Esta noche, en Mallorca, la brisa de otoño susurra que es la Nit de les Ànimes, la sagrada noche de las almas. Mucho antes de que nuestras calabazas adquirieran acento americano, en esta isla ya sabíamos encender la memoria para iluminar el tránsito de quienes se fueron. Encendíamos “fanalets” en las marjades, evocábamos el recuerdo de los ausentes con nostalgia de golosinas y endulzábamos el duelo con “rosaris ensucrats” colgados al cuello de los niños.
Hoy, mientras los más pequeños llaman a las puertas reclamando «truco o trato» con disfraces empaquetados, yo he decidido abrir la mía a otros visitantes bastante más perspicaces y terroríficos. No llevan sábanas, fantasmas, ni colmillos de plástico. No necesitan cadenas para hacer crujir los cimientos, ni penumbra impuesta para manifestarse. Habitan en nosotros, se alimentan de nuestras dudas más íntimas y poseen la molesta costumbre de presentarse sin cita previa en la sala de estar de la conciencia: son los miedos del dolor, y esta noche me he tomado la molestia de contar trece.
Trece: ese número al que la superstición popular ha condenado a vivir bajo permanente sospecha de mala suerte. He querido sentarlos a mi mesa esta noche, no para rendirles pleitesía ni para invocar su permanencia, sino para mirarlos de frente y llamar a cada uno por su nombre de pila. Porque hay un tipo de valentía poética e inteligente en otorgarle léxico exacto a aquello que, en mitad de la noche y de la soledad, nos hace temblar.
El dolor es un viajero incansable que tiene muchas patrias y ninguna frontera administrativa. Puede brotar en el chispazo errático de un nervio hiperreactivo, en la pausa helada de una despedida, en el diagnóstico que sacude un informe, en la pérdida prematura de un sueño, en la grieta de una traición o en el desmoronamiento silencioso de nuestras arquitecturas vitales. Cambian las heridas, sus causas anatómicas y sus consecuencias cotidianas, pero sus sombras hablan un dialecto melancólicamente idéntico: el idioma universal del sufrimiento humano.
- El miedo a la irrupción (el miedo a que llegue la tragedia)
Ese pavor al golpe a traición, a la llamada o al crujido orgánico que desordena la cartografía de la normalidad. Es el instante exacto en que lo cotidiano deja de ser transparente y se vuelve una amenaza imprevista. El segundo en que algo se quiebra en las entrañas y, aunque la mente aún no alcanza a descifrar los daños, los oídos ya registran el estruendo del derrumbe. Es descubrir nuestra fragilidad desarmada, sin margen diplomático para la preparación, provocando que se active el “pielómetro” con la piel de pollo y un chispazo helado recorra la columna vertebral.
- El miedo a la perpetuidad (El inquilino sin contrato)
El terror helado a que el dolor abandone su condición de visitante ocasional y decida empadronarse en nuestro cuerpo; convertirse no solo en inquilino, sino en un okupa insaciable que se adueña del salón, que ocupe nuestros días, hasta los rincones donde antes guardábamos los sueños, de las madrugadas y de los cajones donde antes teníamos las ganas de proyectar el mañana. Firma un contrato de permanencia indefinida sin consultar a la propiedad, y nosotros —los legítimos dueños de la casa— empezamos a sospechar con angustia que hemos perdido las llaves de nuestro propio hogar
- El miedo al eco (el miedo a que regrese y la tregua bajo sospecha)
Porque incluso cuando el síntoma concede un respiro y se retira a la trastienda, deja tras de sí una guardia sombría. Nos descubre desconfiando de la calma, mirando con recelo los días buenos y calculando con precisión de relojero cuánto tardará en romperse el encanto. Es la tiranía del miedo anticipatorio: ese ladrón refinado que nos roba el deleite del presente para obligarnos a pagar el peaje de un futuro que todavía no ha sucedido.
- El miedo al laberinto (El fracaso de la lógica)
A no encontrar respuestas, nombres o explicaciones. A perdernos en el laberinto de los porqués, buscando una salida que parece cambiar de lugar cada vez que nos acercamos. La incertidumbre es una oscuridad particular muy profunda y difícil de manejar: no siempre duele más que la herida, pero consigue que nos perdamos en nuestros terrores inciertos..
