por Marta Bonet | Feb 28, 2026 | Pelusamientos |
En medio del caos —del dolor, del ruido, de la incertidumbre— hay algo que puede sostenernos sin hacer demasiado ruido: los pequeños rituales de amor propio.
No hablo de grandes gestos ni de soluciones milagro. Hablo de detalles. De convertir una rutina en ceremonia. De encender una vela aromática aunque sea martes. De poner música mientras te cuidas la piel. De dedicarte diez minutos con la misma delicadeza con la que cuidarías a alguien que amas.
El equilibrio mental y emocional no siempre se construye con grandes decisiones. A veces se teje con hilos finos y cotidianos.
A mí, por ejemplo, me encanta desayunar por la tarde. No merendar: desayunar. Hace tiempo alguien muy querido me regaló una palabra que adopté como talismán: besayuno. Y desde entonces ese momento por la tarde es casi sagrado. Tortitas doradas, café caliente, zumo recién exprimido, fruta cortada con mimo. La mesa bonita, porque la estética es imprescindible para mí. La luz suave. El silencio o una canción amable.
No es solo comida. Es una declaración. Es decirme: mereces belleza aunque el día haya sido duro.
También está el ritual creativo. Dibujar sin objetivo. Escribir aunque sea lento. Crear una pequeña manualidad. Cocinar algo solo por placer. Tocar unas notas en un instrumento. Salir a pasear si el cuerpo lo permite y dejar que el aire renueve pensamientos.
Son burbujas. Instantes donde el dolor baja el volumen y la mente descansa. No desaparece la enfermedad, no se esfuma el cansancio. Pero algo se ordena por dentro.
Ritualizar lo que te hace bien es terapia. Es resistencia suave. Es recordarte que, incluso en procesos difíciles, sigues teniendo capacidad de crear belleza y de dedicártela a ti.
No esperes a estar perfectamente bien para regalarte estos momentos. Precisamente cuando todo pesa, más necesarios son.
Encuentra tu pequeño ritual. Protégelo. Hazlo tuyo. Porque sostener el alma también es parte del tratamiento.
En medio del caos más profundo —ese que nos sacude por dentro, ya sea por el dolor físico, el ruido mental incesante, o la incertidumbre crónica que carcome la esperanza y la paz interior— emerge una red invisible, un anclaje silencioso y profundamente efectivo que puede sostenernos: la práctica consciente de los pequeños rituales de amor propio.
No estamos abordando aquí soluciones rápidas, cosméticas o la autoayuda impostada y vacía que promueve el «estar bien» como un deber performativo. La clave de esta filosofía no reside en los grandes gestos que buscan, en el fondo, tapar o disimular una herida preexistente. La verdadera sanación se encuentra en la arqueología de los detalles, en la minuciosa observación y elevación de lo simple. Se trata de una alquimia sutil, pero poderosa: la transformación deliberada de la rutina anodina y a menudo mecánica en una ceremonia cargada de significado personal. Es la decisión consciente, reiterada y firme de elevar lo cotidiano a la categoría de sagrado.
¿Cómo se traduce esta filosofía a la vida diaria, especialmente cuando la energía escasea? Los rituales se convierten en microsantuarios de existencia:
Más allá de la luz funcional, encender una vela aromática o una lámpara tenue no es un mero adorno. Se hace con una intención clara y meditada, aunque el calendario marque un martes cualquiera y el día haya sido extenuante o doloroso. Que esa llama o ese halo de luz suave no sea solo un objeto, sino el punto focal visible que se elige para disipar la niebla mental y el volumen del ruido interno. Es una señal para el sistema nervioso: «Aquí y ahora, hacemos una pausa.»
Establecer un fondo sonoro para el cuidado de la piel. No ruido de fondo pasivo, sino una melodía elegida con cuidado que actúe como un metrónomo emocional. Cada aplicación de loción, cada masaje en manos o rostro, cada cepillado suave, se convierte en un acto de presencia pura. No es una tarea, sino una comunión táctil, un recordatorio de que tu cuerpo es tu hogar.
Reservar y defender diez minutos, quizás quince. No por obligación moral o un ítem más en una lista de pendientes de autocuidado, sino con la misma exquisita delicadeza, paciencia y ternura incondicional con la que atenderías a un ser amado que sufre o está fatigado. La revelación central es sencilla, pero a menudo olvidada: Tú eres ese ser amado. La pausa es una obligación amorosa, no una indulgencia culpable.
El equilibrio mental y emocional, la auténtica resiliencia ante la adversidad, rara vez se construye sobre cimientos de decisiones monumentales, de una única acción heroica que lo cambia todo. Más a menudo, la fortaleza interna se teje día a día, minuto a minuto, con hilos finos y cotidianos, imperceptibles desde fuera, pero resistentes hasta lo indecible.
Para mí, un ejemplo de este tejido cotidiano es el rito que he bautizado como el «besayuno». Hace tiempo, una persona muy querida me obsequió esta palabra —una mezcla de ‘beso’ y ‘desayuno’—, y la adopté de inmediato como mi talismán personal contra la prisa. Se trata de un acto contracultural a la tiranía de los horarios: desayunar a media tarde (lo que muchos llamarían una merienda tardía). Sin embargo, no es una simple ingesta funcional para saciar el hambre. Es un momento casi sagrado.
En esa hora específica, se despliega un festín sensorial y estético completo: tortitas doradas a la perfección, el aroma denso y envolvente del café caliente (o el té ceremonial), zumo recién exprimido, fruta cortada con esmero y colocada en un patrón armonioso. La estética es imprescindible, no opcional: la mesa debe ser bonita. La belleza externa, la composición visual cuidada, tiene un efecto inmediato y sorprendente: ordena el caos interno. La luz es suave, la fuente de sonido es el silencio o una canción melódica y amable, nunca estridente ni noticiosa.
Este acto trasciende la mera ingesta de alimentos. Es, fundamentalmente, una declaración ontológica. Es el mensaje firme, cristalino y constante que te envías a ti mismo en voz baja, pero con resonancia: “Mereces belleza, placer, descanso y mimo, incluso, y sobre todo, si el día te ha tratado con aspereza. Eres digno de este pequeño lujo de existencia. Tu bienestar no es negociable.”
A este ritual alimenticio se suma la necesidad vital del ritual creativo. Este tipo de creación no está orientada al rendimiento, al resultado final o a una meta productiva. Es creación orientada al puro juego, la exploración sin juicio y el proceso:
Dibujar sin la tiranía de un objetivo final o la obligación de que sea una «obra de arte». Solo la línea en movimiento. Escribir, aunque las palabras fluyan con una lentitud desesperante o no tengan sentido aparente. Es la liberación del caudal interno. Crear una minúscula manualidad solo por el placer de dar forma a algo bonito y tangible.Cocinar algo que requiere tiempo y atención, no por la necesidad de comer, sino por el disfrute meditativo del proceso y llenar los sentidos.Tocar unas pocas notas en un instrumento, sin la presión de una melodía perfecta, y disfrutar del proceso. Salir a pasear, sin rumbo, si el cuerpo lo permite, y dejar que el aire renueve, ventile y arrastre los pensamientos estancados y recurrentes.
Estos momentos, breves o extensos, son burbujas de oxígeno que sana. Son instantes de suspensión donde el volumen del dolor, la fatiga y la ansiedad se reduce drásticamente. La enfermedad subyacente no se esfuma, el cansancio crónico no desaparece por arte de magia, pero algo fundamental se reordena de manera esencial en el paisaje interior. La mente, antes a la deriva, encuentra finalmente una superficie de apoyo concreta y segura donde posarse.
Ritualizar lo que te hace bien es, en sí mismo, la forma más profunda de terapia. Es la resistencia más suave, pero también la más elegante y duradera. Es el recordatorio inquebrantable, en medio de procesos vitales difíciles o agotadores, de que tu capacidad de generar belleza, de recibir placer y de dedicártelo a ti mismo sigue intacta, viva y lista para ser ejercida.
La trampa más peligrosa es esperar. No esperes a estar «perfectamente bien» para regalarte estos espacios de paz, belleza y nutrición interna. La verdad es que, paradójicamente, es precisamente cuando todo pesa más, cuando la carga de la vida es insoportable, cuando la desesperanza aprieta, que estos pequeños actos de amor propio consciente se vuelven vitales y absolutamente necesarios. Son, a la vez, tu medicina preventiva contra el colapso y tu cura de urgencia contra el desánimo.
Encuentra tu pequeño ritual. Búscale un nombre íntimo que resuene contigo. Protégelo de las invasiones del exterior y de la autocrítica. Hazlo tuyo e intransferible. Defiéndelo. Porque sostener y nutrir el alma con deliberada bondad no es un capricho estético o una simple indulgencia. Es una parte indispensable, no negociable, del tratamiento necesario para seguir adelante con dignidad y fortaleza interior.
por Marta Bonet | Feb 23, 2026 | Pelusamientos |
La primavera se acerca despacio, como un susurro. Y en mi cuerpo, tan sensible a los cambios, algo despierta. Se anuncia en un rayo de sol más largo, un aire menos húmedo, y luz que ya no hiere tanto. El aire huele distinto. Y el sol, con prudencia y respeto, es medicina: ayuda a sintetizar vitamina D, tan necesaria para la salud ósea y también el ánimo, favorece la serotonina y, cuando se toma con cautela y protección, puede aliviar, acompañar ánimo y cuerpo.
Pero necesita medida. El calor intenso puede aumentar sensibilidad al dolor, inflamación y agotamiento. El sol directo, en horas centrales, puede deshidratar y exacerbar síntomas. Y algunos tratamientos provocan fotosensibilidad, así que conviene consultar siempre al especialista. El clima ideal, para muchos de nosotros, es el entretiempo. El frío húmedo intensifica el malestar; el verano extremo alivia el dolor, pero deja fatiga espesa y baja tensión. Por eso la primavera es tregua.
Y está el ánimo. Las horas largas nos invitan a salir, a pasear despacio por la naturaleza. En Mallorca, los almendros en flor, esa “nieve mallorquina” que cubre de blanco y rosa el Pla y la Sierra de Tramuntana entre finales de enero y febrero, son una experiencia sensorial completa. Más de siete millones de árboles tiñen la isla de belleza. Caminar entre ellos, cuando el cuerpo lo permite, es recordar que la estética también cura. La vista descansa en esa delicadeza. El aire huele distinto. La luz rebota en los pétalos y todo se vuelve más amable.
Yo recibo la primavera con respeto. No propongo grandes excursiones ni heroicidades. Propongo una terapia sencilla: acercarse a un camino rural, sentarse si hace falta, mirar los árboles, sentir el sol suave en la piel, hidratarse, respetar el cuerpo, y dejar que la naturaleza haga lo que mejor sabe hacer: equilibrar.
Que esta primavera nos encuentre con el rostro al sol y los pies en la tierra. Con medida, con conciencia, con alegría humilde de quien aprende a florecer sin forzarse. Y que los almendros en flor nos recuerden que florecer no siempre es fuerza, a veces es la delicadeza y ritmo de llenar los sentidos de belleza.
La naturaleza, maestra de los ritmos pausados, anuncia su cambio más dulce: la primavera. No llega con estruendo, sino despacio, casi como un susurro que se desliza por las rendijas del invierno. Y en mi cuerpo, una antena hipersensible a las fluctuaciones del entorno, ese despertar se percibe con una claridad nítida. Es una sensación que se anuncia primero en la vista, con un rayo de sol más largo, que estira sus horas sobre el horizonte, y en el tacto, con un aire menos húmedo que aligera la pesadez de los meses fríos. La luz, que en invierno a menudo golpea y hiere con su brillo frío, ahora se templa, volviéndose más suave y acogedora.
