por Marta Bonet | May 22, 2026 | Pelusamientos |
Hay dolores que no solo se sienten en el cuerpo, sino que lo ocupan todo, transformándose en una presencia constante. Son esos dolores invisibles que se sientan a la mesa, que se acuestan contigo por la noche y se cuelan en cada gesto cotidiano, convirtiendo lo que antes era rutina en un pequeño y agotador desafío. En ese punto de inflexión, el mundo se enfrenta a una realidad para la que aún no tiene el nombre exacto: no es solo el cuerpo el que sufre… es la vida entera la que duele.
Ante esta profunda y a menudo paralizante experiencia, es común que la gente mire hacia la psicología, pero lo hace con una pregunta equivocada, condicionada por viejos estigmas: “¿Necesito ir porque estoy mal de la cabeza?” La respuesta es un rotundo no. No se trata de un déficit o de una falta de cordura.
Cuando el dolor se instala, todo cambia radicalmente. La vida muta, se descoloca. La supuesta zona de confort desaparece, y lo que es peor, ni siquiera se encuentra una zona incómoda reconocible. Uno deja de reconocerse a sí mismo; las personas del entorno se sienten distantes en la nueva realidad, y también desconocidas. Paradójicamente, la casa, el refugio íntimo, puede volverse más bella y protectora que nunca, mientras que la calle, el exterior, se percibe como una amenaza creciente. La cabeza da vueltas, el mareo es constante. En ese torbellino, se necesita desesperadamente a alguien que extienda una mano, que ayude a la persona a «bajarse del mundo» por un momento, a detener el giro para poder procesar la magnitud de lo que se vive.
En mi caso particular, la decisión de buscar ayuda psicológica no se basa en que mi enfermedad sea de origen mental. No lo es. Mi patología es neurológica, es física, es completamente real y objetiva. Sin embargo, los estragos que esta deja a su paso son devastadores y atraviesan absolutamente todas las capas de lo que soy. El proceso incluye el profundo duelo por la persona que fui, con su energía y sus capacidades perdidas, incluso su belleza. Se suma la incertidumbre punzante de la que soy ahora, un yo incompleto e impredecible. Y por encima de todo, está la reconstrucción lenta, torpe, espesa, pero valiente, de una nueva versión de mí misma, una versión donde el corazón, el cuerpo y la mente se han desalineado y necesitan volver a encontrar una nueva armonía. Intentar semejante tarea sola, sin guía, sería tan imposible como tratar de reconstruir una casa en ruinas a oscuras y sin las herramientas adecuadas.
Y es por todo esto que está Mari, mi querida Mari, mi psicóloga. ( y si lo pronuncio en voz alta, suena exactamente igual de cuando whitney houston gritaba : ¡Es mi guardaespaldas!)
Ella no irrumpió en mi vida como una solución mágica o una revelación instantánea. Su llegada fue la de las personas verdaderamente importantes: con una presencia constante, pero respetuosa; una presencia que nunca invade el espacio personal, pero que tampoco se conforma con quedarse en la superficie. Mari escucha con una atención genuina, pero su trabajo no se detiene en ser un mero oído. Ella posee la intuición y el conocimiento para saber exactamente dónde tocar, qué hilo de la madeja desenredar, cuándo es necesario dejar que el silencio hable y cuándo debe incomodar un poco, empujando suavemente los límites de la zona de confort. Y sí, a veces su intervención remueve viejas heridas. A veces duele. Pero es un dolor cualitativamente diferente, esencialmente sanador: es el dolor profundo y liberador de empezar a entender (me).
En el íntimo espacio de cada sesión, Mari planta pequeñas semillas. Estas semillas no son ruidosas; no explotan en grandes revelaciones inmediatas o en fuegos artificiales de color. Son ideas sutiles que calan hondo. Y es después, en casa, en la soledad de la rutina, en medio de una crisis de dolor físico o de agotamiento emocional, cuando algo brota. Puede ser una idea que reorienta el pensamiento, una mirada distinta y menos crítica hacia mí misma, o un gesto de amabilidad y paciencia que antes no existía. Es ahí donde comprendo que el trabajo real no culmina en la consulta. Comienza a regarse en su despacho, sí, pero soy yo quien debe abonarlo, podarlo, aportar el sol, el agua y las vitaminas día a día.
