Hay cuerpos que funcionan con una batería secreta, pequeña y caprichosa. No se ve, no hace ruido, no avisa cuando se vacía. Simplemente se apaga.

Y aprender a vivir así es aceptar una aritmética distinta: donde un gesto cuesta, donde una salida se paga, donde un día fuera se cobra al siguiente con intereses.

La #Navidad, con su ruido amable y su entusiasmo obligatorio, exige energía extra.

Cuidar, organizar, estar presente, sostener conversaciones, desplazarse, cumplir.

Yo también querría ser anfitriona, envolver regalos, recorrer el pueblo, pasear la ciudad, celebrar. Pero mi cuerpo vive en otra lógica.

Ayer bajé a la ciudad, fui al médico, hice un recado sencillo. Hoy no puedo moverme. No es falta de voluntad: es consecuencia. Mi realidad funciona así.

Cuando el #dolorcronico y el #cansanciocronico se instalan, la energía deja de ser un derecho y pasa a ser un bien escaso.

Cada decisión implica renuncia. Cada “sí” lleva escondido un “mañana no podré”. Y eso duele, no solo en el cuerpo: duele en la identidad, en la culpa, en la sensación de no llegar a cuidar a quienes amas como querrías o a ser productivo como acostumbrabas.

No poder estar no significa no querer. No celebrar no es desamor. No aguantar no es debilidad. Es respeto por un cuerpo que ya va al límite.

Y, sin embargo, la culpa aparece. Porque vivimos en una cultura que confunde presencia con valor y resistencia con amor.

Yo estoy aprendiendo otra forma de cuidar: más pequeña, más silenciosa, más real. Cuidar también es parar. Empezar por una misma. Escuchar. Decir “hoy no puedo” sin vergüenza. Permitir que otros sostengan cuando una no llega. Entender que la energía limitada no es una excusa, es una condición.

Esta es mi Navidad: menos hacer, más verdad. Menos demostrar, más cuidarme. Ojalá quien me rodea pueda mirarlo así. No como una ausencia, sino como un acto profundo de honestidad.

Y lo escribo, todo, para vosotros, para ayudar a quienes sufren, para ser espejo…

❤️Mi cuerpo no me abandona: me enseña a vivir con ternura lo que antes vivía con exigencia.

«La energía en Navidad»: Una Geografía Interna y la Tiranía de la Ausencia

Existen existencias, y por ende, cuerpos, que operan bajo una lógica energética radicalmente distinta a la norma. Están regidos por una batería secreta, diminuta, invisible y, lo más exasperante, totalmente caprichosa. Este sistema no obedece a las convenciones de la tecnología moderna: no emite un pitido de advertencia al agotarse, no ofrece una barra de progreso que decrece con gracia; simplemente se colapsa. Es el equivalente biológico de un interruptor que salta sin la menor cortesía, dejando todo el sistema en una forzosa e inmediata pausa.

Habitar un cuerpo con esta condición crónica es un ejercicio constante de aritmética vital peculiar, una contabilidad existencial donde cada acción se registra como un débito significativo. Aquí, el simple gesto de levantarse de la cama puede consumir una porción desmedida del presupuesto diario. Una salida, por muy deseada o placentera que sea, no se percibe como una inversión, sino como una deuda inmediata y con alto interés. La norma más cruel es que un día de «normalidad aparente» o de esfuerzo apenas extra se cobra inexorablemente al día siguiente, con intereses acumulados que precipitan al cuerpo a un estado de quietud obligatoria, una inmovilidad que el mundo exterior confunde fácilmente con pereza o falta de disciplina.

El ciclo de la Navidad, con su banda sonora de ruido amable pero insistente, su imperativo social de entusiasmo contagioso y su frenesí visual de luz y color, no es meramente una época festiva; se transforma en un desafío energético mayúsculo, un auténtico pico de demanda que exige recursos que el cuerpo limitado simplemente no posee. Esta época multiplica las exigencias, requiriendo una energía extra para:

  • Cuidado y Gestión Emocional: Anticipar necesidades de otros, manejar las dinámicas familiares complejas y ofrecer apoyo emocional ininterrumpido.
  • Logística y Organización: El planeamiento y ejecución de comidas, la gestión de planes y la coordinación de logísticas de desplazamiento.
  • Presencia Sostenida: Mantener un estado de «estar presente» de manera activa y sostenida, una tarea mentalmente agotadora.
  • Interacción Social Extensa: Sostener conversaciones largas, múltiples, a menudo banales o superficiales, que drenan la reserva cognitiva.
  • Movilidad Forzada: Los desplazamientos constantes entre hogares, pueblos o ciudades, cada trayecto un costo físico y mental.
  • Cumplimiento de Roles: La presión de satisfacer expectativas, honrar tradiciones y encarnar roles familiares preestablecidos.