El olfato también se pone en alerta: el aire huele distinto, cargado de promesas y de los primeros aromas de las floraciones incipientes. Y el sol, ese astro vital, se convierte en una medicina que se debe tomar con prudencia y respeto. Su tibieza no es solo placer, es medicina esencial: ayuda al cuerpo a sintetizar vitamina D, fundamental para la salud ósea y con un papel crucial en la regulación del ánimo. Al favorecer la producción de serotonina, conocida como la hormona de la felicidad, el sol, cuando se toma con cautela y protección, tiene el poder de aliviar y acompañar tanto el ánimo como el cuerpo en la transición estacional.
Sin embargo, esta bendición solar necesita medida. Para quienes vivimos con sensibilidad al dolor y la inflamación, el calor intenso del verano puede ser contraproducente, ya que puede aumentar sensibilidad al dolor, inflamación y agotamiento. Además, la exposición al sol directo, en horas centrales, conlleva el riesgo de deshidratar y, crucialmente, de exacerbar síntomas de diversas condiciones. Es imperativo recordar que algunos tratamientos provocan fotosensibilidad, por lo que la consulta al especialista nunca es opcional.
Para muchos de nosotros, el clima ideal es el entretiempo. El invierno, con su frío húmedo, intensifica el malestar y la rigidez, el dolor musculoesquelético. El verano extremo, si bien alivia el dolor en algunos aspectos, deja tras de sí una fatiga espesa y baja tensión que nos drena por completo. Es por eso que la primavera se siente no solo como un cambio, sino como una verdadera tregua, un punto medio donde el cuerpo puede encontrar un respiro y empezar a recuperar energía. En mi caso, el otoño también me calma y me atrae, especialmente por una estética romántica y un clima templado, pero en Mallorca dura menos, es breve, y además da entrada a los meses más complicados en mi dolor y malestar, los meses fríos, mientras que la primavera anuncia un positivismo venidero de días cálidos, largos, luminosos, y con menos peso.
Más allá de la química corporal, está el impacto en el ánimo. Las horas largas de luz nos invitan a salir, a pasear despacio por la naturaleza. Esta invitación se vuelve irresistible en lugares como Mallorca, donde el paisaje se transforma en un espectáculo de una belleza insólita: los almendros en flor. Esta floración, poéticamente llamada la “nieve mallorquina”, cubre de un manto blanco y rosa el Pla y la Sierra de Tramuntana entre finales de enero y febrero, incluso marzo, ofreciendo una experiencia sensorial completa.
Con más de siete millones de árboles tiñendo la isla de esta efímera belleza, caminar entre ellos, cuando el cuerpo lo permite, es un acto de sanación. Es un recordatorio de que la estética también cura. La vista descansa en esa delicadeza de los pétalos; el aire huele distinto, fresco y dulce; y la luz rebota en los pétalos de tal forma que todo se vuelve más amable. Es una terapia visual y olfativa que alimenta el espíritu.
Por ello, yo recibo la primavera con respeto, desterrando cualquier idea de presión o autoexigencia. No propongo grandes excursiones ni heroicidades, que a menudo solo conducen al agotamiento. En su lugar, propongo una terapia sencilla:
- Acercarse a un camino rural tranquilo.
- Sentarse si hace falta, priorizando el descanso sobre la marcha forzada.
- Mirar los árboles, permitiendo que la mente se calme con la simple contemplación. Reflexionar sobre el agradecimiento a la belleza de la vida.
- Sentir el sol suave en la piel, recibiéndolo como una caricia.
- Hidratarse constantemente, atendiendo a la necesidad básica del cuerpo.
- Respetar el cuerpo y sus límites del día.
- Dejar que la naturaleza haga lo que mejor sabe hacer: equilibrar.
Que esta primavera nos encuentre con el rostro al sol y los pies descalzos en la tierra. Que cada paso sea con medida, con conciencia, y con la alegría humilde de quien no lucha, sino que aprende a florecer sin forzarse. Y que la visión de los almendros en flor nos sirva de lección magistral: florecer no siempre es fuerza, a veces es la delicadeza y ritmo de parar, respirar y llenar los sentidos de gratitud y hermosura.
por Marta Bonet | Feb 19, 2026 | Pelusamientos |
Mi primer encuentro con #Amasc ha sido mucho más que una simple afiliación; ha sido un auténtico abrazo colectivo.
AMASC #Mallorca es una asociación sin ánimo de lucro que representa y defiende los derechos de las personas con: #Fibromialgia (FM), #EncefalomielitisMiálgica / #SíndromedeFatigaCrónica (EM/SFC), #SensibilidadQuímicaMúltiple (SQM), #Electrohipersensibilidad (EHS).
Ayer asistí a un taller de memoria, en su espacio sencillo y acogedor. Nos reunimos en círculo, y enseguida se notó complicidad en las miradas. Compartimos conversaciones, pusimos sobre la mesa preocupaciones que a menudo resultan difíciles de expresar fuera, y realizamos juegos diseñados para combatir niebla mental.
Sin darnos cuenta, entre risas y desafíos cognitivos, hemos hecho algo mucho más profundo: nos hemos reconocido.
Vivir con una enfermedad crónica e invisible trae consigo soledad no siempre deseada.
Es la consecuencia de no poder mantener el ritmo o de la incomprensión de otros ante la dureza del dolor y cansancio diarios. La incomodidad que generamos nos aísla.
Por eso espacios como Amasc son tan necesarios. Porque no solo acompañan: sostienen, divulgan, defienden, reivindican.
Ofrecen apoyo en lo sanitario, lo psicológico, lo legal, lo social.
Pero, sobre todo, ofrecen algo más difícil de encontrar: empatía real, esa que nace de haber transitado el mismo camino.
La batalla se aligera cuando se comparte. Cuando te rodeas de personas que aceptan tu ritmo, que no trivializan tu sufrimiento y que entienden sin exigir largas explicaciones, sin juzgar. Personas resilientes y cuidadoras que, desde el altruismo, tejen una red imprescindible.
Ayer, durante unas horas, dolor y cansancio quedaron en segundo plano. Me reí. Me sentí parte. Recuperé un trocito de mi yo social, ese que la enfermedad había ido arrinconando sin darme cuenta. Y eso también es terapia.
Amasc es un refugio donde lo invisible se hace visible sin necesidad de justificación, donde el acompañamiento honesto y de cariño es pura complicidad, no condescendencia.
Gracias por demostrarme que el peso compartido se soporta mejor. El dolor, al encontrar un espacio de cariño seguro, se vuelve menos duro.
Mi primer encuentro con AMASC (Asociación Mallorquina de Afectados por Fibromialgia y otras patologías) ha sido mucho más que una simple afiliación; ha sido un auténtico y necesario abrazo colectivo que ha resonado profundamente en mi.
AMASC #Mallorca es una asociación sin ánimo de lucro que se erige como una voz y un escudo para quienes viven con enfermedades crónicas e invisibles. Su misión es representar, defender y mejorar la calidad de vida de las personas afectadas por: Fibromialgia (FM), Encefalomielitis Miálgica / Síndrome de Fatiga Crónica (EM/SFC), Sensibilidad Química Múltiple (SQM), Electrohipersensibilidad (EHS)
Estas patologías, a menudo incomprendidas y minimizadas por la sociedad, encuentran en AMASC un espacio de reconocimiento y lucha constante, un refugio de comprensión
Ayer tuve el privilegio de asistir a un taller de memoria, una de las muchas actividades que la asociación ofrece en su espacio, sencillo pero profundamente acogedor. Al reunirme en círculo con otros miembros, la atmósfera se cargó instantáneamente de una complicidad palpable. No se necesitaron palabras largas para sentir esa conexión; bastaba una mirada para reconocer el camino transitado.

Compartimos conversaciones que iban más allá de la mera cortesía, como si nos conocieramos de años. Pusimos sobre la mesa preocupaciones que, por su naturaleza íntima y la dificultad de ser verbalizadas a quienes no las viven, a menudo resultan difíciles de expresar en otros contextos. Realizamos entretenidos juegos y ejercicios diseñados específicamente para combatir la temida niebla mental (o brain fog), un síntoma debilitante y frustrante común en muchas de estas dolencias.
Sin darnos cuenta, entre risas genuinas y desafíos cognitivos compartidos, hicimos algo mucho más profundo y vital: nos hemos reconocido. Fue un acto de reafirmación mutua de nuestra realidad: La Soledad del Dolor Invisible
Vivir con una enfermedad crónica e invisible, esa que no se ve pero se siente hasta la médula, trae consigo una soledad no siempre deseada. Esta soledad es la amarga consecuencia de no poder mantener el ritmo frenético de la vida moderna, o de la incomprensión y, a veces, el juicio de otros ante la dureza del dolor y el agotamiento diarios. La incomodidad que nuestra realidad genera en el entorno se convierte en el mecanismo que, sutilmente, nos aísla. En ocasiones las personas más próximas no nos creen, no empatizan, no apoyan, bien porque no saben cómo, bien porque resultamos molestos. Por eso, espacios como AMASC son tan necesarios y urgentes.
No solo acompañan; su labor va mucho más allá: sostienen emocionalmente a sus miembros, divulgan información crucial para generar conciencia, defienden los derechos de los enfermos, reivindican un trato justo y recursos sanitarios adecuado, aconsejan a través de sus experiencias y conocimientos adquiridos…. Ofrecen un apoyo integral: en lo sanitario, lo psicológico, lo legal y lo social. Son un pilar multifacético para una vida que se ha vuelto compleja.
Pero, sobre todo, AMASC ofrece algo mucho más difícil de encontrar y de un valor incalculable: empatía real. Es esa empatía genuina que nace de haber transitado exactamente el mismo camino de dolor, incertidumbre y lucha.
La batalla diaria contra la enfermedad se aligera de una forma extraordinaria cuando se comparte. Es un alivio inconmensurable rodearte de personas que aceptan tu ritmo, sin presionarte a ser quien eras antes; no trivializan tu sufrimiento con frases hechas o consejos vacíos, entienden sin exigir largas y agotadoras explicaciones, sin el peso de la justificación, no juzgan tu necesidad de parar o tu fluctuante estado de salud.
Son personas resilientes, y a la vez cuidadoras, que desde el altruismo y el conocimiento mutuo, tejen una red de apoyo sólida e imprescindible para la supervivencia emocional y física.
Ayer, durante esas pocas horas compartidas, el dolor y el cansancio, que suelen ser protagonistas absolutos, quedaron relegados a un segundo plano, silenciados por la fuerza de la conexión. Me reí, y la risa se sintió sanadora. Me sentí parte de algo, recuperando un trocito de mi yo social, ese que la enfermedad había ido arrinconando lenta e imperceptiblemente. Y eso, sin duda, también es terapia.
AMASC es un verdadero refugio donde lo invisible se hace visible sin necesidad de justificación. Es un lugar donde el acompañamiento honesto y el cariño se manifiestan como pura complicidad, desterrando cualquier sombra de condescendencia.
Gracias, AMASC, por demostrarme que el peso compartido se soporta mucho mejor. El dolor, al encontrar un espacio de cariño seguro, un lugar donde ser simplemente uno mismo sin reservas, se vuelve menos duro y, por un tiempo, incluso se disipa. Gracias por ser buenas personas con los valores y los principios tan bien puestos!
por Marta Bonet | Feb 8, 2026 | Pelusamientos |
Existe una manera sencilla, profundamente honesta, de traducir a palabras lo que significa habitar un cuerpo con #dolorcrónico: la #teoríadelascucharas.
Esta metáfora no nació en la frialdad de un manual médico, sino en la urgencia humana de hacerse entender. Y tal vez porque nace de la verdad, funciona.
Imagina que cada amanecer te despiertas con número limitado de cucharas en las manos. Cada una representa una unidad de energía física, mental y emocional. Para quien habita un cuerpo sano, las cucharas parecen infinitas: reserva inagotable que se gasta sin memoria ni cálculo. Pero en la fibromialgia, el suministro es escaso, variable, cruelmente imprevisible. Abrir los ojos consume una. El agua de la ducha, otra. Vestirse, concentrarse, salir al mundo o soportar estruendo de luz y ruido… cada pequeño acto cotidiano cobra peaje y vacía cajón.
