misma para tratar de aplicar todo lo que estoy aprendiendo a golpes y convertirme en mi mejor versión. Quiero aprovechar y aprender a filtrar, a amar (y amarme), a empatizar, a reforzar mis valores y principios y a tratar de convertirme en mejor persona y con una nueva vida tranquila y serena, y bella. Ese es mi objetivo. No obstante,
La fibromialgia no me define, pero sí me obliga a reescribirme. A moverme más despacio. A escucharme más hondo.
Sigo aquí. Con mi cuerpo roto, sí, pero con la voluntad intacta. Ajustando mis ritmos, aprendiendo otra forma de estar, y tratando de volver a mí misma con la mayor ternura posible. Gracias por acompañarme también en esta parte del camino.
El amor que tengo alrededor cobra mucho más valor, se vuelve muy importante saber que hay personas que me quieren, que empatizan, y que son solidarias con mi momento y proceso. ¡Gracias!
INFORME: Qué es la fibromialgia y qué produce
1. Definición
La fibromialgia es un síndrome crónico de sensibilización central, es decir, una condición en la que el sistema nervioso central —cerebro y médula espinal— procesa el dolor y otros estímulos de forma amplificada. No es una enfermedad autoinmune, ni degenerativa, ni inflamatoria clásica. Su origen está en una alteración de los mecanismos que regulan la percepción del dolor y la respuesta al estrés (sobre todo emocional).
En otras palabras: el cuerpo siente el dolor como si el “volumen” estuviera siempre demasiado alto.
2. Causas y factores desencadenantes
La fibromialgia no tiene una única causa, sino un conjunto de factores que predisponen o desencadenan el síndrome:
Problemas neurológicos o irritación del sistema nervioso.
Cambios estructurales o funcionales en la columna o zonas clave del sistema nervioso.
Susceptibilidad genética o predisposición familiar.
*En tu caso, Marta, encaja perfectamente: años de dolor cervical neuropático, dos intervenciones quirúrgicas, secuelas, inflamación nerviosa, fatiga acumulada, estrés prolongado y un cuerpo sobreviviendo muy por encima de sus posibilidades y toda la carga emocional de esta situación.
3. Qué ocurre en el cuerpo
Tres sistemas se ven especialmente afectados:
A) Sistema nervioso central
Amplificación del dolor (hiperalgesia).
Dolor ante estímulos que no deberían doler (alodinia).
Mayor actividad de las áreas del cerebro relacionadas con la amenaza.
Reducción de mecanismos inhibidores del dolor (el “freno” no funciona).
B) Sistema nervioso autónomo
Sobreactivación del modo “alerta”.
Dificultad para relajarse, dormir, restaurar energía.
Intolerancia al estrés y a estímulos sensoriales.
C) Eje neuroendocrino e inmunológico
Fatiga severa.
Sensación gripal o inflamatoria sin infección real.
Mayor sensibilidad a cambios de temperatura, olores, luz o ruidos.
4. Síntomas principales
La fibromialgia es un síndrome sistémico. Los síntomas más habituales incluyen:
Dolor
Crónico
Generalizado o migratorio.
Cefaleas o dolores profundos de cabeza
Dolor de mandíbula
Dolor de lumbares y/o cintura
Dolor articulaciones
Sensación de quemazón, pinchazos, rigidez o presión.
Entumecimientos extremidades
Mayor dolor ante estímulos leves: roce, frío, peso, movimientos suaves.
Cansancio extremo
No es el cansancio normal: es una fatiga profunda, desproporcionada y no reparadora.
Alteraciones del sueño
Insomnio y trastornos del sueño
Sueño superficial.
Despertar con sensación de agotamiento.
Somnolencia durante el día
Dificultades cognitivas (fibro-fog)
Problemas de concentración.
Despistes.
Lentitud mental.
Dislexia suave
Depresión
Ansiedad
Hipersensibilidad
Ruidos, luces, olores.
Cambios de clima.
Estrés emocional.
Tacto o presión.
Síntomas neurológicos asociados
Hormigueos.
Entumecimiento.
Sensación de corriente o electricidad.
Temblores finos.
Alteraciones músculo-esqueléticas
Rigidez matutina.
Sensación de inflamación (aunque no haya inflamación real visible).
Dolor
Otros síntomas frecuentes
Mareos y vértigos.
Problemas digestivos (colon irritable).
Taquicardias o palpitaciones.
Ansiedad reactiva.
Sensación de “cuerpo enfermo” sin enfermedad detectable.
5. Por qué es tan dura
Porque no se ve, pero se siente en cada esquina del cuerpo. Porque no es lineal: hay días buenos, días aceptables y días en los que simplemente no hay fuerza ni para sostener un vaso. Porque afecta la energía, la movilidad, la mente, las emociones y la vida social. Porque obliga a reorganizar la vida entera.
No es mortal, pero sí tremendamente limitante. Es frustrante e induce al estado de ánimo bajo y espeso.
6. Diagnóstico
La fibromialgia se diagnostica clínicamente, basándose en:
Historia de dolor generalizado superior a tres meses.
Puntos dolorosos.
Evaluación del sueño, la fatiga y la cognición.
Exclusión de otras enfermedades.
Diversas pruebas neuronales
No existe una “prueba definitiva”; es un diagnóstico médico fundamentado.
7. Tratamiento
No hay cura, pero sí mejoría significativa cuando se aborda de forma multidisciplinar:
Medicación reguladora del sistema nervioso.
Ejercicio suave y constante.
Fisioterapia especializada.
Terapias manuales de descarga.
Abordaje emocional y psicológico del dolor.
Técnicas somáticas y respiración.
Higiene del sueño.
Dieta antiinflamatoria.
Unidades de dolor (bloqueos, neuromodulación, CBD terapéutico).
Regulación del estrés y de la gestión de emociones.
8. Pronóstico
La fibromialgia no destruye tejidos ni invalida progresivamente. Pero sí exige cambios profundos en el modo de vivir y de cuidarse.
Con el tratamiento adecuado: muchas personas recuperan funcionalidad, estabilidad y calidad de vida.
Durante años fui directora de mis propios proyectos. Coordiné clientes, equipos, campañas, aperturas, cronogramas. Gestioné presupuestos, imprevistos y ese intangible que todo lo sostiene: las personas. Sabía cómo planificar, prever, resolver, crear… Hasta que la vida decidió asignarme el proyecto que ningún máster enseña: mi propio cuerpo.
En 2019 empezó la primera tormenta. Una hernia cervical se desparramó dentro de la médula y, sin previo aviso, mi cuerpo dejó de obedecer y comenzó a doler. Aguanté un año entero —dolor, parálisis, vértigo y mil síntomas más—, porque los autónomos no enfermamos; solo posponemos el colapso. Hasta que me quebré, literalmente, me desplomé en el centro de salud. Allí comenzó todo. La primera operación me salvó la vida, pero me dejó una cicatriz en el cuello y otra más profunda: la de saber que no todo se arregla con voluntad.
