Hay días en los que mi cabeza amanece con meteorología propia. No llueve, no truena, no hay viento. Simplemente hay niebla. Una niebla espesa, de esas que no borran el paisaje pero lo alejan, lo difuminan, como si todo siguiera exactamente en su sitio y, aun así, hubiera que caminar unos metros más para encontrarlo.

Las palabras están. Los recuerdos también. Las ideas, los nombres, esa cosa importantísima que iba a hacer hace treinta segundos y que seguramente tenía muchísimo sentido antes de evaporarse con una dignidad envidiable. Todo sigue dentro, pero a veces acceder a ello exige atravesar una especie de algodón mental, una aduana absurda entre lo que sé, lo que yo qué sé y lo que consigo alcanzar.

La llaman fibrofog, niebla mental asociada a la fibromialgia. Un nombre delicado para algo que, en la práctica, puede consistir en entrar en una habitación y quedarse quieta, mirando alrededor, con la sensación de haber sido teletransportada allí por una administración poco eficiente y sin instrucciones de uso. También puede ser perder una palabra en mitad de una conversación, notar cómo el hilo se escurre entre los dedos, releer tres veces la misma página porque los ojos avanzaron pero el cerebro se quedó unos párrafos atrás tomando café, o abandonar una película no porque sea mala, sino porque a los veinte minutos todos los personajes parecen sospechosamente recién incorporados al reparto.

Lo social también cambia. Mantener una conversación larga puede convertirse en una carrera de fondo con tacones neuronales. Seguir varios estímulos a la vez requiere una coreografía que antes parecía automática y ahora necesita ensayo. Y a veces, cuando desde fuera parece que estoy distraída, en realidad estoy buscando una idea que hace unos segundos tenía perfectamente delante y que ha decidido esconderse detrás de otra. Por eso, las reuniones sociales con más de una persona se convierten en tremenda aventura. Por eso, cuando una mariposita pasa por delante en plena conversación, me pierdo detrás de su vuelo, y me olvido de la conversación. 

Quizá una de las cosas que más me cuesta aceptar es escribir. Me duele enormememente. Yo siempre he vivido muy cerca de las palabras. Pensar, comunicar, imaginar, construir historias, buscar una metáfora, encontrar el giro exacto de una frase, hacer reír a las palabras entre ellas… todo eso formaba parte de mi manera natural de estar en el mundo. Ahora escribir requiere mucho más esfuerzo. Hay frases que antes llegaban andando y ahora aparecen con tres escalas, una maleta perdida, jet lag y una reclamación pendiente.

Y, precisamente por eso, existen también Pelusa y los Pelusamientos. Nacieron para acompañar, compartir, poner palabras al dolor, abrir ventanas donde suele haber persianas bajadas y hacer visibles experiencias que demasiadas veces viven escondidas. Pero también nacieron por otra razón mucho más íntima: Pelusa es una forma de fisioterapia creativa para mi cerebro y mi creatividad, y también para mi autoestima. Escribo para obligarlo, con cariño, a seguir jugando y a seguir bailando., y no sólo entre bambalinas, donde la torpeza de los pasos puede disimularse, sino con el telón abierto para que el ejercicio muestre los músculos.

Busco metáforas para hacerlo moverse. Ordeno ideas para pedirle que vuelva a colocar cajones. Juego con dobles sentidos para que recuerde que aún sabe tomar atajos. Intento encontrar humor para comprobar que todavía puede juntar dos ideas que no estaban destinadas a conocerse y hacerlas bailar un rato. Cada Pelusamiento es también un pequeño ejercicio de resistencia cognitiva, una manera de decirle a mi cabeza: sé que hoy estás espesa, pero aquí tienes un ovillo; vamos a ver si todavía podemos desenmarañarlo y hacer algo bonito con él.

No siempre sale fácil. Precisamente por eso tiene valor. Hay textos que hoy me llevan horas cuando antes quizá habrían necesitado tan sólo un rato. Reviso, corrijo, vuelvo atrás, pierdo el hilo, lo encuentro escondido debajo de otro pensamiento y continúo. A veces escribir a Pelusa se parece menos a redactar y bastante más a ir dejando migas de pan por el caminito de baldosas amarillas para poder regresar a mi propia idea.

Y últimamente ocurre algo extraño. Durante años apenas recordaba mis sueños. Ahora los recuerdo con una intensidad desconcertante. Son largos, densos, llenos de personajes, escenarios, conversaciones y detalles. Algunas noches mi cerebro produce auténticas superproducciones mientras que por la mañana puede costarme recordar por qué he abierto la nevera.

No sé si ambas cosas están relacionadas. Quizá tengan que ver con el sueño, con los tratamientos, con el estrés, con la propia enfermedad o, sencillamente, con una etapa distinta de mi cabeza. No quiero inventar respuestas donde todavía solo existen preguntas. Pero la paradoja tiene algo casi literario: de día mi cerebro pierde argumentos; de noche escribe novelas. Por eso conservo una libreta de notas al lado de la cama, para anotar pensamientos e ideas. 

Supongo que convivir con la niebla mental consiste también en aprender a no confundir niebla con desaparición. El paisaje sigue ahí. Solo necesito acercarme más despacio. A veces con una libreta, a veces con ayuda, a veces dejando para mañana una conversación, una película o una página que hoy no consigo sostener. Eso cuesta mucho hacerlo entender al entorno, y conlleva muchos efectos secundarios de soledad, incomprensión y aislamiento, pero eso es otro tema para otro relato… 

Y muchas veces con Pelusa sentada a mi lado, desenredando palabras como quien desenreda un ovillo después de que un gato con doctorado en caos haya pasado por encima.

Porque mi cabeza puede estar más lenta, más dispersa y bastante más puñetera que antes, pero sigue siendo mi cabeza. Y mientras todavía pueda encontrar una palabra detrás de otra, hacerlas reír juntas, bailar juntas, o ponerles una linterna en la mano y conseguir que alguna ilumine a quien también anda perdido entre niebla, pienso seguir escribiendo, para recordar que incluso cuando apenas veo el camino, todavía sé encender algo de mi esencia dentro, y fuera. 💜