Mari tiene una frescura en su trato que es difícil de verbalizar. Una empatía limpia, sin rastros de artificio o condescendencia. Y además, posee un pellizquito de humor, una chispa que encaja perfectamente con el mío, creando una conexión única. Es como si en medio de la profundidad y la gravedad de la situación, hubiese un espacio vital para respirar, para sonreír, para no tomarnos siempre la vida desde la solemnidad absoluta. En esos momentos de conexión, nos miramos a los ojos: ella con sus preciosos ojos verdes, yo con mis pupilas color chocolate a menudo dilatadas, casi como un mecanismo instintivo de defensa para poder captar toda su luz en mi oscuridad.
Con el tiempo, que ha sido relativamente corto, ella ha dejado de ser simplemente “la psicóloga” en mi mente y en mi corazón. Y ha comenzado a ser Mari.
Y entonces ocurre algo inevitable, algo precioso y fundamental en el proceso de sanación: el vínculo.
Porque, es cierto, a menudo resulta más fácil abrir el alma y exponer la vulnerabilidad ante alguien que no forma parte del entorno inmediato. Alguien que te mira no desde la historia compartida o las expectativas pasadas, sino desde el presente más real y desnudo. Pero cuando esa persona te acompaña con tal maestría y honestidad… deja de ser una extraña. Se convierte en un lugar. Mari se ha convertido en uno de mis lugares seguros más importantes. Y hoy, necesito decirlo sin filtros ni reservas: gracias.
Gracias por la forma en que sostienes mi dolor sin invadir mi espacio. Por acompañar mi camino sin imponer nunca tu dirección. Por dar la mano a mis miedos más profundos, por abrazar mis inseguridades y, vitalmente, por ayudarme a despedirme y a hacer el duelo por quien fui, sin dejar de honrarla y de entender su valor. Por estar presente, incluso cuando lo que encontramos en la consulta no es «bonito» o fácil de mirar. En este camino, donde el dolor y cansancio crónicos muchas veces desordenan todo mi universo interior, tu presencia constante y guiada ayuda a que, muy poco a poco, algo dentro de mí vuelva a encontrar su lugar, a colocarse de una manera funcional. Y eso, Mari, no es algo pequeño; de hecho, es profundamente importante para mi vida, puesto que me centras para yo ir afianzando mi propósito.
Disfruto genuinamente verte, compartir el rato de la sesión y hacerte estas confidencias. Me agrada profundamente cómo eres, y sin ningún ánimo de ser intrusiva o de cruzar líneas profesionales, sí que te digo que siempre salgo de tu consulta con unas ganas enormes de compartir más tiempo contigo, pero un tiempo diferente: tiempo de ocio, relajado y fuera de contexto, de ese que incluye una copa de vino, pies descalzos y la posibilidad de mezclar y compartir lágrimas de alegría y risas de pena.
PD. A Mª Carmen Romero Muñoz (Colegiada B03529) la podéis encontrar en Adiseb (y en el Ayuntamiento de Esporles donde la empresa y Servicios Sociales cuentan con su presencia y terapia)
por Marta Bonet | Feb 28, 2026 | Pelusamientos |
En medio del caos —del dolor, del ruido, de la incertidumbre— hay algo que puede sostenernos sin hacer demasiado ruido: los pequeños rituales de amor propio.
No hablo de grandes gestos ni de soluciones milagro. Hablo de detalles. De convertir una rutina en ceremonia. De encender una vela aromática aunque sea martes. De poner música mientras te cuidas la piel. De dedicarte diez minutos con la misma delicadeza con la que cuidarías a alguien que amas.
El equilibrio mental y emocional no siempre se construye con grandes decisiones. A veces se teje con hilos finos y cotidianos.
