El impacto del clima en la fibromialgia es innegable. Mi cuerpo lo anuncia con precisión dolorosa, antes incluso de que empiece a llover.

Desde hace dos días, algo en mí se tensa y se apaga, anticipando la llegada de un frente frío que trae tormenta, lluvia y niebla a Mallorca. Es una cuenta atrás silenciosa que activa un brote de potente dolor generalizado.

Las cervicales se convierten en epicentro, y desde ahí el malestar se expande como un incendio lento por huesos y articulaciones. La sensación se parece a incubar una gripe feroz: ese dolor total que paraliza y vacía energía.

Vivir sola en estos días lo vuelve todo más complejo.

Gestos cotidianos —cocinar, encender la chimenea, ducharme— se transforman en pequeñas odiseas que exigen tiempos lentísimos y gasto enorme de fuerzas. Cada movimiento es una negociación con el cuerpo.

Aun así, me sostengo en lo aprendido. Cierro los ojos y respiro con conciencia, como me enseña Leyre en yoga restaurativo. Descargo tensiones con los ejercicios que Alberto, mi fisioterapeuta, me ha mostrado en este tiempo de adaptación constante. No para vencer el dolor, sino para convivir con él sin que me arrase. Entumecimiento, cansancio y rigidez siguen ahí, pero intento que no me desmoralicen.

Aprender a habitar los brotes es un aprendizaje profundo. Poco a poco me hago sitio en esta nueva realidad: economizo la energía, priorizo, acepto. Aprovecho días buenos para preparar los malos: cocino y guardo, acerco leña a la chimenea tronco a tronco, ordeno la casa pensando en cuando no pueda. Todo es estrategia, cuidado y previsión.

Escribir es una de mis terapias más fieles. Volcar aquí el dolor le quita poder; lo transforma en relato y resistencia. Cada persona debe buscar sus armas para la batalla del dolor y resiliencia.

Mientras llueve fuera y el mundo se vuelve gris, busco presencia. Escucho el repiqueteo del agua en los cristales y trato de encontrar calma.

Hoy duele todo, y me doy permiso. En pijama, con calcetines gordos, contemplo y acepto la tormenta con paciencia (Mari mi psicóloga me enseña a tenerla).

Todo es adaptación.

❤️ El dolor no va a gobernar mi vida. Después de la tormenta, siempre sale el sol. 

El impacto del clima en la fibromialgia es una verdad ineludible, una certeza que mi cuerpo proclama con una precisión tan dolorosa como innegable, mucho antes de que el primer indicio de lluvia se manifieste en el cielo. Mi organismo, que ha desarrollado una sensibilidad casi barométrica, se convierte en un oráculo del malestar.

Desde hace dos días, una densa capa de tensión y agotamiento se ha cernido sobre mí. Es la señal inequívoca que anticipa la llegada de un frente frío significativo que promete arrastrar consigo una tormenta persistente, lluvia torrencial y una niebla espesa que envolverá Mallorca. Es una cuenta atrás silenciosa, pero devastadora, que mi sistema nervioso registra con antelación, desencadenando un brote de potente dolor generalizado que me inmoviliza progresivamente.

El epicentro de esta crisis se localiza, como casi siempre, en mis cervicales, un punto neurálgico desde donde la tensión y el malestar irradian con furia. Desde allí, el dolor se expande como un incendio lento y sordo, afectando cada hueso, cada articulación y cada fibra muscular de mi cuerpo. La sensación es idéntica a incubar una gripe feroz, de esas que te clavan en la cama y te paralizan por completo: un dolor total que vacía las reservas de energía vital, dejando un rastro de entumecimiento y rigidez que parece cementar mi cuerpo a la cama.

En medio de este torbellino físico, la realidad de vivir sola añade una capa adicional de dificultad y desafío. Gestos que en la normalidad son automáticos y triviales —como preparar una comida nutritiva, encender la chimenea para combatir el frío húmedo que se cuela por las paredes, o la simple y necesaria acción de ducharme— se transforman en pequeñas odiseas. Cada una exige tiempos lentísimos y un gasto de fuerzas totalmente desproporcionado. Cada movimiento es medido, una delicada negociación con el cuerpo que duele. Hay que pensar dos veces cada acción para economizar la poca energía disponible.

Aun así, a pesar de la adversidad, me sostengo con determinación en los recursos y herramientas que he cultivado en este camino de adaptación constante. En los momentos de mayor agobio, cierro los ojos y me obligo a anclar la mente en el presente a través de la respiración consciente y profunda. Sigo las enseñanzas de Leyre, mi maestra de yoga restaurativo y terapéutico, cuya voz suave resuena en mi interior recordándome la importancia de la pausa y la aceptación. A esto se suman los ejercicios de descongestión específicos y las posturas de alivio que Alberto, mi fisioterapeuta, me ha proporcionado. Estos ejercicios son una estrategia activa que no busca vencer al dolor —una batalla que he aprendido es inútil—, sino convivir con él sin que me arrase por completo. El entumecimiento, el cansancio abrumador y la rigidez persisten, pero la práctica constante me ayuda a intentar que no me desmoralicen.

Aprender a habitar los brotes de dolor se ha convertido en un aprendizaje profundo, casi existencial. Poco a poco, con cada crisis superada, me voy haciendo sitio en esta nueva realidad. La clave se ha vuelto una estricta economía de la energía, administrando cada gramo de fuerza disponible, junto con una priorización implacable de las tareas esenciales. Es un proceso de aceptación activa: acepto la limitación, la integro en mi planificación y sigo adelante. Aprovecho los días buenos para prepararme de manera proactiva para los inevitables días malos: cocino en grandes cantidades y guardo porciones, acerco la leña a la chimenea tronco a tronco, ordeno la casa pensando estratégicamente en cuando mi movilidad sea nula. Todo es estrategia, previsión, cuidado y una planificación rigurosa.

Escribir, en particular, se ha convertido en una de mis terapias más fieles y un ancla a la dignidad. Es fundamental entender que cada persona con una enfermedad crónica debe hallar sus propias herramientas de supervivencia y resiliencia; la escritura es la mía. Al volcar aquí el dolor, la frustración y la impotencia en el papel, les quito su poder destructivo, transformándolos en relato, en testimonio y en una narrativa de resistencia.

Mientras la lluvia sigue cayendo fuera, transformando el mundo exterior en una acuarela de grises, busco intencionadamente la presencia, intentando escuchar más allá del dolor que me atenaza. Me concentro en el repiqueteo rítmico del agua contra los cristales y trato de encontrar una calma efímera en la cadencia de la tormenta.

Hoy, la verdad es que duele absolutamente todo, y en lugar de luchar contra ello con frustración, me doy permiso para sentir ese dolor. Es una rendición táctica, no una derrota. Me quedo acurrucada en mi pijama calentito, con calcetines gordos que ofrecen un pequeño consuelo, contemplando y aceptando la ferocidad de la tormenta a través de la ventana. Mi propósito inquebrantable es superar este brote sin que la sensación de incapacidad se instale y eche raíces en mi psique. La lluvia, con su constante murmullo, parece susurrarme que el dolor disminuirá en unos días, recordándome la importancia capital de la paciencia, una virtud que trabajo intensamente en cada sesión con Mari, mi psicóloga. Todo en esta vida es adaptación constante.

❤️ El dolor podrá visitarme, podrá ser intenso, pero no va a tomar el control de mi vida ni de mi espíritu. Después de la tormenta, después de la niebla, el sol siempre vuelve a salir.