Cuando las cucharas se acaban, se apaga todo. No hay reserva oculta. No es falta de voluntad, actitud, pereza. Es realidad biológica de un sistema nervioso central alterado, que actúa como amplificador de dolor y fatiga. La ciencia confirma: no es laberinto psicológico, sino enfermedad compleja donde el cuerpo no encuentra paz. Por eso el cansancio de estas patologías no se cura durmiendo; por eso el dolor no atiende a lógicas visibles.
Sin embargo, lo más duro no es la escasez. Lo más doloroso es la obligación perpetua de elegir. Vivir es negociación constante: si hoy trabajo, quizá mañana mi cuerpo sea plomo. Si cuido a otros, tal vez no me queden fuerzas para cuidarme. Si simulo «normalidad», la factura llegará después, inexorable.
La teoría ha trascendido para convertirse en estandarte clínico y social, vital para visibilizar realidades como #fibromialgia, #lupus, #fatigacrónica o #sensibilizacióncentral. No es metáfora ingenua; es herramienta de dignidad.
Vivir así es vivir con matemática distinta. Es aprender el arte de priorizar, la valentía de decir «no» y la sabiduría de adaptar la vida al cuerpo, y no al revés. Es entender, finalmente, que descansar es la única forma de sostenerse.
(Teoría de Christine Miserandino, EE.UU., 2003, «The Spoon Theory», reconocida y usada en enfermedades crónicas invisibles)
Existe una manera sencilla, profundamente honesta y devastadora de traducir a palabras lo que significa habitar un cuerpo con dolor crónico y fatiga extrema: la Teoría de las cucharas (The Spoon Theory).
Esta metáfora no nació en la frialdad aséptica de un manual médico o una tesis académica, sino en la urgencia humana de hacerse entender. Fue concebida por la escritora y paciente Christine Miserandino en 2003, en un intento desesperado por explicarle a una amiga la realidad de su vida con lupus. Necesitaba un lenguaje que pudiera tender un puente entre la experiencia invisible de la enfermedad y la incomprensión del mundo exterior. Y tal vez porque nace de una verdad vivida en primera persona, funciona con una claridad brutal, trascendiendo su origen personal.
Hoy, la Teoría de las Cucharas se ha convertido en la herramienta más efectiva para que pacientes, familiares y profesionales de la salud comprendan la dimensión real de la vida con limitaciones energéticas crónicas. Es un estandarte clínico y social, vital para visibilizar realidades como la #fibromialgia, el #lupus, la #fatigacrónica o el #síndromedecansanciocrónico y la #sensibilizacióncentral. No es una metáfora ingenua; es una herramienta de dignidad y comunicación.La Matemática Cruel de la Energía Limitada
El núcleo de la teoría es simple: imagina que cada amanecer te despiertas con un número limitado de cucharas en las manos. Este no es un suministro infinito; es una dote escasa, fluctuante y, lo más cruel de todo, absolutamente imprevisible. Cada una de estas cucharas representa una unidad de energía física, mental y emocional disponible para el día.
| La Perspectiva «Normativa» |
La Perspectiva «Cuchara» |
| Recurso inagotable: Las cucharas parecen ser infinitas. |
Recurso limitado y variable: El número de cucharas cambia a diario. |
| Gasto sin memoria: Se gastan sin cálculo ni necesidad de rendir cuentas. |
Gasto con peaje: Cada actividad, por mínima que sea, cobra un coste. |
| Actividades sin coste: Despertarse, ducharse, trabajar… |
Alto coste energético: Abrir los ojos consume la primera cuchara. |
Para quien habita un cuerpo sano, lo que a menudo se llama «normativos», las cucharas son una reserva infinita. Pueden despertarse, ducharse, trabajar, ir al gimnasio y socializar, todo sin que ello implique hipotecar la capacidad de funcionar del día siguiente.
Pero en las patologías crónicas, el suministro es limitado desde el inicio. El simple acto de abrir los ojos consume la primera. El agua de la ducha, la concentración para vestirse, el esfuerzo cognitivo para entablar una conversación, salir al mundo y verse obligado a soportar el estruendo de luz, ruido o temperatura que para otros es neutro… cada pequeño acto cotidiano cobra un peaje desproporcionado y vacía inexorablemente el cajón.
Ejemplos de Peaje Energético (Orientativo):
| Actividad Cotidiana |
Peaje en Cucharas |
Impacto en el Día |
| Despertar y levantarse |
1 |
Reduce inmediatamente el margen para el resto del día. |
| Ducha y vestirse |
2-3 |
Elimina el margen para actividades cognitivas complejas. |
| Concentración en el trabajo (1 hora) |
2 |
Exige una planificación estricta y descansos forzados. |
| Una interacción social intensa |
2-4 |
Conlleva la posibilidad de una «resaca» de dolor/fatiga al día siguiente. |
| Preparar una comida compleja |
3 |
A menudo se opta por la comida más sencilla o se delega la tarea. |
| Soportar un pico de dolor |
Gasto impredecible y masivo |
Puede agotar todas las cucharas restantes, forzando la inmovilidad. |
El Apagón Inevitable: El Límite Físico
Cuando las cucharas se acaban, se apaga todo. Esta es la verdad biológica que el mundo exterior lucha por entender. No hay una reserva oculta que se pueda activar con «fuerza de voluntad», «actitud positiva» o «simplemente durmiendo más». El colapso no es una elección; es una realidad biológica de un sistema nervioso central alterado que actúa como un amplificador constante de dolor y fatiga.
La ciencia confirma que estas condiciones no son un mero laberinto psicológico o somatización, sino enfermedades complejas. El cansancio extremo asociado a estas patologías no se cura durmiendo; el dolor no atiende a lógicas visibles ni responde a la medicación convencional. No es pereza, es el límite físico del organismo. La fatiga crónica es un agotamiento celular que el cuerpo no puede reponer con el descanso normal.El Dolor de la Elección Perpetua
Sin embargo, lo más duro, lo más corrosivo de vivir bajo la Teoría de las Cucharas, no es la escasez en sí misma. Lo más doloroso es la obligación perpetua de elegir. Vivir se convierte en una negociación constante, un dilema moral diario que la persona sana nunca tiene que afrontar. Es la constante aritmética del sacrificio:
- Si hoy trabajo para cumplir con mis responsabilidades, quizá mañana mi cuerpo sea plomo, obligándome a la inmovilidad y al aislamiento.
- Si invierto mis últimas cucharas en cuidar a otros (familia, pareja, hijos), tal vez no me queden fuerzas para cuidarme (cocinar, tomar medicación, aseo personal), lo que inevitablemente me llevará a un colapso.
- Si simulo «normalidad» para no preocupar, para encajar en el entorno social o para evitar preguntas incómodas, la factura llegará después, inexorablemente, en forma de una crisis de dolor o agotamiento que puede durar días.
Es una vida donde el ocio, la espontaneidad y las obligaciones se miden con la misma, escasa unidad de valor. Se debe practicar el «arte de priorizar despiadadamente», lo que a menudo implica renunciar a sueños, planes y relaciones.La Sabiduría de Sostenerse
Vivir con dolor crónico y fatiga es vivir con una matemática distinta. Es aprender la valentía de decir «no» sin sentir culpa y la profunda sabiduría de adaptar la vida al cuerpo, y no al revés. Es un proceso constante de redefinición de los límites.
La conclusión de la Teoría de las Cucharas es una lección fundamental de supervivencia: entender, finalmente, que descansar no es un lujo, sino la única forma de sostenerse. Es un acto de gestión energética, no una señal de debilidad moral. Esta comprensión es vital para la propia persona y para quienes la rodean, transformando la incomprensión en empatía y la culpa en dignidad.
por Marta Bonet | Feb 4, 2026 | Pelusamientos |
Qué difícil y desagradable es cuando el mundo gira sin permiso y el vértigo no avisa. No pide turno ni da margen. Llega y lo arrasa todo.
De pronto, la habitación se convierte en un carrusel desbocado, el suelo pierde su pacto con la gravedad y el cuerpo deja de obedecer. No hay arriba ni abajo, solo un giro feroz que empuja al pánico.
El estómago se rebela, el vómito aparece como una sacudida inevitable, y la conciencia —tan entrenada para resistir— queda reducida a una súplica muda: que pare, por favor, que pare.
En mi caso no nace del oído, sino de un lugar más profundo y traicionero: la cervical y el sistema neurológico.
Es otro síntoma más de una lista que ya pesa demasiado. El vértigo no duele como una herida abierta, pero aterra. Porque no se puede negociar con él. Porque cuando aparece, no hay voluntad que valga, ni actitud positiva que lo frene, ni fuerza que lo domestique.
La pérdida total de control es, quizá, lo más difícil de aceptar en cualquier proceso de dolor.
He aprendido que hay miedos que no son controlables a corto plazo, como los vértigos y el miedo a caer, a desorientarse, a no poder sostenerse en pie. El miedo a que ocurra en la calle, en un lugar público, conduciendo. Por eso hace casi dos años que no cojo el coche. No por falta de ganas, sino por respeto al riesgo.
El vértigo me ha robado certezas cotidianas y me ha obligado a vivir con una vigilancia constante, con la sensación de estar —a veces— a la deriva.
Hoy he pasado por #urgencias. Me han medicado para frenar el giro y calmar las náuseas.
Ojalá mañana el mundo vuelva a colocarse en su sitio, aunque sea con cuidado, aunque sea despacio.
En los procesos largos, cualquier pequeño alivio es una victoria silenciosa.
Aceptar que hay batallas que no se ganan luchando es un aprendizaje duro. A veces, sobrevivir consiste en rendirse al momento, tumbarse, cerrar los ojos y esperar a que la tormenta interna amaine.
❤️ Hoy le pido al mundo que deje de girar, le pido tregua y estabilidad…
El vértigo no avisa. Es un asalto sin declaración de guerra, un tirano que no pide turno ni da margen para la negociación. Llega y lo arrasa todo con la furia de un ciclón interno. De pronto, sin una causa aparente que el consciente pueda procesar, la habitación que antes ofrecía refugio se convierte en un carrusel desbocado, un tiovivo infernal girando a una velocidad incomprensible. El suelo, ese pacto milenario con la gravedad que damos por sentado, pierde su fiabilidad, se desliza y se inclina de forma caprichosa.
El cuerpo, esa máquina de precisión entrenada para la verticalidad, deja de obedecer. Las señales se confunden; no hay arriba ni abajo, solo un giro feroz, implacable, que empuja directamente al pánico más primitivo. La mente se nubla con la urgencia de detener el movimiento, una súplica muda que se repite como un mantra desesperado: que pare, por favor, que pare.
A la desorientación se suma la traición física: el estómago se rebela ante el caos. Las náuseas son un oleaje interno que culmina en el vómito, una sacudida inevitable que drena las pocas energías que quedan. En esos momentos, la conciencia, tan entrenada para la resistencia y el control, queda reducida a esa única y simple necesidad de estabilidad.
En mi caso particular, la traición es más profunda y traicionera aún. No nace del oído, donde suele originarse el vértigo más común. Proviene de un lugar más oscuro: la cervical y el sistema neurológico. Es un síntoma más en una lista de dolencias que ya pesa demasiado sobre los hombros, un recordatorio constante de la fragilidad del organismo. El vértigo no inflige el dolor agudo de una herida abierta, pero aterra. Su terror reside en la imposibilidad de negociar con él.
Cuando el vértigo se presenta, no hay voluntad férrea que valga, ni actitud positiva que consiga frenarlo, ni fuerza física o mental que lo domestique. La pérdida total y absoluta de control es, quizá, la lección más difícil y humillante que se debe aceptar en cualquier proceso crónico de dolor o enfermedad. Es un rendirse forzoso a una fuerza superior.