Pensé que ahí terminaba la pesadilla. Pero el cuerpo, como un proyecto mal cerrado, guarda siempre tareas pendientes. El COVID llegó después, arrasando lo poco que quedaba en pie. Y, como buena gestora, intenté reconstruir desde las ruinas. Acepté un nuevo cargo como Project Manager en una cadena hotelera. Volví a la acción, convencida de que el cuerpo estaba preparado. No lo estaba.
Cinco años después, la historia se repitió. Otra operación, otro parón, otro aprendizaje forzado. Esta vez sin titanio, pero con las mismas preguntas: ¿qué pasa cuando quien dirige proyectos se convierte en su propio caso de emergencia?
La nueva hoja de ruta
He aprendido que los proyectos personales también exigen fases, recursos y planificación. Cuatro neurocirujanos, dos operaciones, traumatología, fisioterapia, resonancias incontables, millones de pruebas, me han mirado por fuera, por dentro… El veredicto: artrosis crónica, pérdida de curvatura cervical, daño neurológico en el lado derecho. No hay tercera cirugía posible. El plan ya no consiste en reparar, sino en sostener.
El equipo humano
Formé mi propio comité interdisciplinar, un engranaje de apoyo que funciona a base de ciencia y ternura:
• Ester Valencia, médica de cabecera y directora de orquesta. • Pedro Llinás y Mario Gestoso, neurocirujano y traumatólogo. • Alberto Rivas, fisioterapeuta
• Los servicios de ejercicio y salud de Sa Tribu, en Esporles. • Leyre, profesora de yoga con una rama de yoga restaurativo terapéutico. • Miguel Tejero, anestesista en la clínica y unidad del dolor Aliviam. • Juan Arbona, osteópata especializado en la técnica Mackenzie. • Natalia y Mari, psicólogas.
• En espera de la unidad del dolor de Son Espases
Ellos son mi comité de crisis, mi engranaje de reconstrucción.
El laboratorio interno
He pasado por un arsenal de medicamentos digno de una farmacia itinerante: meses de cortisona, Pregabalina (Lyrica) para apagar el incendio de los nervios, antiinflamatorios de caballo, infiltraciones con anestésicos y corticoides, Tramadol, morfina… pastillas que aliviaban un dolor mientras fabricaban otros y producían estragos en la autoestima física y emocional.
Hasta que un día di un golpe sobre la mesa: ¡basta!. Porque la medicación también duele. A veces repara, a veces destruye; a menudo ambas cosas a la vez.
Ahora solo mantengo un pequeño aliado: Duloxetina, un duendecillo químico que equilibra el dolor crónico y me deja respirar entre los picos. Y cuando el cuello ya no aguanta, recurro a un collarín unas horas, o a una esterilla de calor que silencia el grito físico por unos minutos, a cremas que alivian, y a alguna dosis de morfina si no puedo más. Vivir así es un ejercicio de logística: aprender a negociar con el cuerpo cada jornada.
La otra fractura
El dolor físico es solo la mitad del mapa. La otra mitad se libra dentro.
La mente y el corazón también se inflaman. El cansancio se vuelve emocional, la tristeza ocupa espacios que antes eran movimiento. Te cambia el espejo, la energía, la manera de mirarte. Te vuelve invisible en un mundo que no tiene tiempo ni ganas para quien camina más despacio, y más triste.
Hay días en que el cuerpo resiste y el alma se desmorona. Y otros en que el alma sostiene lo que el cuerpo ya no puede. Por eso cuido mi salud mental y emocional con la misma disciplina con que gestiono un cronograma: psicoterapia, escritura, silencio, lágrimas cuando toca, y ternura cuando puedo.
Porque la salud no es una cuestión de fuerza, sino de permisos: el de parar, el de llorar, el de volver a intentarlo.
Sostenibilidad y vida cotidiana
He entendido que no se trata de curar, sino de convivir con el dolor. Cada día tiene su propio acta de reunión: lo que se ha conseguido, lo que sigue pendiente, lo que duele y lo que aún da sentido.
He reducido el tabaco, casi eliminado el alcohol, y trato de que la comida sea aliada, no castigo. Uso geles de árnica, CBD, una máquina TENS, y paciencia como herramienta de trabajo. El sueño sigue siendo unos de mis KPI más débiles. Y mi casa —con calor, con amor, con colchón cansado— mi rincón de recogimiento. Recuerda que también hay que cuidar la infraestructura emocional del hogar, es muy importante sentirte bien en tu nido.
Aun así, sigo. Con dolor constante, con vértigos, con cansancio crónico. Y con algo que no recetan: actitud.
Crear para sobrevivir
De este largo expediente nació Pelusa, la versión más tierna y más lúcida de mí misma.
Ella es la que observa, la que cuenta sin dramatizar, la que escribe cuando yo no puedo. A través de sus Pelusamientos relato —o relatamos— esta bitácora de reconstrucción: una mezcla de medicina, resiliencia, humor, ironía y prosa poética.
Pelusa es mi memoria emocional, mi manera de convertir el dolor en lenguaje y la fragilidad en relato. No busca compasión ni aplausos; busca sentido. A veces se queja, a veces se ríe, pero siempre cuenta su verdad.
Porque lo que no se cuenta, pesa más. Y lo que se nombra, duele menos.
Conclusión abierta
Sigo sin saber qué dictará el tribunal médico ni qué versión de mí aprobará el futuro. Pero sé que sigo dirigiendo este proyecto con la misma seriedad con que he dirigido todos los demás.
He aprendido que el éxito no siempre está en cumplir los plazos, sino en sostener el propósito. Y el mío es claro: seguir viva con conciencia, belleza y algo de humor, incluso cuando el cuerpo protesta.
Este es mi proyecto más complejo, mi tesis más íntima, mi empresa más frágil y más verdadera.
Y Pelusa, esa criatura de tinta y corazón, es la bitácora donde todo se traduce: mi forma de decir, con suavidad pero con fuerza, que sigo aquí. Dirigiendo, sintiendo, reconstruyendo, y creando. Me estaba muriendo de pena sin crear, soy creativa, y lo necesito. Siempre escribo, porque es mi manera de vomitar emociones, es mi forma de sentirme mejor.
Si os apetece, Pelusa os da la bienvenida a sus Pelusamientos:
Hoy me pesan especialmente las cervicales como si cargaran la tristeza del mundo. He dormido fatal.
Vi la noticia de Irina y no se me borra de la cabeza ese vagón lleno de cuerpos presentes y almas ausentes.
