por Marta Bonet | Sep 16, 2025 | #MisNotitas, Blog, Diario, Marta Bonet, Uncategorized |
Hoy me pesan especialmente las cervicales como si cargaran la tristeza del mundo. He dormido fatal.
Vi la noticia de Irina y no se me borra de la cabeza ese vagón lleno de cuerpos presentes y almas ausentes.
Tantos ojos abiertos, tantas manos completas, y ni una se tendió, ni una la asistió, y no lo entiendo. El silencio se volvió verdugo, y esa piedra muda cayó sobre su último aliento y su mirada asustada. No sé por qué me afecta, pero me afecta. Casi puedo sentir lo que sintió ella en esos terribles minutos.
Se nos llena la boca de discursos solemnes: Gaza, la paz mundial, el cambio climático…Pero la humanidad no se mide en pancartas, banderas en los balcones, ni en titulares, sino en la reacción mínima ante un grito que se apaga. Simplemente mínima humanidad, empatía, reacción aunque fuera por impulso, que yo consideraría inevitable, incluso involuntaria, como cuando te golpean la rodilla y esta se agita. Por defecto, mínimo, por diferenciar al ser humano de las bestias en el ciclo de la vida.
Y ahí, en ese vagón, no hubo nada. Ni un gesto, ni una grieta de compasión. Solo un vacío que hiela. Sólo la nada contra la que combatía Atreyu.
Me asusta pensar que no hacen falta guerras nucleares ni meteoritos para acabar con nosotros. No pereceremos por el cambio climático: nos bastará con la erosión moral, con el hábito de no mirar, de no sentir, de no escuchar….
Mirad el mundo, más allá de Gaza y de vuestras narices, mirad los gestos cotidianos de las personas en el autobús cuando no ceden el asiento a un anciano, mirad las caras de sorpresa cuando entras en un comercio y das los buenos días, observad la basura en las calles, sed conscientes de todos los trucos de ilusionismo que nos desvían la atención cada día y nos segregan…
La autodestrucción viaja sentada a nuestro lado,camuflada entre pantallas y prisas, y nosotros seguimos fingiendo que no la vemos.
Yo no sé adaptarme a ese gris. Yo no soy gris, quizá soy Momo.
Soy torpe para la indiferencia; me atraviesa como viento en puertas mal cerradas.
Dicen que los altamente sensibles sentimos todo multiplicado, pero ¿no debería ser esa la medida de lo humano? Duele… duele todo… vemos lo que los demás no ven, observamos todo, pequeños detalles, momentos, instantes, miradas, gestos, como Irina, como el gesto en sus ojos que decían: no entiendo nada. Vivimos constantemente en una dimensión diferente, como más intensa, no lo se explicar, y duele constantemente.
De hecho ¿No es más extraño lo contrario: ese entumecimiento que convierte a los vivos en estatuas, en seres inertes que traicionan la naturaleza humana con cada pincelada gris de incivismo, con cada ataque a los valores humanos, a los derechos humanos, al amor? ¿No es eso sentido común?
Por eso insisto en pintar colores. Con palabras, con ternura, con la obstinación de quien sabe que un solo trazo puede rescatar un paisaje. Con lo que puedo.
No sé si sirve, no sé si inspira, si ayuda a alguien, si merece la pena, pero me niego a entregar la paleta al gris.
Escribo para recordarle al mundo que aún respira, para encender una llamita aunque el viento sople con furia. Escribo porque es mi manera de pintar colores y que alguno sobresalga. Escribo porque en esta guerra, soy la resistencia.
Quizá nadie vea mi lucecita o mis colores, o quizá alguien la encuentre en su propio vagón oscuro y le ilumine el camino.
Y entonces, aunque sea solo por una persona, habrá valido la pena.
por Marta Bonet | Abr 18, 2024 | Bitácora de una operación, Blog, Diario, Marta Bonet, Uncategorized |
La verdad, siempre me ha interesado la antropología, y el estudio de las personas y sus comportamientos. Me fascina observar, y en situaciones de crisis mucho más.
Esta vivencia ya la pasé una vez, y fue toda una experiencia para mi el aspecto humano de la misma. En esta ocasión, también quiero observar y absorber cada comportamiento, cada gesto, cada palabra, cada faceta de mis personas y mis seres humanos colindantes.
