Como muchos sabéis, en mi esencia reside una profunda veta creativa; la escritura, en particular, nunca ha sido solo un pasatiempo, sino un ancla vital que me ha permitido consolidar mi ser, dar cauce a mis emociones más profundas y, fundamentalmente, tender un puente de ayuda y comprensión hacia los demás. No es un secreto que, desde hace ya un tiempo considerable, me encuentro inmersa en un proceso vital de gran complejidad, marcado por la experiencia del dolor en sus múltiples facetas.

Es precisamente de esta encrucijada, de este camino a veces áspero y oscuro, de donde surge la figura de Pelusa. Ella es la manifestación tangible de la resiliencia, el fruto de mi capacidad de sobreponerme y transformar la adversidad. Pelusa es también el eco de mi profunda empatía, esa cualidad que me impulsa a conectar y sentir con quienes atraviesan sus propias batallas. A través de Pelusa, busco materializar y compartir con el mundo un conjunto de valores inquebrantables que me definen.

Mi principal motivación es llegar a aquellas personas que se encuentran lidiando con cualquier tipo de sufrimiento o dolor, sea este físico, emocional, existencial o de cualquier otra naturaleza. Pelusa no es solo una invención; ella es un vehículo. Un vehículo que busca acompañar a cada lector, a cada alma en pena, utilizando mi propia y personal experiencia —la suya— como espejo y guía. Aspiro a que todo aquel que se sienta identificado con el peso del sufrimiento y el dolor encuentre en sus páginas no solo consuelo, sino también la luz de la esperanza y la comprensión de que no está solo en su travesía. Pelusa es, en esencia, un abrazo escrito.

Pelusa nos convoca a un diálogo urgente y necesario sobre el dolor. No se trata únicamente de su dolor, ese que se ha instalado como huésped crónico y persistente, manifestándose en una fatiga que se niega a ceder y en la sensación de que el cuerpo es, a menudo, una carga excesiva e inmanejable. Pelusa trasciende su propia experiencia para abordar el dolor en su manifestación más amplia, profunda y esencial, reconociéndolo como una vivencia intrínsecamente humana y universal, la cual es imposible de eludir. El dolor, al final, no es patrimonio exclusivo de una dolencia física específica, ni queda limitado a un diagnóstico médico concreto. Es, en esencia, la sombra ineludible que se proyecta sobre la vida en los momentos menos previstos, una experiencia democrática y brutal que nos iguala a todos en nuestra fragilidad.

El dolor adopta innumerables disfraces, habitando los rincones más silenciosos de nuestra existencia. Se esconde en el mutismo de un duelo que no encuentra cierre, en la punzante pérdida de una fe o un sistema de creencias que antes sostenía la totalidad de nuestro mundo, o en el desamparo que sobreviene tras un desamor que nos desarma y nos deja en ruinas pieza por pieza. Emerge con la afilada traición de un amigo cercano, se aloja en el cuerpo a través de la manifestación de una enfermedad, o se transforma en el ruido blanco y constante de una ansiedad que no ofrece tregua ni respiro. Está dolorosamente presente en el fracaso estrepitoso de un proyecto vital en el que habíamos depositado nuestros sueños y ambiciones más profundos y ambiciosos. El dolor es también la punzada aguda por la muerte de una mascota querida, la desolación que nos inunda tras un incendio que borra de la faz de la tierra lo que con tanto esfuerzo habíamos construido, la herida profunda y difícil de sanar de una infidelidad, el largo y agotador camino de salir de una relación de maltrato o abuso, la devastación indescriptible de la pérdida de un hijo, la ruina económica que nos arranca el suelo bajo los pies, o cualquier caída existencial que nos fuerce a detenernos y a repensar, de manera radical, la totalidad de nuestra existencia. La forma en que se presenta, la intensidad con la que nos golpea y la resonancia que tiene en nuestras vidas pueden variar infinitamente de una persona a otra, pero el núcleo, ese denominador común que nos une en la adversidad, sigue siendo la experiencia innegable del sufrimiento.