Tantos ojos abiertos, tantas manos completas, y ni una se tendió, ni una la asistió, y no lo entiendo. El silencio se volvió verdugo, y esa piedra muda cayó sobre su último aliento y su mirada asustada. No sé por qué me afecta, pero me afecta. Casi puedo sentir lo que sintió ella en esos terribles minutos.
Se nos llena la boca de discursos solemnes: Gaza, la paz mundial, el cambio climático…Pero la humanidad no se mide en pancartas, banderas en los balcones, ni en titulares, sino en la reacción mínima ante un grito que se apaga. Simplemente mínima humanidad, empatía, reacción aunque fuera por impulso, que yo consideraría inevitable, incluso involuntaria, como cuando te golpean la rodilla y esta se agita. Por defecto, mínimo, por diferenciar al ser humano de las bestias en el ciclo de la vida.
Y ahí, en ese vagón, no hubo nada. Ni un gesto, ni una grieta de compasión. Solo un vacío que hiela. Sólo la nada contra la que combatía Atreyu.
Me asusta pensar que no hacen falta guerras nucleares ni meteoritos para acabar con nosotros. No pereceremos por el cambio climático: nos bastará con la erosión moral, con el hábito de no mirar, de no sentir, de no escuchar….
Mirad el mundo, más allá de Gaza y de vuestras narices, mirad los gestos cotidianos de las personas en el autobús cuando no ceden el asiento a un anciano, mirad las caras de sorpresa cuando entras en un comercio y das los buenos días, observad la basura en las calles, sed conscientes de todos los trucos de ilusionismo que nos desvían la atención cada día y nos segregan…
La autodestrucción viaja sentada a nuestro lado,camuflada entre pantallas y prisas, y nosotros seguimos fingiendo que no la vemos.
Yo no sé adaptarme a ese gris. Yo no soy gris, quizá soy Momo.
Soy torpe para la indiferencia; me atraviesa como viento en puertas mal cerradas.
Dicen que los altamente sensibles sentimos todo multiplicado, pero ¿no debería ser esa la medida de lo humano? Duele… duele todo… vemos lo que los demás no ven, observamos todo, pequeños detalles, momentos, instantes, miradas, gestos, como Irina, como el gesto en sus ojos que decían: no entiendo nada. Vivimos constantemente en una dimensión diferente, como más intensa, no lo se explicar, y duele constantemente.
De hecho ¿No es más extraño lo contrario: ese entumecimiento que convierte a los vivos en estatuas, en seres inertes que traicionan la naturaleza humana con cada pincelada gris de incivismo, con cada ataque a los valores humanos, a los derechos humanos, al amor? ¿No es eso sentido común?
Por eso insisto en pintar colores. Con palabras, con ternura, con la obstinación de quien sabe que un solo trazo puede rescatar un paisaje. Con lo que puedo.
No sé si sirve, no sé si inspira, si ayuda a alguien, si merece la pena, pero me niego a entregar la paleta al gris.
Escribo para recordarle al mundo que aún respira, para encender una llamita aunque el viento sople con furia. Escribo porque es mi manera de pintar colores y que alguno sobresalga. Escribo porque en esta guerra, soy la resistencia.
Quizá nadie vea mi lucecita o mis colores, o quizá alguien la encuentre en su propio vagón oscuro y le ilumine el camino.
Y entonces, aunque sea solo por una persona, habrá valido la pena.
Ya vamos hacia un año y tres meses de tortura. Un largo periodo en el que el sufrimiento es latente desde muchos (o todos) los aspectos de mi vida: el dolor rige, la paralización, la autoestima, el amor propio, la perspectiva, el miedo, la tristeza, la soledad, la debilidad, la profesionalidad, la vulnerabilidad, el amor… todo duele.
No obstante, trato de ser todo lo positiva que que puedo, pues soy consciente de que la actitud es más de la mitad del proceso, aunque es muy difícil. Tengo el ánimo muy cansado, exhausto, y libro una batalla interior que nadie comprende, desde hace ya 5 años.
Haciendo acopio de todas las armas con las que cuento para luchar en esta revuelta, voy a escribir una lista. Escribir me reconforta ( y contabiliza como una de las fortalezas de mi arsenal). Hacer una lista por escrito es una manera de coger fuerza.
Vamos allá:
Expresarme ( siempre me he apoyado en la comunicación, como persona y como profesional, explicar, conversar, escribir, orar … la comunicación en todas sus vías. Bien es cierto que estoy en silencio desde hace meses, en silencio digital y público, sigo comunicando de forma íntima, escribo; comunico con mi gente (la que está, la que me apoya); y voy al psicólogo para expresar y vomitar mi dolor también y aprender de nuevos recursos para continuar la lucha)
Rodearme de personas vitamina y de buenos profesionales (a pesar de tener una vida solitaria y no compartirla actualmente con nadie, si que me apoyo en personas de mi entorno personal y también estoy formando una red de profesionales (médica, fisio, psicóloga, traumatólogo…) que me ofrecen recursos y herramientas. Me nutro del amor y el cariño de los familiares y amigos que han decidido estar, acompañarme, cada uno a su manera y todas ellas, bellas. Me nutro de consejos profesionales y apoyo, herramientas y medicinas morales y físicas de mis médicos, terapeutas y profesionales de la salud, con la experiencia para acompañarme en mi nueva realidad y su dureza: el dolor crónico)
La creatividad la tengo bastante dormida, no tengo fuerzas, pero en realidad siempre ha sido mi gasolina y me hace falta. Trato de pensar y hacer cositas creativas que me vayan despertando, que me ilusionen, y es posible que cuando pueda retomar mi vida en la medida que sea, alguna de estas ideas cobre vida y me ayude con mi nuevo camino.
Cada día trato de tener rutinas y cambio de hábitos que me templen y me muestren un equilibrio, un eje, para no caer en la depresión, la desidia, la tristeza del caos, la procrastinación… Es muy importante para la mente tener una vida organizada lo máximo que ahora es posible, desde hacer la cama y adecentar la casa cada mañana, hasta mis rutinas de paseos, fisioterapia, ejercicios , nutrición … mi vida se ha desequilibrado completamente, he pasado de 1000 a 0 en un segundo, y eso es tremendo. Buscar estabilidad en pequeñas rutinas me da paz, y me hace sentir responsable y útil.
Reflexión, también muy importante. La autocrítica, pensar y analizar, sopesar, valorar, medir, sentir con consciencia… Trato de hacer que todo lo que estoy viviendo tenga presencia, de ser consciente y buscar puntos de mejora, de fortaleza, de conocimiento y aprendizaje.