- El miedo a la invisibilidad (El juicio del escaparate)
A que el entorno cuestione la legitimidad del sufrimiento porque la anatomía rota no exhibe una escayola, una cicatriz con puntos, ni un termómetro escandaloso. Hay tormentas que no despeinan, pero arrasan los cimientos por dentro. Y pocas soledades resultan tan amargas como la de estar librando una guerra civil biológica o emocional y sentirte obligada a presentar un dossier de pruebas para que la tribu valide tu derecho al dolor o cansancio, especialmente cuando has tenido la osadía de maquillarte y regalar una sonrisa dibujada de cortesía al salir a la calle.
- El miedo al despojo de la autonomía (La cesión del timón)
A depender, a no poder decidir, a descubrir que nuestra voluntad ya no gobierna todas las posibilidades. A descubrir que las ganas de hacer, proyectar o crear siguen vivas e intactas, pero el cuerpo físico o la energía se niega rotundamente a firmar las autorizaciones necesarias o los recursos no siempre acompañan. Es la frustración de tener que abdicar de pequeñas parcelas de libertad sin haberlo elegido jamás. Aprender a pedir ayuda —a ceder el paso— se transforma entonces en una batalla compleja entre la necesidad de sostenerte y la soberanía del orgullo.
- El miedo al reflejo ajeno (El duelo del ‘Yo’ previo y dejar de reconocernos)
A asomarnos al espejo de la mañana y descubrir a alguien que conserva nuestro rostro, pero habita una vida distinta. Echamos de menos a quien resolvía el mundo sin calcular el peaje de cada paso, lo que éramos, lo que creíamos que seríamos. El duelo más silencioso y persistente no es siempre por las ausencias que descansan en el cementerio, sino por esa versión propia que todavía vive en la memoria.
- El miedo al abandono (La caducidad de las presencias)
A que los afectos que prometieron estar «en lo bueno y en lo malo» descubran que el malestar prolongado no resulta estético, ni encaja bien en sus agendas de ocio ligero, ni tampoco cuando el camino se vuelve incómodo. A ver cómo las llamadas se espacian y las excusas se afinan cuando la conversación requiere dosis de paciencia y menos superficialidad. El dolor no siempre vacía la sala de estar, pero posee la virtud quirúrgica de revelar qué presencias tenían fecha de caducidad y quiénes estaban dispuestos a sentarse contigo en la penumbra, y quedarse.
- El miedo al lastre (La báscula de la culpa)
A sentir que tu fragilidad se convierte en un peso muerto sobre los hombros de quienes amas. Es esa tendencia destructiva a pedir perdón por estar fatigada, por necesitar demasiado, por llevar otros ritmos y tiempos, por un brazo en el que apoyarte o simplemente por llorar. Empezamos a administrar nuestra incomodidad y a recluirnos en la cueva, como si el amor tuviera una báscula y nuestra vulnerabilidad pudiera hacerlo rebosar.
- El miedo a la coraza (a volver a confiar)
Porque hay heridas que, al cicatrizar en falso y no sangrar hacia fuera, levantan murallas desmesuradas hacia dentro. Tras una decepción profunda, una traición o una incomprensión dolorosa, el corazón aprende a defenderse y protegerse. La paradoja es trágica: cerramos la puerta con tres candados para impedir que vuelva a colarse el sufrimiento, y terminamos protegiéndonos tanto, que descubrimos demasiado tarde que hemos dejado afuera la luz, la ternura y la posibilidad de volver a ser abrazados y de recibir amor.
- El miedo a olvidar el deleite (a olvidar la alegría)
A que el alma se acabe acostumbrando a la textura de la apatía; a que la tristeza se acostumbre a sepultar nuestras ganas, o a no recordar cómo se siente una ilusión sin reservas; a que la belleza de una puesta de sol, la risa o la poesía de lo pequeño dejen de conmovernos por puro agotamiento sensorial. No siempre se le teme al desenlace de la vida; a menudo le tememos a la perspectiva de seguir transitándola en escala de grises, anestesiadas dentro de una rutina de supervivencia donde la ilusión ha dejado de pedir turno. Tememos que los pequeños placeres se marchiten y que nuestra vida pierda los matices.