A mí, por ejemplo, me encanta desayunar por la tarde. No merendar: desayunar. Hace tiempo alguien muy querido me regaló una palabra que adopté como talismán: besayuno. Y desde entonces ese momento por la tarde es casi sagrado. Tortitas doradas, café caliente, zumo recién exprimido, fruta cortada con mimo. La mesa bonita, porque la estética es imprescindible para mí. La luz suave. El silencio o una canción amable.
No es solo comida. Es una declaración. Es decirme: mereces belleza aunque el día haya sido duro.
También está el ritual creativo. Dibujar sin objetivo. Escribir aunque sea lento. Crear una pequeña manualidad. Cocinar algo solo por placer. Tocar unas notas en un instrumento. Salir a pasear si el cuerpo lo permite y dejar que el aire renueve pensamientos.
Son burbujas. Instantes donde el dolor baja el volumen y la mente descansa. No desaparece la enfermedad, no se esfuma el cansancio. Pero algo se ordena por dentro.
Ritualizar lo que te hace bien es terapia. Es resistencia suave. Es recordarte que, incluso en procesos difíciles, sigues teniendo capacidad de crear belleza y de dedicártela a ti.
No esperes a estar perfectamente bien para regalarte estos momentos. Precisamente cuando todo pesa, más necesarios son.
Encuentra tu pequeño ritual. Protégelo. Hazlo tuyo. Porque sostener el alma también es parte del tratamiento.
En medio del caos más profundo —ese que nos sacude por dentro, ya sea por el dolor físico, el ruido mental incesante, o la incertidumbre crónica que carcome la esperanza y la paz interior— emerge una red invisible, un anclaje silencioso y profundamente efectivo que puede sostenernos: la práctica consciente de los pequeños rituales de amor propio.
No estamos abordando aquí soluciones rápidas, cosméticas o la autoayuda impostada y vacía que promueve el «estar bien» como un deber performativo. La clave de esta filosofía no reside en los grandes gestos que buscan, en el fondo, tapar o disimular una herida preexistente. La verdadera sanación se encuentra en la arqueología de los detalles, en la minuciosa observación y elevación de lo simple. Se trata de una alquimia sutil, pero poderosa: la transformación deliberada de la rutina anodina y a menudo mecánica en una ceremonia cargada de significado personal. Es la decisión consciente, reiterada y firme de elevar lo cotidiano a la categoría de sagrado.
¿Cómo se traduce esta filosofía a la vida diaria, especialmente cuando la energía escasea? Los rituales se convierten en microsantuarios de existencia:
Más allá de la luz funcional, encender una vela aromática o una lámpara tenue no es un mero adorno. Se hace con una intención clara y meditada, aunque el calendario marque un martes cualquiera y el día haya sido extenuante o doloroso. Que esa llama o ese halo de luz suave no sea solo un objeto, sino el punto focal visible que se elige para disipar la niebla mental y el volumen del ruido interno. Es una señal para el sistema nervioso: «Aquí y ahora, hacemos una pausa.»
Establecer un fondo sonoro para el cuidado de la piel. No ruido de fondo pasivo, sino una melodía elegida con cuidado que actúe como un metrónomo emocional. Cada aplicación de loción, cada masaje en manos o rostro, cada cepillado suave, se convierte en un acto de presencia pura. No es una tarea, sino una comunión táctil, un recordatorio de que tu cuerpo es tu hogar.
Reservar y defender diez minutos, quizás quince. No por obligación moral o un ítem más en una lista de pendientes de autocuidado, sino con la misma exquisita delicadeza, paciencia y ternura incondicional con la que atenderías a un ser amado que sufre o está fatigado. La revelación central es sencilla, pero a menudo olvidada: Tú eres ese ser amado. La pausa es una obligación amorosa, no una indulgencia culpable.
El equilibrio mental y emocional, la auténtica resiliencia ante la adversidad, rara vez se construye sobre cimientos de decisiones monumentales, de una única acción heroica que lo cambia todo. Más a menudo, la fortaleza interna se teje día a día, minuto a minuto, con hilos finos y cotidianos, imperceptibles desde fuera, pero resistentes hasta lo indecible.