Mi casa , que siempre ha sido importante para mi. Cuido mucho mi nido, mi espacio, mi hogar. Es mi eje físico más importante, mi ancla, y por eso siempre trato su estética y confort, y trabajo para que sea bonita. Ahora no puedo hacer muchas cosas, no tengo fuerzas ni recursos, pues me habría encantado pintar el jardín, decorarlo, crear un rincón para disfrutarlo, reformarlo… no he podido. Pero con lo que tengo intento que sea agradable, y cada mañana me tomo el café al sol entre plantas y pajaritos.
Aprendizaje, no tengo retención de lectura, concentración, no puedo. Supongo que las medicinas y mi proceso me han anulado temporalmente las neuronas (tomo Pregabalina, o Lyrica, en alta dosis, y es terrible). No obstante intento cada día dedicar un ratito a aprender cosas que puedan ayudarme en mi nueva realidad y mi futuro, cuando pueda recolocarme profesionalmente en algo.
Seguramente tengo más armas en mi arsenal para librar esta batalla, pero quizá estas son las que más valoro.
No obstante, hay dos que son las más poderosas y quizá son los mejores escudos, más que armas en si mismas: mis valores y mis principios.
Uno de los aprendizajes más duros de todo lo que estoy viviendo es precisamente aprender a manejarlos y a templarlos. Posiblemente estaban algo desbordados o demasiado potenciados de cara a los demás, a muchos pesos ajenos que he ido cargando en mi espalda. Mi carácter cuidador, detallista, romántico, empático… al final ha ido acumulando muchísimo peso en mi espalda, y se me ha roto ya dos veces. Es un recurso muy bello ser así, siempre y cuando sepa equilibrarlo, y manejarlo. Todo pasa por algo, quizá la vida tenía como objetivo enseñarme esto, no lo se. He pagado un precio muy alto de ser así, pero he de aprender a aprovecharlo.
Vuelvo a las barricadas un rato más, tratando de utilizar estas, y nuevas armas…
Siempre he sido una gran lectora, y también me gusta escribir. Llevo más de un año en que ni casi lo uno, ni casi lo otro.
Imagino que este bloqueo es una mezcla de espesura, de agotamiento, de dolor paralizante y de desmotivación también. Se está haciendo muy duro, acabo de cumplir un año de baja de esta situación terrible tras mi segunda operación, pero en realidad, llevo sufriendo 5 años y estoy realmente exhausta.
Bueno, pues ayer hice un intento, comencé a leer un libro.
Imagino que os parecerá al tan chiquitito y carente de sustancia e importancia, pero os aseguro que para mi, es una enorme hazaña. Por el momento, he conseguido sonreírle a mi bloqueo lector y he podido leer casi 100 páginas de una novelita sencilla y cómoda sin tener que volver atrás cada dos páginas para recordar lo ya leído, sin que la cabeza se me vaya a otros mil pensamientos o a ninguno en absoluto mientras mis ojos leen, y he logrado meterme en la historia que narra el libro. Si, para mi es una grandiosa hazaña.
Tenemos que tener en cuenta que actualmente sigo un tratamiento de Pregabalina (Lyrica) que anula el sistema nervioso central y neuronal, otro de cortisona que anula casi todo y que me provoca alteraciones de muchas índoles, un antiinflamatorio bastante potente, protector de estómago que duerme incluso las mariposas de la tripa, y si me dan picos de dolor, morfina… por lo tanto, poder leer un libro es maravilloso, y me siento orgullosa y radiante.
Además, por unos pequeños ratitos al día (pues no consigo mantener la concentración mucho tiempo seguido) consigo evadirme del dolor, el malestar, la pesadez de alma…
Intento crear momentos bonitos constantemente, y mi ritual de lectura no es ta sólo sofá y libro, sino sofá, velas de fragancias bonitas, algún pedacito de chocolate, café, flores en la mesa, luz tenue, y mucha consciencia y presencia. Cuando todo está preparado, me pongo las gafas de leer, y me siento poderosa.
Si,he podido empezar un libro, tan simple y tan complejo…
Hace tiempo que no hablamos… la verdad es que no he tenido energías ni para escribir.
Traté de reincorporarme voluntariamente a mi vida, pedí el alta el día 20 de enero y ese mismo día mi empresa me envió a Italia, a Milán, para la apertura de un nuevo hotel. Estuve allí 13 días.
La reincorporación fue mucho más física de lo esperado, y sufrí una fatal recaída.
La semana de regreso, la del 3 de marzo, volví a la baja, al dolor, a la medicación, y a retomar casi desde el inicio todo el trabajo hecho durante dos meses con el fisio, y con el tratamiento.
Han sido unas semanas muy muy duras, casi más duras que los meses anteriores. Con el ánimo muy desparramado, pero semanas de lucha. Soy más fuerte de lo que me parezco.
No sé cuánto tiempo me queda de batalla, pero si se que lucho y lucharé con todas mis ganas para retomar mi vida, mi trabajo, mi creatividad, y muchas cosas que han estado pausadas todos estos meses.
Solamente un empujón más, y aunque a veces parece que no tengo fuerzas para levantarme de la cama, lo hago, me levanto cada día, e incluso intento dar pequeños paseos por la naturaleza de alrededor de mi casa, paseos muy cortos, pero que me llenan los pulmones de paz y de perspectiva.
Estoy valorando varias opciones de fisioterapia, rehabilitación, neuropsicología, medicina privada, pública… Todo es confuso.
Cada uno me cuenta una película distinta y es agotador.
Medicinas si, pregabalina no; fisioterapia si, pero cuidado que puede dañarme más; ir por privada es tan sólo negocio, pero la pública está saturada; mejor reposa, pero haz actividad física; camina, pero no salgas de casa; masajes, pero que no te toquen; duros efectos del dolor, pero los efectos de los calmantes hacen daño; incorpórate a tu vida, pero sigue de baja… No sé cómo llevar el peso de tanto oxímoron.
Yo sólo quiero estar bien, fluir y recuperar mi vida…
Tengo que hacer un cambio de vida, y tengo que hacerlo ya.
No sé por dónde empezar, pero se supone que soy Project Manager, así que me trataré a mi misma como a un proyecto y empezaré por capas a trazar un plan, o como decía Mark Gungor en The Nothing Box, por cajas, como los hombres.
Caja de la salud:
Esta es la principal, claro, y la que motiva y provoca este artículo y esta reflexión, y la razón de mi cambio de vida.
1/ He activado protocolos de neurocirugía de seguridad social, además de continuar con la segunda opinión y el plan de pago sobre la mesa. Quiero poder conocer opciones, y decidir cómo proceder, pues mi pronósticode vida no es bueno.
2/ Esta semana voy a investigar opciones de fisioterapia alternas
3/ Debo (esta es la parte más difícil para mí) hacer un cambio de hábitos saludables. Comenzar a caminar, ejercicio, vivir sano, y cuidar cuerpo y mente. El ejercicio se me hace un mundo.
