Hoy el tiempo no fluye, se estanca en los bordes de este cuerpo anestesiado. Mi yo de antes es un eco lejano, un recuerdo leve que el dolor prolongado desdibuja y apaga sin permiso ni aplauso, y hace que ruja el ocaso. 

La vida afuera gira impaciente, con prisa viva, mientras aquí dentro el reloj se descose en pausa lenta y cautiva, se recoge, y feroz se marchita. Echo de menos a la mujer que construía sin tregua, la que trazaba mapas, la que batallaba en cualquier guerra y caminaba ligera entre trampas ; hoy soy la guardiana de un cuerpo cansado, de una sombra serena que aprende la espera, de un entusiasmo alado en condena.

No hay tragedia o pereza, ni paciencia doblada, hay la simple certeza de una pausa forzada, de ciencia frustrada, de jueza macabra. El dolor me ha limado los bordes, ha cambiado los nombres, ha borrado los trazos de lo que antes fui, pero en este naufragio callado y sin acordes, todavía hay un latido que insiste por mí.

Pesa el cansancio de sostener la estructura, de inventar la calma sobre la fractura. Pero entre este cansancio que me disuelve la piel, que me vuelve infiel a lo esencial, busco el resquicio que apague el dolor, la luz que resista tras la niebla del cristal, el desquicio torrencial de emociones hastías, impías, resentidas y sin ardor. 

No me he perdido del todo: solo me he replegado. Estoy en los pliegues de mi propia historia, aprendiendo el abismo, habitando este límite con pausada memoria y un toque de cinismo. Un día las manos volverán a ser mías, y el trazo firme borrará la desdichas. Hoy solo descanso en mi propio contorno, y me abrazo despacio en este lejano retorno, que marca un retazo de bochorno…