Para mí, un ejemplo de este tejido cotidiano es el rito que he bautizado como el «besayuno». Hace tiempo, una persona muy querida me obsequió esta palabra —una mezcla de ‘beso’ y ‘desayuno’—, y la adopté de inmediato como mi talismán personal contra la prisa. Se trata de un acto contracultural a la tiranía de los horarios: desayunar a media tarde (lo que muchos llamarían una merienda tardía). Sin embargo, no es una simple ingesta funcional para saciar el hambre. Es un momento casi sagrado.
En esa hora específica, se despliega un festín sensorial y estético completo: tortitas doradas a la perfección, el aroma denso y envolvente del café caliente (o el té ceremonial), zumo recién exprimido, fruta cortada con esmero y colocada en un patrón armonioso. La estética es imprescindible, no opcional: la mesa debe ser bonita. La belleza externa, la composición visual cuidada, tiene un efecto inmediato y sorprendente: ordena el caos interno. La luz es suave, la fuente de sonido es el silencio o una canción melódica y amable, nunca estridente ni noticiosa.
Este acto trasciende la mera ingesta de alimentos. Es, fundamentalmente, una declaración ontológica. Es el mensaje firme, cristalino y constante que te envías a ti mismo en voz baja, pero con resonancia: “Mereces belleza, placer, descanso y mimo, incluso, y sobre todo, si el día te ha tratado con aspereza. Eres digno de este pequeño lujo de existencia. Tu bienestar no es negociable.”
A este ritual alimenticio se suma la necesidad vital del ritual creativo. Este tipo de creación no está orientada al rendimiento, al resultado final o a una meta productiva. Es creación orientada al puro juego, la exploración sin juicio y el proceso:
Dibujar sin la tiranía de un objetivo final o la obligación de que sea una «obra de arte». Solo la línea en movimiento. Escribir, aunque las palabras fluyan con una lentitud desesperante o no tengan sentido aparente. Es la liberación del caudal interno. Crear una minúscula manualidad solo por el placer de dar forma a algo bonito y tangible.Cocinar algo que requiere tiempo y atención, no por la necesidad de comer, sino por el disfrute meditativo del proceso y llenar los sentidos.Tocar unas pocas notas en un instrumento, sin la presión de una melodía perfecta, y disfrutar del proceso. Salir a pasear, sin rumbo, si el cuerpo lo permite, y dejar que el aire renueve, ventile y arrastre los pensamientos estancados y recurrentes.
Estos momentos, breves o extensos, son burbujas de oxígeno que sana. Son instantes de suspensión donde el volumen del dolor, la fatiga y la ansiedad se reduce drásticamente. La enfermedad subyacente no se esfuma, el cansancio crónico no desaparece por arte de magia, pero algo fundamental se reordena de manera esencial en el paisaje interior. La mente, antes a la deriva, encuentra finalmente una superficie de apoyo concreta y segura donde posarse.
Ritualizar lo que te hace bien es, en sí mismo, la forma más profunda de terapia. Es la resistencia más suave, pero también la más elegante y duradera. Es el recordatorio inquebrantable, en medio de procesos vitales difíciles o agotadores, de que tu capacidad de generar belleza, de recibir placer y de dedicártelo a ti mismo sigue intacta, viva y lista para ser ejercida.
La trampa más peligrosa es esperar. No esperes a estar «perfectamente bien» para regalarte estos espacios de paz, belleza y nutrición interna. La verdad es que, paradójicamente, es precisamente cuando todo pesa más, cuando la carga de la vida es insoportable, cuando la desesperanza aprieta, que estos pequeños actos de amor propio consciente se vuelven vitales y absolutamente necesarios. Son, a la vez, tu medicina preventiva contra el colapso y tu cura de urgencia contra el desánimo.
Encuentra tu pequeño ritual. Búscale un nombre íntimo que resuene contigo. Protégelo de las invasiones del exterior y de la autocrítica. Hazlo tuyo e intransferible. Defiéndelo. Porque sostener y nutrir el alma con deliberada bondad no es un capricho estético o una simple indulgencia. Es una parte indispensable, no negociable, del tratamiento necesario para seguir adelante con dignidad y fortaleza interior.