La primavera se acerca despacio, como un susurro. Y en mi cuerpo, tan sensible a los cambios, algo despierta. Se anuncia en un rayo de sol más largo, un aire menos húmedo, y luz que ya no hiere tanto. El aire huele distinto. Y el sol, con prudencia y respeto, es medicina: ayuda a sintetizar vitamina D, tan necesaria para la salud ósea y también el ánimo, favorece la serotonina y, cuando se toma con cautela y protección, puede aliviar, acompañar ánimo y cuerpo.

Pero necesita medida. El calor intenso puede aumentar sensibilidad al dolor, inflamación y agotamiento. El sol directo, en horas centrales, puede deshidratar y exacerbar síntomas. Y algunos tratamientos provocan fotosensibilidad, así que conviene consultar siempre al especialista. El clima ideal, para muchos de nosotros, es el entretiempo. El frío húmedo intensifica el malestar; el verano extremo alivia el dolor, pero deja fatiga espesa y baja tensión. Por eso la primavera es tregua.

Y está el ánimo. Las horas largas nos invitan a salir, a pasear despacio por la naturaleza. En Mallorca, los almendros en flor, esa “nieve mallorquina” que cubre de blanco y rosa el Pla y la Sierra de Tramuntana entre finales de enero y febrero, son una experiencia sensorial completa. Más de siete millones de árboles tiñen la isla de belleza. Caminar entre ellos, cuando el cuerpo lo permite, es recordar que la estética también cura. La vista descansa en esa delicadeza. El aire huele distinto. La luz rebota en los pétalos y todo se vuelve más amable.

Yo recibo la primavera con respeto. No propongo grandes excursiones ni heroicidades. Propongo una terapia sencilla: acercarse a un camino rural, sentarse si hace falta, mirar los árboles, sentir el sol suave en la piel, hidratarse, respetar el cuerpo, y dejar que la naturaleza haga lo que mejor sabe hacer: equilibrar.

Que esta primavera nos encuentre con el rostro al sol y los pies en la tierra. Con medida, con conciencia, con alegría humilde de quien aprende a florecer sin forzarse. Y que los almendros en flor nos recuerden que florecer no siempre es fuerza, a veces es la delicadeza y ritmo de llenar los sentidos de belleza.

La naturaleza, maestra de los ritmos pausados, anuncia su cambio más dulce: la primavera. No llega con estruendo, sino despacio, casi como un susurro que se desliza por las rendijas del invierno. Y en mi cuerpo, una antena hipersensible a las fluctuaciones del entorno, ese despertar se percibe con una claridad nítida. Es una sensación que se anuncia primero en la vista, con un rayo de sol más largo, que estira sus horas sobre el horizonte, y en el tacto, con un aire menos húmedo que aligera la pesadez de los meses fríos. La luz, que en invierno a menudo golpea y hiere con su brillo frío, ahora se templa, volviéndose más suave y acogedora.

El olfato también se pone en alerta: el aire huele distinto, cargado de promesas y de los primeros aromas de las floraciones incipientes. Y el sol, ese astro vital, se convierte en una medicina que se debe tomar con prudencia y respeto. Su tibieza no es solo placer, es medicina esencial: ayuda al cuerpo a sintetizar vitamina D, fundamental para la salud ósea y con un papel crucial en la regulación del ánimo. Al favorecer la producción de serotonina, conocida como la hormona de la felicidad, el sol, cuando se toma con cautela y protección, tiene el poder de aliviar y acompañar tanto el ánimo como el cuerpo en la transición estacional.

Sin embargo, esta bendición solar necesita medida. Para quienes vivimos con sensibilidad al dolor y la inflamación, el calor intenso del verano puede ser contraproducente, ya que puede aumentar sensibilidad al dolor, inflamación y agotamiento. Además, la exposición al sol directo, en horas centrales, conlleva el riesgo de deshidratar y, crucialmente, de exacerbar síntomas de diversas condiciones. Es imperativo recordar que algunos tratamientos provocan fotosensibilidad, por lo que la consulta al especialista nunca es opcional.

Para muchos de nosotros, el clima ideal es el entretiempo. El invierno, con su frío húmedo, intensifica el malestar y la rigidez, el dolor musculoesquelético. El verano extremo, si bien alivia el dolor en algunos aspectos, deja tras de sí una fatiga espesa y baja tensión que nos drena por completo. Es por eso que la primavera se siente no solo como un cambio, sino como una verdadera tregua, un punto medio donde el cuerpo puede encontrar un respiro y empezar a recuperar energía. En mi caso, el otoño también me calma y me atrae, especialmente por una estética romántica y un clima templado, pero en Mallorca dura menos, es breve, y además da entrada a los meses más complicados en mi dolor y malestar, los meses fríos, mientras que la primavera anuncia un positivismo venidero de días cálidos, largos, luminosos, y con menos peso.

Más allá de la química corporal, está el impacto en el ánimo. Las horas largas de luz nos invitan a salir, a pasear despacio por la naturaleza. Esta invitación se vuelve irresistible en lugares como Mallorca, donde el paisaje se transforma en un espectáculo de una belleza insólita: los almendros en flor. Esta floración, poéticamente llamada la “nieve mallorquina”, cubre de un manto blanco y rosa el Pla y la Sierra de Tramuntana entre finales de enero y febrero, incluso marzo, ofreciendo una experiencia sensorial completa.

Con más de siete millones de árboles tiñendo la isla de esta efímera belleza, caminar entre ellos, cuando el cuerpo lo permite, es un acto de sanación. Es un recordatorio de que la estética también cura. La vista descansa en esa delicadeza de los pétalos; el aire huele distinto, fresco y dulce; y la luz rebota en los pétalos de tal forma que todo se vuelve más amable. Es una terapia visual y olfativa que alimenta el espíritu.

Por ello, yo recibo la primavera con respeto, desterrando cualquier idea de presión o autoexigencia. No propongo grandes excursiones ni heroicidades, que a menudo solo conducen al agotamiento. En su lugar, propongo una terapia sencilla:

  1. Acercarse a un camino rural tranquilo.
  2. Sentarse si hace falta, priorizando el descanso sobre la marcha forzada.
  3. Mirar los árboles, permitiendo que la mente se calme con la simple contemplación. Reflexionar sobre el agradecimiento a la belleza de la vida.
  4. Sentir el sol suave en la piel, recibiéndolo como una caricia.
  5. Hidratarse constantemente, atendiendo a la necesidad básica del cuerpo.
  6. Respetar el cuerpo y sus límites del día.
  7. Dejar que la naturaleza haga lo que mejor sabe hacer: equilibrar.

Que esta primavera nos encuentre con el rostro al sol y los pies descalzos en la tierra. Que cada paso sea con medida, con conciencia, y con la alegría humilde de quien no lucha, sino que aprende a florecer sin forzarse. Y que la visión de los almendros en flor nos sirva de lección magistral: florecer no siempre es fuerza, a veces es la delicadeza y ritmo de parar, respirar y llenar los sentidos de gratitud y hermosura.