Este miedo se ha materializado y ha dejado de ser una simple aprensión imaginaria. Se ha convertido en el miedo real a caer en mitad de la calle, a desorientarse por completo en un lugar desconocido, a no poder sostenerse en pie y quedar a merced de la situación. Y, de forma específica, en el miedo a que ocurra conduciendo, ese acto cotidiano que exige concentración y control absoluto.
Por respeto a ese riesgo innegociable, y por pura autoprotección, hace casi dos años que las llaves del coche no salen del cajón. No es una falta de ganas, sino una lección de prudencia forzada. El vértigo ha robado certezas cotidianas, esas pequeñas seguridades que conforman la vida normal, y ha obligado a vivir con una vigilancia constante. Es la sensación perpetua de estar al borde del abismo, a la deriva, sin un ancla segura a la que aferrarse.
Hoy, la intensidad del giro me ha llevado a urgencias. Me han medicado para frenar el movimiento implacable y calmar las náuseas que agotan. La esperanza, humilde y pequeña, se aferra a la posibilidad de que mañana el mundo decida, por fin, volver a colocarse en su sitio, aunque sea con cuidado, aunque el regreso a la normalidad sea un proceso lento y gradual. En los procesos largos, donde las victorias son escasas, cualquier pequeño alivio químico o temporal se siente como una victoria silenciosa y profundamente merecida.
Aceptar que hay batallas que no se ganan con la lucha, sino con la rendición, es un aprendizaje arduo que la enfermedad impone. A veces, la única forma digna de sobrevivir a la tormenta es rendirse al momento, tumbarse, cerrar los ojos y esperar con una paciencia forzosa a que la turbulencia interna amaine por sí misma. No hay otra opción.
Hoy le pido al mundo que deje de girar con este frenesí violento. Le pido tregua, silencio y estabilidad, aunque solo sea por un día.
por Marta Bonet | Feb 1, 2026 | Pelusamientos |
Hay momentos —largos, silenciosos— en los que la vida se detiene por dentro. No porque una haya dejado de intentarlo, sino porque el cuerpo, el alma o la cabeza ya no pueden seguir el ritmo de antes. Mientras alrededor todo parece avanzar, florecer, resolverse, una permanece quieta. Y en esa quietud, el dolor —físico, emocional, mental o espiritual— ocupa espacio, confunde, agota y hace dudar del propio valor.
Lo sé porque lo vivo. Y porque en ese territorio incierto he aprendido que no todos los dolores se parecen, ni todos los procesos tienen el mismo pulso. Cada herida tiene su idioma, sus tiempos, sus límites. Compararse solo añade peso a lo que ya cuesta sostener.
En medio de esa confusión, a mí me acompaña una fábula antigua: la del helecho y el bambú. El helecho brota rápido, cubre el suelo de verde casi sin esfuerzo. El bambú, en cambio, pasa años sin dar señales. Desde fuera parece que no ocurre nada. Pero bajo la tierra, lejos de la mirada ajena, el bambú está haciendo algo esencial: está echando raíces.
No lo hace mejor ni peor. Lo hace a su manera. Y durante ese tiempo no florece, no impresiona, no demuestra nada. Simplemente sobrevive, se adapta, se prepara.
La resiliencia, al menos como yo la entiendo ahora, no es heroicidad ni superación constante. No es aguantar más, ni llegar antes. Es permanecer cuando cuesta. Es permitirse no poder. Es aceptar que hay etapas donde vivir ya es suficiente.
A veces el crecimiento no se nota porque está ocurriendo en capas profundas: aprendiendo a escucharse, a pedir ayuda, a soltar exigencias, a redefinir lo que significa avanzar. Y eso también es vida.
Si hoy estás cansada, cansado, si sientes que vas más lento o que no llegas a donde otros llegan, quizá no te falte fuerza. Quizá estés echando raíces. Y eso no tiene calendario, ni garantías, ni obligación de florecer a la vista de nadie.
Yo hoy no me exijo brotes. Me acompaño en el proceso. Porque incluso en la quietud más dura, seguir aquí ya es una forma de crecer.
Hay momentos —largos, silenciosos y a veces desorientadores— en los que la vida se detiene, pero solo por dentro. No es un acto de rendición, ni mucho menos de pereza o de haber dejado de intentarlo, sino el aviso contundente y necesario de que el cuerpo, el alma o la cabeza han llegado a un punto de saturación crítica y ya no pueden sostener el ritmo frenético, a menudo autoimpuesto y socialmente exigido, de antes. Es un parón biológico disfrazado de estancamiento.
Mientras a nuestro alrededor la corriente de la vida parece implacable y ajena —todo avanza a una velocidad vertiginosa, las luces de los proyectos florecen espectacularmente para otros, y las vidas ajenas parecen resolverse con una facilidad pasmosa, casi insultante—, una permanece dolorosamente quieta. Esta quietud no es una elección de ocio, sino un estado de profunda absorción de la propia realidad. Y en esa inmovilidad interna, el dolor —sea físico, crónico, emocional, mental, o la sutil pero persistente fatiga espiritual que carcome la voluntad— toma el control, se sienta en el centro de la conciencia. Ocupa un espacio central, confunde la dirección y el propósito de cada día, agota las reservas de energía que no se sabía que existían y, lo más insidioso de todo, siembra una duda amarga y persistente sobre el propio valor, la capacidad de volver a funcionar y la posibilidad real de seguir adelante.
Lo sé con la certeza dura y profunda que solo otorga la experiencia vivida, la que se gana a base de tropiezos y lentas recuperaciones. Lo sé porque lo vivo, en sus matices más grises y en sus embates más feroces. Y es en ese territorio incierto, bordeado por la niebla densa de la inseguridad y la impaciencia, donde he aprendido una verdad fundamental: no todos los dolores son intercambiables ni tienen el mismo peso social, ni todos los procesos de curación o de adaptación a un nuevo límite tienen el mismo pulso vital. Cada herida es radicalmente única; tiene su propio idioma silente, sus propios tiempos intrínsecos de latencia y recuperación, y unos límites innegociables que desafían la lógica del fast-track moderno. Compararse con el ritmo o el «éxito» visible de otros en el proceso de vida o curación solo sirve para añadir un peso innecesario, injusto y paralizante a lo que ya resulta tremendamente difícil de sostener.
En medio de esa confusión existencial, de esa sensación de estancamiento profundo que a menudo nos asalta en la vida adulta, cuando los resultados visibles se demoran más de lo que la cultura del rendimiento permite y la paciencia comienza a flaquear peligrosamente, a mí me acompaña una fábula que funciona como un faro de paciencia, perseverancia y una comprensión profunda de los procesos naturales y necesarios: la atemporal historia del helecho y el bambú. Esta metáfora botánica ofrece una perspectiva radicalmente reveladora sobre las diferentes estrategias del éxito, el crecimiento y la manifestación.
El helecho, con su naturaleza exuberante, su impulso por la manifestación inmediata y su visibilidad rápida, brota casi de inmediato al ser plantado. Cubre el suelo de un verde vibrante y visible en muy poco tiempo, con un esfuerzo que parece mínimo para el ojo inexperto. Su crecimiento es rápido, superficial y espectacular, proporcionando una gratificación instantánea, tanto para sí mismo al cubrir su entorno como para el observador que busca resultados rápidos y cuantificables. Representa la acción visible, el ‘hacer’ frenético que la cultura moderna tanto valora, premia y exige. Es el símbolo de la productividad inmediata, la que se puede fotografiar y mostrar.
El bambú, sin embargo, en un contraste radical y una lección magistral de lo que se podría malinterpretar como inacción o fracaso, sigue un camino diametralmente opuesto. Pasa años, a veces hasta cinco ciclos completos de estaciones, sin dar la más mínima, la más ínfima señal de vida visible sobre la superficie de la tierra. Desde fuera, para el observador impaciente, para el agricultor que sembró la semilla y espera la cosecha, parece que no ocurre absolutamente nada. Se percibe como una semilla fallida, una inversión de tiempo perdida, un proyecto abandonado o sencillamente estancado. La duda, la frustración y la tentación de abandonar se asientan ante esa aparente quietud.
Pero bajo la tierra, en la oscuridad nutritiva, húmeda y lejos de la mirada juiciosa y demandante de los demás, el bambú está haciendo algo de una importancia capital y fundacional: está echando raíces. Está construyendo un sistema radical, vasto, intrincado y profundamente anclado, que será la base, el esqueleto invisible e innegociable, de su futura fortaleza, resiliencia inquebrantable y crecimiento descomunal. Cada día de esos cinco años de aparente inactividad, mientras el helecho se regocija en su gloria superficial, el bambú está consolidando la estructura que le permitirá, en el momento preciso y de forma casi milagrosa, crecer hasta treinta metros en tan solo seis semanas.
El bambú no lo hace mejor ni peor que el helecho. Simplemente lo hace a su manera, con su estrategia vital única. Y durante ese tiempo de silencio subterráneo, no necesita florecer, no tiene por qué impresionar a nadie, ni tiene la obligación de demostrar nada a la superficie. Simplemente sobrevive a las inclemencias en su proceso, se adapta a las condiciones de su entorno con paciencia telúrica y se prepara metódicamente para el crecimiento exponencial que vendrá después, cuando su base sea verdaderamente sólida, inamovible y esté completamente listo. Su quietud inicial es una inversión, no un defecto. Es la manifestación de una paciencia radical y la comprensión de que la fuerza real, la que perdura y resiste las tormentas, se construye primero en la invisibilidad.
por Marta Bonet | Ene 28, 2026 | Pelusamientos |
Con la #fibromialgia, la anatomía se comunica en dialecto desconocido, idioma de cristal donde la piel se vuelve frontera y tensa nervios. Es una existencia sin filtros, expuesta a cortocircuitos constantes.
El dolor no se limita a huesos,músculos, se derrama hacia los sentidos. La luz no solo ilumina, a veces corta; el ruido no solo suena, percute; los olores no solo huelen, invaden. Es como despertar en un mundo que ha olvidado el susurro para comunicarse a gritos, donde alguien subió el volumen de la realidad y escondió el mando.
Lo que antes era caricia del entorno, ahora puede transformarse en golpe. Una luz blanca que hiere. Un sonido que taladra la calma. Un aroma que entra sin llamar y satura el aire.
Nada de esto es rendición, es inteligencia sensorial en un sistema distorsionado. Los cables internos vibran, enviando tormentas eléctricas al cerebro, y cada exceso deja un poso que tarda horas, o días, en borrarse. Vivir con fibromialgia también es aprender a diseñar refugios: adaptar hábitos y estímulos como forma profunda de autocuidado.
La casa se vuelve santuario. Se domestica la luz, buscando tonos de atardecer: bombillas que no hieran, penumbras que abrazan. Las cortinas filtran el día con dulzura. El silencio se custodia como bien preciado, protegido con pausas y quietud deliberada.
Fuera, el cuerpo también pide armadura. Las gafas de sol no son vanidad, son escudo. Los auriculares u orejeras no aíslan por desdén, sino por supervivencia: contienen impacto sonoro para que el sistema nervioso no viva en alerta constante.
Los aromas dejan de ser adornos para convertirse en bálsamos o enemigos. Se huye de lo químico y estridente para buscar perfumes de calma: olores a limpio, aire, lluvia. Fragancias que acompañan sin imponerse, que no empalagan, que respetan. Velas solo si prometen consuelo.
Nada de esto es flaqueza: es sabiduría biológica. Arquitectura de respeto hacia un cuerpo que libra batallas invisibles. No se trata de encoger la vida, sino de hacerla habitable.
Y cuando el mundo baja la voz, aunque sea un instante, el cuerpo lo agradece. Los cables se destensan. Y el dolor, por fin, descansa un poco.