Y ese sufrimiento, a pesar de ser la experiencia que instintivamente nadie elige para sí, es paradójicamente la fuerza más poderosa que nos moldea, que nos pule y que, en última instancia, nos hace profundamente humanos. Nos sitúa, de manera obligatoria, en un terreno común, un vasto territorio compartido donde cada uno de nosotros, tarde o temprano, se verá forzado a transitar por las complejas, dolorosas y a veces caóticas fases del dolor: la negación inicial que busca proteger, la rabia justificada que explota, la tristeza profunda que inunda, el desconcierto que paraliza y desorienta, y, por último, el lento, titubeante pero indispensable proceso de la reconstrucción personal. Si logramos encontrar el valor, no para evitarlo o huir de él, sino para mirar este dolor de frente y aceptarlo como parte de nuestra historia, tiene el potencial de transformarse en una escuela inesperada y profunda de valores esenciales para la convivencia humana. De él puede nacer una empatía que se siente, una compasión que nos conecta con el otro en su dolor, una solidaridad activa y desinteresada, una ternura que desarma toda coraza, una escucha que es realmente honesta y un acompañamiento que se siente tangible, real y profundamente presente.

Nuestra sociedad contemporánea se define, cada vez más, por una creciente frialdad emocional, una dominación implacable del interés individual por encima del colectivo, una velocidad de vida excesivamente acelerada y, lo más preocupante, una erosión progresiva de los escrúpulos y los principios éticos fundamentales. Quizá —y solo quizá— el enfrentarnos al dolor, sea este propio o ajeno, se convierta en la última, pero más significativa, oportunidad que tenemos como especie para rescatarnos de esta creciente e inquietante deshumanización. Es la pausa forzosa que la vida nos impone, obligándonos a volver a mirar el mundo y al otro despacio, con atención renovada. Nos enseña la necesidad urgente de cuidar mejor, de no pasar de largo ni permanecer indiferentes ante la herida abierta del otro, reconociéndola como propia.

Por esta razón profunda, Pelusa toma la valiente decisión de compartir su experiencia sin filtros. No lo hace desde una postura de heroicidad forzada, que busca admiración, ni desde el victimismo fácil de la pena, que busca lástima, sino desde la firmeza inquebrantable y la dignidad silente de la resistencia más pura. Su deseo esencial es que este espacio que abre al mundo se convierta en un refugio seguro, un santuario donde el sufrimiento no tenga la obligación de esconderse, ni sea objeto de juicio o condena, sino que encuentre la luz y el permiso para transformarse en algo más. Un lugar donde sea posible desenterrar la belleza que persiste, incluso en la sombra; donde se pueda hallar el humor, la reflexión más profunda y el amor más genuino, incluso en medio de los días más oscuros y difíciles.

Si se me permite formularlo, la intención que guía a Pelusa es clara y transparente: quiero estar presente en tu proceso, cualquiera que sea, a través de Pelusa y sus reflexiones, sus «Pelusamientos«. Quiero ser esa mano invisible y firme que te sostiene cuando el dolor aprieta con una fuerza que parece insoportable. Quiero caminar contigo, sin importar en lo más mínimo la naturaleza específica o la profundidad de la herida que hoy te acompaña y define tu presente. El objetivo que me propongo es, paradójicamente, a la vez sencillo y monumental: aportar una dosis genuina de comprensión y sumar, con la más profunda humildad, un pequeño grano de arena para contribuir a que este mundo inmenso se sienta un poco más humano, más bello, y, con una pizca de suerte y esfuerzo colectivo, un poco más feliz.

Porque si el dolor que atravesamos, y que nos marca, logra finalmente enseñarnos a amar de una forma más profunda, más consciente, más imperfecta y, sobre todo, mejor, entonces todo el sufrimiento que hemos cargado habrá encontrado, por fin, un sentido trascendente y redentor.