4/ Ya estoy dejando la Pregabalina y cualquier medicamento agresivo. Se me ha despertado el dolor.
Caja de trabajo:
1/ Quiero conservar mi trabajo. Es mi vida. Estoy preocupada porque quiero seguir perteneciendo a esa vida y confío en poder volver y poder seguir asumiéndola.
2/ Presento mis informes y estoy en constante contacto.
3/ A medida que el agotamiento, dolor y cese de medicinas me lo permitan, quiero retomar horas al día para continuar preparando mi regreso a la empresa
4/ Quiero ser capaz de ayudar a mi padre con la fundación que hemos montado, y aportar más. Retomar funciones y empujar con él.
Caja del amor:
1/ Estos meses he pensado mucho, mucho, en todo. Mi estado natural óptimo es compartir mi vida en pareja, y es un objetivo. Me gusta estar sola, sé estar sola, pero me encantaría encontrar un modo de vida compartido pleno y feliz que mejore este estado.
2/ Quiero despertar mi ocio a medida que esté bien y conocer a personas interesantes, afines a mí y a mi vida, y tener la posibilidad de encontrar una gran historia de amor. Por supuesto soy consciente de que la estadística no está a mi favor, por edad, tipo de vida, momento social, actitudes y coherencias, principios y valores propios y ajenos, e incluso momento físico… pero quiero encontrar una gran historia de amor, bonita, limpia, sana y natural. Aún tengo tiempo a emprender un proyecto de vida con alguien, y lo voy a luchar.
Caja de entorno:
1/ Quiero cuidar mejor q mi entorno, amigos, familia, conocidos, vecinos… quiero retomarme a mi misma en ese sentido, pero con filtros. Quiero ser yo, quiero seguir dando amor y cuidando, pero controlado, sin descargarme, primero debo aprender a cuidarme a mi antes que a los demás, para poder dar de forma sana.
Caja creativa:
1/ Soy tremendamente creativa, y quiero retomar esos momentos de ocio creativo y hacer cosas bonitas. Crear me sienta bien, en casa, en mi vida, en mi ocio, en mi entorno. Pintar, escribir, hacer más bonito mi hogar, mis hobbies, producir cosas preciosas que calman mi hambre de belleza.
Caja de economía:
1/ He de potenciar maneras de ganar dinero, y de ahorro. Quiero tener una vida holgada porque si, el dinero da la felicidad al utilizarlo con coherencia para ello, da paz, da tranquilidad, da estabilidad, y provoca que se puedan asumir de la mejor manera todos los puntos anteriores y la autorrealización. Mi futuro es solitario, no tengo hermanos ni mucha familia, por lo que el dinero asumirá y me ayudará a tener un futuro con mayor calidad de vida y cubrir confort y necesidades que la faciliten, y que hagan que mi pronóstico de salud sea lo mejor posible.
Caja física:
1/ No estoy en mi mejor momento físico, por mi estado de salud y lo que conlleva (medicaciones, inactividad, etc.) y por edad y pre-menopausia.
2/ He de comenzar tratamientos de belleza y estética diversos, acompañando los de salud. Cuerpo, cabello, uñas, kilos, hormonas, etc deben empezar a recibir ayuda externa para poner todo a raya y en equilibrio y cuidar mi mejor versión acorde con mi momento y edad. Para mí es muy importante, para mi autoestima, puesto que eso ahora mismo baja mi moral y amor propio. Las medicinas agresivas de estos cinco años de operaciones me han destrozado el cuerpo, y he de mimarlo.
Tengo mucho trabajo por delante, pero pasito a pasito, trazo mi plan. No quiero estresarme y no puedo hacer todo de golpe, pero me doy 5 años para definirlo todo, desde todos los ámbitos, desde todas las perspectivas. Creo honestamente que tengo una buena base, unos buenos cimientos como persona, claridad en objetivos, así que esa debe ser mi vitamina y motivación, poco a poco.
Hoy me han regalado una caja grande con un lazo rojo. Una caja que esconde tesoros, un regalo, una ilusión. Ese cosquilleo instantes antes de abrirla y descubrir que esconde, momentos de imaginación desbordada e incontinencia de sonrisas. Mariposas agitadas en la tripa. Transpiro fantasías. Al abrirla un arrebato de felicidad: es justo lo que quería! Abro las solapas tras rasgar papel y lazo y se desbordan risas inocentes que invaden el ambiente y se posan en mi regazo. De la caja sale la más preciosa melodía y huele a flores silvestres y a sandía. Unas cuantas nubes blancas asoman tímidas y un arco iris surge de entre varias estrellas juguetonas. Peces de colores se apresuran y mis manos tocan la suavidad de plumas y algodones de azúcar. Estrellas de mar trepan por las solapas de la caja y muchas caricias y besos se posan en mi cuerpo y cara. Un poquito de lluvia fresca de verano y la ternura de un cachorrito de gato es lo siguiente que me encuentro en mi caja. Sigo rebuscando y hallo un manojo de palabras amables, un puñadito de amistad, una pizquita de solidaridad, una onza de respeto, y unos gramos de bondad. Ahora huele a hierba recién cortada y suena un piano. También encuentro las manos de un mago que me aporta sorpresa y misterio. Mi caja esconde muchas más cosas, no seré capaz de contarlas todas. Un par de momentos sensuales, un cofrecito lleno de pasión, bombones de chocolate, y la lectura de un buen libro. Llena está de saludos,de palabras hermosas y de mensajes de amor. También tiene una buena película y una mirada profunda,además de un catálogo de piropos y alguna broma absurda. Hoy me acostaré entusiasmada con mi regalo, un presente en el que todos habéis participado,todos sois parte de mi vida y me siento agradecida
Estamos en un presente social donde la falta de principios y de valores es demasiado latente, y duele…
Quizá podríamos englobar gran parte a la cobardía, el miedo paraliza, frena y perjudica, y la cobardía se define como “falta de ánimo y valor”.
En un pasado no muy lejano no nos podríamos haber planteado muchas de las actitudes que tenemos en el presente, pero, ¿por qué?
¿Por qué la gente desaparece? ¿Por qué la gente se vende con lo que no es y falta a la verdad a los demás y a ellos mismos? ¿Por qué nadie se esfuerza por nada?¿Por qué no te cuidan cuando estás enfermo y más los necesitas, cuando eres vulnerable? ¿Por qué las personas no confrontan y hablan? ¿Por qué se desvanecen en lugar de luchar o acabar una relación? ¿Por qué grandes personas en tu vida callan cuando necesitan hablar y se esfuman cuando deberían estar? ¿Por qué la gente está más sola y triste que nunca y parece que solamente son personas tras una pantalla pero luego no son de verdad? ¿Por qué no hay coherencia?