Con la fibromialgia, la anatomía deja de ser un mapa familiar para convertirse en un territorio inexplorado, comunicándose en un dialecto críptico y doloroso. Es un idioma de cristal, frágil y cortante, donde la piel se transforma en una frontera hipersensible, y los nervios permanecen tensos en un estado de alerta perpetua. Es una existencia sin el amortiguamiento que el cuerpo sano ofrece, constantemente expuesta a cortocircuitos sensoriales que agotan la reserva energética.
El dolor no es una sensación localizada; trasciende los confines de huesos y músculos. Se derrama, como una marea silenciosa, hacia todos los sentidos, distorsionando la percepción de la realidad cotidiana. La luz deja de ser un simple medio para iluminar, a menudo se percibe como una agresión, una cuchilla que hiere la retina. El ruido no solo suena; percute con la fuerza de un martillo, taladrando la calma y resonando en el sistema nervioso. Los olores no solo se huelen; invaden, saturan el espacio personal y desatan reacciones físicas. Es una experiencia análoga a despertar en un mundo donde se ha olvidado el matiz y el susurro, donde la comunicación se realiza a gritos, y donde el volumen de la realidad ha sido intencionalmente subido al máximo, con el mando regulador escondido o fuera de alcance.
Lo que para otros es la caricia amable del entorno —un sol de mañana, una conversación animada, el aroma de una comida—, para quien vive con fibromialgia puede transformarse en un golpe sensorial. Una luz blanca de neón en un supermercado puede ser una tortura visual. Un claxon o una sirena, un sonido que taladra la calma y deja un eco de tensión. Un aroma fuerte, ya sea un perfume químico o un ambientador estridente, entra sin pedir permiso, satura el aire y deja una sensación de intoxicación.
Sin embargo, esta respuesta exacerbada no es una rendición, sino una forma de inteligencia sensorial adaptativa en un sistema biológico fundamentalmente distorsionado. Los cables internos del cuerpo vibran a una frecuencia demasiado alta, enviando tormentas eléctricas de hiperactividad al cerebro. Cada sobrecarga, cada exceso sensorial o físico, deja un poso tóxico de agotamiento y malestar que no se resuelve con una simple noche de sueño; tarda horas, a veces días, en desvanecerse. Vivir con fibromialgia implica, por necesidad vital, aprender a diseñar y construir refugios. Se convierte en un ejercicio constante de adaptar hábitos y controlar el flujo de estímulos externos como la forma más profunda y esencial de autocuidado.
El primer santuario es, a menudo, la propia casa. Se domestica la luz con meticulosidad, buscando tonos suaves que imiten el atardecer, alejándose de las bombillas frías y agresivas. Se favorecen las penumbras que abrazan y calman. Las cortinas no solo decoran, sino que filtran la dureza del día con dulzura. El silencio se custodia como el bien más preciado, protegido con pausas deliberadas, momentos de quietud absoluta y la reducción consciente del ruido doméstico.
Fuera de este refugio, el cuerpo demanda una armadura protectora invisible. Las gafas de sol no son un accesorio de vanidad, sino un escudo óptico indispensable. Los auriculares o las orejeras no son un signo de desdén social, sino una herramienta de supervivencia sensorial: contienen el impacto sonoro y evitan que el sistema nervioso viva en un estado de alerta y sobresalto constante, que perpetúa el ciclo de dolor.
Incluso los aromas deben ser renegociados. Dejan de ser un simple adorno para convertirse en bálsamos curativos o, por el contrario, en enemigos declarados. Hay una huida instintiva de todo lo químico, artificial y estridente. Se buscan aromas que induzcan calma: olores a limpio, a aire fresco, a tierra después de la lluvia. Fragancias que acompañan sin imponerse, que son sutiles, que no empalagan y que, sobre todo, respetan la fragilidad del sistema. Las velas, solo si prometen el consuelo de un olor natural y tenue.
Nada de esto debe interpretarse como flaqueza o exageración: es sabiduría biológica en acción. Es la arquitectura del respeto hacia un cuerpo que libra batallas invisibles y que exige límites claros para sobrevivir. No se trata, en absoluto, de encoger la vida hasta hacerla insignificante, sino de remodelarla con precisión para hacerla verdaderamente habitable. Y es en esos momentos, cuando el mundo circundante decide bajar la voz, aunque sea por un instante fugaz, cuando el cuerpo puede, por fin, dar las gracias. Los cables internos se destensan. La tensión acumulada se relaja. Y el dolor, por fin, consigue un pequeño y merecido descanso.
por Marta Bonet | Ene 24, 2026 | Pelusamientos |
La noche, que debería ser descanso, se convierte en campo de batallas invisibles.
Anoche, mis pies, lejos de reposar, se transformaron en conductores involuntarios de electricidad errática. No es un dolor reconocible, ni calambre muscular que se pueda estirar y domesticar. Es respingo súbito, doloroso chispazo que sacude el empeine y me expulsa de la quietud, da miedo y pone mis sentidos en alerta.
Es tiranía de la aleatoriedad, esa que dicta que mi condición no solo duela, sino que no siga reglas. Hoy el pie. Mañana el cuello. Pasado, silencio.
Mi sistema nervioso, guardián que lleva demasiado tiempo en alerta máxima, ha perdido control. Dispara alarmas, envía descargas sin peligro real, durante horas, cada veinte segundos: tiempo que necesita para liberar la señal y reiniciarse. Entre descarga y descarga queda una resaca de desagradable hormigueo, y muchas preguntas en la oscuridad.
Pero hoy abrazo verdad que me sostiene: esto no es psicológico, es desorden neurológico y disfunción del procesamiento sensorial.
No es mi mente, es mi cableado interno exhausto pidiendo auxilio. Es hiperexcitabilidad de un sistema nervioso que ha soportado demasiado dolor mucho tiempo y se ha estropeado al cronificarse. Es físico, aunque no se vea fácilmente en pruebas.
Y frente a ese vértigo, aparece una palabra-medicina: propiocepción.
Mis nervios disparan porque, en el vacío blando de la sábana, no saben dónde terminan. No sienten borde, apoyo. Se sienten inseguros, entran en pánico y se manifiestan.
La respuesta no es luchar, tensar cuerpo o corregir síntoma, sino dar referencia y anclaje.
La propiocepción es recordarle al cuerpo dónde está y que el cerebro lo procese correctamente. Es ofrecerle contacto firme de calcetines, peso constante de una manta, apoyo claro contra el colchón. Es darle información física estable para que el sistema nervioso deje de temblar y disparar descargas a ciegas. Es decirle al nervio que vibra: estás sostenido, para facilitar la regulación neurológica y se calme.
❤️ Comprender que me ocurre no elimina síntoma, pero cambia algo esencial: el cuerpo deja de vivirse como amenaza constante y el miedo se disipa un poco…
La noche, ese santuario prometido para el descanso y la restauración, se ha transformado, sin previo aviso, en un campo de batallas invisibles. Es la hora en que el mundo se silencia, pero mi cuerpo decide gritar.
Anoche, mis pies, lejos de reposar en la quietud merecida, se transformaron en conductores involuntarios de una electricidad errática y desbocada. No hablamos del dolor reconocible, ese que tiene nombre y se puede rastrear hasta un músculo fatigado o un calambre fugaz que cede ante un estiramiento y la voluntad. Esto es distinto. Es un respingo súbito, un doloroso chispazo que irrumpe con la furia de un rayo diminuto, sacudiendo el empeine con una intensidad que me expulsa de la buscada quietud. Es un fenómeno que no solo duele, sino que da miedo y dispara mis sentidos a un estado de alerta máxima, como si un depredador invisible acechara bajo la manta.La Tiranía de la Aleatoriedad Neurológica
Esta es la tiranía de la aleatoriedad, la firma más cruel de mi condición. Es la que dicta que el dolor no solo sea intenso, sino que se niegue a seguir cualquier patrón lógico. Hoy es el pie, ese punto caliente bajo la sábana. Mañana podría ser el cuello, rígido e hipersensible. Pasado, tal vez, una tregua, un silencio que solo sirve para acentuar la anticipación del siguiente ataque.
Mi sistema nervioso, ese guardián incansable cuya función es protegerme, lleva demasiado tiempo operando en alerta máxima. Ha perdido el control, agotado por la sobreexposición crónica al dolor. Ahora, actúa como un detector de humo con la sensibilidad rota: dispara alarmas falsas, envía descargas sin un peligro real que las justifique. Este ciclo de emergencia se repite durante horas, con una precisión exasperante: cada veinte segundos, el tiempo exacto que mi sistema parece necesitar para liberar la señal eléctrica y reiniciarse, solo para volver a disparar. Entre descarga y descarga, queda una resaca de desagradable hormigueo, un eco eléctrico que se desvanece lentamente, dejando a su paso solo preguntas en la oscuridad.El Auxilio del Cableado Interno: Hiperexcitabilidad
Pero hoy, abrazo una verdad fundamental que me sirve de anclaje: esto no es psicológico. La narrativa de que «está en mi cabeza» es una simplificación peligrosa y falsa. Lo que experimento es un desorden neurológico, una disfunción objetiva en el procesamiento sensorial.
No es mi mente la que me traiciona, sino mi cableado interno, exhausto y sobrecargado, pidiendo auxilio. El diagnóstico no oficial, pero íntimamente cierto, es la hiperexcitabilidad de un sistema nervioso que ha soportado la carga de demasiado dolor durante demasiado tiempo. Al cronificarse el dolor, el sistema de transmisión se ha estropeado, volviéndose hiperreactivo. Es un fenómeno profundamente físico, aunque su naturaleza microscópica a menudo lo oculte de las pruebas de imagen convencionales.El Poder de la Propiocepción: Anclaje y Referencia
Frente a este vértigo de chispazos nocturnos, aparece una palabra que funciona como bálsamo y medicina: propiocepción.
Mis nervios disparan porque, en el vacío blando y sin fronteras de la sábana, han perdido su mapa. No saben dónde terminan ni con qué se limitan. No sienten un borde claro, un apoyo firme. Al carecer de esta información sensorial estable, se sienten inseguros. Entran en pánico y se manifiestan con esos tirones y calambres eléctricos.
La respuesta más sabia no es luchar contra el síntoma, tensar el cuerpo o intentar corregir la descarga. La respuesta es dar referencia y anclaje.
La propiocepción es el sentido que le recuerda al cuerpo dónde está cada parte de él en el espacio y cómo debe procesar esa información el cerebro. Es ofrecerle al sistema nervioso una fuente de contacto firme y no amenazante:
- El peso constante y reconfortante de una manta pesada.
- El abrazo ceñido de unos calcetines compresivos.
- El apoyo claro y sólido contra el colchón.
- La conciencia de la superficie de contacto.
Es darle al nervio vibrante una información física estable e inequívoca para que deje de temblar y disparar descargas a ciegas. Es decirle al sistema de alarma: «Estás sostenido, estás seguro». Esta infusión de datos estables facilita la regulación neurológica, permitiendo que el sistema se calme gradualmente y regrese a un estado de reposo.
❤️ Comprender la raíz de lo que me ocurre —el desorden sensorial y la hiperexcitabilidad— no elimina el síntoma de inmediato, pero cambia algo esencial y profundo: el cuerpo deja de vivirse como una amenaza constante que requiere pánico, y el miedo, el peor combustible del dolor crónico, se disipa un poco, permitiendo que la noche vuelva a ser, al menos, un lugar más habitable.
por Marta Bonet | Ene 17, 2026 | Pelusamientos |
El impacto del clima en la fibromialgia es innegable. Mi cuerpo lo anuncia con precisión dolorosa, antes incluso de que empiece a llover.
Desde hace dos días, algo en mí se tensa y se apaga, anticipando la llegada de un frente frío que trae tormenta, lluvia y niebla a Mallorca. Es una cuenta atrás silenciosa que activa un brote de potente dolor generalizado.
Las cervicales se convierten en epicentro, y desde ahí el malestar se expande como un incendio lento por huesos y articulaciones. La sensación se parece a incubar una gripe feroz: ese dolor total que paraliza y vacía energía.