Hay tanta belleza, pero también tanta dureza en eso…
La comunicación y las relaciones públicas sabéis son mi eje, mi vida. Me leéis, me conocéis, y siempre comunico, siempre me expreso, siempre transmito mis verdades y mis reflexiones. Ahora mismo me miro mi biblioteca en casa y está llenita de libretas que comienzan con un “querido diario” o similar desde muy temprana edad. La escritura es algo muy importante para mi desde siempre, es mi altavoz, es mi desahogo, mi terapia, y, con toda humildad aunque yo no sea nadie, mi aportación al mundo.
Y volviendo a las personas. Me resulta duro el momento social que vivimos, porque mi curiosidad antropológica comienza por los valores humanos como la empatía, por ejemplo, u otros como la solidaridad, la compasión, la comprensión, el cariño, el respeto, el amor, que acompañan de herramientas que se generan con la necesidad de protección, los mimos o cuidados, la escucha activa, las caricias físicas o emocionales, los abrazos, los mensajes de apoyo, la resolución de tareas que faciliten, el abastecimiento y el proveer, etc.
Nunca sabes cómo va a reaccionar ante una situación de crisis de una persona frente a otra, incluso si la base de la relación es el amor, aún así, no hay un patrón a seguir aunque debiera ser lógico y de sentido común en base a principios elementales, a valores sensatos, a coherencia entre sentir y pensar y decir y hacer, pero no es así. Uno podría decir que si te quiere, te cuida, te da, te protege, te escucha, te provee, te mima, te abraza, te cubre de todo lo que puedas precisar emocional, físico, material, racional, en base a sus capacidades y posibilidades… pero no, resulta que no es de esta manera en absoluto, o a veces si, pero no siempre.
Rara vez se cumplen estos supuestos patrones, y me fascina observarlo y tratar de comprender, pero todo es extraño. No hay manuales de instrucciones, y por supuesto esta reflexión en mi diario no es un juicio, Dios me libre, yo no soy nadie para juzgar nada, solamente es una reflexión en voz alta que, como todo lo que relato, me ayuda como desahogo y terapia.
Personas muy próximas que no están en momentos donde más puedes necesitar, o no saben gestionarlo o no quieren; personas lejanas cuyo acercamiento es ejemplar y nunca habrías imaginado recibir semejante cariño y cercanía de alguien aparentemente menos implicado en ti; personas próximas poderosas y con mucha capacidad de ayuda, resolución y posibilidades de proveer, que no proveen nada, cuando son conocedores de que una situación así requiere de necesidades extra que son difíciles de cubrir y podrían hacerlo para allanarte el proceso con tremenda facilidad; personas que sin tener nada, proveen lo que pueden incluso sin aspavientos y en silencio, tan sólo hacen para tratar de mejorar tu confort y coberturas; personas que profesionalmente estaban vinculadas pero no personalmente y resulta que se acercan de una manera tremendamente personal y bella y te aportan verdaderas notas de cariño sincero; personas que dabas por hecho y echas de menos o personas que no dabas por hecho y echas de más; personas que empatizan con la situación desde muy adentro, poniéndose en tu piel y entrañas más allá de ella y de lo que cuentas, también empatizando con tus miedos, oscuridades, y esperanzas; personas que simplemente desaparecen o personas que simplemente aparecen; familia no escogida o escogida que no está y familia que no puede estar más y mejor; personas recuperadas que en algún momento se fueron y vuelven; incluso inicios amorosos por los que apostabas que salen corriendo cuando ven la complejidad del momento y sus necesidades y lo que deberían aportar, en la salud y en la enfermedad …
Y todo es lícito, todo. Y no juzgo, tan sólo observo y proceso. Me encanta aprender de ello.
Una situación así permite mucho aprendizaje, en efecto, a veces muy duro, pero también es un momento de filtro, de consecuencias, de orden y poner cosas y personas en su sitio, de supervivencia, autoestima, amor propio y auto protección, y de auto conocimiento. Es para mí muy emocional y trascendente, imprescindible diría yo con mi persona y mi forma de ser, pues doy mucha importancia al aspecto humano y lo reconozco, soy intensa.
Que cada uno haga lo que tenga que hacer. Yo no soy nadie para requerir nada, ni atención, ni cariño, nada. Yo doy, porque soy así, porque he de dar, en base a mis principios, valores y coherencia, porque soy amor, y no espero nada a cambio. Y en este momento tan complejo para mí, yo solamente necesito hacer una pausa en el “dar” (perdón por ello) y permitirme recibir aquello de aquellos que me quieran aportar, lo que sea, como sea, cuando sea, que todo es bienvenido y positivo, tanto lo que se da como lo que no.
Ahora, soy un recipiente, no tengo fuerzas para ser más en este momento, y también me lo merezco.
Ahora soy una vasija.