Debería ser sencillo, simplemente mantener la misma versión verdadera y auténtica entre lo que se siente, piensa, dice , hace, pero no… solamente hay tremenda cobardía, soledad, decepción, traición, sentimientos de culpa y cargos de conciencia, aburrimiento, falta de amor propio, falta de amor ajeno, incremento de violencia, mil síndromes que refuerzan la estupidez, falta de realización, falta de profesionalidad, e infinitas mierdas más que nos hacen tremendamente infelices y peores personas y sociedad.
¿Por qué lo aceptamos?
Yo creo firmemente que me he puesto enferma de nuevo porque todo esto me hace mella, estrés emocional, es como si la vida me diera un parón obligado para descargarme de peso, para inducirme a la reflexión, a aprender como lidiar con este presente que a mi me afecta mucho y me pesa, me carga, me hunde…
Quizá no hay mucho que se pueda hacer, en pequeñito, quizá solamente está en nuestra mano una cadena de favores. Intentar sembrar, desde mi parcelita, amor. Algo hará. En los demás, y en mi, algo hará. Y mientras tanto, tratar de lidiar con el egoísmo, la falta de empatía, la mediocridad, la falta de pasión, los corazones vacíos, la oscuridad que está avanzando en este mundo, y que es la peor de las pandemias…
Quiero encontrarte, si también eres así. Quiero dibujar mi mundo de personas bonitas que entienden, como yo, que el amor es lo único que de verdad nos puede salvar, lo único que nos diferencia como humanos, y nos hace ser personas. El amor debería ser la revolución.
Yo, quiero ser la resistencia en esta guerra oscura que, a través de la manipulación, está transformando a las personas en la peor versión de ellos mismos. Yo quiero ser la resistencia, y luchar por recuperar las mejores versiones, y volver a pintar con colores un mundo gris….
Y por cierto… felicito a Mercadona por una excelente estrategia de marketing, donde la manipulación a la masa vacía funcionará en la publicidad y en las ventas, de piñas, y ya que estamos aprovechemos para hacer la compra, pues las personas esperanzadas hallarán la misma mediocridad que hallan en otros canales… ¿qué diferencia a las personas con un carro y una piña a, por ejemplo, Tinder? Nada… Debemos actuar, pero de verdad, no con nuevas estrategias que lo único que hacen es mover a la masa de gente de un medio a otro. Si no actuamos, cada vez será peor, y las personas se sentirán peor con las decepciones, con los hechos, con los tratos… Debemos trabajar en la raíz del problema: nosotros.
Tras unos meses dolorosos (hoy es 20 de agosto), el 22 de abril me operaron. Ha sido y está siendo un proceso lento, duro, agrio, hostil… no obstante, es la segunda vez que paso por esto ya y soy más consciente que nunca de lo que supone, y de que la actitud es totalmente relevante en ni recuperación. Por eso, lucho cada día por ejercitar mi actitud como si se tratara de una rutina de ejercicios. No obstante, es difícil.
Pequeñas rutinas y momentos de reflexión alimentan mi día a día, aunque mis días van al revés de la normalidad.
Amanezco muy muy cansada e incluso desanimada, porque sigo pasando noches duras de dolor. Me duelen mucho las cervicales, y se extiende a los nervios de mi lado derecho, sobre todo brazo. Me despierto así varias veces cada noche. Noto como si me quemaran, abrasan, y ese dolor candente se transforma en como si alguien tirara de los nervios desde mis dedos, y siento punzadas metálicas. Se me entumece el brazo entero y me produce calambre, y he de levantarme de la cama cada vez y andar por la casa, hasta que se calma. De hecho, durante el día noto constante cosquilleo, sin que llegue a doler, pero he de moverme y cambiar de posturas.
No obstante, desde hace una semana, se me agravan las noches con lo que creo que son vértigos. Es horrible. Una sensación terrible de pérdida absoluta de control, todo da vueltas, la habitación gira muy rápido, siento náuseas, hasta llegar a vomitar.
Ahora me da miedo irme a la cama porque se repitan estos delirantes episodios.
Con mis noches de esta guisa, me despierto muy cansada e improductiva, me cuesta un mundo arrancar el día.
He acudido al médico de cabecera, que simplemente y desde el limitado conocimiento sobre neurología, me ha recetado pastillas para afecciones nerviosas tipo epilepsia. No me sirven. Mi neurocirujano está de vacaciones hasta entrado septiembre, tengo hora el 17, aunque he tratado de adelantarla, sin éxito.
Si, la actitud es clave y todos lo sabemos, pero es complicado mantenerla arriba con este panorama que parece nunca acabar.
No obstante, como os decía, trato de generar pequeñas rutinas, reflexiones y provocar situaciones que me beneficien y den un empujoncito a mi estado de ánimo.
La belleza es clave. Intento en la medida de lo posible rodearme de cosas bonitas porque la belleza visual para ni siempre ha sido importante. Paseos bellos, comprar flores para casa en el mercado de los sábados, conversaciones con personas vitamina… aún no puedo conducir, y menos con los ataques de vértigo y mareos y con el brazo derecho entumecido, pues sería peligroso para mi y para los demás, por eso busco la belleza cerca.
También voy haciendo cositas de mi trabajo, me formo, ordeno, leo, aprendo, y estoy en constante contacto con mis maravillosos compañeros.
En casa, pues los que me conocéis sabéis lo importante que es mi hogar para mi, voy (con ayuda) haciendo cositas también para mejorarla. He hecho que la vayan pintando, he hecho ordenar trasteros, armarios, limpiar, tirar trastos y cosas viejas, renovar fundas sofá, comprar velitas aromáticas, ordenar mis miles de libros, etc
Escucho mucha música, veo películas bonitas, he pintado un cuadro, he elaborado algún dulce, escribo, canto, doy paseos… cosas que puedo asumir.
Como veis, trato de hacer todo lo que está en mi mano para ejercitar y cuidar mi actitud.
La energía diaria me dura muy pocas horas, trato de encajar todo lo que puedo en estos espacios conscientes y con batería.