Vivir sola en estos días lo vuelve todo más complejo.
Gestos cotidianos —cocinar, encender la chimenea, ducharme— se transforman en pequeñas odiseas que exigen tiempos lentísimos y gasto enorme de fuerzas. Cada movimiento es una negociación con el cuerpo.
Aun así, me sostengo en lo aprendido. Cierro los ojos y respiro con conciencia, como me enseña Leyre en yoga restaurativo. Descargo tensiones con los ejercicios que Alberto, mi fisioterapeuta, me ha mostrado en este tiempo de adaptación constante. No para vencer el dolor, sino para convivir con él sin que me arrase. Entumecimiento, cansancio y rigidez siguen ahí, pero intento que no me desmoralicen.
Aprender a habitar los brotes es un aprendizaje profundo. Poco a poco me hago sitio en esta nueva realidad: economizo la energía, priorizo, acepto. Aprovecho días buenos para preparar los malos: cocino y guardo, acerco leña a la chimenea tronco a tronco, ordeno la casa pensando en cuando no pueda. Todo es estrategia, cuidado y previsión.
Escribir es una de mis terapias más fieles. Volcar aquí el dolor le quita poder; lo transforma en relato y resistencia. Cada persona debe buscar sus armas para la batalla del dolor y resiliencia.
Mientras llueve fuera y el mundo se vuelve gris, busco presencia. Escucho el repiqueteo del agua en los cristales y trato de encontrar calma.
Hoy duele todo, y me doy permiso. En pijama, con calcetines gordos, contemplo y acepto la tormenta con paciencia (Mari mi psicóloga me enseña a tenerla).
Todo es adaptación.
❤️ El dolor no va a gobernar mi vida. Después de la tormenta, siempre sale el sol.
El impacto del clima en la fibromialgia es una verdad ineludible, una certeza que mi cuerpo proclama con una precisión tan dolorosa como innegable, mucho antes de que el primer indicio de lluvia se manifieste en el cielo. Mi organismo, que ha desarrollado una sensibilidad casi barométrica, se convierte en un oráculo del malestar.
Desde hace dos días, una densa capa de tensión y agotamiento se ha cernido sobre mí. Es la señal inequívoca que anticipa la llegada de un frente frío significativo que promete arrastrar consigo una tormenta persistente, lluvia torrencial y una niebla espesa que envolverá Mallorca. Es una cuenta atrás silenciosa, pero devastadora, que mi sistema nervioso registra con antelación, desencadenando un brote de potente dolor generalizado que me inmoviliza progresivamente.
El epicentro de esta crisis se localiza, como casi siempre, en mis cervicales, un punto neurálgico desde donde la tensión y el malestar irradian con furia. Desde allí, el dolor se expande como un incendio lento y sordo, afectando cada hueso, cada articulación y cada fibra muscular de mi cuerpo. La sensación es idéntica a incubar una gripe feroz, de esas que te clavan en la cama y te paralizan por completo: un dolor total que vacía las reservas de energía vital, dejando un rastro de entumecimiento y rigidez que parece cementar mi cuerpo a la cama.
En medio de este torbellino físico, la realidad de vivir sola añade una capa adicional de dificultad y desafío. Gestos que en la normalidad son automáticos y triviales —como preparar una comida nutritiva, encender la chimenea para combatir el frío húmedo que se cuela por las paredes, o la simple y necesaria acción de ducharme— se transforman en pequeñas odiseas. Cada una exige tiempos lentísimos y un gasto de fuerzas totalmente desproporcionado. Cada movimiento es medido, una delicada negociación con el cuerpo que duele. Hay que pensar dos veces cada acción para economizar la poca energía disponible.
Aun así, a pesar de la adversidad, me sostengo con determinación en los recursos y herramientas que he cultivado en este camino de adaptación constante. En los momentos de mayor agobio, cierro los ojos y me obligo a anclar la mente en el presente a través de la respiración consciente y profunda. Sigo las enseñanzas de Leyre, mi maestra de yoga restaurativo y terapéutico, cuya voz suave resuena en mi interior recordándome la importancia de la pausa y la aceptación. A esto se suman los ejercicios de descongestión específicos y las posturas de alivio que Alberto, mi fisioterapeuta, me ha proporcionado. Estos ejercicios son una estrategia activa que no busca vencer al dolor —una batalla que he aprendido es inútil—, sino convivir con él sin que me arrase por completo. El entumecimiento, el cansancio abrumador y la rigidez persisten, pero la práctica constante me ayuda a intentar que no me desmoralicen.
Aprender a habitar los brotes de dolor se ha convertido en un aprendizaje profundo, casi existencial. Poco a poco, con cada crisis superada, me voy haciendo sitio en esta nueva realidad. La clave se ha vuelto una estricta economía de la energía, administrando cada gramo de fuerza disponible, junto con una priorización implacable de las tareas esenciales. Es un proceso de aceptación activa: acepto la limitación, la integro en mi planificación y sigo adelante. Aprovecho los días buenos para prepararme de manera proactiva para los inevitables días malos: cocino en grandes cantidades y guardo porciones, acerco la leña a la chimenea tronco a tronco, ordeno la casa pensando estratégicamente en cuando mi movilidad sea nula. Todo es estrategia, previsión, cuidado y una planificación rigurosa.
Escribir, en particular, se ha convertido en una de mis terapias más fieles y un ancla a la dignidad. Es fundamental entender que cada persona con una enfermedad crónica debe hallar sus propias herramientas de supervivencia y resiliencia; la escritura es la mía. Al volcar aquí el dolor, la frustración y la impotencia en el papel, les quito su poder destructivo, transformándolos en relato, en testimonio y en una narrativa de resistencia.
Mientras la lluvia sigue cayendo fuera, transformando el mundo exterior en una acuarela de grises, busco intencionadamente la presencia, intentando escuchar más allá del dolor que me atenaza. Me concentro en el repiqueteo rítmico del agua contra los cristales y trato de encontrar una calma efímera en la cadencia de la tormenta.
Hoy, la verdad es que duele absolutamente todo, y en lugar de luchar contra ello con frustración, me doy permiso para sentir ese dolor. Es una rendición táctica, no una derrota. Me quedo acurrucada en mi pijama calentito, con calcetines gordos que ofrecen un pequeño consuelo, contemplando y aceptando la ferocidad de la tormenta a través de la ventana. Mi propósito inquebrantable es superar este brote sin que la sensación de incapacidad se instale y eche raíces en mi psique. La lluvia, con su constante murmullo, parece susurrarme que el dolor disminuirá en unos días, recordándome la importancia capital de la paciencia, una virtud que trabajo intensamente en cada sesión con Mari, mi psicóloga. Todo en esta vida es adaptación constante.
❤️ El dolor podrá visitarme, podrá ser intenso, pero no va a tomar el control de mi vida ni de mi espíritu. Después de la tormenta, después de la niebla, el sol siempre vuelve a salir.
por Marta Bonet | Ene 16, 2026 | Bitácora de una operación, Blog, Diario, Marta Bonet, Uncategorized |
Hay momentos en la vida donde la pausa no es una opción, ni un capricho planificado, sino una forma profunda y necesaria de honestidad. La mía llegó sin pedir permiso, materializada en un cuerpo que gritaba dolor, en una energía que se desvanecía día tras día, y en una vida que, de manera abrupta, me exigió bajar el ritmo hasta casi detenerme. Son irrupciones que nos obligan a confrontar un espejo, uno que no siempre estamos listos para mirar, pero que muestra la verdad esencial de nuestra fragilidad y humanidad.
Desde el año 2019, mi existencia se redefinió por completo. Dos complejas cirugías cervicales y un proceso de recuperación largo y en espiral han transformado radicalmente mi relación con el tiempo productivo, con el trabajo y, sobre todo, con mi propia presencia en el mundo. Hoy me encuentro inmersa en un intenso proceso de reconstrucción personal, transitando un duelo sincero por la Marta que fui, aquella que operaba bajo el ritmo frenético de la exigencia y la autoexigencia, y sentando nuevos cimientos para la que quiero y puedo ser desde el entendimiento y respeto de mis actuales limitaciones. Mi propósito es simple, aunque no fácil: buscar la mejor versión de mí misma, justo en medio del caos.
El primer aviso resonó en 2019. Tras la primera operación cervical y un año de silencio autoimpuesto en el ámbito laboral, logré remontar. Recuperé la marcha, el gozo de un trabajo estimulante por cuenta ajena y la fe en que la tormenta era solo un recuerdo lejano, augurando un nuevo futuro profesional prometedor y diferente a mis 20 años de autónoma. Sin embargo, la vida tenía otros planes. El 22 de abril de 2024, el horizonte volvió a oscurecerse.
Una inminente segunda intervención quirúrgica abrió una etapa completamente distinta, mucho más densa y desafiante. Lo detuvo todo. Desde entonces, mi día a día es una convivencia constante y brutal con una sinfonía de ausencias y síntomas que se superponen y se niegan a negociar:
- Dolor crónico cruel y despiadado: Una presencia constante que no conoce el descanso.
- Cansancio permanente: Una fatiga que no se mitiga con el reposo.
- Niebla mental : Una densa neblina que desdibuja la memoria y la concentración.
- Sueño intermitente y destructivo: Un descanso que, en lugar de reparar, parece debilitar.
- Incendio e inmovilización persistente: Una sensación de quemazón y limitación en mi lado derecho, siendo diestra, lo cual supone una enorme dificultad para tareas cotidianas.
- Vértigos y cefáleas persistentes: Recordatorios diarios de la fragilidad de nuestro equilibrio físico.
- Un sinfín de otros síntomas incapacitantes y dolorosos, y de efectos secundarios: sufrimiento constante
Todo esto, por supuesto, ha venido acompañado de incontables terapias, gastos, tratamientos médicos agresivos y una larga lista de medicaciones con efectos secundarios igualmente despiadados, con los que lidio cada día.
Tras un año y medio habitando la incertidumbre y el agotador esfuerzo por sostener lo insostenible, siento la profunda necesidad de poner palabras a mi silencio. Lo hago como un ejercicio de honestidad conmigo misma, pero también por respeto y transparencia hacia quienes me acompañan desde el otro lado de la pantalla.
En la búsqueda incansable de respuestas entre pruebas médicas, frustraciones, lágrimas, gritos y silencios, el cuadro clínico se ha ampliado. A mis diagnósticos previos (discopatía, estenosis y listesis en región cervical, y varios síndromes canaliculares) se ha añadido un nombre más que, al fin, da sentido a muchos meses de perplejidad tras la segunda operación: Fibromialgia y Síndrome de Sensibilización neurológica central.
No comparto esta realidad desde el dramatismo, sino desde la verdad que libera. Existen realidades invisibles que no caben en una frase, pero existen. Ante ellas, uno puede quedarse anclado en todas las formas del dolor, o puede intentar transformarlo en algo constructivo. Quienes me conocen saben que me inclino por el segundo grupo, el de la transformación, el de la lucha de una humilde guerrera que batalla por equilibrar la economía del dolor y la reconstrucción desde la humanidad
Mi vida profesional sigue en una pausa obligada indefinida. Es fundamental aclarar que esta paralización no se debe a una falta de voluntad, de talento o de compromiso. Es un límite físico infranqueable. Mi cuerpo ha marcado una frontera que exige escucha atenta, cuidado profundo y una reconstrucción pausada. Estoy aprendiendo a habitar este nuevo espacio sin la urgencia impuesta por el mundo y por mi profesionalidad y carácter, con profundo respeto y una mirada más compasiva hacia mí misma, comprendiendo la economía del dolor y sus fases.
Aceptar este límite no es rendirse. Es, por el contrario, un ejercicio de profunda honestidad. Es entender que la mayor responsabilidad profesional, en ciertos momentos, comienza por el respeto a nuestra propia humanidad y a nuestras capacidades reales.