Dentro de esta dinámica de escasez, la voluntad choca frontalmente contra la biología. La mente fantasea con la vida que se observa en los demás: ser la anfitriona radiante que gestiona la fiesta con gracia, la persona que envuelve regalos con una minuciosidad casi artística, la que se permite el lujo de recorrer el pueblo nevado o pasear por la ciudad iluminada, celebrando hasta altas horas de la madrugada sin pagar peaje. Sin embargo, el cuerpo habita una geografía interna diferente, marcada por una restricción de recursos que es innegociable.

El día anterior sirve como un ejemplo paradigmático de esta realidad. Una simple bajada a la ciudad para encadenar una visita médica con un recado menor —una jornada que la mayoría catalogaría como rutinaria— se convierte para este sistema biológico en el detonante de una inmovilidad total para el día siguiente. Esto no es un fracaso de la voluntad, ni pereza, ni una falta de deseo. Es la consecuencia directa, lógica e implacable. La realidad del cuerpo funciona bajo un principio de acción-reacción llevado a su extremo más dramático.

Cuando el dolor crónico y el cansancio crónico se instalan en el centro de la vida, el concepto de energía se subvierte radicalmente. Deja de ser ese derecho inalienable, ese caudal aparentemente inagotable con el que cuenta el cuerpo sano, y se transforma en un bien escaso, de un valor incalculable y gestionado con una cautela obsesiva.

En esta escasez, cada decisión es una renuncia implícita. Cada «sí» que se pronuncia en el presente lleva intrínseco un «mañana no podré» que se cobra en el futuro con una certeza matemática. Y este peaje es, además de físico, profundamente devastador en lo emocional. El dolor no se limita a la esfera corporal; duele en la identidad. Genera una culpa profunda y constante por no poder rendir, por fallar al intento de cuidar a quienes se ama con la intensidad o la presencia que se desearía, o por no ser productivo al nivel que la sociedad, o la propia memoria, exige.

Es absolutamente fundamental y liberador comprender una verdad: No poder estar no es, jamás, sinónimo de no querer estar. No celebrar la Navidad siguiendo el estándar socialmente aceptado no es una señal de desamor o indiferencia. Retirarse, no aguantar el ritmo o decir «basta» no es una muestra de debilidad, ni moral ni física. Es, de hecho, un acto de profunda autoprotección y respeto por un cuerpo que ya está operando, de forma permanente, al límite de sus capacidades.

Y sin embargo, la culpa nos asalta con ferocidad. Esto sucede porque estamos inmersos en una cultura que ha confundido peligrosamente y de manera sistemática la presencia física con el valor personal, y la resistencia estoica con el amor o el compromiso verdadero. La lógica social, silenciosa pero tiranizante, es que si no estás, no importas; si no aguantas, no amas lo suficiente.

Por ello, el proceso actual es un profundo desaprendizaje para construir otra forma de cuidar: una que es necesariamente más pequeña en escala, más silenciosa en su ejecución, pero infinitamente más real, más honesta y más sostenible.

Cuidar también es, paradójicamente, parar. Es la acción más radical en una sociedad obsesionada con el movimiento, y a menudo, la más necesaria. Es comenzar el cuidado por una misma, sintonizando con el susurro del cuerpo antes de que se vea forzado a gritar. Es la audacia de atreverse a decir «hoy no puedo» sin la vergüenza lacerante que nos ha inoculado la cultura de la productividad y la disponibilidad total. Es la humildad de permitir, en ocasiones, que otros sostengan las riendas cuando una no llega. Es, finalmente, la aceptación serena y fundamental de que la energía limitada no es una excusa cómoda; es una ineludible condición de vida.

Esta, y solo esta, se revela como la Navidad auténtica: menos hacer para los demás, más verdad interior; menos demostrar hacia el exterior, más cuidarse a sí misma. El mayor anhelo es que quienes rodean esta realidad puedan interpretar este repliegue necesario no como una ausencia, un rechazo o una falta de interés, sino como lo que verdaderamente es: un acto profundo de honestidad brutal y amor propio vital.

Y lo comparto, todo este proceso y esta batalla interna, para vosotros que leéis. Para arropar y ser un espejo reconfortante para quienes también navegan estas aguas turbias del sufrimiento crónico y la limitación invisible, sintiéndose solos en la contabilidad de su escasez.

❤️ Mi cuerpo no me abandona; al contrario, me está obligando a aprender la lección más vital y transformadora: a vivir con ternura aquello que, durante demasiado tiempo y por la presión cultural, viví con una exigencia implacable y destructiva.