La verdad, pensaba que a estas alturas ya estaría recuperada y volviendo a mi trabajo y a mi vida, pero aún no… un ratito más. Espero que mi mundo me siga esperando un ratito más…
Y mientras todo ocurre, me pinto los labios de rojo…
Y no deja de doler, y no se refleja mi tez. El espejo me pisa y bajo mis ojos se desliza lo lejos que queda mi risa. Ha pasado el tiempo, despacio y deprisa, y el viento se ha llevado mi sonrisa y con ritmo lento, mi espacio. Y no dejan de doler en el calendario aún con los meses de ayer, el calvario, con los jueces del dolor que no crece y no perece, temerario. Y los días pasan lentos, y dibujan tormentos en el reloj, en los deseos, y los pensamientos van a un ritmo, y los lamentos y el cuerpo a otro distinto. La frustración quema el corazón, la condena abrasa la razón, la melena pierde su fulgor porque las medicinas, dañinas, cansinas, llenan la agonía de querer la recuperación y lucharla con tesón, pero no conseguirla, no con la prisa de la falsa intuición. Y es por ello que pierdo la razón, el carisma, y las sombras bajo mis ojos atisban el temor. Dudas de futuro, es duro, tiembla mi mundo y me ahogo en mi rumbo, pero de pronto, una chispa, una pista, que enciende una sonrisa pícara porque veo que la brisa me trae un destello de vida, ícara, y de mi filosofía, intrínseca en mi esencia, perfecta en mi sabiduría seca, resiliencia, que ya refleja lo que sé de mí: sé sobrevivir, sé sentir, sé resurgir… y aprendo paciencia, toda una ciencia, todo un reto escueto que me enseña evolución y redención, y que es la confirmación de mi superación, de mi mejora y de mi aurora. Aquí estoy, y es suficiente, latente y consciente, y voy, voy con todo de nuevo, voy a alcanzar mis sueños.
En la medida de mis posibilidades estoy tratando de enfocar mi día a día, en pequeños pasitos en mi recuperación, en cosas bonitas. Suena simple, pero no lo es. Es una especie de filtrado general y de enfoque de energía en crear una reconstrucción bella, rodeada de cosas agradables, de personas bonitas, de flores, de pequeños paseos en entornos atractivos, y de que cada gesto y cada decisión vaya reconstruyendo mi mundo de colores y luz, de tranquilidad, de paz, de belleza…
He empezado por comprar hierbas naturales que me ayuden a descansar bien por las noches (llevo casi 4 meses sin dormir bien y sin descansar y eso acerca más a la oscuridad que a la luz), y también otro remedio para reforzar la buena energía durante el día, la vitalidad y la agilidad física y mental. Hago todo lo que puedo por mi recuperación.
Cada día paseo lo que resisto, pero en entornos de nuestra sierra o del mar, planos, tranquilos, y en los que mis ojos aprecian hermosura y mis pasos se acercan q los 10K diarios recomendados. Parece poco y sencillo, pero para mi ahora es un mundo.
Arreglo mi casa a pedacitos, muy despacito, sin esfuerzos, y he cogido ayuda para lo que requiere lo que yo no puedo hacer, pero que todo se vaya limpiando y ordenando bonito. He comprado flores en el mercado de mi pueblo, para pintar de colores mi mundo. Incluso voy mirando y buscando en publicaciones y anuncios una nueva casa para mi, un nuevo hogar que también me reconstruya y me aporte una nueva perspectiva de vida y de luz, belleza, naturaleza… Busco una casita coqueta en la que volver a empezar, tras haber renacido.
Leo cosas bonitas, escucho música bonita y miro películas bonitas…
Cada mañana me visto y me arreglo para ver una imagen bella en el espejo.
Tengo largas conversaciones agradables con personas positivas de mi entorno y conmigo misma, y he dejado de hacerlo con personas que me roban esa energía ahora tan necesaria para mi, o que me aportan zonas oscuras, no, no son bienvenidos.
Quiero aprovechar esta reconstrucción para mejorar cosas de mi misma y mis autocríticas y autorreflexiones, y rehacerme a mi y a mi entorno más hermoso.
Hace ya dos meses que me operaron por segunda vez, que volví a nacer por segunda vez, y me parece que hace muuuuucho más.
Pretendía pedir ya el alta, pero me doy cuenta que no estoy recuperada, que dos meses, parezcan lo que parezcan, es muy poco.
Hoy, por ejemplo, he tenido un día muy malo, con bastante dolor, no sé si es por el tiempo (de la otra clase, me refiero al clima) o por alguna mala postura involuntaria, pero hoy duele.
Aún no puedo incorporarme a toda mi vida, he de hacerlo progresivamente, y necesito tiempo. Y sí, es en parte subjetivo, relacionado a actitud y percepción, pero debe ser desde un prisma realista, claro, y creo que a veces me creo más fuerte de lo que soy, aunque lo soy, pero debo ser más razonable y menos visceral.
El tiempo… hoy también hace un año que tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida, separarme de alguien que me hacía mucho mal, y tratar de romper ese hilo rojo para siempre. Supongo que lo hice, que lo he mantenido, pero que no lo he conseguido del todo porque el hilo rojo es indestructible, y aquí sigo, pensando en él. No obstante, fue la decisión más sabia y coherente, aunque dura y dolorosa, pero no me merece. No obstante, a mi me parece que hace 1 minuto de eso, y no un año.
Ha hecho también un año recientemente que cambié mi vida laboral, y aunque también ha sido duro el cambio y la adaptación, a pesar de ello, siempre me he sentido en casa y en el lugar que debo estar y para el que me he preparado toda mi vida. Ahora hace poco más de tres meses que estoy ausente por mi dolencia, y me parece que hace muchísimo más, porque lo echo de menos. El tiempo…
Y otro tipo de tiempo, el relacionado al clima. También relativo, subjetivo, en una noche de San Juan en junio en la que ahora mismo os escribo desde mi sofá cubierta con una mantita fina, y en ese mismo sofá perdida entre estas palabras hace un minuto he mirado el reloj y un minuto después, había pasado una hora.
Hace también un año que se fue una persona que para mi siempre fue referente de nobleza, bondad, solidaridad, humildad y muchos valores más que admiro profundamente, Jordi, y le mando un abrazo y le regalo un pedacito de mi tiempo muchos días, en mis pensamientos.
El tiempo… relativo, subjetivo, a veces justo, a veces injusto, en ocasiones duele, pasa rápido o lento según se siente, efímero, eterno, intenso, aburrido, esperanzador, y a veces se escurre entre los dedos, como un reloj de arena… El tiempo, un bien de lo más preciado, y más en los tiempos que corren (valga la redundancia), en que dedicar tiempo a alguien es la mejor de las atenciones y regalos.
Yo ahora tengo tiempo, para reconstruirme, para reponerme, para reflexionar y para volver más fuerte… ¿cuánto tiempo necesitaré? No lo se, pero en cualquier caso se me hará largo…
Ya son unos dos meses que emprendí la aventura de operarme de nuevo, como un dejavú.
Una de las cosas difíciles, a parte del dolor, es luchar por no entrar en bucle en la cabeza. Todos te hablan de la actitud, del ánimo, y el papel tan importante que ejerce, y estoy de acuerdo, claro, pero el bucle es un mal aliado y es inevitable, y requiere un esfuerzo combatirlo que se hace minuto a minuto, hora a hora, día a día, en cosas muy pequeñitas, y otras más grandes.