Para evitar que la oscuridad del dolor me consuma, sostengo mi innata creatividad como se protege una pequeña brasa en medio de la noche. Escribir siempre ha sido mi brújula, desde niña, y hoy se ha convertido en mi refugio, mi terapia y mi medicina más efectiva. Cierto es que mi escritura es densa y la pluma muy lenta, la concentración y la claridad de las palabras en mi nuevo presente cuesta, mucho, es torpe y lo que antes podía redactar en unas horas ahora se convierte en días, pero poco a poco trabajo en esta efectiva forma de terapia, prescrita, y escrita.
De esta profunda necesidad vital nace «Pelusa y sus Pelusamientos«. Este espacio es un rincón donde narro mi proceso para intentar, con la belleza y la reflexión que me permiten las palabras, acompañar a aquellos que también atraviesan su propio dolor, ya sea físico, emocional, psicológico o del alma. El dolor nos atraviesa a todos, sin importar el cargo, el currículum o la trayectoria, y nos obliga a la pregunta esencial: ¿Quiénes somos cuando ya no podemos sostener lo que antes nos definía? El dolor es un eje profundamente humano, el sufrimiento nos une como especie y destaca lo mejor y lo peor de cada uno. Yo opto por tratar de extraer lo mejor de mi experiencia, y de transmitirlo, aferrándome a mis valores y principios, y tratando de aportar un granito de arena a un mundo profundamente despiadado y a una humanidad enferma. Yo, lucho con amor y humor, siempre.
En este tiempo donde el hacer ha desaparecido, solo me queda el ser.
Pelusa no nace como un proyecto, una marca o una promesa comercial. Es un diario íntimo, una voz pequeña que escribe para entender, para sostenerse y para acompañar. Es mi forma de poner orden al caos del dolor, mi terapia emocional y, si puede servir, un humilde intento de poner palabras donde a otros les faltan. Porque el dolor es una experiencia integral: es físico, pero también es duelo, es pérdida, es miedo, es agotamiento del alma, es exhaustivo emocionalmente y es un impacto general cruel y despiadado. Y compartirlo, a veces, aligera la carga. Mi propósito esencial hoy es poder acompañar a personas que sufren. No resta profesionalidad, suma humanidad, y me hace más yo que nunca. El dolor tiene una parte muy hermosa si uno sabe mirarlo, observarlo y aprender en el proceso. El trauma de una vivencia así, la vulnerabilidad que supone, puede aprovecharse para ser la mejor versión de uno mismo y luchar por un propósito más coherente y honesto.
Nombrar lo que nos pasa no es una debilidad. Compartirlo en un entorno que solía ser estrictamente profesional es, a mi juicio, un profundo acto de inteligencia emocional y responsabilidad social. Hoy, mi cuerpo no me permite producir al ritmo que el mundo exige, ni al que siempre me he exigido yo, pero sigo siendo y aportando desde mi pausa:
- Pensamiento que analiza: Una mente que sigue observando y reflexionando.
- Mirada que observa el detalle: La capacidad de ver lo invisible.
- Sensibilidad que conecta: La empatía como puente hacia los demás.
- Experiencia que transforma: El aprendizaje extraído de la adversidad.
- Escritura que acompaña y abraza: La palabra como vehículo de sanación.
Sigo aquí. Más despacio, sí. Quizá más frágil. Pero también más consciente, más humana y profundamente agradecida. Estoy aprendiendo nuevas formas de estar, otras maneras de aportar y, sobre todo, una manera distinta de mirar la vida, valorando lo esencial.
Aún no tengo claro cuál será mi futuro profesional. Lo que sí sé es desde dónde quiero reconstruirme: desde la honestidad radical, la sensibilidad genuina y los valores que nos devuelven la humanidad en un mundo a menudo demasiado acelerado, frío y poco empático, y desde un entorno social y humano verdadero y con mis mismos valores. Si mis palabras, escritas como terapia personal, sirven para acompañar a una sola persona en su proceso, entonces esta pausa ya habrá cobrado un sentido incalculable, y de hecho, ya lo ha hecho, porque para empezar, esa persona soy yo misma..
Aceptar que hoy necesito ayuda incluso para las tareas más básicas ha sido el ejercicio de humildad más duro de mi vida. Sin embargo, es en esa vulnerabilidad donde he descubierto una red humana maravillosa y profundamente sanadora, mis cuidadores, terapeutas, médicos, especialistas, profesionales del dolor.
Gracias a quienes comprenden que aceptar no es claudicar, sino ser profundamente responsable con uno mismo.
Gracias a quienes me escriben mensajes que son verdaderos abrazos, recordándome que sigo «viva» en su memoria, tanto profesional como personal.
Gracias a quienes respetan mis tiempos y mis necesarios silencios.
Aunque hoy no pueda operar al ritmo que la sociedad impone, sigo estando aquí. Sigo siendo mirada, sensibilidad y experiencia. Porque compartir lo que somos, con nuestras luces y nuestras grietas, no resta profesionalidad ni carisma, muy al contrario, mostrarnos vulnerables y transparentes es tremendamente reconfortante.
Escribo estas líneas, en última instancia, para agradecer el estar ahí, al otro lado de este necesario silencio. Gracias por vuestros mensajes, por vuestro respeto, y por esa capacidad de leer lo que se esconde detrás de la ausencia. Gracias a quienes entienden que la aceptación es, de hecho, una poderosa forma de avanzar en las fases del dolor y el sufrimiento.
Sigo aprendiendo otros tiempos. Otras formas de estar y de recibir. Otras maneras de aportar, siempre desde la humildad de la palabra.
Gracias por acompañarme en este camino, incluso cuando se vuelve invisible.
por Marta Bonet | Ene 5, 2026 | Bitácora de una operación, Blog, Diario, Marta Bonet, Uncategorized |
Como muchos sabéis, en mi esencia reside una profunda veta creativa; la escritura, en particular, nunca ha sido solo un pasatiempo, sino un ancla vital que me ha permitido consolidar mi ser, dar cauce a mis emociones más profundas y, fundamentalmente, tender un puente de ayuda y comprensión hacia los demás. No es un secreto que, desde hace ya un tiempo considerable, me encuentro inmersa en un proceso vital de gran complejidad, marcado por la experiencia del dolor en sus múltiples facetas.
Es precisamente de esta encrucijada, de este camino a veces áspero y oscuro, de donde surge la figura de Pelusa. Ella es la manifestación tangible de la resiliencia, el fruto de mi capacidad de sobreponerme y transformar la adversidad. Pelusa es también el eco de mi profunda empatía, esa cualidad que me impulsa a conectar y sentir con quienes atraviesan sus propias batallas. A través de Pelusa, busco materializar y compartir con el mundo un conjunto de valores inquebrantables que me definen.
Mi principal motivación es llegar a aquellas personas que se encuentran lidiando con cualquier tipo de sufrimiento o dolor, sea este físico, emocional, existencial o de cualquier otra naturaleza. Pelusa no es solo una invención; ella es un vehículo. Un vehículo que busca acompañar a cada lector, a cada alma en pena, utilizando mi propia y personal experiencia —la suya— como espejo y guía. Aspiro a que todo aquel que se sienta identificado con el peso del sufrimiento y el dolor encuentre en sus páginas no solo consuelo, sino también la luz de la esperanza y la comprensión de que no está solo en su travesía. Pelusa es, en esencia, un abrazo escrito.

Pelusa nos convoca a un diálogo urgente y necesario sobre el dolor. No se trata únicamente de su dolor, ese que se ha instalado como huésped crónico y persistente, manifestándose en una fatiga que se niega a ceder y en la sensación de que el cuerpo es, a menudo, una carga excesiva e inmanejable. Pelusa trasciende su propia experiencia para abordar el dolor en su manifestación más amplia, profunda y esencial, reconociéndolo como una vivencia intrínsecamente humana y universal, la cual es imposible de eludir. El dolor, al final, no es patrimonio exclusivo de una dolencia física específica, ni queda limitado a un diagnóstico médico concreto. Es, en esencia, la sombra ineludible que se proyecta sobre la vida en los momentos menos previstos, una experiencia democrática y brutal que nos iguala a todos en nuestra fragilidad.
El dolor adopta innumerables disfraces, habitando los rincones más silenciosos de nuestra existencia. Se esconde en el mutismo de un duelo que no encuentra cierre, en la punzante pérdida de una fe o un sistema de creencias que antes sostenía la totalidad de nuestro mundo, o en el desamparo que sobreviene tras un desamor que nos desarma y nos deja en ruinas pieza por pieza. Emerge con la afilada traición de un amigo cercano, se aloja en el cuerpo a través de la manifestación de una enfermedad, o se transforma en el ruido blanco y constante de una ansiedad que no ofrece tregua ni respiro. Está dolorosamente presente en el fracaso estrepitoso de un proyecto vital en el que habíamos depositado nuestros sueños y ambiciones más profundos y ambiciosos. El dolor es también la punzada aguda por la muerte de una mascota querida, la desolación que nos inunda tras un incendio que borra de la faz de la tierra lo que con tanto esfuerzo habíamos construido, la herida profunda y difícil de sanar de una infidelidad, el largo y agotador camino de salir de una relación de maltrato o abuso, la devastación indescriptible de la pérdida de un hijo, la ruina económica que nos arranca el suelo bajo los pies, o cualquier caída existencial que nos fuerce a detenernos y a repensar, de manera radical, la totalidad de nuestra existencia. La forma en que se presenta, la intensidad con la que nos golpea y la resonancia que tiene en nuestras vidas pueden variar infinitamente de una persona a otra, pero el núcleo, ese denominador común que nos une en la adversidad, sigue siendo la experiencia innegable del sufrimiento.
Y ese sufrimiento, a pesar de ser la experiencia que instintivamente nadie elige para sí, es paradójicamente la fuerza más poderosa que nos moldea, que nos pule y que, en última instancia, nos hace profundamente humanos. Nos sitúa, de manera obligatoria, en un terreno común, un vasto territorio compartido donde cada uno de nosotros, tarde o temprano, se verá forzado a transitar por las complejas, dolorosas y a veces caóticas fases del dolor: la negación inicial que busca proteger, la rabia justificada que explota, la tristeza profunda que inunda, el desconcierto que paraliza y desorienta, y, por último, el lento, titubeante pero indispensable proceso de la reconstrucción personal. Si logramos encontrar el valor, no para evitarlo o huir de él, sino para mirar este dolor de frente y aceptarlo como parte de nuestra historia, tiene el potencial de transformarse en una escuela inesperada y profunda de valores esenciales para la convivencia humana. De él puede nacer una empatía que se siente, una compasión que nos conecta con el otro en su dolor, una solidaridad activa y desinteresada, una ternura que desarma toda coraza, una escucha que es realmente honesta y un acompañamiento que se siente tangible, real y profundamente presente.
Nuestra sociedad contemporánea se define, cada vez más, por una creciente frialdad emocional, una dominación implacable del interés individual por encima del colectivo, una velocidad de vida excesivamente acelerada y, lo más preocupante, una erosión progresiva de los escrúpulos y los principios éticos fundamentales. Quizá —y solo quizá— el enfrentarnos al dolor, sea este propio o ajeno, se convierta en la última, pero más significativa, oportunidad que tenemos como especie para rescatarnos de esta creciente e inquietante deshumanización. Es la pausa forzosa que la vida nos impone, obligándonos a volver a mirar el mundo y al otro despacio, con atención renovada. Nos enseña la necesidad urgente de cuidar mejor, de no pasar de largo ni permanecer indiferentes ante la herida abierta del otro, reconociéndola como propia.
