Esta semana, después de más de un año de espera, crucé por fin la puerta de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario Son Espases. Llegué con mis dolores invisibles a cuestas, mis informes, mis miedos… y también con esa pequeña esperanza que una guarda incluso cuando está cansada de esperar, de doler.
Me atendió el doctor Hermann Ribera, anestesiólogo especializado en dolor y jefe de la unidad, y ocurrió algo que, para quienes vivimos con dolor crónico, tiene un valor inmenso: me escuchó de verdad. No solo oyó mis palabras; escuchó mi historia con atención y ternura. Se tomó tiempo para preguntarme, darme consejos, responder mis dudas y buscar la forma de ayudarme.
Me miró con calma, revisó mi larga trayectoria médica, midió mi dolor, me explicó con claridad lo que ocurre en mi cuerpo… y, sobre todo, empatizó. Y cuando alguien que sufre tanto encuentra a un médico con los valores tan bien puestos, algo dentro se ilumina.
A veces la medicina no puede ofrecer certezas o curas, pero puede ofrecer algo igual de valioso: humanidad.
El doctor me propuso un tratamiento con perfusión de ketamina durante varias horas al día y varios días seguidos, similar a un ciclo de quimioterapia. Es un proceso intenso, batalla química contra el dolor con esperanza de elevar umbral del sufrimiento y devolver algo tan sencillo y valioso como descanso, movilidad y calidad de vida.
Me pongo en sus manos con confianza. No solo por su prestigio, sino por esa vocación que se reconoce en la mirada de quienes han decidido dedicar su vida a cuidar de los demás.
También quiero agradecer al equipo de la Unidad su trato cercano, humor amable y su profesionalidad. En un lugar donde cada día se enfrentan a tantas historias difíciles, supieron crear un espacio cálido y seguro. Hay profesiones que son trabajo y otras que son propósito.
Quienes trabajan en la Unidad deben ser personas muy valientes y cargadas de valores firmes para enfrentarse cada día a los monstruos y oscuridades que traen el sufrimiento y dolor crónico. Ellos son luz. Guerreros silenciosos frente a la oscuridad, resistencia pura.
Por eso hoy siento una gratitud profunda y una pequeña chispa de esperanza. Quizá no haya cura, pero sí hay manos que ayudan a sostener el camino con ternura.
Esta semana marcó un hito largamente esperado en mi batalla personal contra el dolor. Después de más de un año inscrita en una angustiosa lista de espera, finalmente se abrieron ante mí las puertas de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario Son Espases. Llegué arrastrando conmigo el peso de mis dolores invisibles, una carga pesada forjada por años de incomprensión y sufrimiento silencioso. Traía conmigo un voluminoso historial médico, mis miedos más profundos, pero también esa pequeña, terca e irrenunciable semilla de esperanza que uno guarda incluso cuando el agotamiento de esperar y de doler amenaza con marchitarlo todo.
La persona encargada de recibirme fue el doctor Hermann Ribera, un anestesiólogo de gran prestigio, especializado en el manejo del dolor y, además, jefe de la unidad. Y en ese encuentro, ocurrió algo que, para quienes navegamos la compleja y solitaria senda del dolor crónico, tiene un valor absolutamente incalculable: fui escuchada de verdad.
El doctor Ribera no se limitó a oír el relato de mis síntomas; escuchó mi historia completa, mi trayectoria vital marcada por esta dolencia, con una atención profunda, una ternura palpable y un respeto inusual. Se tomó el tiempo necesario para indagar con precisión, ofrecerme valiosos consejos de manejo diario, responder cada una de mis incontables preguntas y, sobre todo, buscar activamente una estrategia concreta y efectiva para aliviar mi sufrimiento.
Me observó con atención plena, revisó meticulosamente mi extenso expediente médico, se preocupó de medir y cuantificar mi nivel de dolor, y me explicó con una claridad asombrosa lo que estaba sucediendo realmente en mi cuerpo. Pero lo más importante de todo: empatizó. Y cuando una persona que lleva años sufriendo encuentra a un profesional médico con unos valores humanos tan sólidos y bien arraigados, se produce un instante de profunda iluminación y alivio. Es como si una densa niebla se disipara momentáneamente.
En ocasiones, es doloroso reconocerlo, la medicina moderna no puede ofrecer las deseadas certezas, ni mucho menos una cura definitiva. Sin embargo, puede y debe ofrecer algo de valor equivalente, si no superior: humanidad en el trato, compasión y acompañamiento.
El doctor Ribera me propuso un camino terapéutico intenso y de vanguardia: un tratamiento con perfusión intravenosa de ketamina, que se administra durante varias horas al día y se extiende a lo largo de varios días, similar en estructura a un ciclo de quimioterapia. Es un proceso que se anticipa intenso y duro, una verdadera batalla química y farmacológica directa contra los mecanismos del dolor, con la firme esperanza de conseguir elevar mi umbral de sufrimiento y, con ello, devolverme una dosis significativa de descanso reparador, mejorar mi movilidad funcional y recuperar una porción considerable de mi calidad de vida.
Me pongo en sus manos con una confianza plena e inquebrantable. Esta confianza se cimienta no solo en su reconocido prestigio profesional y su pericia técnica, sino, y más importantemente, en esa vocación de servicio que se irradia y se reconoce inmediatamente en la mirada serena y dedicada de quienes han decidido consagrar su vida a la noble labor de aliviar el dolor y el sufrimiento ajeno.
Quiero extender mi más sincero agradecimiento a todo el equipo que conforma la Unidad del Dolor. Su trato fue cercano y cálido, su sentido del humor, siempre amable, y su profesionalidad, incuestionable. En un entorno hospitalario donde cada día se encuentran y se enfrentan a un torrente constante de historias difíciles y dolorosas, este equipo ha sabido construir y mantener un espacio de encuentro excepcionalmente cálido, seguro y humano.
Hay actividades que son simplemente trabajos o empleos. Y luego existen aquellas profesiones que trascienden el mero sustento para convertirse en un verdadero propósito de vida.
Estoy convencida de que el personal de la Unidad del Dolor debe estar compuesto por personas extraordinariamente valientes, con una carga profunda de valores firmes y una resistencia inusual, para poder enfrentarse cada jornada a los numerosos monstruos, las oscuridades y las batallas que conllevan los dolores crónicos y los sufrimientos complejos de sus pacientes. Ellos son, en medio de esa oscuridad, un faro de luz constante, auténticos guerreros en la lucha contra la desesperanza, son la personificación de la resistencia pura. Por todo esto, hoy experimento una gratitud profunda y que me inunda, junto con el resurgir de una pequeña pero vital luz de esperanza. Quizá la cura total permanezca inalcanzable, pero lo que sí existe son manos profesionales, expertas y compasivas que están ahí, dispuestas a ayudar a sostener el difícil camino con infinita ternura y compromiso.