La noche, que debería ser descanso, se convierte en campo de batallas invisibles.
Anoche, mis pies, lejos de reposar, se transformaron en conductores involuntarios de electricidad errática. No es un dolor reconocible, ni calambre muscular que se pueda estirar y domesticar. Es respingo súbito, doloroso chispazo que sacude el empeine y me expulsa de la quietud, da miedo y pone mis sentidos en alerta.

Es tiranía de la aleatoriedad, esa que dicta que mi condición no solo duela, sino que no siga reglas. Hoy el pie. Mañana el cuello. Pasado, silencio.
Mi sistema nervioso, guardián que lleva demasiado tiempo en alerta máxima, ha perdido control. Dispara alarmas, envía descargas sin peligro real, durante horas, cada veinte segundos: tiempo que necesita para liberar la señal y reiniciarse. Entre descarga y descarga queda una resaca de desagradable hormigueo, y muchas preguntas en la oscuridad.

Pero hoy abrazo verdad que me sostiene: esto no es psicológico, es desorden neurológico y disfunción del procesamiento sensorial.

No es mi mente, es mi cableado interno exhausto pidiendo auxilio. Es hiperexcitabilidad de un sistema nervioso que ha soportado demasiado dolor mucho tiempo y se ha estropeado al cronificarse. Es físico, aunque no se vea fácilmente en pruebas. 

Y frente a ese vértigo, aparece una palabra-medicina: propiocepción.

Mis nervios disparan porque, en el vacío blando de la sábana, no saben dónde terminan. No sienten borde, apoyo. Se sienten inseguros, entran en pánico y se manifiestan.
La respuesta no es luchar, tensar cuerpo o corregir síntoma, sino dar referencia y anclaje.

La propiocepción es recordarle al cuerpo dónde está y que el cerebro lo procese correctamente. Es ofrecerle contacto firme de calcetines, peso constante de una manta, apoyo claro contra el colchón. Es darle información física estable para que el sistema nervioso deje de temblar y disparar descargas a ciegas. Es decirle al nervio que vibra: estás sostenido, para facilitar la regulación neurológica y se calme. 

❤️ Comprender que me ocurre no elimina síntoma, pero cambia algo esencial: el cuerpo deja de vivirse como amenaza constante y el miedo se disipa un poco…

La noche, ese santuario prometido para el descanso y la restauración, se ha transformado, sin previo aviso, en un campo de batallas invisibles. Es la hora en que el mundo se silencia, pero mi cuerpo decide gritar.

Anoche, mis pies, lejos de reposar en la quietud merecida, se transformaron en conductores involuntarios de una electricidad errática y desbocada. No hablamos del dolor reconocible, ese que tiene nombre y se puede rastrear hasta un músculo fatigado o un calambre fugaz que cede ante un estiramiento y la voluntad. Esto es distinto. Es un respingo súbito, un doloroso chispazo que irrumpe con la furia de un rayo diminuto, sacudiendo el empeine con una intensidad que me expulsa de la buscada quietud. Es un fenómeno que no solo duele, sino que da miedo y dispara mis sentidos a un estado de alerta máxima, como si un depredador invisible acechara bajo la manta.La Tiranía de la Aleatoriedad Neurológica

Esta es la tiranía de la aleatoriedad, la firma más cruel de mi condición. Es la que dicta que el dolor no solo sea intenso, sino que se niegue a seguir cualquier patrón lógico. Hoy es el pie, ese punto caliente bajo la sábana. Mañana podría ser el cuello, rígido e hipersensible. Pasado, tal vez, una tregua, un silencio que solo sirve para acentuar la anticipación del siguiente ataque.

Mi sistema nervioso, ese guardián incansable cuya función es protegerme, lleva demasiado tiempo operando en alerta máxima. Ha perdido el control, agotado por la sobreexposición crónica al dolor. Ahora, actúa como un detector de humo con la sensibilidad rota: dispara alarmas falsas, envía descargas sin un peligro real que las justifique. Este ciclo de emergencia se repite durante horas, con una precisión exasperante: cada veinte segundos, el tiempo exacto que mi sistema parece necesitar para liberar la señal eléctrica y reiniciarse, solo para volver a disparar. Entre descarga y descarga, queda una resaca de desagradable hormigueo, un eco eléctrico que se desvanece lentamente, dejando a su paso solo preguntas en la oscuridad.El Auxilio del Cableado Interno: Hiperexcitabilidad

Pero hoy, abrazo una verdad fundamental que me sirve de anclaje: esto no es psicológico. La narrativa de que «está en mi cabeza» es una simplificación peligrosa y falsa. Lo que experimento es un desorden neurológico, una disfunción objetiva en el procesamiento sensorial.

No es mi mente la que me traiciona, sino mi cableado interno, exhausto y sobrecargado, pidiendo auxilio. El diagnóstico no oficial, pero íntimamente cierto, es la hiperexcitabilidad de un sistema nervioso que ha soportado la carga de demasiado dolor durante demasiado tiempo. Al cronificarse el dolor, el sistema de transmisión se ha estropeado, volviéndose hiperreactivo. Es un fenómeno profundamente físico, aunque su naturaleza microscópica a menudo lo oculte de las pruebas de imagen convencionales.El Poder de la Propiocepción: Anclaje y Referencia

Frente a este vértigo de chispazos nocturnos, aparece una palabra que funciona como bálsamo y medicina: propiocepción.

Mis nervios disparan porque, en el vacío blando y sin fronteras de la sábana, han perdido su mapa. No saben dónde terminan ni con qué se limitan. No sienten un borde claro, un apoyo firme. Al carecer de esta información sensorial estable, se sienten inseguros. Entran en pánico y se manifiestan con esos tirones y calambres eléctricos.

La respuesta más sabia no es luchar contra el síntoma, tensar el cuerpo o intentar corregir la descarga. La respuesta es dar referencia y anclaje.

La propiocepción es el sentido que le recuerda al cuerpo dónde está cada parte de él en el espacio y cómo debe procesar esa información el cerebro. Es ofrecerle al sistema nervioso una fuente de contacto firme y no amenazante:

  • El peso constante y reconfortante de una manta pesada.
  • El abrazo ceñido de unos calcetines compresivos.
  • El apoyo claro y sólido contra el colchón.
  • La conciencia de la superficie de contacto.

Es darle al nervio vibrante una información física estable e inequívoca para que deje de temblar y disparar descargas a ciegas. Es decirle al sistema de alarma: «Estás sostenido, estás seguro». Esta infusión de datos estables facilita la regulación neurológica, permitiendo que el sistema se calme gradualmente y regrese a un estado de reposo.

❤️ Comprender la raíz de lo que me ocurre —el desorden sensorial y la hiperexcitabilidad— no elimina el síntoma de inmediato, pero cambia algo esencial y profundo: el cuerpo deja de vivirse como una amenaza constante que requiere pánico, y el miedo, el peor combustible del dolor crónico, se disipa un poco, permitiendo que la noche vuelva a ser, al menos, un lugar más habitable.