Hay personas que no solo ejercen una profesión: sostienen. La doctora Esther M. Valencia es una de ellas.

En los procesos largos, complejos y frágiles, donde el cuerpo se vuelve territorio incierto y el miedo camina a tu lado, no basta con recetas ni diagnósticos. Hace falta algo más difícil de prescribir y mucho más necesario: confianza. Y Esther ha sido, desde el principio, ese lugar seguro.

Ella encabeza mi red de apoyo no por jerarquía, sino por presencia. Porque aun cuando mi salud ha requerido especialistas, pruebas, derivaciones y caminos técnicos complejos, ha sabido orquestar todo el proceso con mirada amplia, cuidadora y profundamente implicada. A veces adelantándose a tratamientos que aún no estaban sobre la mesa. Otras, informándose por mí, conmigo, desde la escucha honesta. Dando lo que sabía y buscando lo que aún no. Siempre desde vocación real, la que no se apaga cuando termina la consulta.

Su ternura y su trato humano han sido, muchas veces, más medicina que cualquier fármaco. Porque cuando alguien te mira con respeto, te cree, acompaña y te explica sin prisa, el cuerpo descansa un poco. Y cuando el cuerpo descansa, el dolor afloja. Aunque sea un instante.

Mi médica de cabecera no ha sido punto de partida administrativo. Ha sido balsa, eje y pegamento. Esa figura que da coherencia al caos, que aporta calma cuando todo se desordena, que sostiene la confianza cuando el proceso se alarga y agota.

Y desde aquí quiero ampliar agradecimiento. Porque en #Esporles, mi pueblo en #Mallorca, el centro de salud es familia. Para quien sufre, para quien convive con dolor, miedo o incertidumbre, ese equipo es fuerza, motivación, empatía, comprensión, solidaridad y compasión. Valores imprescindibles, y más aún en este presente que tanto carece de ellos.

Hoy quiero decir gracias. A Esther, como eje. Y a todo el equipo, como red.

Porque cuando la salud se tambalea, el cuidado humano no es extra: es lo que nos mantiene en pie. Y ellos lo saben, por vocación, por corazón y por profesionalidad.

Así deberían ser siempre los equipos sanitarios: ponerse a nuestro lado y abrazarnos desde la vocación.

Hay personas que no solo ejercen una profesión; van mucho más allá: sostienen la vida en los momentos de mayor fragilidad.

La doctora Esther M. Valencia es, sin lugar a dudas, una de esas figuras esenciales cuya labor trasciende la frialdad del diagnóstico y la receta.

En los procesos de salud que son largos, complejos y especialmente frágiles —aquellos donde el cuerpo se convierte en un territorio incierto, lleno de amenazas desconocidas, y el miedo se instala como un compañero constante— no basta con una prescripción precisa o un resultado de prueba. Se requiere algo más profundo, algo infinitamente más difícil de prescribir en un papel, pero mucho más necesario para la sanación: la confianza inquebrantable. Y Esther ha sido, desde el momento inicial, ese faro, ese lugar seguro e incondicional al que siempre se puede volver.

Ella encabeza mi red de apoyo, y no por una simple jerarquía administrativa, sino por la autoridad que le otorga su presencia integral, activa y profundamente humana. Porque mi salud, en ocasiones, ha requerido la intervención de múltiples especialistas, la realización de pruebas complejas y derivaciones a centros de alta tecnología y caminos técnicos enmarañados. Sin embargo, Esther ha sabido orquestar la totalidad del proceso con una mirada amplia, profundamente cuidadora y una implicación que va más allá de cualquier deber contractual.

Su vocación la impulsa a la proactividad: a veces, se adelanta a tratamientos que aún no estaban siquiera sobre la mesa de discusión, anticipando necesidades futuras. Otras, se informa exhaustivamente, codo con codo conmigo y por mí, partiendo siempre de la escucha honesta y activa. Ella aporta lo que sabe con rigor y, cuando algo escapa a su conocimiento, lo busca con una diligencia incansable, haciendo de puente entre la necesidad del paciente y la complejidad del sistema. Esta es una vocación real, de las que no se apaga ni se archiva en el momento en que termina la consulta de diez minutos. Es un compromiso vital.

Su ternura, su empatía y, sobre todo, su trato humano y respetuoso han sido, en innumerables ocasiones, más curativos que cualquier intervención farmacológica. Porque cuando un paciente se siente mirado con respeto genuino, cuando es creído en la legitimidad de su dolor y acompañado sin prisas ni juicios, el cuerpo puede permitirse un pequeño pero crucial descanso. Y cuando el cuerpo, acosado por la enfermedad, descansa un instante, el dolor afloja su tensión, permitiendo un respiro vital.

Mi médica de cabecera, en mi experiencia personal, ha sido mucho más que un punto de partida administrativo o un mero gestor de papeleo. Ha sido mi balsa en la tormenta, mi eje de estabilidad emocional y el pegamento que mantiene unida la esperanza fragmentada. Ella es la figura que se yergue en medio de la confusión para dar coherencia al caos, que irradia calma cuando todo alrededor se desordena y que sostiene la confianza del paciente cuando el proceso se alarga, se complica y amenaza con agotar las fuerzas. Ella es el anclaje fundamental.

Y desde este punto central de agradecimiento, quiero ampliar el reconocimiento a toda una comunidad de profesionales. Porque en #Esporles, mi querido pueblo en #Mallorca, el centro de salud es mucho más que una instalación sanitaria: es familia en el sentido más profundo. Para cualquiera que esté sufriendo, para quien convive diariamente con el dolor crónico, el miedo o la incertidumbre del diagnóstico, ese equipo completo —desde la recepción que te saluda por tu nombre hasta la enfermería, pasando por el personal de apoyo— es una fuente inagotable de fuerza, motivación, empatía, comprensión, solidaridad y compasión. Estos valores no son un lujo opcional en la sanidad; son absolutamente imprescindibles, y lo son aún más en un presente social que, lamentablemente, tanto carece de ellos.

Hoy, mi alma y mi cuerpo quieren decir un rotundo gracias. A Esther, como el eje firme, bondadoso y guía. Y a todo el equipo del centro de salud, como la red de contención humana y profesional que atrapa cuando piensas que vas a caer.

Porque cuando la salud personal se tambalea, el cuidado humano y compasivo deja de ser un extra para convertirse en la verdadera estructura que nos mantiene en pie. Ellos lo saben, y lo aplican día a día, por vocación intrínseca, por corazón y por una profesionalidad que no solo cura, sino que dignifica la vida.

Así deberían ser siempre los equipos sanitarios: ponerse incondicionalmente a nuestro lado y abrazarnos desde la profundidad de su vocación humanista, reconociendo al paciente como centro de la complejidad, no como un mero caso.