Qué difícil y desagradable es cuando el mundo gira sin permiso y el vértigo no avisa. No pide turno ni da margen. Llega y lo arrasa todo.

De pronto, la habitación se convierte en un carrusel desbocado, el suelo pierde su pacto con la gravedad y el cuerpo deja de obedecer. No hay arriba ni abajo, solo un giro feroz que empuja al pánico.

El estómago se rebela, el vómito aparece como una sacudida inevitable, y la conciencia —tan entrenada para resistir— queda reducida a una súplica muda: que pare, por favor, que pare.

En mi caso no nace del oído, sino de un lugar más profundo y traicionero: la cervical y el sistema neurológico.

Es otro síntoma más de una lista que ya pesa demasiado. El vértigo no duele como una herida abierta, pero aterra. Porque no se puede negociar con él. Porque cuando aparece, no hay voluntad que valga, ni actitud positiva que lo frene, ni fuerza que lo domestique.

La pérdida total de control es, quizá, lo más difícil de aceptar en cualquier proceso de dolor.

He aprendido que hay miedos que no son controlables a corto plazo, como los vértigos y el miedo a caer, a desorientarse, a no poder sostenerse en pie. El miedo a que ocurra en la calle, en un lugar público, conduciendo. Por eso hace casi dos años que no cojo el coche. No por falta de ganas, sino por respeto al riesgo.

El vértigo me ha robado certezas cotidianas y me ha obligado a vivir con una vigilancia constante, con la sensación de estar —a veces— a la deriva.

Hoy he pasado por #urgencias. Me han medicado para frenar el giro y calmar las náuseas.

Ojalá mañana el mundo vuelva a colocarse en su sitio, aunque sea con cuidado, aunque sea despacio.

En los procesos largos, cualquier pequeño alivio es una victoria silenciosa.

Aceptar que hay batallas que no se ganan luchando es un aprendizaje duro. A veces, sobrevivir consiste en rendirse al momento, tumbarse, cerrar los ojos y esperar a que la tormenta interna amaine.

❤️ Hoy le pido al mundo que deje de girar, le pido tregua y estabilidad…

El vértigo no avisa. Es un asalto sin declaración de guerra, un tirano que no pide turno ni da margen para la negociación. Llega y lo arrasa todo con la furia de un ciclón interno. De pronto, sin una causa aparente que el consciente pueda procesar, la habitación que antes ofrecía refugio se convierte en un carrusel desbocado, un tiovivo infernal girando a una velocidad incomprensible. El suelo, ese pacto milenario con la gravedad que damos por sentado, pierde su fiabilidad, se desliza y se inclina de forma caprichosa.

El cuerpo, esa máquina de precisión entrenada para la verticalidad, deja de obedecer. Las señales se confunden; no hay arriba ni abajo, solo un giro feroz, implacable, que empuja directamente al pánico más primitivo. La mente se nubla con la urgencia de detener el movimiento, una súplica muda que se repite como un mantra desesperado: que pare, por favor, que pare.

A la desorientación se suma la traición física: el estómago se rebela ante el caos. Las náuseas son un oleaje interno que culmina en el vómito, una sacudida inevitable que drena las pocas energías que quedan. En esos momentos, la conciencia, tan entrenada para la resistencia y el control, queda reducida a esa única y simple necesidad de estabilidad.

En mi caso particular, la traición es más profunda y traicionera aún. No nace del oído, donde suele originarse el vértigo más común. Proviene de un lugar más oscuro: la cervical y el sistema neurológico. Es un síntoma más en una lista de dolencias que ya pesa demasiado sobre los hombros, un recordatorio constante de la fragilidad del organismo. El vértigo no inflige el dolor agudo de una herida abierta, pero aterra. Su terror reside en la imposibilidad de negociar con él.

Cuando el vértigo se presenta, no hay voluntad férrea que valga, ni actitud positiva que consiga frenarlo, ni fuerza física o mental que lo domestique. La pérdida total y absoluta de control es, quizá, la lección más difícil y humillante que se debe aceptar en cualquier proceso crónico de dolor o enfermedad. Es un rendirse forzoso a una fuerza superior.

Este miedo se ha materializado y ha dejado de ser una simple aprensión imaginaria. Se ha convertido en el miedo real a caer en mitad de la calle, a desorientarse por completo en un lugar desconocido, a no poder sostenerse en pie y quedar a merced de la situación. Y, de forma específica, en el miedo a que ocurra conduciendo, ese acto cotidiano que exige concentración y control absoluto.

Por respeto a ese riesgo innegociable, y por pura autoprotección, hace casi dos años que las llaves del coche no salen del cajón. No es una falta de ganas, sino una lección de prudencia forzada. El vértigo ha robado certezas cotidianas, esas pequeñas seguridades que conforman la vida normal, y ha obligado a vivir con una vigilancia constante. Es la sensación perpetua de estar al borde del abismo, a la deriva, sin un ancla segura a la que aferrarse.

Hoy, la intensidad del giro me ha llevado a urgencias. Me han medicado para frenar el movimiento implacable y calmar las náuseas que agotan. La esperanza, humilde y pequeña, se aferra a la posibilidad de que mañana el mundo decida, por fin, volver a colocarse en su sitio, aunque sea con cuidado, aunque el regreso a la normalidad sea un proceso lento y gradual. En los procesos largos, donde las victorias son escasas, cualquier pequeño alivio químico o temporal se siente como una victoria silenciosa y profundamente merecida.

Aceptar que hay batallas que no se ganan con la lucha, sino con la rendición, es un aprendizaje arduo que la enfermedad impone. A veces, la única forma digna de sobrevivir a la tormenta es rendirse al momento, tumbarse, cerrar los ojos y esperar con una paciencia forzosa a que la turbulencia interna amaine por sí misma. No hay otra opción.

Hoy le pido al mundo que deje de girar con este frenesí violento. Le pido tregua, silencio y estabilidad, aunque solo sea por un día.