Cuando te guías por la recogida de basuras de los vecinos para ubicarte en día de la semana, y no eres del todo consciente de si estás reposando la espalda en una siesta o es de noche, te das cuenta de lo importante que es crear pequeños rutinas y estrategias para que no te coma el bucle y no pierdas la cabeza.
Por eso, yo me propongo una pequeña gran agenda que me permite pelear, con acciones y citas que puedo asumir física, pero también mentalmente. No dormir bien y descansar durante meses porque dormir duele hace que una esté tan cansada y espesa, que intelectualmente no esté plena, por eso he de generar pequeñas rutinas en las que pueda poner piloto automático pero que me permitan realizar cositas que den resultados, y por ende, me hagan sentir bien y útil, resolutiva.
Por ello, cada día limpio una pequeña zona de la casa: una estantería o algún rincón que no sea muy pesado ni de gran esfuerzo o postura: hoy tocan los cubiertos; cada día pinto algún pedacito de mi cuadro numerado, porque es un momento creativo controlado en el que no tengo que pensar y que viene guiado con los números, hasta que la postura me lo permite; cada día duermo ratos, puesto que las noches son intermitentes; cada día leo un pedazo de libro, para tratar la concentración (aunque no duro mucho porque mi razón no se centra); cada día hago mi ritual de belleza con rosa mosqueta para combatir la cicatriz del cuello, y de paso extiendo a cara, manos, pelo…en mi piel seca por las medicinas; cada día riego mi jardín, en pequeños viajes de regadera para no llevar peso, pero que siga verde; cada día intento echar un ojo a las redes sociales para estar conectada con la comunidad y las personas de mi entorno, incluso publico algo de vez en cuando para sentirme parte de ella; cada día peleo contra el bucle y a favor del ánimo…
No se puede evitar que la mente se vaya muchos ratos de paseo a quién sabe dónde, hasta que algún mensaje mimoso de alguien te trae de vuelta. Gracias a Dios que te traen de vuelta, porque si no, una se perdería en su soledad, sus recuerdos, sus añoranzas, sus sueños no alcanzados, y se mezclaría con los colores de su cuadro, hasta quién sabe cuándo…
La cabeza en una situación así también hay que cuidarla, como se pueda, como se sepa, no hay un manual de instrucciones, solamente instinto y sentido común, ganas y perseverancia en que el bucle no sea de desidia, procrastinación, o desgana. Hay que guerrear por la motivación y por dar apoyo mental al plano físico de la recuperación, que es igual o más importante.
Pronto volverá mi vida, y los bucles serán otros menos dolorosos. Soy afortunada de estar superando esto de nuevo y de tener consciencia de todo.
Dos semanas hace, si, pero a mi me parecen siglos… A pesar de que todo está siendo rápido, pues comencé con dolores antes de Semana Santa, el Jueves Santo 28 de marzo fui a urgencias por primera vez, el lunes 15 de abril cursé mi baja laboral ya con dolor insoportable y el lunes 22 de abril me operaron, a mi se me está haciendo pesado y largo… pero en realidad, dependiendo del prisma y la perspectiva, es poco tiempo.
Sigo con bastante dolor, dolores diferentes: las cervicales y el lugar de la operación, el corte en el cuello por donde me intervinieron que está totalmente inflamado, el lado derecho de mi cuerpo donde sobretodo el brazo sigue con los nervios pinzados, el estado de ánimo que también está pinzado, mi ojo derecho y lado derecho de la cara que hace unos días está inflamado por una estúpida casualidad que, gracias a Dios, nada tiene que ver con los nervios, la energía cansada…
Esta vez me está costando más tener la actitud optimista y social, esta vez, me he convertido en un bichobola. No lo puedo evitar, es el ánimo que tengo, a pesar de mis reflexiones. Y os aseguro que reflexiono, y busco la parte bonita de todo esto, pero esta vez se me hace más pesado verla. Eso compite con mi esencia, pues casi ni me reconozco, no estoy segura de que me ocurre dentro, pero puede ser también una secuela de mi proceso y supongo que también tengo derecho a flaquear, aunque no esté acostumbrada.
Tengo muchas personas y cosas bellas a mi alrededor, soy consciente y estoy agradecida, pero no saco ánimos para expresarlo y para sentirme mejor. Me preocupa, pues sé que la actitud es parte importante del proceso, y quiero encontrar ese ánimo, pero ¿cómo?
Creo que en este tipo de situaciones sería importante el apoyo psicológico y el seguimiento también, mucho, pues no solamente cuenta la sanación física, sino la emocional y mental cobran la misma o más importancia. Pero nos dejan a nuestra suerte, para lidiar con todo, solos, y con sensación de abandono por parte del ecosistema de salud que nos atiende, y me parece algo grave y delicado. Ojalá este presente que vivimos valorara más a las personas, y a las emociones, y no nos hubiéramos convertido en fríos, en dinero, en especulaciones y negocio, en asuntos… Ojalá mis doctores, la clínica Rotger donde me han atendido por segunda vez con un cuadro como el mío, con notas en rojo en mi expediente de “alto riesgo de tetraplejia”, fueran razón suficiente para intuir que este trance es traumático para mi y me ofrecieran acompañamiento psicológico por defecto, pues es lo que quizá el paciente no solicita por creerse más fuerte de lo que es y es recomendable, incluso imprescindible a su lucha y recuperación.
¿Por qué nos olvidamos de cuidar nuestros dolores emocionales y nuestras almas como cuidamos nuestros dolores físicos?
Supongo que pensaréis que si es el caso debo pedirlo y buscar esta ayuda, pero comenzar ahora otro proceso médico de listas de espera interminables, procesos burocráticos etc. no es lo que necesito, y mucho menos por alguien externo a mi situación. Creo que debería estar sincronizado con mis neurocirujanos y con el historial de mi caso puesto en común entre ellos y el profesional que me asignaran. Pero claro, supongo que eso sería en un mundo ideal figurado en mi mente…
El día 17 tengo cita con ellos, y a pesar de que me reciban con la frialdad habitual de los cirujanos exitosos que hacen la extraordinaria labor de operar a tanta gente, y de realizarlo con el tremendo éxito que marca su prestigio, trataré de transmitir mis emociones. Quizá consiga defender o despertar alguna reflexión en ellos, quizá les evoque o traslade a algún instante “Ratatouille” en alguna vivencia propia o de algún ser querido por ellos y pueda hacer que comprendan que, además de pedacitos de carne y desenlaces físicos exitosos, nuestras cicatrices por dentro y por fuera son muy humanas y complicadas de gestionar, y nos hemos puesto en sus manos totalmente perdidos y sin ningún control de la situación, y eso, es duro y frustrante, y necesita humanidad y empatía también.
Ya sabéis que este lienzo es un vómito de emociones y reflexiones, simplemente eso, y me ayuda a ponerlas en orden…