Por esta razón profunda, Pelusa toma la valiente decisión de compartir su experiencia sin filtros. No lo hace desde una postura de heroicidad forzada, que busca admiración, ni desde el victimismo fácil de la pena, que busca lástima, sino desde la firmeza inquebrantable y la dignidad silente de la resistencia más pura. Su deseo esencial es que este espacio que abre al mundo se convierta en un refugio seguro, un santuario donde el sufrimiento no tenga la obligación de esconderse, ni sea objeto de juicio o condena, sino que encuentre la luz y el permiso para transformarse en algo más. Un lugar donde sea posible desenterrar la belleza que persiste, incluso en la sombra; donde se pueda hallar el humor, la reflexión más profunda y el amor más genuino, incluso en medio de los días más oscuros y difíciles.
Si se me permite formularlo, la intención que guía a Pelusa es clara y transparente: quiero estar presente en tu proceso, cualquiera que sea, a través de Pelusa y sus reflexiones, sus «Pelusamientos«. Quiero ser esa mano invisible y firme que te sostiene cuando el dolor aprieta con una fuerza que parece insoportable. Quiero caminar contigo, sin importar en lo más mínimo la naturaleza específica o la profundidad de la herida que hoy te acompaña y define tu presente. El objetivo que me propongo es, paradójicamente, a la vez sencillo y monumental: aportar una dosis genuina de comprensión y sumar, con la más profunda humildad, un pequeño grano de arena para contribuir a que este mundo inmenso se sienta un poco más humano, más bello, y, con una pizca de suerte y esfuerzo colectivo, un poco más feliz.
Porque si el dolor que atravesamos, y que nos marca, logra finalmente enseñarnos a amar de una forma más profunda, más consciente, más imperfecta y, sobre todo, mejor, entonces todo el sufrimiento que hemos cargado habrá encontrado, por fin, un sentido trascendente y redentor.
por Marta Bonet | Nov 28, 2025 | Bitácora de una operación, Blog, Diario, Marta Bonet, Uncategorized |
Mi posible diagnóstico, contado desde dentro:
Después de años de dolor y problemas que no encontraba nombre exacto, hoy tengo uno posible: fibromialgia severa.

No es un término fácil de pronunciar ni de llevar, pero por fin explicaría la orquesta desordenada que lleva tanto tiempo tocando dentro de mi cuerpo.
La raíz está clara y documentada:
Todo comenzó con mi primera operación cervical, una intervención difícil que afectó al sistema nervioso y dejó señales que nunca llegaron a apagarse, de hecho, fueron a más. Aquella lesión abrió la puerta a una segunda operación en efecto dominó, y entre ambas se instaló un dolor neuropático persistente, una artrosis cervical crónica y una fatiga que ya no tenía vuelta y un puñado de síntomas y dolencias dispersas y agudización de emociones y sensaciones.
Desde entonces, mi lado derecho —mi mano dominante, mi hombro, mi brazo, mi forma de trabajar y de crear— vive en un estado extraño: hormigueos, debilidad, episodios de parálisis neurálgica, túnel carpiano, rigidez, descargas eléctricas, dolor… Y cada intento de contener ese incendio ha traído otro: meses de cortisona, morfina, pregabalina (lyrica), antiinflamatorios agresivos, duloxetina, árnica, CBD, máquina Tens y diversas terapias… toda una colección de medicamentos y procesos que ayudan, sí, pero también dejan su peaje físico y emocional.
A este escenario parece que se suma ahora la fibromialgia, que no destruye huesos ni órganos, pero sí amplifica todo: el dolor, el cansancio, los estímulos, el sueño, la mente, las emociones, incluso la piel.
Es el sistema nervioso viviendo en “modo alarma” constante, como si cada roce fuese una amenaza, como si cada día fuera demasiado para un cuerpo que ya venía roto desde hace tiempo y que se ha ido quebrando más y más.
La fibromialgia explica:
El dolor que migra sin avisar, la sensibilidad absurda a la presión, al frío o al movimiento, las emociones desbordadas, la fatiga constante y profunda que no se arregla con dormir, el insomnio que me deja rendida antes de empezar, la niebla mental que me roba palabras, el peso emocional de todo lo que llevo intentando sostener, los esfuerzos de recuperación donde cabeza, corazón y físico son totalmente incoherentes entre si.
No escribo esto para caer en la etiqueta ni para provocar lástima. De hecho no pretendo provocar nada ni forzar nada, tan sólo necesito, como siempre, escribir mi diario y vomitar mis miedos, oscuridades y fantasmas, para, de alguna manera, liberar lo negativo y seguir luchando por lo positivo. Me aporta ligereza poder expresarme, siempre. Lo escribo para darle contexto a mi realidad, a mis ritmos irregulares, a mis días imprevisibles, a mis veces de desaparecer sin quererlo, a mis reacciones, a mis estados emocionales, a mi agotamiento, y a los picos de dolores que me paralizan…
Lo escribo para que quien me quiere pueda entender que no es falta de ganas, sino un cuerpo que aprendió a sobrevivir antes que a descansar, y con eso ya tiene mucho trabajo y nada de energía restante para más. No es una cuestión de actitud, sino un problema neurológico especial.
Sigo en tratamiento, acompañada por profesionales, intentando organizar mis piezas con la mayor dignidad posible. No es un final, ni un derrumbe: es un capítulo que explicaría mucho de lo que ha pasado, de los que me ocurre cada día y que me da herramientas para lo que viene. En realidad este pre-diagnóstico me abre un mundo de esperanza: si una sabe lo que tiene, se puede tratar. Yo se que nunca volveré a mi yo de antes, de hecho ya estoy tratando médicamente ese duelo, pero con un camino claro puedo luchar hacia una dirección y alcanzar la mayor dignidad y calidad de vida posible, y antes de esto, estaba a la deriva sin un pazo claro. Por eso, estoy contenta, y por eso quiero indagar más sobre este posible diagnóstico.
No obstante yo no soy solamente mi diagnóstico. Soy alguien que está aprendiendo a vivir dentro de un cuerpo difícil, pero con una voluntad intacta de seguir adelante, paso a paso, sin renunciar a mí misma. Tengo mucho que hacer, que dar, que ofrecer, que amar, y quiero aprovechar esta reconstrucción de mi misma para tratar de aplicar todo lo que estoy aprendiendo a golpes y convertirme en mi mejor versión. Quiero aprovechar y aprender a filtrar, a amar (y amarme), a empatizar, a reforzar mis valores y principios y a tratar de convertirme en mejor persona y con una nueva vida tranquila y serena, y bella. Ese es mi objetivo. No obstante,
La fibromialgia no me define, pero sí me obliga a reescribirme.
A moverme más despacio.
A escucharme más hondo.
Sigo aquí. Con mi cuerpo roto, sí, pero con la voluntad intacta. Ajustando mis ritmos, aprendiendo otra forma de estar, y tratando de volver a mí misma con la mayor ternura posible. Gracias por acompañarme también en esta parte del camino.
El amor que tengo alrededor cobra mucho más valor, se vuelve muy importante saber que hay personas que me quieren, que empatizan, y que son solidarias con mi momento y proceso. ¡Gracias!
INFORME: Qué es la fibromialgia y qué produce
1. Definición
La fibromialgia es un síndrome crónico de sensibilización central, es decir, una condición en la que el sistema nervioso central —cerebro y médula espinal— procesa el dolor y otros estímulos de forma amplificada.
No es una enfermedad autoinmune, ni degenerativa, ni inflamatoria clásica. Su origen está en una alteración de los mecanismos que regulan la percepción del dolor y la respuesta al estrés (sobre todo emocional).
En otras palabras:
el cuerpo siente el dolor como si el “volumen” estuviera siempre demasiado alto.
2. Causas y factores desencadenantes
La fibromialgia no tiene una única causa, sino un conjunto de factores que predisponen o desencadenan el síndrome:
-
Traumas físicos previos (por ejemplo, cirugías, lesiones, accidentes).
-
Dolor crónico mantenido durante meses/años.
-
Alteraciones del sueño prolongadas.
-
Estrés físico o emocional continuado.
-
Problemas neurológicos o irritación del sistema nervioso.
-
Cambios estructurales o funcionales en la columna o zonas clave del sistema nervioso.
-
Susceptibilidad genética o predisposición familiar.
*En tu caso, Marta, encaja perfectamente:
años de dolor cervical neuropático, dos intervenciones quirúrgicas, secuelas, inflamación nerviosa, fatiga acumulada, estrés prolongado y un cuerpo sobreviviendo muy por encima de sus posibilidades y toda la carga emocional de esta situación.
3. Qué ocurre en el cuerpo
Tres sistemas se ven especialmente afectados:
A) Sistema nervioso central
-
Amplificación del dolor (hiperalgesia).
-
Dolor ante estímulos que no deberían doler (alodinia).
-
Mayor actividad de las áreas del cerebro relacionadas con la amenaza.
-
Reducción de mecanismos inhibidores del dolor (el “freno” no funciona).
B) Sistema nervioso autónomo
-
Sobreactivación del modo “alerta”.
-
Dificultad para relajarse, dormir, restaurar energía.
-
Intolerancia al estrés y a estímulos sensoriales.
C) Eje neuroendocrino e inmunológico
-
Fatiga severa.
-
Sensación gripal o inflamatoria sin infección real.
-
Mayor sensibilidad a cambios de temperatura, olores, luz o ruidos.
4. Síntomas principales
La fibromialgia es un síndrome sistémico. Los síntomas más habituales incluyen:
Dolor
- Crónico
-
Generalizado o migratorio.
- Cefaleas o dolores profundos de cabeza
- Dolor de mandíbula
- Dolor de lumbares y/o cintura
- Dolor articulaciones
-
Sensación de quemazón, pinchazos, rigidez o presión.
- Entumecimientos extremidades
-
Mayor dolor ante estímulos leves: roce, frío, peso, movimientos suaves.
Cansancio extremo
No es el cansancio normal:
es una fatiga profunda, desproporcionada y no reparadora.
Alteraciones del sueño
Dificultades cognitivas (fibro-fog)
Hipersensibilidad
-
Ruidos, luces, olores.
-
Cambios de clima.
-
Estrés emocional.
-
Tacto o presión.
Síntomas neurológicos asociados
Alteraciones músculo-esqueléticas
Otros síntomas frecuentes
-
Mareos y vértigos.
-
Problemas digestivos (colon irritable).
-
Taquicardias o palpitaciones.
-
Ansiedad reactiva.
-
Sensación de “cuerpo enfermo” sin enfermedad detectable.
5. Por qué es tan dura
Porque no se ve, pero se siente en cada esquina del cuerpo.
Porque no es lineal: hay días buenos, días aceptables y días en los que simplemente no hay fuerza ni para sostener un vaso.
Porque afecta la energía, la movilidad, la mente, las emociones y la vida social.
Porque obliga a reorganizar la vida entera.
No es mortal, pero sí tremendamente limitante. Es frustrante e induce al estado de ánimo bajo y espeso.
6. Diagnóstico
La fibromialgia se diagnostica clínicamente, basándose en:
-
Historia de dolor generalizado superior a tres meses.
-
Puntos dolorosos.
-
Evaluación del sueño, la fatiga y la cognición.
-
Exclusión de otras enfermedades.
- Diversas pruebas neuronales
No existe una “prueba definitiva”; es un diagnóstico médico fundamentado.
7. Tratamiento
No hay cura, pero sí mejoría significativa cuando se aborda de forma multidisciplinar:
-
Medicación reguladora del sistema nervioso.
-
Ejercicio suave y constante.
-
Fisioterapia especializada.
-
Terapias manuales de descarga.
-
Abordaje emocional y psicológico del dolor.
-
Técnicas somáticas y respiración.
-
Higiene del sueño.
-
Dieta antiinflamatoria.
-
Unidades de dolor (bloqueos, neuromodulación, CBD terapéutico).
-
Regulación del estrés y de la gestión de emociones.
8. Pronóstico
La fibromialgia no destruye tejidos ni invalida progresivamente. Pero sí exige cambios profundos en el modo de vivir y de cuidarse.
Con el tratamiento adecuado: muchas personas recuperan funcionalidad, estabilidad y calidad de vida.