3. ¿Qué está pasando?  Primero, el impacto: irrupción y negación.

3. ¿Qué está pasando? Primero, el impacto: irrupción y negación.

Cuando un dolor impacta

Cuando un dolor irrumpe, no pide permiso. Entra. Descoloca. Rompe la continuidad de lo que parecía normal y deja al cuerpo, a la mente y al alma en una especie de silencio extraño, en una pausa incómoda, como si todo siguiera girando fuera, pero dentro de ti algo se hubiese detenido de golpe. 

Este impacto puede ser puramente físico: una crisis, un brote, una punzada, una recaída, un diagnóstico o una noche sin descanso. O puede ser emocional: una pérdida, una mala noticia, una culpa que reaparece, un miedo persistente, un fracaso o la sensación de no poder más. La vía de entrada es lo de menos. Cuando el dolor es real, no ocupa solo un espacio; lo transforma todo.

En esta primera fase  de impacto aparecen dos movimientos o reacciones casi inevitables: la irrupción y la negación.

El momento en que algo cae sobre ti , irrumpe, y ya no puedes fingir que nada pasa. El cuerpo deja de ser transparente. La vida deja de obedecer y ser predecible. Lo cotidiano se siente ajeno.

La negación, en cambio, es la primera línea de defensa. Se manifiesta con frases como: “Seguro que se pasa”. “No será para tanto”. “Mañana estaré bien”.. No siempre es una mentira consciente, sino a menudo el mecanismo de la mente para evitar romperse por completo desde el primer momento.

Mi intención no es suavizar el golpe con palabras vacías. Vengo a sentarme cerca, abrir el botiquín y recordarte algo pequeño pero importante: no tienes que entenderlo todo todavía. Primero, respira. Primero, reconoce que ha dolido. Y no te permitas quedarte en la oscuridad. Vamos a empezar a trabajar el dolor, sea el que sea, porque todos los dolores se rigen por las fases del sufrimiento, estas a las que he puesto mis palabras… 

#BotiquínDePelusa #SomosResistencia

5. ¿Cómo sentimos? Las emociones: miedo, aislamiento, depresión y el destello de la esperanza.

5. ¿Cómo sentimos? Las emociones: miedo, aislamiento, depresión y el destello de la esperanza.

En esta fase, el botiquín no exige salir de la cueva. Solo deja una luz encendida en la entrada. Tras un periodo de intensa lucha, búsqueda, resistencia y sobreesfuerzo, llega un punto en el que el dolor deja de ser una demanda externa para volverse una experiencia puramente interna. La energía para explicar, justificar o combatir se agota. Hay un repliegue. Uno se encoge por dentro, transformándose, casi sin darse cuenta, en bichobola.

En esta fase, emerge el miedo: a lo que vendrá, a no mejorar, a empeorar, a no ser capaz de gestionar la vida que antes parecía sencilla y propia. Miedo al sufrimiento, a la incertidumbre, a no ser comprendido. Un miedo que no siempre se manifiesta a gritos, a menudo se instala en el silencio paralizante.

A menudo, esto conduce al aislamiento. No es un rechazo a los demás, sino la falta de la energía mínima que requiere la interacción social. El mundo sigue a su ritmo, con sus prioridades, y una se siente progresivamente desplazada a una orilla distinta, observando a distancia.

Puede aparecer también la depresión —no siempre en el sentido clínico, sino existencial— marcada por la apatía, una profunda tristeza, el agotamiento de ser fuerte, la pérdida de sentido y una sensación de apagamiento general. Es el luto por el yo anterior, el duelo por la vida soñada y por la versión de una misma que parecía más fácil de habitar.

Y, sin embargo, incluso en esa hondura, puede surgir un destello. Una luz tenue. Un gesto, una risa inesperada, una belleza ínfima, una mano que se acerca, una mariposa roja que insiste en recordar que no todo está perdido, que hay esperanza

El botiquín para este momento no exige salir de la cueva. Simplemente mantiene una pequeña luz encendida en la entrada.

#BotiquínDePelusa #SomosResistencia