- El miedo al efecto dominó (La vulnerabilidad del todo)
Porque una grieta previa en los cimientos nos vuelve hipervigilantes ante la fragilidad del resto de la estructura. Porque una pérdida despierta la conciencia de todas las demás. La pérdida de la salud abre los ojos a la posibilidad de cualquier otra pérdida: el empleo, el sustento, la paz de los tuyos, la estabilidad de los proyectos… El amor se vuelve vulnerable, el tiempo parece más breve y el futuro deja de parecernos una promesa garantizada. Tememos otra despedida, otro fracaso, otra ausencia, incluso nuestra propia muerte. Y la imaginación, que debería servirnos para crear mundos, se dedica entonces a ensayar catástrofes.
- El miedo al miedo (El monstruo que fabrica monstruos)
El último. El más abstracto, sutil y paralizante. El más silencioso. El que no necesita una amenaza presente ni un síntoma físico activo para tomar el mando del sistema nervioso y las emociones, o de nosotros. Es el temor reverencial a volver a sentir pavor; la memoria de la angustia convertida en centinela permanente. Es el monstruo que fabrica monstruos.
Es, por ejemplo, reprimir las ganas de aceptar un plan amable porque la mente ya está calculando con terror el peaje de dolor que el cuerpo pagará al día siguiente. Y así, el miedo al peaje se convierte en una segunda herida que se abre incluso cuando la primera estaba descansando en tregua.
Esta noche de almas he contado trece miedos, pero no pretendo encasillarlos en un catálogo definitivo. Cada historia de dolor es un universo con sus propias sombras particulares, y algunas dolencias no caben en una lista enumerada.
Tampoco cometeré la ingenuidad de sugerir que basta con encender una vela aromática, repetir tres frases de autoayuda edulcorada o hacer dos respiraciones conscientes para que estos trece visitantes recojan sus cosas y se muden. Ojalá el sufrimiento fuera tan obediente y tan fácil de convencer.
Tener miedo no es una vergüenza, ni una mancha en el currículum de la resiliencia, ni una derrota moral. Es una respuesta profundamente biológica y humana ante aquello que amenaza lo que somos, lo que amamos o lo que necesitamos para sentirnos seguros. A veces el miedo nos protege con acierto; otras veces se equivoca de tamaño, de momento y de peligro, pero merece ser escuchado con amabilidad sin necesidad de nombrarle gobernador absoluto de nuestra existencia.
Quizá por eso me conmueve la tradición antigua de esta noche en la isla, y su simbología. Nuestros antepasados encendían pequeñas luces, “ fanalets” no para espantar a los espíritus, sino para guiar su camino en la oscuridad. Y nosotros, los que transitamos senderos de salud compleja o cualquier otro tipo de dolor, necesitamos construir nuestros propios fanalets para iluminar las galerías internas cuando la penumbra aprieta.
Por ejemplo, una conversación sin filtros donde no haya que disimular, una mano que se queda sin pedir explicaciones, una mirada médica rigurosa que añade ciencia a la empatía, un café caliente con un bollito a media tarde, un abrazo en silencio, una risa a destiempo, el apoyo incondicional de la tribu… Pequeñas luces humildes que no pretenden extinguir todas las sombras de nuestro mundo, pero permiten distinguir el camino.
En esta Nit de les Ànimes no quiero expulsar a mis trece fantasmas con aspavientos ni fingir una fortaleza que no siento. Prefiero invitarles a mirar la luz, mirarlos de frente, recordarles sus nombres y sus límites, y susurrarles algo esencial: que sentir miedo jamás ha significado haber perdido la valentía, y que no todo lo que nos asusta posee el poder real de destruirnos.
El verdadero maleficio del número trece no es atraer la mala suerte, sino permitir que la imaginación nos haga pagar el peaje trece angustias anticipadas, por cada una que realmente llega a suceder en la vida real.
Hoy enciendo un “fanalet” de memoria por mis ausentes y otra pequeña luz de presencia por mis miedos. A los primeros, para honrar su legado y mantener tibia su huella en mi alma y su memoria; a los segundos, para recordarles con firmeza que no confundan mi vida con su morada definitiva.
Porque el dolor podrá llamar a mi puerta cuantas veces quiera, pero no quiero que el miedo decida quién entra, quién sale y cuánto amor cabe todavía dentro.